P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolas a observar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos.

Hemos llegado a la celebración del principal Dogma de nuestra sacrosanta religión, la Fiesta de la Santísima Trinidad.

Estas son las palabras que se pronunciaron sobre nosotros en el Bautismo; serán las últimas que nos prepararán para pasar a la vida eterna. Invocamos a la Santísima Trinidad cada vez que hacemos la señal de la cruz, rezamos el Gloria y el Credo…

Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿por qué este misterio de un solo Dios en tres Personas, que nos parece tan abstracto y enigmático, es el más apreciado por los contemplativos?

San Agustín y Santo Tomás nos responden: Es porque es el misterio supremo, que nos revela la vida íntima de Dios en su infinita fecundidad; es el objeto principal de la visión del Cielo; y, si se nos revelara plenamente, todos los demás misterios, los de la Encarnación redentora, de la Misión del Espíritu Santo y de la vida de la Gracia, serían iluminados desde lo alto y vistos en plena luz, pues todas estas son irradiaciones de la Verdad suprema y de la Vida íntima del Dios tres veces Santo.

Este misterio nos revela, en primer lugar, la fecundidad infinita de Dios Padre, que comunica la naturaleza divina a su Hijo y, junto con su Hijo, al Espíritu Santo. Es la entrega más perfecta que se pueda imaginar, y la comunión más íntima.

En cada nivel de la escala de los seres, vemos que el bien es difusivo por sí mismo, bonum est essentialiter diffusivum sui, enseñan los Doctores.

Dios, que es el Bien Supremo, debe, por lo tanto, ser supremamente difusivo de sí mismo, puesto que la bondad es esencialmente comunicativa.

Dios, que es el principio supremo de todas las cosas, ¿se contenta con dar existencia a la piedra, la vida vegetativa a la planta, la vida sensorial al animal, la inteligencia y la voluntad al hombre? ¿Se contenta con dar y preservar la gracia, la participación en su vida íntima, a los justos?

¿Podría Dios comunicar no sólo una participación de su vida íntima, sino toda su vida, toda su naturaleza infinita?

¿Por qué habría de ser imposible, si la bondad es esencialmente comunicable, y tanto más abundante e íntimamente cuanto más elevado es su orden? ¿Quién puede poner un límite a la comunicación que el Bien Soberano puede hacer de sí mismo?

Nuestra razón, e incluso la inteligencia natural del Ángel supremo, dejada a su suerte, no podría responder a estas preguntas con certeza. No podía probar la posibilidad de la Trinidad, y mucho menos su existencia.

Este misterio trasciende el ámbito de lo que se puede demostrar o el alcance de los principios de nuestra razón.

Pero la Revelación divina, ya en el Antiguo Testamento, nos da a conocer que Dios es Padre y que dice, en el instante único de la eternidad inmóvil: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.

Y en el Nuevo Testamento, el prólogo de San Juan nos dice: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… Y más adelante: Nadie ha visto a Dios, pero el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer.

Y el Hijo mismo nos prometió el Espíritu Santo y nos lo envió en Pentecostés.

La Revelación Divina nos da a conocer así la fecundidad infinita de la vida divina a través del misterio de la generación eterna del Verbo, Hijo de Dios, y a través de la procesión del Espíritu Santo.

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El tratado dogmático De Deo Trino es el más sublime y profundo de toda la teología católica. Se apoya directa e inmediatamente en la divina Revelación, ya que la razón natural, abandonada a sí misma, jamás hubiera podido descubrir el misterio trinitario, ni siquiera sospecharlo, en razón de su soberana e infinita trascendencia.

La razón natural tiene fuerza suficiente para demostrar, con argumentos apodícticos, la existencia de Dios, deducida por vía de causalidad de la existencia indiscutible de las cosas creadas.

Pero una cosa es la demostración de la mera existencia de Dios, y otra muy distinta el conocimiento de su vida íntima.

La demostración de la existencia de Dios nos lleva al conocimiento de ciertos atributos divinos, tales como su simplicidad, inmensidad, bondad, eternidad, perfección infinita, etc.; pero de ningún modo nos puede llevar al conocimiento de las realidades divinas que rebasan y trascienden la vía del conocimiento natural que el hombre puede obtener a partir de la reflexión sobre los seres creados.

Entre estas verdades infinitamente trascendentes figura, en primerísimo lugar, el inefable misterio de la Trinidad de personas en Dios.

La simple razón natural no puede por sí misma conocer ni sospechar la existencia de la Trinidad de Personas en Dios.

Lo insinúa el mismo Jesucristo cuando dice: Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo.

Es imposible llegar al conocimiento de las Personas divinas por medio de la razón natural, porque ésta puede conocer de Dios sólo aquello que necesariamente le compete en cuanto es principio o causa de todos los seres.

Ahora bien, el poder creador de Dios es común a toda la Trinidad, y por ello pertenece a la unidad de la esencia y no a la distinción de personas.

Las acciones que Dios realiza fuera de sí mismo (ad extra) son comunes a las tres divinas Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Estas obras, que incluyen la creación, providencia, redención y santificación, son indivisibles, lo que significa que el único Dios actúa con un mismo poder y amor.

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Pero, supuesta la divina revelación del misterio, puede la razón, iluminada y conducida por la fe, explicar, aunque imperfectamente, la trinidad de Personas en Dios.

Es muy justo y razonable que la razón humana acepte las verdades que Dios se digna revelar al hombre, aunque excedan infinitamente su capacidad natural de conocer.

El asentimiento a las verdades que la fe nos propone, lejos de suponer una humillación para la razón natural, que no puede comprenderlas, representa, por el contrario, la mayor exaltación a que puede levantarse en este mundo, puesto que le aumenta inconmensurablemente su capacidad cognoscitiva, haciéndola penetrar en el orden sobrenatural, infinitamente superior al meramente natural.

Hay, en consecuencia, verdades divinas accesibles a la razón humana, y otras que sobrepasan en absoluto su capacidad natural.

Repetimos, es muy justo, es totalmente razonable que la razón humana acepte las verdades que Dios se digna revelarle, aunque excedan infinitamente su capacidad natural de conocer.

No sería Dios infinito si pudiéramos comprenderle, ni la fe tendría mérito alguno si pudiéramos demostrar racionalmente las verdades que nos propone.

Basta saber que las ha revelado Dios para que la razón humana asienta con firmeza a esas verdades, sin miedo alguno a equivocarse, ya que es del todo imposible que Dios se engañe o nos engañe.

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La Iglesia Católica ha enseñado siempre que la Trinidad de personas en Dios es un misterio estrictamente sobrenatural, de suerte que la razón humana jamás hubiera podido descubrirlo por sí misma independientemente de la divina Revelación.

En la fórmula del sacramento del Bautismo, dada por el mismo Cristo a sus discípulos, aparece con toda claridad y distinción la revelación del misterio trinitario: Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Este texto es el más claro y explícito de todos. Se trata aquí de tres personas distintas, designadas por sus nombres propios. La unidad de esencia o naturaleza de las tres personas se expresa claramente en la forma singular de la expresión en el nombre; no en los nombres…

La Iglesia Católica ha enseñado siempre, como dogma fundamental, que en Dios hay tres Personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en una sola esencia o naturaleza.

El Concilio de Florencia, en su Decreto para los jacobitas, De la Bula Cantate Domino, del 4 de febrero de 1442, expuso ampliamente la fe de la Iglesia en torno al misterio trinitario. Por su interés extraordinario, consideremos el largo texto de la Declaración conciliar; dice así:

La sacrosanta Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro, firmemente cree, profesa y predica a un solo verdadero Dios omnipotente, inmutable y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en esencia y trino en personas: el Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo.

Que el Padre no es el Hijo o el Espíritu Santo; que el Hijo no es el Padre o el Espíritu Santo; que el Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo; sino que el Padre es solamente Padre, y el Hijo solamente Hijo, y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo.

Sólo el Padre engendró de su substancia al Hijo, el Hijo solo del Padre sólo fue engendrado, el Espíritu Santo solo procede juntamente del Padre y del Hijo.

Estas tres Personas son un solo Dios, y no tres dioses; porque las tres tienen una sola sustancia, una sola esencia, una sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad, una eternidad, y todo es uno, donde no obsta la oposición de relación.

Por razón de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo.

Ninguno precede a otro en eternidad, o le excede en grandeza, o le sobrepuja en potestad.

Eterno, en efecto, y sin comienzo es que el Hijo exista del Padre; y eterno y sin comienzo es que el Espíritu Santo proceda del Padre y del Hijo.

El Padre, cuanto es o tiene, no lo tiene de otro, sino de sí mismo; y es principio sin principio.

El Hijo, cuanto es o tiene, lo tiene del Padre, y es principio de principio.

El Espíritu Santo, cuanto es o tiene, lo tiene juntamente del Padre y del Hijo.

Mas el Padre y el Hijo no son dos principios del Espíritu Santo, sino un solo principio.

Como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de la creación, sino un solo principio.

A cuantos, consiguientemente, sienten de modo diverso y contrario, los condena, reprueba y anatematiza, y proclama que son ajenos al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

De ahí condena a Sabelio, que confunde las personas y suprime totalmente la distinción real de las mismas. Condena a los arrianos, eunomianos y macedonianos, que dicen que sólo el Padre es Dios verdadero y ponen al Hijo y al Espíritu Santo en el orden de las criaturas. Condena también a cualesquiera otros que pongan grados o desigualdad en la Trinidad.

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Esta es la fe de la Iglesia, obtenida directamente por divina Revelación.

El teólogo no puede alterar ni modificar en lo más mínimo esos datos sagrados, que la Iglesia custodia y proclama fidelísimamente a través de los siglos.

Pero es función propia y nobilísima de la teología explicarlos del mejor modo posible, a base de analogías tomadas del orden natural y de la confrontación de los datos de la fe con los principios de la sana filosofía, con el fin de obtener una mayor comprensión de la doctrina revelada, haciendo ver su maravillosa armonía interna y externa y mostrando la necedad de cuantas objeciones puedan oponerse a ella.

De este modo, ningún tratado de teología salió de la inspirada pluma de Santo Tomás con tanta perfección como el de la Santísima Trinidad. En él todo es unidad, armonía, lógica impecable, luz y claridad convergiendo sobre el fondo oscuro del más inaccesible de los misterios de nuestra fe.

Lo que la razón no es capaz de ver ni demostrar, gozosa lo cree la fe después de conocer la explicación de Santo Tomás y ver lo razonable del acto sobrenatural que le presta en su asentimiento. Razón y fe se estrechan así, sin confundirse, en un abrazo íntimo de amor en el claroscuro de los misterios divinos.

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De este modo, se nos enseña que Dios es Pensamiento siempre en acción, siempre subsistiendo. Y si concibe un Verbo interior, no lo concibe desde la pobreza, sino desde la superabundancia.

Y este Verbo, esta Palabra interior es sustancial, viva, inteligente, como el espíritu que la engendra. Aquí, la concepción intelectual culmina verdaderamente en una generación intelectual, perfecta desde el principio en el instante único de la eternidad inmóvil.

Esta generación eterna da al Verbo ser Luz de Luz, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero. Él es el esplendor de la gloria del Padre y la imagen de su sustancia.

Esta Palabra eterna, precisamente por ser supremamente perfecta, por expresar adecuadamente la naturaleza divina, es única.

El Verbo es la imagen viviente del Padre, es una Persona como el Padre, que le comunica toda la vida divina, pero que se reserva para sí mismo únicamente su relación de Paternidad.

El Verbo es tan perfecto que en Dios no es más perfecto engendrar que ser engendrado; el ser del Hijo no es causado, sino comunicado; lo que eternamente recibe en su infinita plenitud es el ser mismo del Padre.

El Padre y el Hijo, mediante su amor mutuo, son el principio del Espíritu Santo, a quien comunican toda la naturaleza divina, sin dividirla ni multiplicarla, de modo que no es más perfecto ser el principio de esta procesión que ser su fin.

La inefable amistad entre las dos primeras personas llega así a su fin, al igual que el pensamiento del Padre.

Este término de amor es sustancial, como el término de la concepción de la Palabra; es vivo, inteligente y amoroso como la Palabra, y como ella, es una Persona, espíritu de los dos primeros, su vínculo, el Espíritu Santo.

Tal es la fecundidad infinita de la vida íntima de Dios desde toda la eternidad anterior a la creación.

Esta es la difusión más absoluta del yo; y, como el don del Padre a su Hijo es supremamente perfecto, el Hijo es tan perfecto como el Padre; y por la misma razón, el Espíritu Santo es igual a ellos en perfección.

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Esta difusión soberana es el principio de la comunión más íntima. Esta comunión es la unión más estrecha de pensamiento y amor que se pueda concebir.

Tres personas que se abren plenamente la una a la otra, y que sólo se oponen a sus relaciones mutuas, las cuales, al mismo tiempo, las unen.

Y mientras que aquí abajo el egoísmo se opone con frecuencia a la unión perfecta de las almas, en Dios son tres Personas las que viven del mismo Bien, supremo e infinito, mediante un único acto de amor, sin el menor individualismo.

El Padre le da a su Hijo toda su naturaleza; y el Padre y el Hijo se la comunican al Espíritu Santo.

El Padre se distingue de su Hijo únicamente por su relación de paternidad.

El Hijo se distingue del Padre únicamente por su relación de filiación; y aquello que los distingue los une al relacionarlos entre sí.

El Espíritu Santo se distingue de las dos primeras personas únicamente porque procede de ellas.

Aparte de estos aspectos opuestos de sus relaciones mutuas, todo lo demás es común e indivisible entre ellos.

Esta es la comunión más íntima: la consustancialidad, que conduce a la unidad de pensamiento y de amor.

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Dios Padre, que tiene un solo Hijo y a quien comunicó toda su naturaleza para que fuera verdadero Dios de verdadero Dios, quiso tener hijos adoptivos, a quienes dio una participación de su naturaleza: la gracia santificante, una semilla que un día florecerá en vida eterna, en una visión inmediata de la esencia divina y en una caridad eterna.

Entonces, en cada alma bendita, Dios Padre continuará, en el instante único de la eternidad inmóvil, engendrando su Palabra, y con Él infundiendo el Amor personal que los une en la más íntima comunión.

Cuanto más crece nuestra alma en la vida divina de la gracia, más se convierte en una imagen viva de la Santísima Trinidad.

En última instancia, nuestra inteligencia está llamada a descansar, como la de Dios, en su Palabra eterna, y nuestra voluntad en el Amor personal que nunca deja de atraernos hacia Él, en medio de las vicisitudes del exilio.

Gloria al Padre… Gloria al Hijo… Gloria al Espíritu Santo…

Bendita sea la Santa e Indivisible Trinidad, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén