PADRE CERIANI: LA EXTREMAUNCIÓN (III)

Especiales de Radio Cristiandad

EL SACRAMENTO DE LA EXTREMAUNCIÓN

En la Primera Entrega hemos considerado el Nombre, la Definición y la Existencia del Sacramento de la Extremaunción. Ver Aquí

En la Segunda Entrega estudiamos su Materia y su Forma. Ver Aquí

Vamos a ver hoy los efectos de este Sacramento.

EFECTOS

1) Efecto Primario

El texto del Apóstol Santiago sobre la Extremaunción no encuentra idéntica interpretación en todos los teólogos respecto al efecto principal de este Sacramento.

Para San Buenaventura y la escuela escotista lo propio de la Extremaunción es perdonar el pecado venial, es decir, que la gracia sacramental es primariamente remisiva.

Para Santo Tomás y sus seguidores el efecto principal es comunicar al alma una gracia peculiar que sirva para confortarla contra la debilidad espiritual ocasionada por el pecado original y los pecados personales pasados, o sea que se trata de una gracia confortativa.

He aquí la explicación del Doctor Angélico:

Todos los sacramentos han sido instituidos para producir un efecto determinado, aunque de hecho puedan también seguirse de ellos otros efectos como consecuencia. Y como el sacramento «causa lo que significa», de ahí que la unción de los enfermos se administra a modo de cierto medicamento, como el bautismo se emplea a modo de ablución. Ahora bien, las medicinas se emplean para combatir la enfermedad. Luego este sacramento fue instituido principalmente para sanar la enfermedad producida por el pecado. Si el bautismo es una regeneración, la extremaunción viene a constituir una curación o medicación espiritual. Y así como la medicina corporal presupone la vida del cuerpo en el enfermo, así también la medicina espiritual presupone la vida espiritual. Por eso, este sacramento no se administra contra los pecados que privan de la vida espiritual, que son el pecado original y el mortal personal, sino contra aquellos otros defectos que hacen enfermar al hombre espiritualmente y le restan fuerzas para llevar a cabo los actos de la vida de la gracia y de la gloria. Y esos defectos no son más que cierta debilidad o ineptitud que dejan en nosotros el pecado actual o el original. Y contra esta debilidad, el hombre cobra fuerzas mediante la extremaunción (Supl., q. 30, a. 1).

La debilidad del alma puede proceder de tres causas:

– 1ª) de la desconfianza respecto de los pecados de la vida pasada; si bien el pecador está seguro de haber pecado, no lo está de que Dios haya perdonado todos sus pecados;

– 2ª) de la pusilanimidad respecto de las penas presentes, sea que nazcan de la enfermedad del cuerpo y afligen al alma (depresión física y psíquica, humillación de ser una carga, perspectiva de separación, etc.), sea de las tentaciones del diablo;

– 3ª) del temor por lo incierto de la salvación eterna.

Contra estas tres debilidades, la Extremaunción da fortaleza.

La Iglesia concibe una unión muy estrecha entre el cuerpo y el alma. Por lo tanto, de la misma manera que las consecuencias del pecado afectan al hombre entero, cuerpo y alma, así también la enfermedad no debe considerarse como una cosa puramente corporal, sino como un estado del hombre que afecta al cuerpo y al alma.

En el caso de un enfermo grave, capaz de pecar y que ha pecado, estas dos fuentes de debilidad corporal y espiritual se conjugan, de tal suerte que:

– por una parte, las consecuencias del pecado son más temibles para aquel que se encuentra debilitado por la enfermedad;

– por otra parte, la enfermedad grave es más temible para el hombre debilitado por el pecado.

La Extremaunción se confiere como remedio a este estado complejo de debilitamiento; ella tiene como función fortalecer espiritual y corporalmente al enfermo.

La enfermedad grave de un hombre debilitado por el pecado le desorganiza de tal modo que le hace difícil el dominio espiritual por el cual puede conservar el contacto con Dios. Para asegurarlo, Jesucristo instituyó este Sacramento, que fortalece al hombre corporal y espiritualmente.

En la solución a la segunda objeción, precisa Santo Tomás lo que debe entenderse por “reliquias de los pecados”:

Aquí no llamamos reliquias de los pecados a las disposiciones dejadas por los actos, que son ciertos hábitos incoados, sino a cierta debilidad espiritual que existe en el alma, desaparecida la cual y permaneciendo incluso los mismos hábitos o disposiciones, el alma no puede ser arrastrada con la misma facilidad a los pecados.

En otro texto, el Doctor Angélico, completa la explicación:

La extremaunción no se da contra las reliquias del pecado original, a no ser cuando están agravadas en cierto modo por los pecados actuales. De ahí que se aplique principalmente contra éstos, como consta por la misma forma del sacramento (Supl., q. 32, a. 4, ad 2).

Para obtener este efecto propio, la Extremaunción debe, a veces, procurar dos efectos ocasionales y, sin embargo, normales, puesto que son producidos en orden a obtener el efecto propio.

2) Efectos Secundarios

Los efectos secundarios de la Extremaunción son:

a) en absoluto, la disminución del reato de pena temporal debida por los pecados;

b) hipotéticamente, la remisión de los pecados mortales o veniales, si los hay, y la salud del cuerpo, si conviene para el bien espiritual del enfermo.

El Concilio de Trento enseña de manera expresa:

La realidad y el efecto de este sacramento se explican por las palabras: «Y la oración de la fe salvará al enfermo, y le aliviará el Señor; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados». Porque esta realidad es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción limpia las culpas, si alguna queda aún para expiar, y las reliquias del pecado, y alivia y fortalece el alma del enfermo, excitando en él una grande confianza en la divina misericordia, por la que, animado el enfermo, soporta con más facilidad las incomodidades y trabajos de la enfermedad, resiste mejor las tentaciones del demonio, que acecha a su calcañar, y a veces, cuando conviniere a la salvación del alma, recobra la salud del cuerpo (Dz. 909).

Santo Tomás explica con precisión los tres efectos secundarios del Sacramento, es decir, disminuir el reato de pena temporal, perdonar los pecados, si los hay, y devolver la salud del cuerpo, si conviene para el bien espiritual del enfermo.

1º.- Disminuye el reato de pena temporal:

La Extremaunción opera esta remisión de dos maneras:

directamente, remisión ex opere operato y en la medida de las disposiciones (arrepentimiento intenso y doloroso, aceptación de los sufrimientos, ofrecimiento de los sacrificios, etc.).

indirectamente, confiriendo gracias actuales que ayudan al enfermo a hacer actos que tienen valor de satisfacción respecto de la pena que queda por saldar.

A una objeción, responde Santo Tomás:

Disminuye el reato de pena temporal, pero sólo como consecuencia, en cuanto que quita la debilidad; pues una misma pena la soporta con mayor facilidad el fuerte que el débil; consiguientemente, no es preciso que disminuya la cantidad de la satisfacción (Supl., q. 30, a. 1, ad 2).

De donde se desprende que —según el Santo Doctor— el Sacramento de la Extremaunción no se ordena de suyo a disminuir cuantitativamente las penas temporales que el pecador ha de sufrir en esta o en la otra vida en satisfacción de sus pecados, sino únicamente a darle fuerzas para poderlas sobrellevar con mayor facilidad.

Escolio: ¿Dispone el Sacramento de la Extremaunción para la entrada inmediata en la gloria? ¿Cuánta es la pena temporal que se perdona por este Sacramento?

Algunos teólogos no dudan en equipararlo al Bautismo, concediéndole una eficacia total. Según ellos, la absolución es plena. Citan en su favor varios Santos Padres, muchos teólogos (entre ellos San Alberto Magno, San Buenaventura, Escoto, Suárez, Gonet, San Alfonso María de Ligorio, etc.), varias fórmulas litúrgicas antiquísimas, la doctrina de la Iglesia oriental e incluso las insinuaciones del mismo Concilio de Trento.

De Santo Tomás se citan cuatro lugares donde el Doctor parece decirlo claramente:

III, q. 65, a. 1: Puesto que el hombre cae a veces ya en enfermedad corporal, ya en espiritual, esto es, en el pecado, por eso es necesaria al hombre la curación de la enfermedad. La cual es de dos clases. Una es la curación que restituye la sanidad o salud; y su correspondiente en la vida espiritual es la penitencia, según aquello «sana mi alma porque he pecado contra ti». Y otra es la restitución a la primitiva salud por medio de la dieta y ejercicio convenientes; y la correspondiente a ésta en la vida espiritual es la extremaunción, que quita las reliquias de los pecados y prepara al hombre para la gloria final (et hominem paratum reddit ad finalem gloriam). Por lo cual se dice «y si estuviese en pecados le serán perdonados».

Supl., q. 29, a. 1, ad 2: Este sacramento dispone inmediatamente al hombre para la gloria cuando se administra a los agonizantes (immediate hominem ad gloriam disponit).

Supl., q. 32, a2: La extremaunción es el último remedio de que la Iglesia dispone para preparar al cristiano el ingreso casi inmediato en la gloria (immediate quasi disponens ad gloriam).

Contra Gentes, IV, 73: Este sacramento se administrará contra otras secuelas del pecado, las cuales son la inclinación al mal y la dificultad para el bien; y con mayor motivo, puesto que estas enfermedades del alma están más cerca del pecado que la enfermedad corporal. Y semejantes enfermedades espirituales ciertamente han de ser curadas por la penitencia, en cuanto que el penitente, por las obras de virtudes de las cuales se sirve para satisfacer, se aleja de los males y se inclina al bien. Mas, como el hombre por negligencia o por las varias ocupaciones de la vida, o también por causa de la brevedad del tiempo o cosas parecidas, no cura de raíz y perfectamente dichos defectos, se le provee saludablemente para que por este sacramento logre dicha curación y se libre de la pena temporal, de modo que, al salir el alma del cuerpo, nada haya en él que pueda impedir a su alma la percepción de la gloria (ut per hoc sacramentum prædicta curatio compleatur, et a reatu pœnæ temporalis liberetur, ut sic nihil in eo remaneat quod in exitu animæ a corpore eam possit a perceptione gloriæ impedire). Y por esto dice Santiago que «el Señor le aligerará». Acontece también que el hombre no conoce o no recuerda todos los pecados que cometió, con el fin de borrar cada uno de ellos por la penitencia. Hay, además, pecados cotidianos que acompañan de continuo la vida presente, de los cuales es conveniente que se purifique el hombre por este sacramento al partir, con la finalidad de que nada haya en él que impida la percepción de la gloria. Y por esto añade Santiago «si está en pecado, se le perdonará». Todo esto demuestra que este sacramento es el último y, en cierto modo, el que consuma toda la curación espiritual, sirviendo como de medio para que el hombre se prepare para recibir la gloria. Y por esto se llama extremaunción.

Cappello (De extrema unctione, n. 135-149) defiende con intrepidez la sentencia afirmativa; pero advierte que no siempre consigue liberarse del Purgatorio el que ha recibido la Extremaunción, sino únicamente cuando obtiene el pleno fruto del Sacramento, lo cual depende de sus íntimas disposiciones (ibidem, n. 168).

Al texto ya citado al principio, debemos añadir otro de Santo Tomás, donde dice:

Como resulta que por la extremaunción el cristiano consigue la gracia y la remisión de los pecados, no hay duda de que este sacramento tiene fuerza iluminativa y purgativa, lo mismo que el bautismo, aunque no de una manera tan plena.

Según esto, Santo Tomás, al igual que muchos otros escritores eclesiásticos, hace depender la medida de la remisión de la pena temporal de las disposiciones del sujeto.

De esto se sigue la importancia de disponer convenientemente al enfermo. Las gracias que constituyen el efecto principal del Sacramento no son las mismas para todos, sino en proporción a las disposiciones del enfermo en el momento de la recepción.

Esto parece confirmar también la práctica de la Iglesia de conceder la Bendición Apostólica con indulgencia plenaria en el artículo de la muerte (canon 468) incluso a los que han recibido ya la Extremaunción.

Con todo, es cuestión obscura y dudosa, que está lejos de poderse afirmar con certeza.

2º.- Perdona los pecados, si los hay:

Que la Extremaunción posea como virtud propia la capacidad de perdonar tanto los pecados mortales como los veniales se desprende, en primer lugar, de las palabras del Apóstol Santiago: “Los pecados que hubiere cometido le serán perdonados”; y consta además por definición del Concilio de Trento: “La realidad y el efecto de este sacramento se explican por las palabras: «Y la oración de la fe salvará al enfermo, y le aliviará el Señor; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados». Porque esta realidad es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción limpia las culpas, si alguna queda aún para expiar…” (Dz. 909), así como por la condena sancionada:  “Si alguno dijere que la sagrada unción de los enfermos no confiere la gracia, ni perdona los pecados (…) sea anatema” (Dz. 927).

Santo Tomás enseña:

Puesto que dicho robustecimiento es producido por la gracia, que es incompatible con el pecado, consiguientemente, cuando halla algún pecado mortal o venial, lo borra en cuanto a la culpa, mientras no ponga óbice el que lo recibe, como dejamos ya dicho tratando de la eucaristía y de la confirmación. Por ese motivo, Santiago habla condicionalmente de la remisión del pecado, afirmando que, «si hubiere cometido pecados, le serán perdonados» en cuanto a la culpa. Sin embargo, no siempre borra el pecado, porque no siempre lo halla en el sujeto; lo que siempre quita es la citada debilidad, que algunos llaman «reliquias del pecado». En resumen, debemos afirmar que el efecto principal de este sacramento es borrar las reliquias de los pecados, y secundariamente también la culpa si existe en el alma (Supl., q. 30, a. 1).

Afirman unánimemente los teólogos que la Extremaunción es un Sacramento de vivos y que el enfermo que se halle en estado de pecado mortal tiene obligación, para recibirlo fructuosamente, de ponerse en estado de gracia o por la penitencia sacramental o por la contrición perfecta.

Pueden darse casos, sin embargo, en los cuales el enfermo no puede acudir a ninguno de estos dos remedios. En estos casos, nadie duda de que la Extremaunción tiene virtualidad de perdonar los pecados mortales y, con más razón, las culpas veniales.

Que perdone los pecados mortales, ocurre, no ya por una actividad indirecta del Sacramento de la Extremaunción, como ocurre en los demás Sacramentos de vivos, sino porque ha sido instituido por Jesucristo con esa eficiencia directa y propia (per se et fine propio).

La Extremaunción no produce sólo per accidens la primera gracia, sino que, instituida directamente por Cristo ut animam proxime disponat ad introitum in coelum, remite todo obstáculo.

Con mayor razón puede perdonar los pecados veniales. Se supone que el enfermo tiene una contrición suficiente (al menos imperfecta) de sus pecados veniales. La Extremaunción perdona los pecados veniales ex opere operato. Los otros Sacramentos, incluso la Eucaristía, perdonan los pecados veniales indirectamente, excitando sentimientos de devoción y de contrición.

De allí la importancia de excitar en el enfermo el dolor general de los pecados veniales cometidos. A esto contribuyen la Asperción con el Agua Bendita y la recitación del Confiteor.

Si para obtener el perdón de los pecados por medio del Sacramento de la Penitencia son necesarias en el sujeto ciertas disposiciones de ánimo por las que deteste el pecado, también se exigen idénticos actos en el pecador que haya de recibir el perdón por medio de la Extremaunción.

Lo más probable es que baste la atrición habitual en el que no puede de hecho confesarse previamente, es decir, el dolor de haber ofendido a Dios (con el propósito de confesarse) sentido en el alma después de haber pecado y que no haya sido posteriormente retractado.

3º.- Devuelve la salud del cuerpo, si conviene para el bien espiritual del enfermo:

Al decir el Apóstol Santiago que “la oración de la fe salvará al enfermo”, sus palabras son interpretadas por todos los teólogos en el sentido de que uno de los efectos de la Extremaunción es dar salud al enfermo.

Así lo declaró la Iglesia (Dz. 700 y 909), y lo expone en el Ritual Romano, según el cual “el sacramento de la extremaunción fue instituido por Jesucristo como medicina celestial no sólo para la salud del alma, sino también para la del cuerpo” (Tit. 5, c. 2).

Como hemos visto al tratar el tema de la materia, después de exorcizar el Óleo, el Obispo recita esta admirable oración:

Envía, pedimos, Señor, desde lo alto de los cielos tu Espíritu Santo Paráclito, a este aceite de oliva, que te has dignado producir del verde árbol, para fortalecimiento del alma y del cuerpo; y por tu santa bendición sea protección de alma y cuerpo para cuantos reciban la unción de esta celeste medicina. Lance este óleo todos los dolores, todas las debilidades, toda dolencia del alma y del cuerpo, pues con él ungiste a los sacerdotes, reyes, profetas y mártires. Sea para nosotros, Señor, unción perfecta por Ti bendita, permanente en nuestras entrañas. En el nombre de NSJC.

En todos los documentos eclesiásticos que hacen referencia a este fruto de la Extremaunción se declara que la salud del cuerpo se obtiene no de una manera absoluta y siempre infalible, sino más bien condicionalmente, es decir, si conviene a la salud del alma.

Que de hecho se siga o no la salud para el cuerpo, depende de múltiples circunstancias que escapan a nuestra percepción humana, pero que caen bajo la sabia Providencia de Dios y de las razones por las cuales Él gobierna al mundo y a cuanto en él existe. Dios puede, mediante el Sacramento, procurar ese efecto, ya milagrosamente, ya favoreciendo las causas o remedios naturales, ya fortaleciendo la resistencia del enfermo.

Santo Tomás lo explica de este modo:

Como por la ablución corporal produce el bautismo la limpieza interior de todas las manchas espirituales, así este sacramento, por la medicina sacramental exterior, produce la salud interna. Y como la ablución bautismal causa el efecto de la limpieza corporal, porque también la realiza, así la unción de los enfermos produce el efecto correspondiente a la medicina corporal, o sea la salud del cuerpo. Pero con esta diferencia: mientras que la ablución corporal realiza la limpieza corporal por la misma propiedad natural de la materia, y, consiguientemente, la produce siempre, la unción de los enfermos no causa la salud corporal por la propiedad natural de la materia, sino por virtud divina, que obra racionalmente. Y como el que obra racionalmente no busca el efecto secundario, a no ser cuando conviene al principal, de ahí que de la administración de este sacramento no siempre se siga la salud corporal, sino únicamente cuando conviene para la espiritual. Y entonces, sí, la produce siempre, mientras no haya impedimento por parte de quien lo recibe (Supl., q. 30, a. 2)

La salud corporal no es más que un efecto secundario, y no es concedido sino en cuanto pueda exigirlo la salud del alma, que es el efecto principal.

Por lo tanto, la salud corporal no es un efecto yuxtapuesto al efecto espiritual, sino que es un efecto relativo a la salud del alma, y se ordena a ella.

La enfermedad corporal es considerada por el Sacramento como un efecto del pecado capaz de paralizar la vida espiritual.

Santo Tomás, en la Suma Contra Gentiles, en el texto ya citado más arriba (IV, 73), explica bien la jerarquía y orden de esta doble finalidad de la Extremaunción.

No se trata, pues, de curar medicinalmente a un enfermo, sino de remediar las miserias de su cuerpo en tanto y en cuanto ellas son un obstáculo para la salud del alma.

Por lo tanto, el alivio conferido al cuerpo está determinado y medido por el bien espiritual del enfermo.

Continuará…

Padre Juan Carlos Ceriani