RAFAEL GAMBRA CIUDAD: DEJAMOS LOS COMENTARIOS AL PIADOSO LECTOR…

DATOS PARA LA BEATIFICACION DE PABLO VI

Leímos en la prensa días atrás la propuesta de un grupo de obispos italianos para que se incoe el proceso de beatificación de S.S. Pablo VI. Alguien comentó que se trataría de una compensación «progresista» a la beatificación del Rvdo. Escrivá, considerada por esos prelados como «conservadora» o «de derechas» (?).

Es, en todo caso, momento adecuado para que los fieles aporten datos en pro o en contra de esa hipotética beatificación para el esclarecimiento de su proceso.

Creemos oportuno a ese efecto recordar que uno de los primeros actos del pontificado de Pablo VI fue su iniciativa de devolver la bandera de Lepanto a los turcos como signo de arrepentimiento, reconciliación y ecumenismo.

La noticia apareció en la prensa (1964) en estos términos: «El Vaticano devuelve a Turquía la bandera que Don Juan de Austria conquistó en Lepanto. Del aeropuerto de Fiumicino y con dirección a Ankara ha sido enviada en una gran caja con la indicación de «frágil» la bandera que don Juan de Austria había conquistado a los turcos en la célebre batalla de Lepanto y que posteriormente había entregado al Papa para su custodia. La citada bandera, que hasta la fecha se encontraba en la basílica de Santa María la Mayor, fue trasladada al aeropuerto en un camión con matrícula del Estado Vaticano (S.C.V.) y facturada a nombre de monseñor Lardone, internuncio en Turquía, quien se supone la entregará al Gobierno turco».

El hecho se producía poco después de un viaje del mismo pontífice a la India, donde elogió al Jefe de su gobierno que acababa de arrebatar a Portugal la plaza de Goa donde reposan los restos del santo navarro Francisco de Javier, apóstol que fue de las Indias.

Cabe también recordar el famoso discurso del papa Montini en la clausura del Concilio Vaticano II, en el que dijo entre otras cosas: «La Iglesia del Concilio se ha ocupado mucho del hombre, del hombre tal como, en realidad, se presenta en nuestra época, el hombre vivo, el hombre enteramente ocupado de sí, el hombre que se hace, no solamente el centro de todo cuanto le interesa, sino que se atreve a pretenderse el principio y la última razón de toda realidad… El humanismo laico y profano, en fin, apareció en su terrible magnitud, y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se hace hombre se ha encontrado con la religión (porque es) del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Podría haber ocurrido, pero no tuvo lugar nada de ello. La vieja historia del samaritano ha sido el modelo de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía sin límites le ha embargado por entero. El descubrimiento de las necesidades humanas —y ellas son tanto más grandes cuanto el hijo de la tierra se hace más grande— ha absorbido la atención de este Sínodo. Reconocedle al menos este mérito, vosotros humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas y sabed reconocer nuestro nuevo humanismo: nosotros también, nosotros más que nadie, tenemos el culto del hombre».

Algo después, con ocasión del viaje a la luna, Pablo VI en el Angelus del domingo 7 de febrero de 1971 entonó este Himno a la Gloria del Hombre, parafraseando el Himno a Cristo Rey de los Siglos:

Honor al hombre;
honor al pensamiento, honor a la ciencia;
honor a la técnica, honor al trabajo;
honor a la intrepidez humana;
honor a la síntesis de la actividad científica y del sentido de organización del hombre que, a diferencia de los otros animales, sabe dar a su espíritu y a su habilidad manual, instrumentos de conquista.
Honor al hombre, rey de la Tierra y, hoy, príncipe del Cielo.
Honor al ser viviente que somos, en el cual se refleja la imagen de Dios, y que, dominando las cosas, obedece la orden bíblica: creced y dominad.

Dejamos los comentarios al piadoso lector.