EL DERECHO A LA COHERENCIA
29 de enero de 1978
Tropecé tiempo atrás con una manifestación juvenil en las cercanías de la Ciudad Universitaria. Aquellos muchachos y muchachas gritaban: «¡Libertad!», «¡Libertad!».
Quise averiguar en qué podían ponerse de acuerdo. Esto me hizo pensar, por contraposición, en el famoso refrán: «Dime de qué presumes, y te diré de lo qué careces.» Su inverso sería: «Dime lo qué pides, y te diré de qué te sobra.»
Pienso que la juventud actual, con relación a la de otras épocas, abunda, sobre todo, de libertad. Libertad para hacer cuánto, cómo y dónde quiera, dentro de los límites de su mundo mental de apetencias.
La abdicación de toda autoridad —paterna, docente, eclesiástica, gubernativa— otorga a los jóvenes de hoy una disponibilidad casi absoluta de su vida y su conducta en el logro de sus placeres e inclinaciones. Libertad casi absoluta dentro de su marco mental, esto es, de lo que su ambiente espiritual les permite desear.
No la tendrían, en cambio, para mantenerse firmes en una fe y en una convicción; pero, ¿quién piensa en tal «alienación» en tiempos de apertura y pluralismo? Tampoco la poseerían para rezar a Dios mediante los ritos y oraciones de sus padres y antepasados. Pero, ¿quién tendría tal deseo inmovilista en una época de «aggiornamento» y evolución constante?
Creo, sin embargo, que los manifestantes en favor de la libertad, se movían por una insatisfacción interna, muy real, que difícilmente se acertó a comprender y menos aún a expresar.
Se ha dicho que el hombre de hoy posee muchos medios de vida —más que nunca—, pero carece de una razón para vivir. Y que cuando pide más medios —un más alto nivel de vida— lo hace por no llegar a comprender lo que realmente necesita y cuya ausencia le inquieta: un objetivo para su existencia.
Esta misma trasposición mental se produce en la llamada rebelión de la juventud. Creen los jóvenes querer mayor libertad —y tener derecho a ella—, cuando en realidad de lo que se les ha privado —y tendrían derecho a ello— es de una coherencia mental, de un orden de medios afines, que otorgue sentido e impulso a sus vidas.
La difusión de la droga —agotados otros placeres inmediatos— es un síntoma claro de ese recurso último cuando no se sabe qué hacer con una vida.
Un ser humano que nace y crece en una civilización, tiene necesidad de recibir de ésta un sistema coherente de creencias, valores, sentimientos y emociones —que son los mismos que cimientan históricamente esa civilización— y que le habilitarán para enfrentarse con la vida y con la muerte.
Ciertamente que ese hombre podrá conocer a lo largo de sus años, otras creencias y otras concepciones de la moral, política y la finalidad de la vida, y permanecerá íntimamente libre de abrazarlas y hacerlas suyas, pero siempre deberá partir de la posibilidad de “ser aquello que es” y de permanecer fiel a algo.
Esto es lo que se niega a la infancia y la juventud de hoy: y, por tratarse de un bien fundamentante y difuso a lo largo de sus vidas, su rebelión será también fundamental.
En nuestro país, por ejemplo, se ha suprimido de los estudios elementales la Historia de España, y ninguna mención se hace de los motivos históricos por los que un español podría amar a su patria y enorgullecerse de ella. Los textos de Historia Universal se refieren a la acción de los españoles con la más aséptica indiferencia. En la Enseñanza Superior, la mayor parte de las concepciones históricas al uso en las cátedras, son absolutamente hostiles o despectivas hacia cuanto nuestra patria representó en la historia, o sugieren interpretaciones maliciosas de nuestro pasado, contrapuestas por entero a la mencionada y vigente «ortodoxia pública».
La misma Ley General de Educación en vigor en España es un verdadero monumento a la incoherencia mental, al mezclar en sus motivaciones y objetivos, por lo menos tres sistemas contrapuestos de creer y valorar: el catolicismo ortodoxo en España (del que se hace alguna formularia mención), la democracia y la tecnocracia marxista, conviventes estas en la «ortodoxia pública» de la UNESCO.
Por su parte, los «mass media» —tanto privados como oficiales— son indiferentes u hostiles a cuanto justifica histórica o ideológicamente la existencia del país y del estado a que pertenecen. Unánimemente se proclama como objetivo de la vida nacional la integración europea, y como fin deseable, la obtención del “nivel europeo”, entendido en sentido puramente económico. Lo demás es lastre o «alienación» felizmente abandonado o en trance de abandonarse (Cualquier mentalidad lógica se da cuenta de que esa «Eurepe Unie», así concebida, no puede constituir sino tránsito hacia un Gobierno planetario, indiferenciado; y que el «nivel económico» siempre creciente, resultará siempre inalcanzable).
La Iglesia, en fin —la Iglesia “postconciliar”— habla todavía del mensaje de Cristo y la Cruz, pero se declara al servicio del hombre, del desarrollo, de la promoción del pacifismo y del bienestar universales. Lo cual (tomado como objetivo último), es justamente la antítesis del mensaje de Cristo y de la Cruz.
Los jóvenes de hoy nacen y crecen así en la incoherencia mental. En una incoherencia invencible y fatal. Son españoles odiando cuanto su patria representó; se creen cristianos siendo en realidad marxistas. La sociedad civil y la Iglesia cometen con ellos de consumo, el crimen de darles todos los medios posibles de vivir, de gozar, de progresar… y de privarles al mismo tiempo, del necesario bien de la coherencia mental; peor aún; induciéndoles a una incoherencia invencible.
Y como el daño inferido se refiere al orden de los fines, nunca se remediará acreciendo el orden de los medios: antes al contrario, se hará más intolerable y exasperado.

