P. CERIANI: SERMÓN DEL QUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO QUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si no abundare vuestra justicia más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, mas el que matare, será reo de juicio. Pero yo os digo que, todo el que se enojare con su hermano, será reo de juicio. Y, el que llamare a su hermano raca, será reo de concilio. Y, el que le llamare fatuo, será reo del fuego del infierno. Por tanto, si ofreciereis tu presente en el altar, y te recordares allí de que tu hermano tiene algo contra ti; deja tu presente allí, ante el altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano; y, volviendo después, ofrecerás tu presente.

El Quinto Domingo de Pentecostés presenta para nuestra meditación un texto tomado de la Primera Carta de San Pedro, con un llamado a la unidad, a la compasión, a no devolver mal por mal y a santificar a Cristo en los corazones; mientras que en el Evangelio, de San Mateo, tenemos parte del Sermón de la Montaña: Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos…. y la advertencia sobre el enojo con el hermano y la necesidad de reconciliación antes de presentar la ofrenda.

Habiendo enumerado las ocho Bienaventuranzas y dicho a sus discípulos que estaban destinados a ser la sal de la tierra y la luz del mundo, Nuestro Señor proclama solemnemente que viene a este mundo con la misión de explicar, complementar y perfeccionar la Ley.

Nuestro Señor Jesucristo empieza a refutar la enseñanza errónea de los falsos doctores y a declarar la verdadera y correcta interpretación de la Ley.

Seis veces seguidas, el divino orador citará la Ley para mostrar, por medio de ejemplos concretos y claros, su misión de perfeccionarla.

A continuación, exhorta a superar la justicia de los escribas y fariseos.

Se trata, pues, de la Verdadera Justicia enfrentada con la Justicia Farisaica.

¿Qué significaba la «justicia» para los judíos de la época de Cristo y qué exige la «justicia cristiana»?

Los escribas y fariseos habían reducido la Ley de Dios a un mero cumplimiento de rúbricas externas, preceptos humanos y legalismos.

Era un puro formalismo, basado en el orgullo o la apariencia.

Su motivación no era el amor a Dios, sino la complacencia propia, la vanidad y la búsqueda de la aprobación social. Eran, como los llamó Nuestro Señor, «sepulcros blanqueados».

Muchos católicos pueden caer hoy en el mismo error al practicar una “religión de mínima”: cumplo con las normas básicas, cumplo con ir a Misa, cumplo con no matar…

+++

Cristo destruye esa postura en el Evangelio al decir que, si nuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraremos en el Reino de los Cielos.

La justicia cristiana es una disposición del alma transformada por la Gracia santificante.

Nuestro Señor fundamenta su enseñanza en varios ejemplos, de los cuales el primero de ellos está expuesto en el Evangelio del día, y se refiere al perfecto cumplimiento del quinto mandamiento de la Ley: no matarás.

Los escribas y fariseos, en la explicación del quinto precepto, enseñaban que Dios prohíbe la muerte; que solamente el homicidio propiamente dicho cae bajo la fuerza de la ley. Por lo tanto, permitían la ira, el odio, el rencor y el deseo de venganza.

Nuestro Señor, que es la Justicia, el Legislador Supremo, venido a la tierra para enseñarnos la Ley divina en todo su alcance y perfección, declara aquí que la Ley prohíbe no sólo el hecho material, el hecho exterior del homicidio, sino también la mala voluntad de cometerlo y las funestas pasiones que conducen a él, tales como la ira, el odio, los insultos y las palabras injuriosas…

Por lo tanto, peca contra el quinto mandamiento el que mantiene y fomenta en su alma sentimientos de ira, de animosidad, de odio contra su prójimo; o el que lo desprecia por medio de palabras de indignación u ofensivas.

La justicia cristiana debe ser interior, nacer de la caridad y la gracia. No basta con no matar físicamente; el pecado comienza en el corazón con el desprecio, el insulto o el rencor hacia el prójimo.

No se trata sólo de que la mano no mate, sino de que el corazón no odie. El pecado, mortal o venial, nace en el pensamiento y la voluntad antes de manifestarse en el acto exterior.

Debemos controlar los pensamientos y la lengua.

+++

Para advertir la gravedad de estos pecados, el Evangelio menciona tres progresiones del enojo: airarse, decir «Raca» (desprecio insolente) y decir «Necio» (insulto grave).

Es decir, no entraremos en el Reino de los Cielos, a menos que no nos contentemos con observar los preceptos menores de la Ley, que son sólo un esbozo para el hombre, sino que también cumplamos los que añade Nuestro Señor, ya que Él no ha venido a abolir la Ley, sino a cumplirla.

Pero se podría preguntar uno: si hablando antes de estos preceptos menores, el Señor declaró que quien quebrante siquiera uno de ellos y adapte su enseñanza a su transgresión será considerado pequeño en el Reino de los Cielos; y que, por el contrario, quien los observe y los enseñe será proclamado grande; ¿qué necesidad hay de añadir algo a los preceptos menores de la Ley, si ya se puede tener lugar en el Reino de los Cielos, porque ya es grande aquel que los observa y enseña a otros a observarlos?

Por lo tanto, debemos entender esta frase: «Pero el que haya observado estos preceptos y los haya enseñado de la misma manera, será llamado grande en el Reino de los Cielos», no refiriéndose a estos mandamientos menores, sino a aquellos de los que estoy a punto de hablar.

Sólo quien observa los preceptos de Cristo es verdaderamente grande.

¿Y cuáles son? Que vuestra justicia, dice, prevalezca sobre la de los escribas y fariseos, porque si no, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Así pues, quien haya quebrantado estos preceptos menores y los haya enseñado de la misma manera, será considerado pequeño; quien haya observado y enseñado estos preceptos menores, no debe aún ser considerado grande ni digno del Reino de los Cielos; sin embargo, no es tan pequeño como quien los viola; pero, para ser grande y digno de este Reino, debe practicar y enseñar lo que Cristo ahora enseña; es decir, prevalecer en justicia sobre los escribas y fariseos.

+++

La justicia de los fariseos es no matar; la justicia de quienes desean entrar en el Reino de Dios es no enojarse sin motivo.

No matar es algo muy pequeño. Quien observa este precepto, no se vuelve inmediatamente grande ni digno del Reino de los Cielos; sin embargo, ha dado un paso adelante; pero sólo alcanzará la perfección, si no se enoja sin motivo. Es claro que, al alcanzar este grado de perfección, se alejará aún más del homicidio.

Así es como quien nos enseña a refrenar la ira, lejos de destruir la Ley que nos prohíbe matar, la completa; y al evitar, no sólo el homicidio externo, sino también el odio en nuestros corazones, preservamos nuestra inocencia.

Por lo tanto, existen distintos grados de estos pecados.

Tengamos en cuenta que Jesucristo establece aquí una progresión de tres grados del pecado contra este mandamiento:

1º: Un sentimiento, un movimiento interno consentido de ira.

Consiste en enojarse, pero conteniendo ese impulso en el corazón, donde se origina.

2º: Después, la cólera, expresada por palabras de desprecio: Raca… cabeza vacía…

Si la emoción lleva a la persona enojada a pronunciar una palabra sin significado preciso, pero cuya explosión evidencia la emoción del alma y puede herir a quien es objeto de la ira, es más grave que si esa ira incipiente se reprimiera en silencio.

3º: En fin, la cólera manifestada par la injuria o el ultraje: Fatuo. Lo cual era considerado muy injurioso entre los judíos. Epíteto que debe ser tomado figuradamente, en el sentido de impío.

Entonces, si ya no se trata simplemente de un grito de ira, sino de una palabra clara y notoriamente ofensiva para la persona a quien va dirigida, ¿quién podría dudar de que el pecado es más grave que si se hubiera proferido un simple grito de indignación?

Así, en el primer caso sólo hay una cosa: la ira; en el segundo, dos: la ira y la palabra que la expresa; en el tercero, tres: la ira, la palabra que la expresa y, dentro de esa palabra, la expresión de un insulto específico.

+++

Consideremos ahora también las tres sanciones: el tribunal, el consejo y el infierno de fuego.

Nuestro Señor se refiere a la administración de la justicia en las diversas jurisdicciones en uso entre los judíos de su época.

En cada ciudad había un tribunal, de 23 miembros, que juzgaba los casos de homicidio.

Ahora bien, Nuestro Señor declara que la simple cólera merece ser llevada ante este tribunal, tanto como el homicidio consumado.

En los casos más graves, relacionados con las cuestiones religiosas y políticas, el asunto era llevado a Jerusalén, ante el Consejo o el Sanedrín, compuesto por 72 miembros.

Nuestro Señor dice que aquel que llama a su hermano cabeza vacía llevado de la ira, es digno de ser presentado ante el Consejo.

En fin, para aquel que llega hasta arrojar en la cara a su hermano la fuerte injuria de impío, no queda para castigarlo otra cosa que el suplicio del fuego.

Ante el tribunal, aún hay lugar para la defensa; ante el consejo, aún hay, sin duda, un juicio. Pero, puesto que aquí se distinguen, debemos reconocer alguna diferencia entre ellos.

Parece que el pronunciamiento de la sentencia corresponde al consejo. Ya no es asunto de los jueces debatir con el acusado para decidir si debe ser condenado, sino deliberar entre ellos sobre el castigo que infligirán al culpable.

Finalmente, en el infierno de fuego, ya no hay vacilación alguna ni sobre la condena, como ante el tribunal, ni sobre el castigo del condenado, como ante el consejo; pues en el infierno de fuego, tanto la condena como el castigo del culpable son igualmente seguros.

Por lo tanto, si todos estos pecados de pensamiento y de palabra merecen tal castigo, ¿qué decir de los pecados de acción, como golpear y matar?

Nuestro Señor no se pronuncia sobre ellos, porque quiere hacer comprender que entre sus discípulos no puede suponerse incluso la posibilidad de tales delitos…

¡Cuánta materia para la reflexión!

Además de esto, Nuestro Señor da primacía al perdón sobre el culto: Deja allí tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano.

Dios no acepta el culto de un corazón resentido; rechaza los sacrificios, las oraciones y las Misas de un corazón que guarda rencor o que se niega a perdonar.

La piedad litúrgica es estéril sin la caridad fraterna…

La dificultad para pedir perdón o para disculpar los errores ajenos proviene del orgullo. El alma farisaica se cree perfecta y se coloca como juez de los demás, olvidando sus propias deudas con la misericordia de Dios.

+++

Hagamos una aplicación a la crisis de la Iglesia y al combate espiritual.

Debemos estar alertas sobre tentaciones muy específicas del ambiente tradicionalista: el peligro del «Fariseísmo Tradicionalista», la tentación de sentirse una «élite espiritual» o «puros» simplemente por poseer la verdadera doctrina o asistir a la verdadera Misa, descuidando las virtudes de la humildad, la compasión y la paciencia.

Sin embargo, lo que pide San Pedro en la Epístola del día, respecto de la unidad:

– no es la «unión en la diversidad»…

– no es el “diálogo interreligioso del modernismo”, que sacrifica la verdad para agradar al mundo…

– no consiste en pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia Conciliar…

– no es estar en comunión con el espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde el conciliábulo…

– no es estar en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista…

La verdadera unidad cristiana se fundamenta en la Verdad Católica.

La verdadera paz y unidad no se logran mediante el compromiso con el error, sino en la unidad de la fe verdadera.

+++

Ante la persecución, San Pedro exhorta a no temer los terrores del mundo y a estar listos para dar razón de nuestra esperanza.

Se trata del combate diario del católico ante un mundo, agresivamente secularizado, y ante una estructura eclesial, sea oficial (como la Roma apóstata), que margina o persigue, y otra oficiosa (como la Neo Fraternidad), que ridiculiza y bromea.

No debemos responder con ira o amargura, sino con la santidad de vida y la firmeza doctrinal, manteniendo la paz interior que da el saber que se está en la Verdad.

Debemos estar atentos al peligro de que los defensores de la tradición caigamos en la amargura, el odio o el fariseísmo.

Debemos defender la fe con firmeza, pero manteniendo el corazón limpio de rencores personales.

En resumen, los textos de hoy son una severa llamada de atención a examinar la autenticidad de nuestra vida cristiana. Exigen pasar de una fe meramente intelectual o ritual a una fe viva, donde la pureza de la doctrina se refleje en la pureza del corazón, la paciencia ante las pruebas y la caridad para con el prójimo.