JORGE DORÉ: ¿CASUALIDAD O CAUSALIDAD?

¿Es casualidad que desde el cierre del Concilio Vaticano II hasta la fecha, haya habido un notable incremento de satanismo en el mundo, hasta alcanzar las manifestaciones luciferinas que hoy abren y cierran los grandes eventos de la humanidad, sumadas a la creciente y ostentosa proliferación de lo demoníaco y lo pagano en la sociedad?

¿Es casual que la Asociación internacional de exorcistas haya manifestado su actual preocupación por el alarmante crecimiento de posesiones y otras afectaciones diabólicas a nivel mundial?

¿Son casuales el incremento de la corrupción moral en la sociedad, del nihilismo, del relativismo, del rechazo a la trascendencia, del menosprecio a lo sacro, del repudio y la burla a la tradición?

¿Es casual que algunos “papas” afectos al concilio –en una actitud antitética a la esperanza del reinado de Jesucristo en la tierra– hayan abogado por un único gobierno mundial como esperanza para la paz, a sabiendas de que ello constituiría una invitación abierta al anticristo?

¿Es casual que se inculque en los fieles un indiferentismo religioso que disminuye a Cristo convirtiéndolo en otro avatar cualquiera para que las demás sectas y religiones no sean ofendidas?

¿Por qué el Vaticano II se ha aliado a los tres enemigos del alma buscando adaptarse al mundo, minimizando su antagonismo con el diablo y concediéndole a la carne abominables privilegios rotundamente condenados por la tradición bíblica?

¿Ha traído el concilio mayor unión entre los católicos o ha abierto la puerta a un espíritu de disensión entre los mismos?

¿Qué oscuras fuerzas ha desatado este evento sobre la faz de la tierra al desmembrar la unidad de un cuerpo místico cuya sacralidad ha ultrajado para hacerlo aceptable a todos? 

Y si su “aggiornamento” o puesta al día fue un triunfo, ¿cómo lejos de traer mayores gracias a la humanidad, ha provocado separación, inquietud, discordia y confrontación entre sus fieles como no la había antes del concilio?

¿Por qué este concilio ha creado una iglesia paralela y contradictoria a la fundada por Nuestro Señor Jesucristo, un eclipse de la verdadera, un gran fraude espiritual al servicio de los intereses de un globalismo anticristiano y luciferino cuya aspiración es una única religión mundial?

La relación entre el aumento de satanismo y paganismo surgidos después del concilio no puede ser tomada a la ligera. Tal como el “papa” Juan XXIII deseara, las ventanas de la Iglesia fueron abiertas al mundo, trayendo un viento secular que introdujo en ella lo mundanal y el culto al hombre. Sus efectos serían más tarde descritos por Pablo VI en una homilía del 29 de junio de 1972: “A través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”, reconociendo con ello la intrusión de fuerzas adversas al mismo, fuerzas que han convertido la Iglesia en un culto antropocéntrico, desnudándola de su poder y gloria para abrazar un ecumenismo religioso que degrada a Cristo para complacer al hombre.   

Quizá una de las claves de la respuesta a las anteriores preguntas pueda hallarse en la ominosa declaración de uno de los promotores del concilio, el cardenal Leon-Joseph Suenens, al describir este evento como un nuevo 1789, es decir, como la revolución francesa dentro de la iglesia. Nótese bien el término “revolución”, no evolución. Este ominoso anuncio fue la grave constatación de una toma de poder largamente planificada – documentada y comprobable– por implacables enemigos del catolicismo que desde su caballo de Troya lograron apoderarse astutamente de los bastiones cristianos. También el Padre Ives Congar, teólogo conciliar, añadiría aún más leña al fuego al anunciar: “La Iglesia ha experimentado de manera tranquila su Revolución de octubre”, asociando este evento con la revolución bolchevique en Rusia.

El humo de satanás no solamente se filtró por las grietas del concilio, sino que envolvió en tinieblas el asiento del anticristo de múltiples cabezas que hoy actúa desde una Roma que –tal como predijera Ntra. Sra. de la Salette– ha perdido la fe, y con ella, el poder de combatir un mal que habrá de traernos el despótico gobierno mundial del hijo de perdición. Porque el concilio Vaticano II, lleva en su ADN el indeleble sello de las oscuras sociedades secretas que juraron atacar al pastor y dispersar sus ovejas para reinar con el fatídico resplandor de la luz de lucifer. Luz que actualmente alumbra el camino de tantos anatematizados, herejes y apóstatas afectos a este acontecimiento histórico que parece haber invitado al diablo a mostrar finalmente su rostro.