PADRE CERIANI: LA EXTREMAUNCIÓN (VII)

Especiales de Radio Cristiandad

LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

¿Sacramento o Sacramental?

En la Primera Entrega hemos considerado el Nombre, la Definición y la Existencia del Sacramento de la Extremaunción. Ver Aquí

En la Segunda Entrega estudiamos su Materia y su Forma. Ver Aquí

En la Tercera Entrega vimos los Efectos de este Sacramento. Ver Aquí

En la Cuarta Entrega analizamos la cuestión del Ministro de la Extremaunción. Ver Aquí

En la Quinta Entrega consideramos el Sujeto o quién puede y/o debe recibir este Sacramento. Ver Aquí

En la Sexta Entrega estudiamos la Necesidad de su recepción y el Rito de su administración. Ver Aquí

Habiendo concluido con el estudio del Sacramento de la Extremaunción, en esta última Entrega vamos a compararlo ahora con el rito conciliar de la unción de los enfermos.

Más allá de quién lo ha promulgado y de dónde se administra, hay que plantear si hay que considerarlo como el rito de un verdadero Sacramento de la Iglesia Católica o si se trata de un despojado sacramental de la iglesia conciliar.

Solamente en la frente y en las manos…

LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Hemos visto que la Teología descubre la gran conveniencia de que Jesucristo haya instituido un Sacramento para ayudar a los enfermos en su tránsito a la eternidad. Así como el Bautismo nos da la gracia de la regeneración, y la Confirmación la corrobora, y la Eucaristía la alimenta, y la Penitencia la restaura repetidas veces en la vida, era muy conveniente que hubiera otro Sacramento especial para confortar al enfermo en sus últimos momentos y prepararle para el tránsito a la vida eterna.

En la Extremaunción, el cristiano recibe una gracia particular para superar victoriosamente la última batalla de la vida. Y así como en la vida corporal, además del remedio para curar una grave enfermedad, se requiere una medicina que restablezca totalmente las fuerzas del enfermo, así en la vida espiritual, además del Sacramento de la Penitencia, que libera de la grave enfermedad del pecado, se requiere otra medicina espiritual que preste auxilios especiales para sobrellevar las incomodidades de la enfermedad, restaure íntegramente la salud espiritual del cristiano, borre los últimos rastros y reliquias del pecado y devuelva la salud del cuerpo, si la misma conviene para la salud del alma.

Planteo del problema

La Renovación Teológica, inspirada en el modernismo, atacó también al Sacramento de la Extremaunción.

Particularmente han sido dos los puntos discutidos:

1º) Si se debía continuar considerando a la Extremaunción como el Sacramento de aquellos que se encuentran en peligro de muerte a causa de enfermedad o vejez, o si se lo debía considerar más generalmente como el Sacramento de aquellos que están gravemente enfermos o han llegado ya a cierta edad, pero sin referencia precisa a la muerte.

2º) Si el efecto principal del Sacramento es el espiritual, o si produce ante todo un efecto corporal.

Como éste, veremos muchos adefesios parroquiales

El Padre H. D. Gardeil, O.P., ya presentaba en estos términos su estudio sobre «El Sacramento de la Extremaunción en la Suma Teológica de Santo Tomás» (Editions du Cerf, Desclée-Cie; Paris, 1967):

«En nuestros días se manifiesta un cierto renuevo de la teología de este sacramento. El punto que retiene la atención es el del estado de gravedad de la enfermedad del sujeto. ¿Es suficiente decir, como fue la enseñanza común desde el Concilio de Trento, que no es necesario que el enfermo se encuentre en el artículo de la muerte o en la agonía, o insistir, como lo hace el Catecismo de Trento, para que se administre el sacramento sin tardar? ¿No hay que ir más lejos y, exigiendo una plena lucidez, no sólo hacer menos urgente la perspectiva de la muerte, sino descartarla prácticamente, al menos como condición necesaria para la recepción del sacramento? ¿No bastaría decir que la enfermedad grave, incluso sin verdadero peligro de muerte, es una condición suficiente para recibirlo; permaneciendo los moribundos, como es evidente, los sujetos privilegiados?

Y el Padre Gardeil plantea la pregunta, sin más…:

La extremaunción, ¿va a llegar a ser o a volver a ser, pura y simplemente, la unción de los enfermos?…

Y él mismo responde con espontaneidad:

«Vaticano II parece orientarnos bien en ese sentido: «La extremaunción, que también, y mejor, puede llamarse unción de los enfermos, no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por lo tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez» (Sacrosanctum Concilium. n. 73).

La disciplina actual de la Iglesia nos orientaría hacia un ensanchamiento del campo de aplicación del sacramento y hacia una interpretación menos estricta del supuesto peligro de muerte; y, por el hecho mismo, nos alejaríamos de aquello que durante mucho tiempo fue de uso corriente».

Ensanchamiento del campo de aplicación…

Aquello que el Padre Gardeil presentaba en 1967 como una eventualidad, una afirmación atenuada, según la cual el Sacramento de la Extremaunción sería, mediante una condición, «pura y simplemente la unción de los enfermos», pasó a ser una realidad mediante la Constitución Apostólica Sacram Unctionem, de Pablo VI, del 30 de noviembre de 1972, que dice:

«La doctrina referente a la unción de los enfermos fue expuesta en los textos de los Concilio de Florencia, de Trento y del Vaticano II. Después que el Concilio de Florencia describió los elementos esenciales de la unción de los enfermos, el Concilio de Trento declaró su institución divina y desarrolló la enseñanza de la epístola de Santiago sobre esta unción santa, particularmente la realidad y el efecto de este sacramento: «La realidad es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción limpia las culpas, si alguna queda aún para expiar, y las reliquias del pecado, y alivia y fortalece el alma del enfermo, excitando en él una grande confianza en la divina misericordia, por la que, animado el enfermo, soporta con más facilidad las incomodidades y trabajos de la enfermedad, resiste mejor las tentaciones del demonio, que acecha a su calcañar, y a veces, cuando conviene a la salvación del alma, recobra la salud del cuerpo». El santo Concilio afirma, además, que, por esas palabras del Apóstol, está claramente establecido «que esta unción debe administrarse a los enfermos, pero señaladamente a aquellos que yacen en tan peligroso estado que parezca están puestos en el término de la vida; razón por la que se llama también sacramento de moribundos»  (…)  El segundo Concilio del Vaticano agregó las precisiones siguientes: «La extremaunción, que también, y mejor, puede llamarse unción de los enfermos, no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por lo tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez»  (…)  Revisando el rito de la unción de los enfermos, era necesario tener cuenta de todo esto que precede a fin de adaptar mejor a las necesidades de nuestra época aquello que es susceptible de cambio».

Adaptar mejor a las necesidades de nuestra época…

El Nuevo Ritual de los Enfermos fue presentado por Monseñor Martimort, Consultor de la Congregación del Culto Divino, el 18 de enero de 1973. En la introducción, se expresó así:

«La importancia teológica, espiritual y pastoral de las decisiones tomadas merece ser subrayada, puesto que ellas deberán producir en muchos casos un cambio de mentalidad de la parte de sacerdotes y de feligreses, y, por consecuencia, un esfuerzo intenso de catequesis. Subrayemos, sin embargo, inmediatamente, que este cambio estaba ya vivamente deseado e incluso comenzado; está en la prolongación de las orientaciones trazadas por el Concilio de Trento. Sería, en efecto, un error grave considerar al Concilio de Trento como demasiado lejano o a sus decretos como caducos. Lejos de oponerse a él, el segundo Concilio del Vaticano retoma, para conducirla más lejos, su obra de reforma y de profundización doctrinal. Es por ello que la Constitución apostólica Sacram Unctionem se apoya, desde sus primeras frases, sobre la enseñanza de la XIVª sesión de Trento, de la cual reproduce una parte. Se sabe, conforme a la historia de los debates, que este texto marcaba, de la parte de los Padres, la voluntad de tomar distancia respecto a la teología medieval y el rechazo de ver, en la extremaunción, el sacramento solamente de aquellos que van a morir. Aprovechando las luces más grandes que han proyectado sobre la tradición de este sacramento los estudios patrísticos y litúrgicos, el segundo Concilio del Vaticano ha podido hacer un paso más. Sin desaprobar el término medieval de «extremaunción», marcó su preferencia por el de «unción de los enfermos»; en dos oportunidades sugirió que se trataba aquí más que de una cuestión de vocabulario: «el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez». Este sacramento está, en efecto, destinado a proporcionar al enfermo las gracias propias a su estado, aquellas mismas que describe el apóstol Santiago en el capítulo V de su epístola, citado de manera universal por el magisterio y por las liturgias: «La oración de la fe salvará al enfermo y el Señor le levantará. Si ha cometido pecados, le serán perdonados». El ritual latino proveniente del medioevo permanecía en su conjunto, ciertamente, fiel a esta doctrina, pero la fórmula que acompañaba a cada unción no expresaba más que un solo efecto del sacramento: «Per istam sanctam unctionem et suam piisimam misericordiam, indulgeat tibi Dominus quidquid… deliquisti», y las unciones, aplicadas a los diversos sentidos del cuerpo humano, tomaban un aspecto sobre todo penitencial: «Quidquid per visum… deliquisti».

Se exige un cambio de mentalidad…

Luego del planteo del problema, vemos bien que las reformas realizadas por Pablo VI obedecen a un cambio doctrinal respecto a los efectos y al sujeto capaz de recibir la Extremaunción.

Esta nueva concepción tiene por lógica consecuencia modificaciones importantes en la materia y en la forma del Sacramento.

Analicemos, pues, estos cuatro puntos: efectos, sujeto, materia y forma, confrontando, al mismo tiempo, la doctrina tradicional con la doctrina conciliar.

EFECTOS

Recordamos que en la Tercera Entrega vimos los Efectos de la Extremaunción. Ver Aquí

Resumimos:

1) Efecto Primario

Hemos visto que el efecto principal es comunicar al alma una gracia peculiar que sirva para confortarla contra la debilidad espiritual ocasionada por el pecado original y los pecados personales pasados, o sea que se trata de una gracia confortativa.

Santo Tomás lo enseña de este modo:

«Este sacramento no se administra contra los pecados que privan de la vida espiritual, que son el pecado original y el mortal personal, sino contra aquellos otros defectos que hacen enfermar al hombre espiritualmente y le restan fuerzas para llevar a cabo los actos de la vida de la gracia y de la gloria. Y esos defectos no son más que cierta debilidad o ineptitud que dejan en nosotros el pecado actual o el original. Y contra esta debilidad, el hombre cobra fuerzas mediante la extremaunción» (Supl., q. 30, a. 1).

2) Efectos Secundarios

Los efectos secundarios de la Unción de los Enfermos son:

a) en absoluto: la disminución del reato de pena temporal debida por los pecados.

b) hipotéticamente: la remisión de los pecados mortales o veniales, si los hay; y la salud del cuerpo, si conviene para el bien espiritual del enfermo.

Al decir el Apóstol Santiago que “la oración de la fe salvará al enfermo”, sus palabras son interpretadas por todos los teólogos en el sentido de que uno de los efectos de la Extremaunción es dar salud al enfermo.

En todos los documentos eclesiásticos que hacen referencia a este fruto de la Extremaunción se declara que la salud del cuerpo se obtiene no de una manera absoluta y siempre infalible, sino más bien condicionalmente, es decir, si conviene a la salud del alma.

La salud corporal no es más que un efecto secundario, y no es concedido sino en cuanto pueda exigirlo la salud del alma, que es el efecto principal.

Por lo tanto, la salud corporal no es un efecto yuxtapuesto al efecto espiritual, sino que es un efecto relativo a la salud del alma, y se ordena a ella.

No se trata, pues, de curar medicinalmente a un enfermo, sino de remediar las miserias de su cuerpo en tanto y en cuanto ellas son un obstáculo para la salud del alma. El alivio conferido al cuerpo está determinado y medido por el bien espiritual del enfermo.

Los modernistas dicen:

El aceite es bendecida ante todo para que su unción de la salud y sane el sufrimiento

Retomemos ahora el texto de Monseñor Martimort:

«(…) el segundo Concilio del Vaticano ha podido hacer un paso más. Sin desaprobar el término medieval de «extremaunción», marcó su preferencia por el de «unción de los enfermos»; en dos oportunidades sugirió que se trataba aquí de algo más que de una cuestión de vocabulario (…) Este sacramento está, en efecto, destinado a proporcionar al enfermo las gracias propias a su estado (…) El ritual latino proveniente del medioevo permanecía en su conjunto, ciertamente, fiel a esta doctrina, pero la fórmula que acompañaba a cada unción no expresaba más que un solo efecto del sacramento (…)»

Más lejos dice:

«(…) el sacramento de la unción es un remedio para el alma y para el cuerpo; si tiene un efecto penitencial, a punto tal de suplir la penitencia cuando ésta es imposible, él confiere sobre todo una gracia de salud, de confortación, de alivio. (…) el nuevo ritual prevé que «en caso de verdadera necesidad, el sacerdote puede bendecir el aceite en la misma ceremonia de la unción», y da la fórmula, prácticamente idéntica a aquella, tradicional, del Jueves Santo. Entre paréntesis, esta fórmula, que sobrecargas posteriores habían desfigurado un poco, ha encontrado nuevamente en el Pontifical su vigorosa significación: el aceite es bendecida ante todo para que su unción de la salud y sane el sufrimiento…».

La doctrina constante de la Iglesia sostiene que el efecto principal del Sacramento de la Extremaunción es el espiritual; la salud corporal del enfermo puede ser un efecto del Sacramento, pero sólo secundaria y condicionalmente.

Para los autores de la reforma, en cambio, el efecto corporal es el primero y principal.

Este cambio de óptica respecto de los efectos del Sacramento tendrá como consecuencia, como vamos a ver, importantes modificaciones respecto del sujeto, es decir, de las personas capaces de recibirlo, la materia y la forma.

Podemos preguntarnos ya: ¿cuáles son las consecuencias que semejante cambio de orientación puede ocasionar respecto de la validez del Sacramento?

SUJETO

En la Quinta Entrega hemos considerado este punto. Ver Aquí

Es imprescindible tener en cuenta todo lo allí expresado.

Resumimos a lo esencial para enfrentar las novedades conciliares:

La extremaunción sólo puede administrarse al bautizado que, después del uso de razón, se halla en peligro de muerte a causa de enfermedad o de vejez (canon 940, § 1).

La tercera condición es estar en peligro de muerte (in periculo mortis versetur).

A la dificultad que dice: La Extremaunción debe administrarse en cualquier enfermedad porque en la epístola de Santiago no se determina enfermedad ninguna, Santo Tomás responde:

Cualquier enfermedad en estado avanzado puede acarrear la muerte, y, por lo tanto, si se atiende a los géneros de enfermedad, en cualquiera de ellas puede darse este sacramento. Por ese motivo, el apóstol no determina nada en concreto. Pero, si se atiende al modo y grado de la enfermedad, no siempre debe administrarse este sacramento a los enfermos (Supl., q. 32, a. 2, ad 1).

Y él concluye:

La extremaunción es el último remedio de que la Iglesia dispone para preparar al cristiano al ingreso inmediato en la gloria; por lo tanto, sólo debe conferirse a los enfermos graves, cuya muerte se teme (Supl., q. 32, a. 2).

Ahora bien, el segundo capítulo del Nuevo Ritual de los Enfermos está dedicado al rito que hay que utilizar para aquellos que no se encuentran en peligro inminente de muerte; por lo tanto, también para aquellos que no están reducidos al lecho, no habiendo llegado la enfermedad a la fase aguda, y para aquellos que deben padecer una operación a causa de una enfermedad que, de suyo, pone en peligro la vida.

El Nuevo Código de 1983, por su parte, en el canon 1004 §1, dice:

«Se puede administrar la unción de los enfermos al fiel que, habiendo llegado al uso de la razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez» («in periculo incipit versari»).

Han suprimido «de muerte»

Esto introduce un matiz significativo.

De este modo, el nuevo Ordo Unctionis Infirmorum contiene dos ritos de la Unción de los Enfermos: en el capítulo II encontramos el rito ordinario (Ordo Unctionis infirmi); el capítulo IV nos proporciona el rito para aquellos que están en peligro próximo de muerte (Ordo præbendi sacramenta infirmo qui est in proximo mortis periculo).

En el primer rito se prevé explícitamente el caso de un enfermo que puede dirigirse por sí mismo a la iglesia.

La Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 73, citada por la Constitución Sacram Unctionem y por Monseñor Martimort, dice:

«La extremaunción, que también, y mejor, puede llamarse unción de los enfermos, no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por lo tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez».

Reiteramos… ¡En el Código de Derecho Canónico de 1983 han suprimido «de muerte»…!

¡Ni siquiera respetan su conciliábulo Vaticano II, tan mentado para justificar toda clase de innovaciones y reformas!

Se puede afirmar, pues, que se trata de un verdadero cambio del sujeto y, por lo tanto, de una de las condiciones requeridas para recibir el Sacramento.

Recordemos que el canon 941 del Código de Derecho Canónico de 1917 dice:

Si es dudoso que el enfermo esté realmente en peligro de muerte, el sacramento se administrará bajo condición.

El cambio realizado hace que el Sacramento administrado según las fábulas modernistas sea escandaloso y, en el mejor de los casos, sólo un Sacramental, pero no un Sacramento válido.

Recordemos que «No puede reiterarse este sacramento durante la misma enfermedad, a no ser que el enfermo haya convalecido después de la unción y haya recaído en otro peligro de muerte» (canon 940, § 2).

En cambio, la Extremaunción puede recibirse varias veces durante la vida, si el cristiano enferma de gravedad en diferentes ocasiones (Dz. 695 y 910).

También puede repetirse el Sacramento dentro de la misma enfermedad, cuando la gravedad y el peligro que habían desaparecido vuelven a presentarse amenazadores.

Obedece esta práctica al concepto mismo de la Extremaunción: si la gracia sacramental dura mientras subsiste el estado grave por causa del cual recibió el enfermo el Sacramento, se deduce que, una vez desaparecido aquél, cesa también la gracia sacramental y, consiguientemente, si el enfermo otra vez reincidiese en el anterior estado, puede recibir de nuevo dicho Sacramento.

En la duda sobre si se trata del mismo peligro anterior o de otro distinto, puede volverse a administrar el Sacramento.

Por su parte, en la Constitución Apostólica Sacram Unctionem encontramos innovaciones contra la sana doctrina, cuando dice:

«Este sacramento puede ser reiterado si el enfermo, después de haber recibido la unción, se restablece y luego cae nuevamente enfermo o si, durante la misma enfermedad, el peligro llega a ser más grave».

Por las dudas, si no entendimos, Monseñor Martimort explica:

«En fin, notemos la suavización que la Constitución apostólica acarrea a la disciplina en vigor respecto de la práctica del sacramento de unción: se podrá readministrar a un enfermo que ya lo recibió, no solamente si recae después de un período de convalecencia, como estaba admitido (can. 940), sino incluso si, en el curso de la misma enfermedad, su estado se torna más crítico (discrimen gravius fiat)».

El Nuevo Código de 1983 legisla esto, prácticamente con las mismas palabras, en su canon 1004, § 2.

Se trata, pues, de un verdadero cambio respecto de una de las condiciones para poder recibir el Sacramento.

¡Se burlan de la gracia sacramental! Se trata tan sólo de un Sacramental, si es que el ministro y la materia están presente…

En efecto, si, a pesar de la prohibición eclesiástica en vigor y en contra de ella, se hubiese repetido la administración sacramental, creían algunos teólogos que probablemente hubiese sido válida la unción reiterada y, por lo mismo, que hubiese infundido más gracia sacramental al enfermo. Otros autores, sin embargo, eran del parecer contrario.

¿Qué decimos al respecto?

Los libros litúrgicos nos enseñan que en ciertas iglesias las aplicaciones del aceite se hacían durante 7 días consecutivos, si era necesario (si necessitas fuerit); igualmente, en la Orden de Cluny existía la costumbre de renovar la administración de este Sacramento.

Ahora bien, ¿este cambio conciliar es solamente una reforma disciplinar o es una novedad teológica?, ¿invalida al sacramento reiterado?

Hasta la formación de la teoría sacramental pudo haber incertidumbres durante más o menos tiempo; pero los grandes teólogos enunciaron sobre este punto la verdadera doctrina, que finalmente prevaleció y fue definida por el Concilio de Trento: «Si los enfermos, después de recibida esta unción, convalecieren, otra vez podrán ser ayudados por el auxilio de este sacramento, al caer en otro semejante peligro de la vida» (Dz. 910).

Se ve con claridad que la orientación conciliar es pura y simplemente en la línea de un sacramental.

Por lo mismo, la reiteración de un supuesto sacramento es, al menos, dudosa en cuanto a su validez.

MATERIA

En la Segunda Entrega estudiamos la Materia de este Sacramento. Ver Aquí

Hemos visto que la materia remota válida de la Extremaunción es el aceite de oliva.

Consecuencia, conforme a la enseñanza unánime hasta 1972 de todos los teólogos y canonistas «de nota»: es materia inválida para la unción de los enfermos el aceite de nueces, cacahuetes, algodón, lino, maíz, girasol, etc., o de cualquier otra cosa distinta del fruto natural del olivo.

En tiempos de Santo Tomás, se presentaba esta objeción:

Donde hay mayor peligro, allí se debe acudir proporcionando un remedio accesible a todos. Pero no es común remedio el óleo, ya que no se encuentra en todas partes. Luego, como quiera que la Extremaunción se aplica a los enfermos que están en peligro de muerte, no debe fijarse el aceite de oliva como materia necesaria.

Y Santo Tomás respondió de esta manera:

El aceite de oliva, aunque no se coseche en todas partes, sin embargo, puede trasladarse fácilmente a cualquier lugar. Además, este sacramento no es de tanta necesidad que los moribundos no puedan conseguir sin él la salvación (Supl., q. 29, a. 4, ad 3).

Usted puede elegir…

Sin embargo, siete siglos más tarde, la Constitución Apostólica Sacram Unctionem, del 30 de noviembre de 1972, dice:

«Como el aceite de oliva, cuyo empleo era hasta ahora exigido para la validez del sacramento, escasea o es muy difícil encontrarlo en ciertas regiones, hemos decretado, a pedido de numerosos obispos, que se podrá en lo futuro, según las circunstancias, utilizar igualmente otro aceite. Este, sin embargo, tendrá que ser extraído de plantas, como lo es el aceite de olivas».

Un embelesado Montini había promulgado la Gaudium et spes, que en su número 33 expresa: «siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, con ayuda sobre todo del aumento experimentado por los diversos medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y haciendo una única comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por sí mismo».

Un estratosférico Montini, en su mensaje a los astronautas, el 21 de julio de 1969, estampó las siguientes ditirámbicas frases (por favor, prohibido reír…):

Nuestro globo terrestre ya no es el límite insuperable de la existencia humana, sino el umbral abierto a la amplia extensión del espacio ilimitado y los nuevos destinos.

El sabio y audaz dominio del hombre se extiende hasta las profundidades de los cielos.

Y luego, derrotado y derrotista, sostiene que el aceite de oliva escasea o es muy difícil encontrarlo en ciertas regiones…

Y pensar que en el “obscuro” Siglo XIII Santo Tomás, un “pobre monje anacrónico”, sostenía que el aceite de oliva puede trasladarse fácilmente a cualquier lugar…

¿Por qué, no…? Siglo veinte, Cambalache… Da lo mismo…

Como dice Chesterton, «En el mundo de Einstein los hombres requerían una cura para el vértigo. Percibieron oscuramente que, aunque lo único que les interesaba era entender a Einstein, se necesitaba primero entender el uso del entendimiento. Empezaron a percibir que, así como el siglo dieciocho se pensó a sí mismo como la edad de la razón, y el siglo diecinueve como la edad del sentido común, el siglo veinte sólo alcanza a pensarse a sí mismo como la edad del sinsentido no común. En estas condiciones el mundo necesita un santo, pero por encima de todo un filósofo».

Tomás de Aquino, monje del siglo XIII, santo, filósofo y teólogo, afirmaba que «el aceite de oliva, aunque no se coseche en todas partes, sin embargo, puede trasladarse fácilmente a cualquier lugar»

¡Claro! A condición de que se quiera respetar lo sagrado…

Un requisito previo para contar con una materia apta en la administración del Sacramento es que el óleo esté bendecido.

La mayor parte de los teólogos consideran esta condición como necesaria para la validez del Sacramento; de tal modo que la contraria carece casi por completo de toda probabilidad, y el Santo Oficio la declaró el 13 de enero de 1611 temeraria y próxima al error (Dz. 1628).

Igualmente, sobre la duda «si en caso de necesidad puede el párroco para la validez del sacramento de la extremaunción usar de óleo bendecido por él mismo», el Santo Oficio, con fecha de 14 de septiembre de 1842 respondió: negativamente (Dz. 1629).

El aceite debe estar bendecido por el Obispo o por un sacerdote especialmente facultado por la Santa Sede (canon 945).

El Nuevo Código de 1983, en su canon 999, dice:

«Además del Obispo, pueden bendecir el óleo que se emplea en la unción de los enfermos: 1º.- quienes por derecho se equiparan al Obispo diocesano; 2º.- en caso de necesidad, cualquier presbítero, pero dentro de la celebración del sacramento».

Damos por sentado que la Sede Apostólica puede conceder estos poderes especiales a todo sacerdote por medio de una ley; pero cuando se reflexiona sobre lo que dice Santo Tomás, se comprueba que es siempre el mismo principio el que entra en el juego de los reformadores: el debilitamiento de la autoridad y de la jerarquía eclesiástica. En efecto, Santo Tomás dice:

«El ministro de este sacramento no produce el efecto del mismo por su propia virtud, como agente principal, sino que eso se debe a la eficacia del mismo sacramento que administra, la cual primariamente viene de Cristo y por Él desciende ordenadamente a los demás; es decir, al pueblo llega mediante los ministros que distribuyen los sacramentos, y a los ministros inferiores mediante los superiores, que santifican la materia. Por eso, en todos los sacramentos que necesitan una materia consagrada, la primera santificación de la materia la hace el mismo obispo, aunque el uso de la misma, a veces, corresponda al sacerdote, para dar a entender que la potestad sacerdotal dimana de la episcopal» (Supl., q. 29, a. 6)

En la iglesia «conciliar y democrática» no quieren saber más nada con esto…

Además, el óleo debe estar bendecido expresamente para la Extremaunción. Esta bendición especial o expresa es ciertamente de precepto grave: «El aceite de olivas que ha de emplearse en el sacramento de la extremaunción debe estar bendecido para esto» (ad hoc benedictum) [canon 945].

No consta con certeza que se requiera para la validez del Sacramento. En la práctica, fuera del caso de necesidad, tratándose de la validez de los Sacramentos (Dz. 1151), es obligatorio seguir la sentencia más segura. En caso de necesidad (o sea, a falta de óleo de los enfermos) puede y debe administrarse el Sacramento sub conditione usando el Santo Crisma o el Óleo de los Catecúmenos. Pero si después puede encontrarse el Óleo de los Enfermos, habría que repetir sub conditione el Sacramento administrado anteriormente con materia dudosa.

En la Entrada indicada hemos visto en qué consiste esta bendición especial, tal como el Pontifical Romano lo manda al Obispo.

Aimé Georges Martimort

Martimort, Consultor de la Congregación del Culto Divino, en lo referente a la bendición del óleo se expresó de la siguiente manera:

«La bendición del aceite de los enfermos jamás estuvo tan estrictamente reservada al obispo como aquella del santo crisma: en Oriente es llevada a cabo por el sacerdote cada vez que administra el sacramento; en la iglesia latina, estaban previstos por el derecho (cn. 945) indultos, y el antiguo uso romano hacía decir a los sacerdotes concelebrantes al mismo tiempo que el obispo la oración de la bendición del aceite de los enfermos porque ella formaba parte del canon de la misa. Manteniendo el principio que, normalmente, el sacerdote debe servirse del aceite bendecido por el obispo el Jueves santo, el nuevo ritual prevé que «en caso de verdadera necesidad, el sacerdote puede bendecir el aceite en la misma ceremonia de la unción», y da la fórmula, prácticamente idéntica a aquella, tradicional, del Jueves santo. Entre paréntesis, esta fórmula, que sobrecargas posteriores habían desfigurado un poco, ha encontrado nuevamente en el Pontifical su vigorosa significación: el aceite es bendecida ante todo para que su unción dé la salud y sane el sufrimiento. Pero como el sacramento en cuanto tal procura la gracia santificante necesaria a la salud espiritual de aquel que lo recibe, conviene recordar que, si él puede concurrir también a la curación corporal, es esencialmente en la medida en que ésta sea útil a la salvación».

Enfermos ungidos participan del piscolabis…

El Nuevo Ritual no manda exorcizar el óleo y proporciona dos fórmulas para bendecirlo.

La primera, «prácticamente idéntica a aquella, tradicional, del Jueves santo (…) [que] ha encontrado nuevamente en el Pontifical su vigorosa significación: el aceite es bendecida ante todo para que su unción de la salud y sane el sufrimiento», dice así:

«Señor Dios, Padre de todo consuelo, que has querido sanar las dolencias de los enfermos por medio de tu Hijo, escucha con amor la oración de nuestra fe y derrama, desde el cielo, tu Espíritu Santo paráclito sobre este Oleo; tú que has hecho que el leño verde produzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo, enriquece con tu bendición este óleo, para que cuantos sean ungidos con él sientan en cuerpo, alma y espíritu tu divina protección y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores; que por tu acción, Señor, este aceite sea para nosotros óleo santo, en nombre de Jesucristo nuestro Señor. Que vive y reina por los siglos de los siglos».

Recordemos que el Pontifical Romano católico ordena al Obispo exorcizar el aceite:

Te exorcizo, inmundísimo espíritu, y a todo asalto de Satanás y a todo fantasma, en el Nombre del Pa dre y del Hi jo y del Espíritu Santo, que salgas de este óleo, para que su unción espiritual fortalezca el templo de Dios vivo, y en él pueda habitar el Espíritu Santo, por el Nombre de Dios omnipotente, y por el Nombre de su amadísimo Hijo, Señor nuestro Jesucristo, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos y al mundo por el fuego. Amén.

Luego le manda recitar esta admirable oración:

Envía, pedimos, Señor, desde lo alto de los cielos tu Espíritu Santo Paráclito, a este aceite de oliva, que te has dignado producir del verde árbol, para fortalecimiento del alma y del cuerpo; y por tu santa bend ición sea protección de alma y cuerpo para cuantos reciban la unción de esta celeste medicina. Lance este óleo todos los dolores, todas las debilidades, toda dolencia del alma y del cuerpo, pues con él ungiste a los sacerdotes, reyes, profetas y mártires. Sea para nosotros, Señor, unción perfecta por Ti bendita, permanente en nuestras entrañas. En el nombre de NSJC.

La segunda fórmula modernista para la bendición del aceite es la que fue presentada por Martimort, según vimos más arriba, de este modo:

“El nuevo ritual prevé que «en caso de verdadera necesidad, el sacerdote puede bendecir el aceite en la misma ceremonia de la unción», y da la fórmula, prácticamente idéntica a aquella, tradicional, del Jueves santo”.

El sacerdote llega a la casa del enfermo y le pide a la patrona un poco del aceite que ella utiliza para freír las patatas o condimentar las legumbres. Luego dice:

«Sacerdote: Bendito seas, Dios todopoderoso, que por nosotros y por nuestra salvación enviaste tu Hijo al mundo.

Todos: Bendito seas por siempre, Señor.

Sacerdote: Bendito seas, Dios, Hijo unigénito, que te has rebajado haciéndote hombre como nosotros, para curar nuestras enfermedades.

Todos: Bendito seas por siempre, Señor.

Sacerdote: Bendito seas, Dios Espíritu Santo consolador, que con tu poder fortaleces la debilidad de nuestro cuerpo.

Todos: Bendito seas por siempre, Señor.

Sacerdote: Muéstrate propicio, Señor, y santifica con tu bendición este aceite, que va a servir de alivio en la enfermedad de tu hijo, y por la oración de nuestra fe libra de su enfermedad a quien ungimos con el óleo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos: Amén.»

Martimort nos toma por tontos y pretende hacernos creer que esta es “la fórmula, prácticamente idéntica a aquella, tradicional, del Jueves santo”

En realidad, una vez más, nos encontramos con que la Unción de los Enfermos de Pablo VI está destinada principalmente a la curación corporal…; y se trata de un Sacramental…

Como es sabido, la materia próxima de un Sacramento consiste en la aplicación de la materia remota al sujeto que lo recibe.

La materia próxima de este Sacramento es, pues, la unción del enfermo con el óleo bendecido, en la forma determinada por la Iglesia.

El canon 947 del Código de Derecho de 1917 dice:

§ 1 Las unciones deben hacerse rigurosamente con las palabras, según el orden y la forma indicada en los libros litúrgicos; sin embargo, en caso de necesidad, una sola unción, en un sentido o preferente en la frente, con la fórmula breve prescrita, es suficiente, quedando sin embargo la obligación de reemplazar cada una de las otras unciones cuando el peligro haya cesado.

§ 2 Siempre se omitirá la unción de los riñones.

§ 3 La unción de los pies puede omitirse por cualquier razón razonable.

Por su parte, la Constitución Apostólica Sacram Unctionem dice:

«En lo referente al número de unciones y los miembros que es necesario ungir, ha parecido oportuno introducir en el rito algunas simplificaciones (…) El Sacramento de la unción de los enfermos debe conferirse a las personas peligrosamente enfermas, ungiéndolas sobre la frente y sobre las manos».

Monseñor Martimort se expresó de este modo:

«El cambio de la fórmula se acompaña de otras dos decisiones, menos importantes, concernientes al signo sacramental. Una apunta al número de unciones: en efecto, el Concilio del Vaticano había emitido el deseo de que «el número de unciones fuese adaptado a las circunstancias» (S.C. 75).

Entre la multiplicidad de unciones previstas por el ritual heredado del Medioevo y el signo reducido a una sola unción en el caso de necesidad, había que encontrar una solución media: el rito normal no comprenderá de ahora en adelante más que de dos unciones, en la frente y en las manos, acompañadas de una sola fórmula (…) Los rituales particulares podrán conservar o introducir unciones más numerosas o aplicarlas de modo diferente, según el genio de los diversos pueblos».

Para los reformadores, todo vale para justificar una innovación deletérea de un rito sagrado…

FORMA

En la Segunda Entrega también estudiamos la Forma de este Sacramento. Ver Aquí

Hemos visto que la forma sacramental usada por la Iglesia Romana está encerrada en la siguiente deprecación que hace el sacerdote en cada una de las unciones: «Per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam indulgeat tibi Dominus quidquid per [visum, auditum, odoratum, gustum et locutionem, tactum, gressum] deliquisti. Amen».

En caso de necesidad urgente debe emplearse la siguiente fórmula breve, que contiene únicamente las palabras esenciales para la validez de este Sacramento: «Per istam sanctam unctionem indulgeat tibi Dominus quidquid deliquisti. Amen», haciendo una sola unción en la frente.

Ahora bien, la Constitución Apostólica Sacram Unctionem expresa:

«Hemos juzgado oportuno modificar la fórmula sacramental para que los efectos del sacramento sean mejor expresados empleando las palabras de Santiago».

Hay que reconocer que los modernistas son lógicos…; como han modificado los efectos y el sujeto de la Extremaunción, cambian también el nombre, la materia y la forma.

De este modo, Martimort explicó esto con las palabras siguientes:

«Este sacramento está, en efecto, destinado a proporcionar al enfermo las gracias propias a su estado, aquellas mismas que describe el apóstol Santiago en el capítulo V de su epístola, citado de manera universal por el magisterio y por las liturgias: «La oración de la fe salvará al enfermo y el Señor le levantará. Si ha cometido pecados, le serán perdonados». El ritual latino proveniente del medioevo permanecía en su conjunto, ciertamente, fiel a esta doctrina, pero la fórmula que acompañaba a cada unción no expresaba más que un solo efecto del sacramento (…) y las unciones, aplicadas a los diversos sentidos del cuerpo humano, tomaban un aspecto sobre todo penitencial. La primera y más importante reforma que aporta la nueva Constitución de Pablo VI consiste precisamente en cambiar la fórmula sacramental, substituyéndola por una inspirada en los textos de Santiago y del Concilio de Trento: «Per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet te Dominus gratia Spiritus sancti, ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius allevet» (Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y propicio te levante). Y esto abre dos remarcables perspectivas: la primera es que la gracia conferida es la obra del Espíritu Santo, como siempre lo ha expresado la oración romana de la bendición del aceite (…) La segunda es que el sacramento de la unción de los enfermos es un remedio para el alma y para el cuerpo; si tiene un efecto penitencial, a punto tal de suplir la penitencia cuando ésta es imposible, él confiere sobre todo una gracia de salud, de confortación, de alivio».

Bugnini, que no sólo sepultó la Misa Tradicional…, tuvo también su parte aquí; leamos:

«En la formulación del texto se ha tenido en cuenta la corrección introducida por la neo-vulgata, en la cual tenemos «allevet» en lugar de «alleviet», lo cual expresa mejor el verbo griego «egerei» que indica, justamente, elevar, levantar, hacer permanecer de pie. De este modo es bien expresada la significación espiritual y también la física del sacramento».

En una palabra, con expresiones muy finas y sabihondas, Pablo VI, Martimort y Bugnini nos toman por alelados.

En efecto, el texto del Concilio de Trento al que hacen referencia, dice:

«La realidad y el efecto de este sacramento se explican por las palabras: «Y la oración de la fe salvará al enfermo, y le aliviará (alleviabit) el Señor; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados». Porque esta realidad es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción limpia las culpas, si alguna queda aún para expiar, y las reliquias del pecado, y alivia (alleviat) y fortalece el alma del enfermo, excitando en él una grande confianza en la divina misericordia, por la que, animado el enfermo, soporta con más facilidad las incomodidades y trabajos de la enfermedad, resiste mejor las tentaciones del demonio, que acecha a su calcañar, y a veces, cuando conviniere a la salvación del alma, recobra la salud del cuerpo» (Dz. 909).

Además, el canon 2 del Santo Concilio define:

«Si alguno dijere que la sagrada unción de los enfermos no confiere la gracia, ni perdona los pecados ni alivia a los enfermos (nec alleviare infirmos), …. sea anatema» (Dz. 927).

Es cierto que el verbo «alleviabit» no corresponde al original griego y que es una corrupción de «allevabit».

Sin embargo, es fácil comprobar que la palabra utilizada por Santiago no designa curaciones milagrosas. El Apóstol sabe bien que no todos los enfermos serán curados, y, a pesar de ello, dice que serán «levantados», sin poner ninguna restricción ni condición, que serían entonces necesarias, por ejemplo, «si Dios quiere».

Esto indica claramente que no se trata de «levantar físicamente».

Además, el Concilio de Trento no hace más que comentar las afirmaciones de Santiago.

En los tres capítulos y los cuatro cánones dedicados a este Sacramento, resume toda la doctrina que se desprende de ese texto, la declara expresamente y la define solemnemente.

No se trata, pues, solamente de la autenticidad, autoridad y uso de la Vulgata (cfr. Dz. 785 y 2292), sino de la doctrina del Sacramento de la Extremaunción; de su realidad y de su efecto («Res porro et effectus huius sacramenti»).

El Santo Concilio de Trento definió la interpretación del verbo «egerei» y de su uso latino «alleviabit».

Pero consideremos de más cerca las pretensiosas justificaciones aludidas por los reformadores.

Martimort, interpretando Pablo VI, dice:

«La primera y más importante reforma que aporta la nueva Constitución de Pablo VI consiste precisamente en cambiar la fórmula sacramental, substituyéndola por una inspirada en los textos de Santiago y del Concilio de Trento…»

Bugnini nos aclara:

«La primera parte de la fórmula está tomada de aquella romana en uso a partir del siglo XIII (…) El resto está inspirado en el Concilio de Trento y en la epístola de Santiago».

Según ellos, la fórmula antigua no expresaba más que uno solo de los efectos del Sacramento.

En el artículo 9° de la 29ª cuestión, en que Santo Tomás trata este punto, la 3ª objeción se expresa así:

«En el texto de las Sentencias se señala a este sacramento un doble efecto. Pero en las citadas palabras no se menciona más que uno, o sea la remisión de los pecados, omitiendo la referencia a la salud corporal, a la que Santiago ordena la oración de la fe cuando dice: «La oración de la fe salvará al enfermo». Luego dicha forma es incompleta».

Y Santo Tomás respondió hace más de siete siglos:

«En la forma debe expresarse el efecto principal, que se obtiene por medio del sacramento siempre que no haya óbice por parte de quien lo recibe. Ese efecto no es la salud corporal, aun cuando a veces se obtenga. Esta es la razón de que Santiago atribuya dicho efecto a la oración, que es la forma de este sacramento».

He aquí, confrontados, los textos en cuestión:

¿Compromete este cambio la validez del Sacramento?

Santo Tomás nos enseña (III, q. 60, a. 8) que lo esencial de la forma es el sentido de las palabras, la significación precisa que debe tener el rito. En consecuencia, todo cambio en las palabras que no modifique el sentido requerido no invalida el sacramento; pero, al contrario, todo cambio que modifique ese sentido, lo invalida.

La forma de cada sacramento consiste en aquellas palabras por las cuales la materia próxima es elevada a la significación sacramental.

Ahora bien, como la materia próxima de la Extremaunción no siempre ni en todas partes ha sido la misma, del mismo modo sucedió con la forma.

De todas las formas empleadas, las palabras comunes y esenciales son tan sólo aquellas que enuncian la acción de la unción y el efecto del Sacramento, es decir la abstersión de las reliquias del pecado, significada por indulgeat tibi Deus quidquid deliquisti.

Queda por probar, pues, si Ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius allevetsuple por «abstersión de las reliquias de los pecados», como le hace «indulgeat»;

Lo menos que se puede decir es que queda una gran duda, y, por lo mismo, incertidumbre sobre la validez del sacramento.

CONCLUSIÓN

Martimort juzgó bien que «La importancia teológica, espiritual y pastoral de las decisiones tomadas merece ser subrayada, puesto que ellas deberán producir en muchos casos un cambio de mentalidad de la parte de sacerdotes y de feligreses, y, por consecuencia, un esfuerzo intenso de catequesis»

Al comienzo de nuestro trabajo, con el Padre Gardeil, planteamos el problema en estos términos:

«La extremaunción, ¿va a llegar a ser o a volver a ser, pura y simplemente, la unción de los enfermos?»

Al término de nuestra exposición nos vemos obligados a responder que el Sacramento de la Extremaunción, según la intención de los modernistas reformadores conciliares, se transformó en el Sacramental de la Unción de los enfermos.

Por lo tanto, en el caso en que, por la razón que fuese, una persona hubiese recibido dicho Sacramental y desea recibir el Sacramento de la Extremaunción, éste se le ha de administrar de modo absoluto, y no tan sólo de manera sub conditione.

Padre Juan Carlos Ceriani