RAFAEL GAMBRA CIUDAD: EXTRA-DEMOCRÁTICAMENTE

EL MECANISMO DE LA DEMOCRACIA

En el diario ABC de ayer (27 de abril) recordaba Jaime Campmany la famosa norma política según la cual, cuando un gobernante quiere de verdad averiguar un asunto o una conducta para sancionarlos, encarga el caso a un buen policía o a un buen juez. Y cuando quiere que el asunto se entierre y olvide, nombra una comisión de investigación. Esto, según él, lo sabía muy bien y lo practicaba Napoleón.

Yo añadiré cuál es el mecanismo por el que una comisión siempre deja las cosas en oscuridad y en impunidad.

Dentro de toda comisión investigadora suele haber un miembro que afirma conocer perfectamente el hecho o su causante, estar en condiciones de probarlo, y exige la debida sanción.

Este pasa enseguida a ser un «ultra», un «extremista» o un «exaltado» porque, al estar formada la comisión por miembros de distintos partidos, hay siempre otro que afirma que tal hecho o tal culpabilidad no existen, sino que se trata de falsas imputaciones. Este pasa a ser el extremista contrario.

Los demás se inclinan automáticamente por una solución ponderada, un término medio entre ambas exageraciones extremistas, y concluyen que existen indicios de delito, pero que nada se puede probar y deben quedar las cosas como están.

Lo que sucede en el seno de una comisión o de un jurado, acontece igualmente en toda democracia de partidos. Donde nadie manda por encima de los partidos, nadie mira por el bien común ni se halla libre de la disciplina (o de los intereses) de su propio partido.

De aquí que una democracia no arregle nunca nada, y que en ella todo se deslice fatalmente hacia la corrupción o la anarquía hasta que alguien logre poner orden (extra-democráticamente).

De aquí también que la filosofía aristotélico-escolástica, después de enumerar las formas posibles de gobierno, afirme que la mejor es la monarquía (la verdadera monarquía, se entiende) porque en ella la eficacia y la responsabilidad se centran en una persona, que es el sujeto de operaciones. Al paso que en las democracias la eficacia y la responsabilidad se diluyen en un tejido de intereses contrapuestos o de desintereses perezosos. Lo que no es tampoco una apología de la autocracia, puesto que tal filosofía política pone énfasis en rodear al gobernante de todas las limitaciones legislativas o corporativas que eviten su posible abuso.