Padre Juan Carlos Ceriani: CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Sermones-Ceriani

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

En aquel tiempo: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilatos la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilina; hallándose sumos sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. El cual, obedeciendo al instante, vino por toda la ribera del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados; como está escrito en el libro de las palabras o vaticinios del profeta Isaías: Se oirá la voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo valle será terraplenado, todo monte y cerro, allanado, y los caminos torcidos serán enderezados y los escabrosos igualados. Y verán todos los hombres al Salvador enviado de Dios.

Nos encontramos en la última Semana del Adviento. La Iglesia cuenta las horas de espera; día y noche está vigilante; y sus Oficios toman una extraordinaria solemnidad a partir del 17 de diciembre.

En efecto, en Laudes varía diariamente las antífonas; en Vísperas exterioriza, al mismo tiempo con majestad y ternura, sus ansias de Esposa por medio de ardientes exclamaciones al Mesías, en las que le da todos los días un título magnífico, tomado de los Profetas: son las famosas “Antífonas Mayores” o “Antífonas de la O”.

“De la O”, porque todas ellas empiezan con la exclamación “Oh”. Esto mismo ha dado origen a la advocación de “Santa María de la O”.

En ellas se expresan, de un modo admirable, los sentimientos y la plegaria de la Santa Iglesia en los siete últimos días que preceden a la Navidad. Todas cantan a Cristo, esperado por todos los pueblos, así como las ansias con que la Iglesia anhela su venida.

Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad, la admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre, la comprensión cada vez más profunda de su misterio, y la súplica urgente: «Ven».

Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento, pero entendido con la plenitud del Nuevo. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros.

Todas terminan con una súplica: “Ven, y lleva a cabo tu obra”.

Nos vamos a detener en dos de ellas, la consagrada al día de hoy, 20, y la correspondiente al 22, pues tienen una cierta conexión y paralelismo.

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La Antífona del 20 de diciembre dice así:

¡Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel! Que abres, y nadie puede cerrar; cierras, y nadie puede abrir. Ven, y libra al que yace aherrojado en prisión, sentado en tinieblas y en sombras de muerte.

Maravilloso poder del Señor que viene. Él posee la llave, la administración de la casa de David, es decir, del Reino de Dios.

Tiene absoluto e ilimitado poder sobre la gracia y sobre todos los bienes de la Iglesia; sobre todas las almas, así como sobre la voluntad y el corazón del hombre.

Los destinos de la Iglesia están en su mano. Tiene potestad sobre todas las tempestades que se levantan contra la Iglesia, contra las familias y contra cada una de las almas.

Domina sobre los enemigos de Dios, sobre el Adversario y sus ministros, sobre las erróneas y falsas doctrinas, sobre los incrédulos, sobre el mundo, sobre la carne, sobre las pasiones…

A Él se le ha dado todo poder.

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Abres, y nadie puede cerrar. Tiene tal poder, que no podrá ser superado por ningún otro. Con su mano rige firmemente los destinos de las almas, de la Santa Iglesia. Es el Señor absoluto.

Ven, libra, al que yace aprisionado… Con su poder, con su llave, el Redentor se acerca a la prisión donde el hombre, pobre y pecador, yace sentado en tinieblas y en sombras de muerte, cautivo de Satanás, esclavo del pecado, que le envilece y le deshonra, que le roba su dignidad de hijo de Dios, le rebaja al nivel de los brutos y le sepulta en el cieno del vicio y de la degradación.

Se acerca al hombre esclavo del pecado, el cual entenebrece su espíritu, llena su corazón de malos instintos e inclinaciones, destruye en él el templo de Dios y le convierte en morada del espíritu inmundo.

Se acerca al hombre esclavo de las pasiones, de la sensualidad, de la vanidad, de la envidia, de la concupiscencia de los ojos, de la concupiscencia de la carne y del orgullo de la vida.

¡Oh llave de David!, ven y libra de su prisión al cautivo… Dale la libertad…, y para eso, hazle conocer la Verdad…

Así suplica la Iglesia a Dios, para que Él nos dé la gracia y la fuerza que necesitamos para librarnos de toda clase de pecados e imperfecciones.

Sólo Él es quien puede librarnos de una mala muerte y de la condenación eterna.

Sólo Él puede arrancarnos este corazón, apegado al mundo, y este espíritu, aficionado a las cosas terrenas.

Sólo Él puede redimirnos de la esclavitud de los hombres y del respeto humano.

Sólo Él puede inspirarnos una santa y absoluta indiferencia ante el favor o el disfavor, ante los aplausos o el menosprecio, ante la adulación o las calumnias, ante las alabanzas o los vituperios del mundo y de los hombres.

Sólo Él puede libertarnos de nosotros mismos: de nuestro amor propio, de nuestra soberbia, de nuestra impaciencia, de nuestros malos instintos e inclinaciones, de todas nuestras miserias espirituales.

La Iglesia suplica al Redentor nos haga libres, es decir, nos desprenda totalmente de las cosas de este mundo. Ella sabe muy bien que la verdadera libertad, es incompatible con el apego a lo terreno.

Sólo es libre el que está completamente muerto a todo lo que no es Dios, el que no aprecia las cosas de esta vida más de lo que son en realidad.

Pero, para poder alcanzar este total desprendimiento, esta sublime independencia, hay que estar antes bien dispuesto a entregar, a sacrificar alegremente todo aquello que sea incompatible con la vida sobrenatural, con la vida de la gracia.

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¡Oh llave de David: ven y liberta al encarcelado! Líbranos, con tu llegada, de todos los peligros que nos rodean. Rompe todas las cadenas que nos retienen alejados de Dios. Danos la libertad, la salud del alma, la entrega, la total sumisión a Dios.

Esto es lo que debemos pedir hoy para nosotros y para todos nuestros hermanos en Cristo.

¡Dichosa el alma que es conducida por el Señor a la santa libertad de la esclavitud cristiana! Servir a Dios, es reinar…

Ella respirará y se moverá en plena atmósfera celestial.

Su voluntad se cumplirá siempre, pues estará plenamente identificada con la voluntad divina, que es quien regula y gobierna, quien da y quita, quien ordena o permite todas las cosas.

Su sabiduría será una sabiduría celestial e incomprensible para un entendimiento carnal.

En medio de las tribulaciones y de los sufrimientos de la vida, gozará de una paz profunda, inalterable. La participación y el goce de la alegre, de la inefable y dichosa vida de Dios producirán en ella un júbilo íntimo, inefable, beatífico.

¡Oh Llave de David, ven!, danos la libertad, para que podamos vivir sin traba alguna la sabrosa vida de Dios; para que podamos elevarnos, serena, cordialmente, por encima de todo lo que no sea Jesucristo y la Santísima Trinidad.

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¡Qué cosas tan magníficas nos dará el Señor cuando venga a nosotros en Navidad! ¡Qué cosas tan estupendas nos dará, sobre todo, cuando venga al fin de los tiempos!

Entonces brillarán en todo su esplendor la victoria y el triunfo de la Santa Iglesia, de su doctrina y de su obra. Entonces aparecerá Ella ante toda la humanidad atónita y se manifestará tal cual es en realidad, o sea, como el Cuerpo Místico de Cristo, animado y vivificado por el espíritu de Cristo.

Aparecerá como el Arca salvadora de la humanidad. Y, a los que aquí en la tierra nos hayamos encadenado al Cristo viviente, a la santa Iglesia, se nos dará entonces eterna y gozosa libertad en Dios.

Nuestros oídos escucharán entonces aquellas consoladoras palabras: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino que os está preparado desde el principio del mundo.

¡Oh María!, Puerta del Cielo, Refugio de los Pecadores, ruega por nosotros.

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La Antífona del 22 de diciembre dice así:

¡Oh Rey de las naciones, Deseado de las gentes y Piedra Angular!, que haces de dos pueblos uno solo. Ven y salva al hombre que formaste del limo de la tierra.

Dijo Jesús en una parábola que un noble varón marchó a una región lejana, para tomar allí posesión de un reino y volverse en seguida.

Este noble varón es el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, el Rey de todos los pueblos, de todas las razas, de todas las lenguas y de todos los tiempos.

Su dominio se extiende a todas las cosas y a todos los hombres, lo mismo a sus cuerpos que a sus almas.

Todo lo tiene Él en su mano, como Dios y como Hombre-Dios.

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Pero existe también otro ser que, habiéndose deslizado en su Reino, se constituyó en tirano de los hombres: es Satanás, el príncipe de este mundo.

Sólo una pequeña porción, el pueblo escogido del Antiguo Testamento, se mantuvo fiel al legítimo Rey.

Por eso, el Hijo de Dios emprendió un viaje a un país lejano; se hizo hombre para expulsar de la tierra al príncipe de este mundo, con las armas de su anonadamiento, de su obediencia, de su humildad, de su pobreza, de sus dolores voluntariamente aceptados y de su Cruz.

Pero su pueblo también lo rechazó…

Y el Verbo Encarnado se inmoló para rescatar del poder del demonio a los pueblos infieles y para fundirlos, ahora y eternamente, en una sola Iglesia con aquel pueblo escogido, pero pérfido.

¡Oh Rey de las naciones y piedra angular!, que haces de dos pueblos uno solo. Tu cetro es de humildad y de misericordia.

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Ven, salva, al hombre que tú formaste del limo de la tierra.

¿Qué es el hombre? Un puñado de barro, miseria, nada. Y, sobre esto, alejado de Dios por el pecado, separado de la Fuente de la verdad y de la verdadera vida, condenado a la eterna privación de Dios, a las tinieblas y a la eterna desdicha.

Sin embargo, bajo esta envoltura de barro aletea la llama del espíritu, con su impetuosa tendencia hacia la verdad, hacia la posesión de todo bien, hacia la felicidad y la paz, hacia Dios.

¿Quién podrá darle a Dios? Solamente Dios mismo.

Por eso, clama la Iglesia al Señor: Ven, salva al hombre que Tú formaste del barro de la tierra. Salva al que es tan pobre y tan débil, al que no es más que un poco de polvo. Acuérdate de su nada. Acuérdate de los muchos enemigos que le asedian, para sumergirle en el pecado. Acuérdate de su ignorancia, de su propensión al mal, de los errores, concupiscencias y pasiones que le dominan. Acuérdate de las seducciones del mundo, de las tentaciones del demonio.

Durante estos días que preceden a Navidad, la Iglesia siente en sí misma toda esta honda miseria de la humanidad irredenta, la que no ha recibido la Redención obrada por Jesucristo. Por eso, clama al Señor: ¡Ven, salva al hombre!

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Jesús es el Rey de las naciones y de los pueblos.

Se juntaron y se aliaron todos los reyes y príncipes de la tierra, para luchar contra Dios y contra su Ungido. Dijeron entre sí: rompamos sus cadenas y sacudamos su yugo.

Pero el que habita en los cielos se mofará de ellos y el Señor los apabullará. Les hablará colérico y los conturbará con su furor. Les dirá: Yo he sido constituido por Él Rey de Sión, de su monte santo. El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo, y te daré en herencia todos los pueblos, y tus dominios se extenderán hasta el último confín de la tierra (Salmo II).

Ya pueden los reyes y los pueblos maquinar, a lo largo de los siglos, contra el que ha sido constituido Rey por el mismo Dios, contra Cristo. A pesar de todo, Él siempre es y será Rey.

A Él se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Ante Él tendrá que doblarse toda rodilla, y todos tendrán que confesar que Él es el Señor universal.

Nosotros, acatemos voluntaria y gozosamente la soberanía de Jesús, del Crucificado, del Exaltado por el Padre. Cuanto más le rechacen y se alejen de Él los poderes de la tierra, más fieles y sumisos debemos permanecerle nosotros.

El Señor viene ahora a nosotros bajo la forma de un tierno y frágil niño. Sin embargo, más tarde, cuando el representante del poder romano le interrogue: ¿Eres tú Rey?, Él responderá con un tajante y decisivo: Sí; yo soy Rey.

Después de su muerte y de su retorno al Cielo, Cristo continúa participando, aun en cuanto hombre, de la majestad y del poder del Padre. Aunque no le veamos nosotros, Él es, sin embargo, Quien todo lo rige y gobierna: es el Rey del universo.

Al fin de los tiempos volverá de nuevo a la tierra, envuelto en todo su poder y majestad de Rey; y se cumplirá plenamente la parábola.

Entonces nuestros ojos podrán contemplarle tal cual es en realidad.

Entonces volverá el Padre a repetirle, en presencia de toda la humanidad congregada ante Él: Yo te he constituido Rey de Sión, de mi santo monte, es decir, de la Santa Iglesia.

En aquel día todos le reconocerán y le acatarán como Rey. Todos los pueblos, todos los tiempos y todas las civilizaciones habrán de confesar y proclamar: Tú eres el Rey de la gloria.

El Agustino Recoleto, José Antonio Ciordia, resumió poéticamente estos pensamientos:

Oh Rey de reyes, Fin de las edades;

Sillar fundamental del reino nuevo,

que rompes con tu cetro las ruindades

que hicieron enemigos a los pueblos.

Encanto de profetas y de sabios,

Anhelo de las islas más distantes,

que animas con el Soplo de tus labios

al hombre que del barro modelaste:

Renueva en tu poder al hombre viejo

y trae a tu redil a los dispersos.

Volvamos a suplicar hoy, con la Santa Iglesia: ¡Oh Rey de las naciones, salva al hombre que tú formaste del barro de la tierra!

¡Oh María!, Auxilio de los Cristianos, Reina de todos los Santos, ruega por nosotros.