PADRE CERIANI: LOS SANTOS Y LAS MUJERES DE MALA VIDA

Conservando los restos

SAN JUAN EUDES

(1601-1680)

Al ocuparme de desmitificar el Apostolado Trans que lleva a cabo, con bendición papal conciliar, la pesudo carmelita neuquina (ver aquí), hice referencia a Santa Eufrasia; pero dije que no era ese el lugar para tratar sobre ella. En efecto, no era decente mezclar esta vida ejemplar con tanta procacidad y lubricidad. Por eso le dimos luego el lugar que le corresponde (ver aquí).

Como pudo comprobarse, en el origen de la obra de Santa Eufrasia se encuentra el gran precursor del Culto Litúrgico de los Sagrados Corazones de Jesús y María, San Juan Eudes, uno de los grandes protagonistas de la restauración católica en el siglo XVII francés, durante el cual Francia conoció un excepcional florecimiento de la santidad.

No fue un período simple porque, tras las guerras de religión del siglo precedente, originadas por la difusión del protestantismo, se vivieron otros acontecimientos. Entre estos estuvo la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) que, además de devastar gran parte de Europa central, también devastó las almas.

Mientras se difundía el desprecio por la fe cristiana por parte de algunas corrientes de pensamiento que entonces eran dominantes, el Espíritu Santo suscitaba una renovación espiritual llena de fervor, con personalidades de alto nivel como la de Pierre de Bérulle, San Vicente de Paúl, San Luis María Grignon de Montfort y San Juan Eudes.

Esta gran escuela francesa de santidad tuvo entre sus frutos a San Juan María Vianney. De hecho, Pío XI proclamó Santos al mismo tiempo, el 31 de mayo de 1925, a Juan Eudes y al Cura de Ars, ofreciendo a la Iglesia y al mundo entero dos extraordinarios ejemplos de santidad sacerdotal.

San Juan Eudes nació en la pequeña ciudad de Ry, diócesis de Séez, en Baja-Normandía, el día 13 de noviembre de 1601.

Su padre, Isaac, intentó seguir la carrera sacerdotal, pero fue obligado a abandonarla debido a la muerte de casi toda su familia, víctima de la peste. Se dedicó entonces a la agricultura, ejerciendo también las funciones de médico rural. Rezaba diariamente el breviario y rivalizaba en virtud con su esposa, Marta Corbin.

El primogénito de los siete hijos que tuvieron, Juan, fue más “fruto de la oración que de la naturaleza”. En efecto, como no tuviesen hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos fueron en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después tuvieron el hijo pedido; por eso se lo ofrecieron a Nuestra Señora del Socorro, en acción de gracias por su nacimiento, y no ahorraron sacrificios para darle una buena educación religiosa.

El niño correspondió al desvelo de sus padres. A los 14 años hizo voto de perpetua virginidad. En aquella época, fue enviado al colegio de los padres jesuitas de Caen, donde estudió con brillo humanidades, retórica y filosofía.

Colegio de Caen

Desde muy pequeño, por inspiración del Espíritu Santo, Juan tuvo una profunda devoción a los Corazones de Jesús y María. En 1618 ingresó a la Congregación Mariana del colegio, para incrementar aún más su devoción a la Santísima Virgen. Recibió entonces de la Madre de Dios numerosas gracias.

Sus padres deseaban que se casara y siguiera trabajando la granja de la familia. Pero Juan, que había hecho voto de virginidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología en Caen con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales.

Sin embargo, poco después determinó ingresar en la Congregación del Oratorio, que había sido fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el Superior General en 1623.

Oratorio de París

Juan había sido hasta entonces un joven ejemplar; su conducta en la Congregación no lo fue menos, de suerte que el Padre de Bérulle le dio permiso de predicar, aunque sólo había recibido las órdenes menores.

Al cabo de un año en París, Juan fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del Padre Carlos de Condren, el cual, según la expresión de Santa Juana Francisca de Chantal, “estaba hecho para educar ángeles”.

El fin de la Congregación del Oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal, y Juan Eudes tuvo la gracia de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y de Bérulle.

Dos años más tarde, se desató en Normandía una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus compatriotas. El Superior le envió al Obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: “La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida”.

El Padre Eudes pasó dos meses en la asistencia a los enfermos tanto en lo corporal como en lo espiritual. Después fue enviado al Oratorio de Caen, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se desató en esa ciudad, en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus Hermanos, Juan se apartó de ellos y vivió en el campo, donde recibía la comida del convento.

Desde los 22 años de edad, trabajó incansablemente en el campo de las misiones populares; y pasó los diez años siguientes en la prédica al pueblo, preparándose así para la tarea a la que Dios le tenía destinado. San Juan Eudes predicó en su vida unas ciento diez misiones.

Predicador nato, se hizo famoso como misionero. Se decía que desde San Vicente Ferrer Francia no había tenido uno mayor que él. Maravillosamente bien dotado para la elocuencia popular, entusiasmaba a las multitudes y lograba copiosísimos frutos de penitencia. Impugnaba con vigor todos los vicios, cortaba de raíz los escándalos y a todos predicaba la verdad salvadora.

Su ardiente caridad, que manifestaba en el confesionario, atraía a los penitentes, porque él, al fulminar los vicios, sabía apiadarse del pecador. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a oír confesiones, ya que, según él, “El predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza los pájaros”. Las gentes decían de él: “En la predicación es un león, y en la confesión un cordero”.

Monseñor Le Camus, amigo de San Francisco de Sales, dijo refiriéndose al Padre Eudes: “Yo he oído a los mejores predicadores de Italia y Francia y os aseguro que ninguno de ellos mueve tanto a las gentes como este buen Padre”.

El año 1641, Juan cumplía 40 años de edad; fue entonces atacado súbitamente por una grave enfermedad, que lo obligó a un reposo absoluto forzado, durante dos años. La Providencia Divina quería que él se preparase en el recogimiento para una nueva fase de su vida, tal vez la más provechosa: “Dios me dio estos dos años para emplearlos en el retiro, para entregarme a la oración, a la lectura de los libros de piedad y a otros ejercicios espirituales, a fin de prepararme mejor para las misiones”.

Formación del clero

Al recuperar la salud, se lanzó nuevamente a la vida misionera con nuevo fruto. Sin embargo, se afligía al ver los resultados poco duraderos de las misiones. Atribuía eso a la falta de pastores cultos y piadosos que continuaran la acción de los misioneros, manteniendo encendido el fervor adquirido durante las misiones.

Experimentando las consecuencias del problema de la insuficiente formación de los sacerdotes, tanto intelectual como espiritual, comprendió que la solución estaba en erigir seminarios en los cuales los seminaristas recibiesen, a la par que las virtudes propias de su sagrado estado, preparación para ejercer los oficios de su ministerio con relación a las misiones.

Si no había seminarios, ¿por qué no fundarlos? Muchos lo aconsejaban en ese sentido. Pero, debido a las oposiciones, él titubeaba frente a tamaña responsabilidad.

Movido por la lúcida conciencia de la gran necesidad de ayuda espiritual que experimentaban las almas precisamente a causa de la incapacidad de gran parte del clero, el Santo, que era párroco, instituyó una Congregación dedicada de manera específica a la formación de los sacerdotes.

El Padre Condren, que había sido nombrado Superior General, estaba de acuerdo con el Santo; pero su sucesor, el Padre Bourgoing, se negó a aprobar el proyecto de la fundación de un seminario en Caen.

Después de mucho orar, reflexionar y consultar, San Juan Eudes abandonó la Congregación del Oratorio en 1643.

En la ciudad universitaria de Caen, fundó el primer seminario, experiencia sumamente apreciada, que muy pronto se amplió a otras diócesis.

Entonces el P. Eudes decidió formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la creación de seminarios con miras a la formación de un clero parroquial celoso.

Seminario de Caen

La conversión de mujeres de mala vida

Por otro lado, en sus misiones lograba el Padre que muchas mujeres se arrepintieran de su vida de pecado. Sin embargo, la experiencia le demostró que las mujeres de mala vida que intentaban convertirse se encontraban en una situación particularmente difícil, porque, desafortunadamente, las ocasiones las volvían a llevar otra vez al mal.

Durante algún tiempo, trató de resolver la dificultad alojándolas provisionalmente en las casas de las familias piadosas, pero cayó en la cuenta de que el remedio no era del todo adecuado.

Tocadas por la gracia, ellas querían expiar, en una existencia consagrada, su mala vida. El misionero las reunió en una casa alquilada. Pero era difícil dirigirlas sin que estuvieran atadas por votos religiosos. ¿Qué hacer?

Magdalena Lamy, una mujer de humilde origen, que había dado albergue a varias convertidas, dijo un día al santo: “Ahora usted se va tranquilamente a una iglesia a rezar con devoción ante las imágenes y con ello cree cumplir con su deber. Usted se vuelve ahora a su vida de oración, y estas pobres mujeres se volverán a su vida de pecado; es necesario que les consiga casas donde se puedan refugiar y librarse de quienes quieren destrozar su virtud No se engañe, su deber es alojar decentemente a estas pobres mujeres que se pierden porque nadie les tiende la mano”.

Estas palabras produjeron profunda impresión en San Juan Eudes, quien en 1671 alquiló una casa para las mujeres arrepentidas; en la que podían albergarse en tanto que encontraban un empleo decente. Viendo que la obra necesitaba la atención de religiosas, el santo la ofreció a las Visitandinas, quienes se apresuraron a aceptarla.

Pero no fue todo, pues el Santo fundó la Comunidad de las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio para encargarse de las jóvenes en peligro. De esta asociación saldrá mucho después la Comunidad de religiosas del Buen Pastor, dedicadas a atender a las jóvenes en peligro y rehabilitar a las que ya han caído.

Ver la vida de Santa Eufrasia, a la que hemos hecho alusión más arriba.

El encuentro con Marie des Vallées

Es necesario hacer un paréntesis para relatar un encuentro providencial.

Fue a mediados de 1643, mientras predicaba en la ciudad de Coutances, cuando recibió uno de los mayores favores de su vida, como él mismo declara, al encontrarse con Marie des Vallées, una virgen favorecida por fama de santidad.

Hija de agricultores pobres, atraía las miradas de todos cuando trataban con ella sobre cosas de la religión. Inteligente, bella, rehusó diversas propuestas de matrimonio, pues había escogido a Jesucristo como su único Esposo.

Habiéndose ofrecido como víctima expiatoria por los pecados del mundo, uno de sus pretendientes recurrió a la brujería para hacerla cambiar de idea y lanzó sobre la joven un maleficio obtenido de una bruja, que poco después moriría en la hoguera. Inmediatamente Marie des Vallées fue poseída por el demonio.

El príncipe de las tinieblas tuvo así poder sobre su cuerpo, pero no podía penetrar en su voluntad. Frailes y obispos la exorcizaron sin éxito.

Marie des Vallées aceptó con docilidad el hecho, sometiéndose resignadamente a la voluntad de Dios.

Así, hasta en medio de las peores crisis provocadas por el padre de la mentira, ella no perdía su admirable calma y fe invencible. En los momentos en que el demonio la dejaba, ella rezaba, trabajaba y hacía penitencia por la conversión de los pecadores.

A pesar de las crisis y de las tentaciones, pasó por casi todos los fenómenos de la vida mística, inclusive, la unión de voluntades con el supremo Señor del cielo y de la tierra. Durante dos años sufrió en espíritu los suplicios del infierno y durante doce participó de los tormentos de Cristo.

San Juan Eudes quedó sumamente cautivado por la virtud de esta mujer heroica. La escuchaba con admiración y respeto, recibía sus consejos con avidez y los seguía escrupulosamente. Durante quince años, Marie des Vallées le ofreció una preciosa ayuda y un poderoso apoyo, convirtiéndose a veces en la divina consejera e inspiradora del Santo.

Fue ella quien incentivó a San Juan Eudes a fundar, tanto la Orden religiosa destinada a la formación del clero en los seminarios, como la Congregación de religiosas cuya misión sería la regeneración de las mujeres arrepentidas: “El proyecto es sumamente agradable a Dios, y es Dios mismo quien le ha inspirado”, le dijo ella después de rezar mucho.

Incentivado de ese modo, San Juan Eudes se separó de la Congregación del Oratorio y se dedicó a las nuevas fundaciones. Así nacieron la Congregación de Jesús y María, o de los Padres Eudistas, y la de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio.

La nueva asociación sacerdotal quedó fundada el día de la Anunciación de 1643. Sus miembros, como los del Oratorio, eran sacerdotes diocesanos y no estaban obligados por ningún voto. San Juan Eudes y sus cinco primeros compañeros se consagraron a la Santísima Trinidad, que es el primer principio y el último fin de la santidad del sacerdocio. El distintivo de la congregación era el Corazón de Jesús, en el que estaba incluido místicamente el de María; como símbolo del amor eterno de Jesús por los hombres.

La Congregación encontró gran oposición, sobre todo por parte de los jansenistas y de los Padres del Oratorio. En 1646, el Padre Eudes envió a Roma al Padre Manoury para que recabase la aprobación pontificia para la Congregación, pero la oposición era tan fuerte, que la empresa fracasó.

En 1650, el Obispo de Coutances pidió a San Juan que fundase un seminario en dicha ciudad.

El año siguiente, Jean-Jacques Olier, que consideraba al Santo como “la maravilla de su época”, le invitó a predicar una misión de diez semanas en la iglesia de San Sulpicio de París.

Mientras se hallaba en esa misión, el Padre Eudes recibió la noticia de que el obispo de Bayeux acababa de aprobar la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio, formada por las religiosas que atendían a las mujeres arrepentidas de Caen.

En 1653, San Juan fundó en Lisieux un seminario, al que siguió otro en Rouen en 1659.

En seguida, el Santo se dirigió a Roma a tratar de conseguir la aprobación pontificia para su Congregación; pero los santos no siempre tienen éxito, y San Juan Eudes fracasó nuevamente en Roma.

Un año después, una Bula de Alejandro VII aprobó la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Ese fue el coronamiento de la obra que el Padre Eudes y Magdalena Lamy habían emprendido treinta años antes en favor de las pecadoras arrepentidas.

Los Fundadores

San Juan siguió predicando misiones con gran éxito; en 1666, fundó un seminario en Evreux y, en 1670, otro en Rennes. En Francia, su patria, fundó cinco seminarios que contribuyeron enormemente al resurgimiento religioso de la nación.

Redactó también dos libros que han hecho mucho bien a los sacerdotes: “El buen Confesor” y “El predicador apostólico”.

Otras obras apostólicas

San Juan Eudes fundó también, para los seglares que deseaban llevar una vida de perfección, la Sociedad del Corazón de la Madre más Admirable, que se asemeja a las Terceras Ordenes de San Francisco y Santo Domingo.

Este Santo propagó por todo su país dos nuevas devociones que llegaron a ser sumamente populares: La devoción al Corazón de Jesús y la devoción al Corazón de María. Y escribió un hermoso libro titulado: “El Admirable Corazón de la Madre de Dios”, para explicar el amor que María ha tenido por Dios y por nosotros. Él compuso también un Oficio litúrgico en honor del Corazón de María, y en sus congregaciones celebraba cada año la fiesta del Inmaculado Corazón.

En su libro incluyó el propio de una Misa y un Oficio del Sagrado Corazón de Jesús. El 31 de agosto de 1670, se celebró por primera vez dicha fiesta en la capilla del seminario de Rennes y pronto se extendió a otras diócesis.

Así pues, aunque San Juan Eudes no haya sido el primer apóstol de la devoción al Sagrado Corazón en su forma actual, fue sin embargo él “quien introdujo el culto del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María”‘, como lo dijo León XIII en 1903. El Decreto de Beatificación añadía: “Él fue el primero que, por divina inspiración les tributó un culto litúrgico”.

Por eso el Papa San Pío X llamaba a San Juan Eudes: “El padre, apóstol y doctor de la devoción a los Sagrados Corazones”.

Ya Clemente X había publicado seis Breves por los que concedía indulgencias a las Cofradías de los Sagrados Corazones de Jesús y María, instituidas en los seminarios de San Juan Eudes, que dedicó las capillas de sus seminarios de Caen y Coutances a los Sagrados Corazones.

Persuadido de que no había mejor modo de inspirar una sólida piedad y de mantener un fervor durable que la devoción a los Sagrados Corazones, predicaba por todas partes esta doble devoción, que conocía mejor que nadie.

Es digno de nota que su prédica sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se dio antes incluso de las revelaciones de este Corazón divino a santa Margarita María Alacoque. En efecto, Santa Margarita María tuvo sus revelaciones sobre el Sagrado Corazón de Jesús en 1674, época en la cual tal fiesta ya se celebraba públicamente en la familia religiosa del padre Eudes, con los oficios aprobados por los obispos locales.

Al término de las misiones, él establecía una Cofradía, la del Santísimo Corazón de María.

El camino de santidad, que él recorrió y propuso a sus discípulos, tenía como fundamento una sólida confianza en el amor que Dios reveló a la humanidad en el Corazón Sacerdotal de Cristo y en el Corazón Maternal de María.

San Juan Eudes exhortaba así a los sacerdotes: “Entregaros a Jesús para entrar en la inmensidad de su gran Corazón, que contiene el Corazón de su Santa Madre y de todos los Santos, y para perderos en este abismo de amor, de caridad, de misericordia, de humildad, de pureza, de paciencia, de sumisión y de santidad” (Coeur admirable, III, 2).

San Juan Eudes fue un enemigo declarado de la herejía jansenista, esa especie de protestantismo, que llevaba a las personas a alejarse de los Sacramentos bajo pretexto de indignidad. Los adeptos de esa herejía fueron los que más combatieron las devociones predicadas por el Santo. Aun no siendo él partidario de disputas públicas y violentas, refutaba a tales enemigos disfrazados de la Iglesia, apoyándose en la doctrina tradicional católica y en las constituciones pontificias.

En el ocaso de su vida, san Juan Eudes tuvo que soportar muchas y pesadas cruces, como enfermedades y lutos por amigos y benefactores; murmuraciones y calumnias, no sólo de parte de los jansenistas, sino también de personas consagradas a Dios que lo acusaban de celo indiscreto; maniobras que pretendían desacreditarlo ante el Papa y el Rey de Francia; y, hasta la publicación de un libelo difamatorio. Todo eso lo persiguió hasta la tumba.

Durante los últimos años de su vida, el santo escribió su tratado sobre “el Admirable Corazón de la Santísima Madre de Dios”; trabajó en la obra mucho tiempo y la terminó un mes antes de morir.

Su última misión fue la que predicó en Sain-Lö, en 1675, en plena plaza pública, con un frío glacial. La misión duró nueve semanas. El esfuerzo enorme acabó con su salud y a partir de entonces se retiró prácticamente de la vida activa.

Antes de su muerte renunció al cargo de Superior General de su Congregación.

Preparándose con todos los tesoros espirituales que la Iglesia posee para la última hora, rindió su espíritu el día 19 de agosto de 1680, a los 79 años de edad.

Fue canonizado en 1925, y su Fiesta fue incluida en el Calendario de la Iglesia en 1928, fijándose en el día de su entrada al Cielo.

Sus reliquias

Padre Juan Carlos Ceriani