PADRE CERIANI: LA EXTREMAUNCIÓN (VI)

Especiales de Radio Cristiandad

EL SACRAMENTO DE LA EXTREMAUNCIÓN

En la Primera Entrega hemos considerado el Nombre, la Definición y la Existencia del Sacramento de la Extremaunción. Ver Aquí

En la Segunda Entrega estudiamos su Materia y su Forma. Ver Aquí

En la Tercera Entrega vimos los Efectos de este Sacramento. Ver Aquí

En la Cuarta Entrega analizamos la cuestión del Ministro de la Extremaunción. Ver Aquí

En la Quinta Entrega consideramos el Sujeto o quién puede y/o debe recibir este Sacramento. Ver Aquí

En la presente Entrega estudiaremos la Necesidad de su recepción y el Rito de administración.

NECESIDAD DE SU RECEPCIÓN

Dice el Derecho Canónico:

Aunque este sacramento de por sí no es necesario con necesidad de medio para salvarse, a nadie le es lícito desdeñarlo; y ha de procurarse con todo esmero y diligencia que los enfermos lo reciban cuando están en la plenitud de sus facultades” (canon 944).

Este canon se refiere a la obligatoriedad de recibir el Sacramento de la Extremaunción, y contiene dos normas: una para el sujeto que lo recibe y otra para el sacerdote que lo administra y los demás que rodean al enfermo.

Por parte del enfermo, está obligado a recibirlo a su debido tiempo, al menos sub levi.

Cappello defiende con buenos argumentos la obligación grave que tiene todo fiel de recibir el Sacramento de la Extremaunción (De extrema unctione. n. 265-272), y afirma que pecaría gravemente si desdeñase este Sacramento o lo descuidase con grave escándalo de los circunstantes.

Por parte del ministro o de los circunstantes, ha de procurarse con todo esmero y diligencia que el enfermo reciba a tiempo esta gran ayuda para morir cristianamente.

No se ha de olvidar que, si bien este Sacramento no es necesario con necesidad de medio para la salvación, en circunstancias especiales puede ser el único medio de salvar el alma del enfermo.

Tal caso ocurriría si, destituido ya del uso de los sentidos, el sujeto no pudiera hacer ninguna manifestación externa del dolor de sus pecados ni la hubiera hecho antes de la pérdida de la razón. En este caso, la absolución sacramental es inválida, y solamente puede ayudársele con la Extremaunción.

En efecto, los actos del penitente rechazando los pecados constituyen la materia próxima del Sacramento de la Penitencia y, como toda materia sacramental, deben ser sensibles y, por lo mismo, manifestados exteriormente.

La materia y la forma de la Extremaunción, en cambio, son extrínsecas al sujeto, y, por lo mismo, no requieren aquella manifestación externa, y pueden producir la gracia al pecador que tenga, de hecho, la atrición interna de sus pecados, aunque no pueda manifestarla externamente; es decir, la intención habitual e implícita de recibir el Sacramento.

Por eso, en los que están destituidos del uso de sus sentidos es siempre más seguro el efecto de la Extremaunción que el de la absolución sacramental, si bien se les deben administrar siempre ambos Sacramentos bajo condición, comenzando por la absolución.

Es un gran abuso, que perjudica gravemente al enfermo, retrasar la unción hasta que esté ya in extremis, por el manifiesto peligro de llegar tarde y porque se priva al enfermo de los poderosos auxilios que lleva consigo el Sacramento y, acaso, del remedio oportuno para recuperar su salud corporal.

Por lo cual, Pío XI, en su Breve Explorata res, del 2 de febrero de 1923, dirigido a la Asociación de Nuestra Señora de la Buena Muerte, califica este abuso de error funestísimo.

Pecan gravemente los que impiden que el enfermo reciba la Extremaunción o no dejan administrársela hasta cuando está ya privado del uso de los sentidos.

Coinciden, pues, los teólogos en afirmar que excepcionalmente la Extremaunción puede ser necesaria para salvarse. Tal sería el caso, como vimos, del moribundo en pecado mortal que, no pudiendo recibir el Sacramento de la Penitencia, ni siendo capaz de hacer un acto de contrición perfecta, sin embargo, tuviera la simple atrición.

Podemos preguntarnos si no hay un precepto positivo que obligue a recibir la Extremaunción, incluso cuando no sea necesaria para salvarse.

Algunos excluyen el precepto divino, diciendo que las palabras de Santiago parecen contener más bien un consejo que un precepto. No encuentran tampoco mayor rigor en la norma del canon 944, ya citado.

Otros teólogos encuentran en las palabras del Apóstol un verdadero mandato y conceden a la norma canónica la fuerza de auténtico precepto.

RITO DE LA EXTREMAUNCIÓN

Según el Ritual Romano, en la habitación del enfermo ha de prepararse: una mesilla cubierta con un mantel blanco; un platillo con algodón en rama, para limpiar las partes ungidas; migas de pan y agua, para que el sacerdote se lave las manos; y un cirio encendido; procurando, además, que todo se haga con la mayor pulcritud posible.

Revestido el sacerdote con sobrepelliz y estola morada, entra donde está el enfermo con el saludo de la paz; le da a besar el crucifijo; lo rocía con agua bendita, así como a la habitación y a los circunstantes; lo confiesa y absuelve, si él lo pide; le instruye brevemente acerca de la virtud y eficacia de este Sacramento y, si es necesario, lo alienta y consuela con la esperanza de la vida eterna.

¡Dígase si estos actos preliminares no son, más bien que para asustar, para tonificar y reanimar, aun físicamente, al enfermo!

Previas unas cuantas oraciones y el acto de contrición, el sacerdote absuelve al enfermo, y, mientras los asistentes rezan por él los Salmos Penitenciales, las Letanías de los Santos u otras preces apropiadas, le impone las manos sobre la cabeza y lo bendice en el nombre de la Santísima Trinidad.

Luego le unge los ojos, los oídos, la nariz, la boca, las manos y los pies, diciendo cada vez: “Por esta santa unción † y por su piadosísima misericordia, te perdone el Señor lo que hayas pecado con la vista (con el oído…, con el olfato…, con el gusto y las palabras…, con el tacto…, con los pasos) Así sea”.

Las partes ungidas, como se ve, son “las que la naturaleza dio al hombre como instrumentos de los sentidos, cuales son: los ojos para ver, los oídos para oír, la boca para gustar y hablar, los pies para andar, y las manos para tocar; pues si bien el tacto está repartido en todo el cuerpo, está más vigoroso en las manos”.

Si el enfermo (y nótese que no decimos el moribundo) se entrega con confianza a la acción, espiritualmente purificadera y corporalmente restauradora de la extremaunción, experimentará en el alma la sensación del más absoluto perdón y quizás vea en el cuerpo restablecida su amenazada salud.

Las manos del sacerdote, que van delineando suavemente la señal de la cruz con el Santo Óleo en todos los sentidos, le parecerán al enfermo caricias del Padre celestial que, o le devuelve la salud o le prepara para los eternos goces del cielo.

Antes de despedirse, el sacerdote da al enfermo oportunos consejos, deja a su alcance el crucifijo y el agua bendita para que los use devotamente, y amonesta a los deudos que, si se agrava y entra en agonía, llamen al párroco para que lo ayude a bien morir.

A este fin ha reunido el Ritual una serie de reflexiones y jaculatorias muy oportunas para excitar en el moribundo actos de fe, esperanza, caridad y otras virtudes, y disponerlo a abrazar la muerte con santa resignación.

La Bendición Apostólica

A la Extremaunción, la Iglesia ha añadido dos ritos complementarios, que agregan eficacia y solemnidad a este Sacramento: la Bendición Apostólica y la Recomendación del Alma.

La Bendición Apostólica o Papal con indulgencia plenaria para la hora de la muerte, la otorgó el primero en la Iglesia el Papa Inocencio IV, en favor de Santa Clara, a cuya muerte estuvo él presente.

Desde entonces acostumbraron los Papas a concederla, aunque con suma parsimonia, a algunos personajes beneméritos, sea directamente, como lo hizo Paulo IV con San Ignacio de Loyola, sea por medio de los obispos o sacerdotes.

En el siglo XVI se hizo casi general, y en el XVIII, Benedicto XIV la extendió a todos los cristianos debidamente dispuestos.

Sólo puede recibirse una vez en la misma enfermedad, y aunque se la anticipe al momento de la Extremaunción, no se gana la indulgencia hasta el trance mismo de la muerte.

Las condiciones para lucrar esta indulgencia, son:

– que el enfermo adolezca de enfermedad grave, aunque no sea de inminente peligro de muerte;

– que esté en gracia de Dios;

– que tenga intención de ganarla,

– y acepte generosamente la muerte.

La Recomendación del Alma

Si, a pesar de la tierna solicitud de la Iglesia y de los deudos para salvar al enfermo, entra éste por fin en la agonía, el sacerdote va de nuevo a su cabecera para sostenerlo en su última lucha, para arrullar con dulces oraciones su postrer sueño y para ponerlo, como quien emprende un peligroso viaje, bajo la dirección de guías fieles y al resguardo de una escolta invisible.

Tal es el objeto de la Recomendación del Alma.

Este rito pertenece a la más remota antigüedad, y muchas de sus fórmulas, al igual que las del Oficio de Difuntos, se leen en las inscripciones de las catacumbas.

Son, aproximadamente, las mismas expresiones que empleaban los primitivos cristianos para despedir a los moribundos, y las que formulaban los mártires al presentarse ante los verdugos.

Es difícil encontrar nada, al mismo tiempo, más tierno y confortador.

Consiste este rito en rezar unas Letanías y varias Oraciones; en leer algunos pasajes del Evangelio; en recitar dos Salmos, y sugerir al moribundo unas cuantas jaculatorias.

Las Letanías son un extracto de las de los santos, con algunas invocaciones de circunstancia, como son los nombres de San Benito, San Gregorio Magno, San Camilo de Lelis y San Juan de Dios, abogados de los moribundos; San Abel, el primer difunto, y San Abrahán, el padre de los creyentes y depositario de las promesas consoladoras.

De las Oraciones:

– la primera (“Sal, alma cristiana”) es una regaladísima invitación para emprender confiadamente el camino del cielo;

– la segunda (“Dios misericordioso”) es una súplica ardiente para aplacar a Dios ofendido poniéndole delante las lágrimas del moribundo;

– la tercera (“Te encomiendo a Dios”) repite en términos muy encarecedores la invitación de la primera, describiéndole, con frases floridas de San Pedro Damiano, las delicias del Paraíso;

– la cuarta (“Recibe, Señor”), compuesta a modo de letanía, reclama el auxilio divino recordando muchos de los prodigios de bondad esparcidos en la Biblia;

– la quinta (“Te encomendamos, oh Señor”) pide a Dios reconozca en el alma del moribundo a su imagen, aunque afeada a veces por el pecado;

– y en las tres últimas invoca en general a todos los Ángeles y Santos del Cielo, y en particular a la Santísima Virgen María y a San José, para que le salgan al encuentro y lo lleven al lugar de la felicidad.

La Lectura del Evangelio de San Juan (cap. XVII), que contiene la oración que pronunció Nuestro Señor después de la Cena, y la del relato de su pasión y muerte (c. XVIII y XIX), tiende a ayudar al paciente a soportar resignadamente las angustias de la agonía.

El Salmo 117, que canta las divinas misericordias, y el 118, que celebra la felicidad del cristiano que ha practicado la ley de Dios, envuelven al moribundo en un ambiente celestial.

Siguen otras tres oraciones, con las que termina la Recomendación del Alma propiamente dicha y el moribundo empieza a expirar.

El sacerdote y los fieles redoblan entonces su fervor y le sugieren algunas jaculatorias que él, si todavía es capaz, ha de tratar de repetir. Donde es costumbre, se tañe en este momento la campana de la iglesia parroquial, para enterar a los cristianos de la muerte inminente de su hermano, y pedirles que lo encomienden a Dios.