PADRE CERIANI: LA EXTREMAUNCIÓN

Especiales de Radio Cristiandad

EL SACRAMENTO DE LA EXTREMAUNCIÓN

El quinto Sacramento es la Extremaunción.

La Teología descubre la gran conveniencia de que Jesucristo instituyera un Sacramento para ayudar en su tránsito a la eternidad a los que están en peligro de muerte a causa de enfermedad o vejez.

Así como el Bautismo nos da la gracia de la regeneración, y la Confirmación la corrobora, y la Eucaristía la alimenta, y la Penitencia la restaura repetidas veces en la vida, era muy conveniente que hubiera otro Sacramento especial para confortar al que está en peligro de muerte en sus últimos momentos y prepararle para el tránsito a la vida eterna.

Este Sacramento es, pues, un complemento del Sacramento de la Penitencia, así como la Confirmación lo es del Bautismo.

En la Confirmación, el hombre bautizado se corrobora en su fe para confesarla y defenderla valientemente como auténtico soldado de Cristo; la Extremaunción sigue a la Penitencia porque completa la obra de medicación espiritual comenzada en ésta: “…el Sacramento de la Extremaunción ha sido estimado por los Padres como consumativo no sólo de la Penitencia, sino también de toda la vida cristiana que debe ser perpetua penitencia…” (Dz. 907).

En la Extremaunción, el cristiano recibe un aumento de ímpetu espiritual para superar victoriosamente la última batalla de la vida.

Y así como en la vida corporal, además del remedio para curar una grave enfermedad, se requiere una medicina que restablezca totalmente las fuerzas del enfermo, así en la vida espiritual, además del Sacramento de la Penitencia, que libera de la grave enfermedad del pecado, se requiere otra medicina espiritual que preste auxilios especiales para sobrellevar las incomodidades de la enfermedad, restaure íntegramente la salud espiritual del cristiano, borre los últimos rastros y reliquias del pecado y devuelva la salud del cuerpo si conviene para la salud del alma.

Tal es, cabalmente, el Sacramento de la Extremaunción. Por eso dice Santo Tomás que “este Sacramento es el último y, en cierto modo, el que consuma toda la curación espiritual, sirviendo como de medio para que el hombre se prepare para recibir la gloria” (Contra Gentiles, IV, 73).

El Concilio de Trento enseña que “También ha parecido al santo Concilio añadir a la precedente doctrina de la Penitencia, la que se sigue sobre el sacramento de la Extremaunción, que los Padres han mirado siempre como el complemento no sólo de la Penitencia, sino de toda la vida cristiana, que debe ser una penitencia continuada. Respecto, pues, de su institución declara y enseña ante todas cosas, que así como nuestro clementísimo Redentor, con el designio de que sus siervos estuviesen provistos en todo tiempo de saludables remedios contra todos los tiros de todos sus enemigos, les preparó en los demás Sacramentos eficacísimos auxilios con que pudiesen los cristianos mantenerse en esta vida libres de todo grave daño espiritual; del mismo modo fortaleció el fin de la vida con el sacramento de la Extremaunción, como con un socorro el más seguro: pues aunque nuestro enemigo busca, y anda a caza de ocasiones en todo el tiempo de la vida, para devorar del modo que le sea posible nuestras almas; ningún otro tiempo, por cierto, hay en que aplique con mayor vehemencia toda la fuerza de sus astucias para perdernos enteramente, y si pudiera, para hacernos desesperar de la divina misericordia, que las circunstancias en que ve estamos próximas a salir de esta vida. (Sesión XIV, celebrada el 25 de noviembre de 1551).

Nombre

Este Sacramento recibió diversos nombres en el transcurso de los siglos. Y así:

a) Entre los latinos se le llamó Óleo, Óleo Santo, Óleo de la salud, Óleo de los enfermos, Unción, Unción de los enfermos, Unción del Sagrado Óleo, Santa Unción de Dios, Sacramento de los moribundos.

El nombre que acabó por prevalecer desde fines del siglo XII fue el de Extremaunción, por administrarse al fin de la vida del cristiano: “De todas las sagradas unciones que nuestro Salvador y Señor encomendó a su Iglesia, ésta es la última que debe administrarse” (Catecismo del Concilio Tridentino, II, cap. 6).

b) Entre los griegos se le conoció con los nombres de Oración con Óleo y Óleo Santo.

Definición

Es el Sacramento de la Nueva Ley, instituido por el mismo Cristo, que, mediante la unción con el Óleo Sagrado y la oración ritual pronunciada por el sacerdote, confiere a quien está en peligro de muerte a causa de enfermedad o vejez auxilios especiales contra las reliquias de los pecados y para sobrellevar las incomodidades de la enfermedad; disminuye el reato de la pena temporal debida por los pecados; borra sus pecados, si los hubiera; y le devuelve la salud del cuerpo, si conviene para el bien de su alma.

En esta definición encontramos todos los elementos que la teología sacramentaria analiza: existencia, esencia, efectos, ministro y sujeto.

Hoy nos detendremos solamente en el primer punto, dejando los otros tres para otras tantas próximas entregas.

Existencia

1) Errores

Han sido muchos los errores y herejías en torno al Sacramento de la Extremaunción. He aquí los principales:

a) Los albigenses, valdenses, wiclefitas y hussitas negaron más o menos abiertamente la existencia de este Sacramento o hablaron irreverentemente contra él.

Profesión de fe propuesta a Durando de Huesca y a sus compañeros valdenses: (…) Veneramos la unción de los enfermos con óleo consagrado. [Dz. 424].

Interrogaciones que han de proponerse a los wiclefitas y hussitas: 19. Asimismo, si cree que el cristiano que desprecia la recepción de los sacramentos de la confirmación, de la extremaunción, o la solemnización del matrimonio, peca mortalmente [Dz. 669].

b) Lutero, en su Sermón del Nuevo Testamento (año 1520), enumera la Unción de los enfermos entre los Sacramentos; pero en el Libro sobre la cautividad de Babilonia (del mismo año 1520) lo considera tan sólo como un Sacramental.

c) Calvino niega su existencia, y llama a este Sacramento “histriónica hipocresía”.

d) Los modernos protestantes, excepto los ritualistas, rechazan el Sacramento de la Extremaunción.

e) Los modernistas niegan también la sacramentalidad de la Extremaunción y afirman que el Apóstol Santiago no intentó promulgar un verdadero Sacramento Instituido por Cristo.

Santiago, en su carta [Iac. 5, 14 ss] no intenta promulgar sacramento alguno de Cristo, sino recomendar alguna piadosa costumbre, y si en esta costumbre ve tal vez algún medio de gracia, no lo toma con aquel rigor con que lo tomaron los teólogos que establecieron la noción y el número de los sacramentos (Proposición 48, condenada por el Decreto Lamentabili [Dz. 2048]).

2) Doctrina católica

La Extremaunción es un verdadero Sacramento de la Nueva Ley, instituido por el mismo Cristo y promulgado por el Apóstol Santiago (De fe divina, expresamente definida).

a) Sagrada Escritura.

Se encuentra una ligera insinuación en el mismo Evangelio:

“Partidos (los Apóstoles), predicaron que se arrepintiesen, y echaban muchos demonios, y ungiendo con óleo a muchos enfermos, los curaban” (San Marcos, VI, 12-13).

La unción que usaban los apóstoles prefiguraba este Sacramento; como el bautismo del Bautista prefiguraba el de Jesucristo. La unción que menciona San Marcos se refería sólo a la salud corporal (San Mateo, X, 1; San Lucas, IX, 1-2), y se daba no sólo a los enfermos, sino también a los ciegos y cojos; a los cristianos, lo mismo que a los judíos y gentiles.

En suma: era un don carismático que Jesús concedió a los Apóstoles para acreditarlos como ministros suyos (San Mateo, X, 8) antes que los ordenase sacerdotes, y antes que instituyese el Sacramento de la Penitencia, del cual es complemento el de la Extremaunción.

Aparece claramente en la Epístola del Apóstol Santiago:

“¿Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará, y si hubiese cometido pecados, le serán perdonados” (Santiago, V, 14-15).

Este texto ha sido interpretado por toda la Tradición cristiana como alusión directa al Sacramento de la Extremaunción, del que se declara su materia, forma, ministro y principales efectos.

El Concilio de Trento confirmó definitivamente esta interpretación:

Se instituyó, pues, esta sagrada Unción de los enfermos como verdadera, y propiamente Sacramento de la nueva ley, insinuado a la verdad por Cristo nuestro Señor, según el Evangelista san Marcos [6: 13], y recomendado e intimado a los fieles por Santiago Apóstol, y hermano del Señor. (Dz. 908). Más abajo veremos el texto tridentino completo.

b) Tradición.

Los protestantes afirman que la Iglesia Católica no reconoció la existencia de la Extremaunción como Sacramento hasta el siglo XII. Sin embargo, estudios detenidos de la Patrística prueban suficientemente que desde el siglo VI abundan los testimonios explícitos en favor de la sacramentalidad de la Extremaunción, y que desde el siglo III son frecuentes las alusiones a este rito, al que se confiaba la salud del alma y del cuerpo; sólo escasean los documentos probatorios en los dos primeros siglos, debido, sin duda, a la “ley del arcano”.

Siglo III: San Afrates (Dem.23). San Eusebio (P.G. XXIV, 267, 1111). Orígenes (hom. 2 in Lev.)

Siglo IV: Euchologia Serapionis. San Juan Crisóstomo (de sac. III, 6; hom. XXXII in Mth.)

Siglo V: Víctor de Antioquía (in Mc. VI, 13). San Cirilo de Alejandría (de Ador. in sp. et ver.). San Agustín (Spec. de S.S.). Inocencio I (ep. 25, c. 8)

Siglo VI: Casiodoro (Complexiones in ep. Ap., P.L. LXX, 1380). Cesáreo de Arlés (P.L. XXXIX, 2238).

Siglo VII: San Eligius Noviomensis (de Rectitudine cath. convesationis, P.L. XL, 1172).

Siglo VIII: San Beda el Venerable (in Iac. V, P.L. CXIII, 39).

Siglo IX: consta por los Concilios regionales: Tricinensi, Moguntino I, Aquisgranensi, Cabillonensi II. Así como por los estatutos episcopales: Isaac, obispo Lingonensis; Gerardo, obispo de Tours; Teodulfo, obispo de Orleans; San Bonifacio; Egberto, etc.

Leamos algunos textos:

Orígenes (185-255), en su Homilía sobre el Levítico (II, 43), dice que esta unción es complemento del sacramento de la Penitencia, y que la remisión de los pecados de que nos habla Santiago es semejante a la remisión que tiene lugar en el sacramento de la Penitencia. Como los enfermos están incapacitados para sobrellevar “los rigores y asperezas” de la penitencia pública, Dios proveyó para ellos con el sacramento de la Extremaunción.

San Juan Crisóstomo (344-407), en el Tratado que escribió sobre el sacerdocio, compara el poder de los sacerdotes al poder de los padres carnales (3, 6). “Nuestros padres nos engendran para esta vida; los sacerdotes nos engendran, para la otra. Nuestros padres no pueden librarnos ni de las enfermedades ni de la muerte; en cambio, los sacerdotes curan con frecuencia el alma enferma y el peligro de perderse, suavizando el castigo a muchos y haciendo que otros ni siquiera caigan; y esto lo hacen no solamente con su doctrina, sino también con la ayuda de la oración. Porque no sólo nos perdonan los pecados cuando nos regeneran (por el bautismo), sino que tienen también poder para perdonarnos los pecados cometidos después del bautismo, pues como dijo Santiago: “¿Enferma alguno entre vosotros?”…, etc. Ahora bien: si la Extremaunción perdona los pecados, es un sacramento instituido por Jesucristo.

El Papa Inocencio I, en una carta (del 416), que escribió a Decencio, obispo de Gubio, cita el capítulo V de Santiago para probar que la Extremaunción es un sacramento al par que los de la Penitencia y Eucaristía. Añade que ese Sacramento debe ser administrado por los Sacerdotes o por los Obispos, aunque el Óleo no debe ser bendecido sino por el Obispo, y termina diciendo que el Sacramento mencionado por Santiago perdona los pecados.

Cesáreo de Arlés (503-543), en uno de sus sermones, reprende a los cristianos que acuden a los hechiceros en las enfermedades, y les dice que tenemos en la Iglesia un sacramento que cura el cuerpo y el alma, como lo declara Santiago (V, 14): “El que esté enfermo, que vaya a la Iglesia, y a la salud del cuerpo se le juntará el perdón de sus pecados.”

El Eucologio o Sacramentario de Serapión, Obispo egipcio, escrito el año 325, contiene una oración para bendecir el Óleo de los Enfermos, la cual es un argumento poderoso en favor de lo que venimos diciendo. Dice así la oración: “Te invocamos…, Padre de nuestro Salvador Jesucristo, y te pedimos que envíes desde el cielo sobre este óleo el poder de curar del Unigénito, para que a los que sean ungidos con él… los libre de enfermedades y les sea antídoto contra todos los demonios…, les dé gracia y les remita los pecados, les sea medicina vitalicia y les dé fortaleza y vigor de alma, cuerpo y espíritu, etc” (Dictionnaire d’Archéologie et Liturgie, 5, 1032).

Hay asimismo otro documento oriental del siglo IV que ha llegado hasta nosotros traducido al latín. Es un Sacramentario, conocido con el nombre de Testimonio del Señor, en el que se puede ver una oración para consagrar el Óleo de los Enfermos, y, entre otras cosas, dice así: “Te pedimos, ¡oh Dios!, curador de todas las enfermedades y sufrimientos…, que envíes sobre este óleo… la plenitud de tu misericordia amorosa, para que con él se curen los enfermos y se santifiquen los que se arrepienten cuando acuden a Ti con fe” (Dictionnaire d’Archéologie et Liturgie, 5, 1033).

También tenemos en el Occidente documentos parecidos. Tales son el Sacramentario de Gelasio (735) y el Sacramentario Gregoriano. En esas oraciones se pide a Dios no sólo que “cure las enfermedades del cuerpo, sino también que se compadezca de las iniquidades del alma, para que el cuerpo y el espíritu a una sientan refrigerio”.

Es evidente que estos documentos litúrgicos de Oriente y Occidente son prueba clara de lo que la Iglesia creía y practicaba.

La palabra Extremaunción la vemos mencionada por primera vez en los Estatutos atribuidos a Sonacio, Obispo de Reims (600-631). Dice así uno de ellos: “Se debe llevar la Extremaunción al enfermo que la pida, y el sacerdote debe ir en persona a visitarle, animando al enfermo y preparándole debidamente para la gloria futura” (Dictionnaire d’Archéologie et Liturgie 5, 1034).

Si las antigüedades litúrgicas son ricas en documentos para la historia de los Sacramentos del Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía y la Penitencia, son de gran discreción con respecto a la Extremaunción. Sin duda, la promulgación de la ley sacramental por parte de Santiago no había quedado en letra muerta, pero como este Sacramento no entraba en la economía de la iniciación cristiana, no puede sorprender que no se le mencione entre los Apologistas y los primeros Padres.

Además, una razón seria justifica esta reserva: el sistema de prudencia que, por un lado, no permitía que los Sacramentos se administrasen ante los paganos, y, por otro lado, los rodeaba de un velo de honor y respeto a los ojos de los catecúmenos.

Por tanto, es muy probable que, en los tres primeros siglos, este Sacramento fuera administrado raramente públicamente.

c) Magisterio de la Iglesia.

Desde los tiempos primitivos lo enseñó el Magisterio Ordinario de la Iglesia. Y así lo definió solemnemente el Concilio de Trento con las siguientes palabras:

“Se instituyó, pues, esta sagrada Unción de los enfermos como verdadera, y propiamente Sacramento de la nueva ley, insinuado a la verdad por Cristo nuestro Señor, según el Evangelista san Marcos [6: 13], y recomendado e intimado a los fieles por Santiago Apóstol, y hermano del Señor. ¿Está enfermo, dice Santiago, alguno de vosotros? Haga venir los presbíteros de la Iglesia, y oren sobre él, ungiéndole con óleo en nombre del Señor; y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor le dará alivio; y si estuviere en pecado, le será perdonado. En estas palabras, como de la tradición Apostólica propagada de unos en otros, ha aprendido la Iglesia, enseña Santiago la materia, la forma, el ministro propio, y el efecto de este saludable Sacramento. La Iglesia, pues, ha entendido que la materia es el aceite bendito por el Obispo: porque la Unción representa con mucha propiedad la gracia del Espíritu Santo, que invisiblemente unge al alma del enfermo: y que además de esto, la forma consiste en aquellas palabras: Por esta santa Unción, etc.” (Dz. 908).

Y el Canon primero condena la doctrina contraria:

“Si alguno dijere que la Unción de los Enfermos no es verdadera y propiamente Sacramento instituido por Cristo nuestro Señor (cfr. San Marcos, VI, 13) y promulgado por el bienaventurado apóstol Santiago (Santiago, V, 14), sino sólo un rito aceptado por los Padres o una invención humana, sea anatema” (Dz. 926).

d) Razón teológica.

Como hemos dicho más arriba, la Teología descubre la gran conveniencia de que Cristo instituyera un Sacramento para ayudar en su tránsito a la eternidad a los que están en peligro de muerte a causa de enfermedad o vejez.

Así como el Bautismo nos da la gracia de la regeneración, y la Confirmación la corrobora, y la Eucaristía la alimenta, y la Penitencia la restaura repetidas veces en la vida, era muy conveniente que hubiera otro Sacramento especial para confortar al enfermo en sus últimos momentos y prepararle para el tránsito a la vida eterna.

En la Suma Contra Gentiles, Santo Tomás se expresa así:

“Como el cuerpo es el instrumento del alma, y el instrumento está al servicio del agente principal, necesariamente la disposición del instrumento ha de ser tal cual corresponde al agente principal; por eso, el cuerpo se dispone tal cual conviene al alma. Según esto, de la enfermedad del alma, que es el pecado, deriva alguna vez la enfermedad al cuerpo por justa permisión divina. Y esta enfermedad corporal, en verdad, es útil en ocasiones para la salud del alma; conforme el hombre soporta humilde y pacientemente la enfermedad corporal, así se le computa como pena satisfactoria. Otras veces es también un impedimento de la salud espiritual, o sea, cuando las virtudes están impedidas por ella. Según esto, fue conveniente que se diera alguna medicina espiritual contra el pecado, cuando la enfermedad corporal procede de él; y por esta medicina espiritual se cura algunas veces la enfermedad corporal, por ejemplo, cuando es conveniente para la salvación. Y esta es la finalidad del Sacramento de la Extremaunción” (Contra Gentiles, IV, 73).

3) Momento de su institución

Antes del Concilio de Trento hubo teólogos que afirmaban que Cristo había encargado a los Apóstoles instituir por sí mismos el Sacramento de la Extremaunción. Santo Tomás se encargó de refutar semejante opinión, y posteriormente la Iglesia declaró en Trento no sólo que todos los Sacramentos fueron establecidos personalmente por Jesucristo (Dz. 844), sino concretamente que la Extremaunción se debe al mismo Cristo, aunque nos conste su promulgación por testimonio de Santiago (Dz. 926).

Estas son las palabras de Santo Tomás:

“Unos dicen que ni este sacramento ni el de la confirmación fueron instituidos personalmente por Cristo, sino que mandó a sus apóstoles que los instituyeran; y la razón está en que estos dos sacramentos, debido a la plenitud de gracia que mediante ellos se confiere, no pudieron ser instituidos antes de la emisión plenísima del Espíritu Santo; por eso son también sacramentos particularísimos de la Nueva Ley, hasta el punto de que ni siquiera en la Antigua Ley estuvieron prefigurados.

Pero este argumento no es muy poderoso, ya que, así como Cristo, antes de su pasión, prometió enviar el Espíritu Santo, así también pudo instituir este sacramento.

Por este motivo, otros dicen que Cristo instituyó por sí mismo todos los sacramentos; aunque, algunos, más difíciles de ser comprendidos, Él mismo los promulgó, mientras que la promulgación de los otros la encomendó a los apóstoles, como la extremaunción y la confirmación.

Esta parece ser la opinión más probable, porque los sacramentos pertenecen al fundamento de la ley cristiana, y, por lo tanto, su institución corresponde al Legislador supremo.

Y se infiere lo mismo del hecho de que los sacramentos citados tengan eficacia por razón de su fundador, y éste no puede ser otro que Dios” (Supl. q. 29, a. 3).

Demostrado esto, hay dos opiniones entre los teólogos católicos.

Algunos (Maldonado, San Beda) dicen que Jesucristo lo instituyó durante su vida pública, cuando envió a sus discípulos de dos en dos a predicar el arrepentimiento de los pecados y sanar a los enfermos ungiéndoles con óleo (San Marcos, VI, 7-13).

Pero otros creen, con mayor fundamento, que lo instituyó después de su resurrección en aquellos cuarenta días que precedieron a su ascensión, y en los que se apareció repetidas veces a los Apóstoles “hablándoles del Reino de Dios”.

La principal razón que parece persuadirlo así, además de que los Apóstoles aún no eran sacerdotes y no podían administrarlo antes, es que la Extremaunción es un complemento del Sacramento de la Penitencia, y, por lo mismo, debió instituirse después de ella; y consta que la Penitencia la instituyó Cristo después de su resurrección (San Juan, XX, 22-23).

Por otra parte, la entrada inmediata en la gloria —para la que dispone la Extremaunción— no era posible antes de la resurrección de Cristo.

Continuará…

Padre Juan Carlos Ceriani