PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SANTA ANA

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SANTA ANA

MADRE DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo; un hombre, habiéndolo descubierto, lo volvió a esconder, y en su gozo fue y vendió todo lo que tenía, y compró aquel campo. También, el reino de los cielos es semejante a un mercader en busca de perlas finas. Habiendo encontrado una de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. También es semejante el reino de los cielos a una red que se echó en el mar y que recogió peces de toda clase. Una vez llena, la tiraron a la orilla, y sentándose juntaron los buenos en canastos, y tiraron los malos. Así será en la consumación del siglo. Saldrán los Ángeles y separarán a los malos de en medio de los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto? Le dijeron: Si. Entonces, les dijo: Así todo escriba que ha llegado a ser discípulo del reino de los cielos, es semejante al dueño de casa que saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo.

El Santo Breviario trae para esta Fiesta un sermón de San Juan Damasceno, el cual dice que, al considerar la vida de Santa Ana, se nos invita a admirar dos modelos a la vez: el de la vida conyugal en la madre, y el de la virginidad en la hija; pues la primera fue liberada del oprobio de la esterilidad, y la segunda daría a luz a Cristo, que por la virtud divina sería engendrado y dado a luz sin seguir la ley de la naturaleza.

Con razón, pues, Santa Ana, llena del Espíritu de Dios, exclama en el transporte de su gozo bienaventurado:

“Alegraos conmigo, ya que he concebido en mi seno estéril el germen que nos había sido prometido; y puedo alimentar en mi pecho, como había deseado, al fruto de la bendición de lo alto. He dejado la tristeza de la esterilidad para revestirme del gozo de la fecundidad. Que Ana, la adversaria de Fenena, se goce conmigo a la vista de este nuevo e inesperado prodigio que Dios ha obrado en mí como antes lo había obrado en ella. Alégrese Sara, ya que el gozo de verse madre en su ancianidad prefiguraba mi concepción tardía. Celebren también conmigo todas las estériles la admirable visita que el cielo se ha dignado hacerme. Y todas las que han sido agraciadas con el don de la maternidad digan, asimismo: Bendito sea el Señor, que ha oído las suplicas y ha realizado los deseos de sus siervas; y que, haciendo fecunda a la esposa estéril, le ha otorgado el fruto incomparable de una virgen convertida en Madre de Dios según la carne, de una virgen cuyo vientre es un cielo, ya que en él habitó Aquél que no cabe en lugar alguno”.

Alabemos también nosotros a aquella que era tenida por estéril y llegó a ser madre de una Madre virgen.

Digámosle con la Escritura: Dichoso el seno en el cual el Señor construyó su arca de santificación, es decir, María, que le concibió sin concurso de varón. Eres bienaventurada, y bienaventurado es el fruto de tus entrañas. Toda lengua pía glorifica a la que habéis concebido, y toda boca anuncia, con gozo, tu maternidad.

Ciertamente es justo y digno, y lo es en gran manera, alabar a aquella que la bondad divina favoreció con un oráculo, y que nos ha dado el fruto grande y excelente del cual nació el dulce Jesús.

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En otro sermón, el Damasceno dice:

Alégrese toda la creación y festeje el sacratísimo alumbramiento de Santa Ana, la cual ha proporcionado al mundo un valiosísimo e inefable tesoro.

De este modo el Creador, sirviéndose de la condición humana, ha renovado y perfeccionado toda la naturaleza. Celebremos que haya cesado la humana esterilidad y que haya finalizado la carencia de bienes que padecíamos.

¿Por qué razón la Virgen Madre ha nacido de una madre estéril? Porque era preciso que a lo único que es nuevo bajo el sol y a lo que constituye la principal maravilla de todas se le abriese camino con unos acontecimientos maravillosos, y que, poco a poco, se fuese avanzando desde las cosas pequeñas a las más grandes.

Y existe todavía un motivo más excelso y sublime; la naturaleza, en efecto, ha sido superada por la gracia; y, sintiéndose atemorizada, no ha querido en modo alguno iniciar la marcha. Por eso, cuando la Virgen y Madre de Dios iba a ser concebida por Ana, la naturaleza no se atrevió a iniciar la producción del germen de la gracia y por esta razón permaneció estéril hasta que la gracia hizo que germinara el fruto.

¡Oh felices esposos, Joaquín y Ana!, a ustedes está obligada toda la creación. Por medio de ustedes, en efecto, la creación ofreció al Creador el mejor de todos los dones, o sea, Aquélla augusta Madre, la única que fue digna del Creador.

¡Oh seno glorioso de Ana, en el que, poco a poco, fue creciendo y desarrollándose una niña completamente pura y, después que estuvo formada, fue dada a luz! ¡Oh vientre dichoso que albergó un cielo viviente, más vasto que los amplísimos espacios celestes! ¡Oh dichosos pechos que amamantaron a la que nutrió a Aquél que alimenta el mundo entero!

¡Oh maravilla de maravillas y prodigio de prodigios! Era preciso que la inefable y misericordiosa encarnación de Dios fuera precedida por hechos tan portentosos.

Hoy se abren las puertas de la esterilidad, y emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De ella y por medio de ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente corporalmente en el mundo.

¡Oh Joaquín y Ana, matrimonio bienaventurado y en verdad irreprochable! Por el fruto de sus entrañas son reconocidos, de acuerdo con lo que en cierta ocasión dijo el Señor: Por sus frutos los conocerán. Ustedes han llevado una vida agradable a Dios y digna de Aquella de quien han sido padres. Habiendo vivido con pureza y santidad, han producido la joya de la virginidad, Aquella que es virgen por excelencia y la que es virgen perpetua en el alma y en el cuerpo.

Era preciso, en efecto, que de la castidad brotara la virginidad, y que de esta naciera corporalmente la luz única y unigénita.

¡Oh castísimos esposos, Joaquín y Ana! Ustedes, observando la castidad que prescribe la ley natural, han sido agraciados con unos dones que están muy por encima de la naturaleza, ya que han puesto en el mundo a aquella que, sin obra de varón, fue Madre de Dios. Ustedes, llevando una vida humana piadosa y santa, tuvieron una hija superior a los Ángeles y que ahora es Señora de los Ángeles.

¡Oh hija de Adán y Madre de Dios! Bienaventurados sean las entrañas y el vientre de donde saliste; bienaventurados los brazos que te sostuvieron y los labios que se gozaron dándote castos besos, o sea, los de tus padres únicamente, de tal modo que siempre guardaras perfecta virginidad”.

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Hasta aquí San Juan Damasceno. Y, en efecto, no se puede formar una idea más sublime ni más cabal del extraordinario mérito, de las heroicas virtudes y de la sublime santidad de Santa Ana que proclamándola Madre de la Madre de Dios.

En efecto, esta augusta cualidad comprende todos los honores, excede todos los elogios.

Y así como el mismo Espíritu Santo no pudo proclamar cosa mayor de María que decir que de Ella nació Jesús, del mismo modo no es posible dar elogio más glorioso de Santa Ana que afirmar que de Ella nació María, la Madre de Jesús.

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Santa Ana nació, muy probablemente, en Belén. Descendía, por línea materna, de la raza sacerdotal de Aarón, pues es creencia común que su padre pertenecía, como San Joaquín, a la familia real de David.

Es doctrina general entre los teólogos que Nuestro Señor otorgó a Santa Ana el mismo favor que al Profeta Jeremías, a San Juan Bautista y probablemente a San José, es a saber, ser santificada en el seno materno.

La bienaventurada niña recibió en su nacimiento el nombre de Ana, que significa gracia o misericordia; nombre muy a propósito para la que estaba destinada a ser madre de aquella a quien el Ángel había de llamar llena de gracia.

En efecto, se reconocieron en ella aquellas especiales y distinguidas gracias que anuncian y forman a los grandes Santos, siendo las delicias de sus padres. Se descubrió en ella un fondo de juicio, de prudencia, de modestia y de virtud, con cierto carácter de capacidad y de madurez, que la hizo amable al mismo tiempo que admirable.

Una singularísima inocencia, acrecentada sin cesar por los más valiosos tesoros espirituales, fue patrimonio de su santa vida.

Se cree piadosamente que a los cinco años fue conducida al templo y que permaneció en él doce años, consagrada al divino servicio y al ejercicio de la propia santificación.

Por el grande atractivo que profesaba a la virginidad, virtud muy poco conocida en el mundo antes del nacimiento del Redentor, hubiera pasado su vida en el celibato, de no tenerla escogida la divina Providencia para ser la más dichosa de todas las madres, después de la que sería su propia hija.

El Señor, que preparaba a la Santísima Virgen María una madre conforme a su dignidad, escogió igualmente al varón dichoso que había de ser su padre.

La pretendieron por esposa los más nobles de toda la nación; y sus padres escogieron entre todos a Joaquín, que vivía en la ciudad de Nazaret y era de la real casa de David.

Con este enlace se unió la familia sacerdotal con la real, circunstancia indispensable para que la Madre del Mesías pudiese nacer de este matrimonio.

Aquellas mismas virtudes que tanto habían resplandecido en Santa Ana siendo soltera, brillaron con nuevo esplendor en ella cuando se convirtió en esposa del hombre más santo que en ese momento se conocía en el mundo.

No hubo matrimonio más feliz, puesto que en ambos esposos reinaban las mismas inclinaciones, el mismo amor a la virtud, la misma inocencia y la misma pureza de costumbres; porque la misma mano que había formado aquellos dos corazones los unió con el dulce vínculo del más casto y del más perfecto amor.

Santa Ana nos dejó el modelo más perfecto que tenemos de la vida interior y escondida, con el compendio de las más elevadas virtudes.

Era preciso que la santidad de su vida correspondiese a la santidad de la Hija que engendró, y que había de ser Madre del Santo de los Santos.

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De este modo vivió el santo matrimonio durante largos años sin que la menor sombra alterase la serenidad de aquel cielo doméstico en el que reinaban, con absoluto imperio, la paz espiritual, el amor honesto y desinteresado, y la pureza de costumbres.

Un solo sentimiento empañaba a veces la felicidad de aquel hogar, y traía al ánimo de Santa Ana motivos de resignada tristeza: la esterilidad privaba a estos esposos de la alegría más dulce que podía desear un matrimonio en Israel, la esperanza de ser los ascendientes del Mesías, o al menos de poder presenciar en su posteridad los días del Salvador.

Por esto la esterilidad era considerada entre los judíos como una especie de oprobio y como una maldición de Dios.

El dolor de Ana y Joaquín no era debido a aquella aparente humillación que recaía sobre ellos, pues la sobrellevaban con resignada paciencia, y con sumisión a la voluntad de Dios, sino más bien a la consideración de la venida del Mesías, tanto más que los tiempos prescritos para la realización del augusto misterio estaban ya próximos, y el Salvador, según las profecías, había de nacer precisamente de la familia de David.

Sin embargo, la esterilidad de Ana obedecía a motivos sobrenaturales y misteriosos…

Ana era figura del mundo, estéril hasta entonces; pero que muy pronto y para la salvación del género humano iba a producir el milagroso fruto.

Por otra parte, nada de lo acaecido en la tierra desde el principio del mundo podía compararse con la maravilla que Dios iba a realizar con el nacimiento de María Santísima.

Este prodigio de prodigios, este abismo de milagros, como lo llama San Juan Damasceno, sólo podía comenzar por un milagro. Esta Virgen, cuya maternidad será tan admirable, debía también nacer de modo maravilloso.

Además, la llena de gracia debía ser hija más de la gracia que de la carne y de la sangre, debía venir del Cielo más que de la tierra, y sólo Dios podía dar al mundo un fruto tan celestial y divino.

Tesoro tan inestimable reservado por el divino beneplácito a San Joaquín y a Santa Ana hizo que el Cielo les prodigara de antemano bendiciones y gracias sin cuento.

Pero quiso dejarles el honor de pagar, en cierto modo, el precio de tan gran distinción, con años de oraciones, promesas, ayunos, limosnas y con la práctica de virtudes admirables.

A todo esto, juntaron los dos santos esposos la promesa de consagrar al Señor el ser querido que les concediera.

Y aunque pasaban los años y cada día parecía disminuir su esperanza, no cesaban de suplicar y confiar en Aquel que, según la Escritura, de las piedras del desierto puede hacer nacer hijos de Abrahán.

Dios iba a premiar aquella confianza con gran esplendidez.

San Joaquín fue a una montaña cercana a apacentar sus rebaños, y allí permaneció por espacio de cinco meses, llevando vida de intensa oración y ayuno. Ana, por su parte, rogaba ardientemente al Altísimo que les concediera por fin lo que tanto deseaban.

Un día en que, sentada en su jardín de Nazaret, suplicaba con mayor fervor al Señor, se le apareció el Arcángel San Gabriel y le anuncio, de parte de Dios, que sus oraciones habían sido oídas; le predijo el nacimiento de una hija que se llamaría María, objeto de la predilección de Dios y de la veneración de los Ángeles. Al mismo tiempo, era comunicada a Joaquín la grata nueva, quien regresó a su casa.

Pronto comprendió Ana que ella misma era un santuario en donde el Altísimo había realizado el más admirable prodigio que había salido de sus manos y que únicamente la maravilla de la Encarnación había de superar.

En su seno acababa de cumplirse la Inmaculada Concepción de la Virgen María, misterio inefable de amor y de gracia.

Después de María, que fue el objeto directo de la Inmaculada Concepción, no hay nadie más íntimamente unido a este misterio que Santa Ana, lo que nos hace suponer cuál sería su eminente santidad.

Si Santa Isabel fue llena del Espíritu Santo al ser santificado en su seno San Juan Bautista, fácil es imaginar el grado de santidad que inundó a Santa Ana al concebir a Aquella que sería la Madre de Dios.

Si San Juan Bautista atrajo grandes gracias a su madre al ser santificado, fácilmente se comprende los tesoros de bendiciones y el caudal de gracias que la Santísima Virgen mereció para su propia madre.

Siendo depositaria de este precioso don por espacio de nueve meses, ¡de cuántos favores celestiales sería colmada Santa Ana!

Cuando se cumplieron sus días, nació de Santa Ana la que había de ser Madre de Dios. La alegría de aquel acontecimiento desbordó el alma de los padres, y brilló en el mundo la aurora incomparable del gran día de la Redención.

Santa Ana, en cuanto la futura Madre de Dios empezó a balbucir las primeras palabras, se encargó de enseñarle los Mandamientos de la Ley divina, los Salmos y todas las demás oraciones que la Ley y la costumbre habían determinado se hicieran aprender a los hijos de los israelitas.

No se olvidó Ana del voto que, junto con Joaquín, habían hecho; y cuando a los tres años María pudo pasar sin los cuidados maternales, pensaron en consagrarla al Señor que se la había concedido.

Ella misma la presentó al Templo de Jerusalén, para hacer al Altísimo la ofrenda de más valor que le ha sido dedicada desde los comienzos del mundo.

La santa Niña subió las quince gradas del santuario y, admitida por los sacerdotes entre las vírgenes y viudas que vivían a la sombra de la casa de Dios, se consagró de lleno a su santo servicio, permaneciendo en el lugar santo hasta sus desposorios con San José.

Cumplida ya su misión en el mundo, falleció San Joaquín al poco tiempo; y pasó Santa Ana el resto de sus días entregada a continua oración y regalando su espíritu con la contemplación de las perfecciones de la Santísima Virgen.

El fundamento de la devoción a Santa Ana estriba en el apretado vínculo que la une con la Santísima Virgen María y con el Verbo Encarnado. Por eso, la Santa Iglesia en su Liturgia nos hace rezar de este modo:

Oh Dios, que te dignaste conferir a Santa Ana la gracia de merecer ser madre de la que dio a luz a tu Unigénito Hijo; haz propicio que seamos ayudados con la protección de aquella cuya festividad celebramos.