RAFAEL GAMBRA CIUDAD: INCOMPRENSIÓN

LA INDISCRIMINACION DEL “OTRO”

Los motivos de incomprensión entre los humanos son, por desgracia, múltiples y, a veces, difícilmente extirpables porque están en la misma naturaleza del hombre y de su posible comunicabilidad. Ya desde la época del escepticismo antiguo se utilizó como una prueba contra la posibilidad de alcanzar y transmitir la palabra como medio de entendimiento entre los espíritus. Las palabras mismas, en un número limitado dentro de cada idioma, son a modo de moneda de cambio capaz de bien mostrenco, incapaces de traducir la matización siempre nueva y personal de cada pensamiento, inadecuadas por lo mismo para trasmitirlo a otra mente, que lo recibirá por principio deformado y basteado, y lo interpretará con análogas limitaciones.

Hubo una época en que el intercambio de ideas en el seno de nuestra civilización se realizaba en un solo lenguaje culto (el latín) y bajo una sola comunidad fundamental de fe y de valores (el cristianismo). Fue entonces posible una labor de afinamiento conceptual y terminológico, como la que supuso el método escolástico. De aquella relativa precisión de concepto y de método pudieron nacer ideales como el de Raimundo Lulio, que creyó posible un arte general del pensamiento y un lenguaje universal y convincente para el diálogo, incluso con otras civilizaciones, como la musulmana.

En nuestro mundo cultural, en cambio, se ha perdido una y otra unidad. Hay en él una pluralidad de lenguas, y, asimismo, una escisión profunda de convicciones radicales con sus correspondientes sistemas emocionales, que engendran la mayor confusión terminológica. En cualquier reunión o congreso en que se trate de cuestiones generales de carácter político, social, religioso, etc., contienden mentalidades formadas en dos sistemas de convicciones y valores radicalmente diferentes entre sí: cristianos y marxistas. Ambos tienen, sin embargo, algo de común: otorgan su fe a una concepción de la realidad y hacia ella se sienten ligados por un vínculo de deber. En todo lo demás, su sistema de creencias, valores, inquietudes y soluciones es más que distinto, contrapuesto.

Y, frente al aspecto común de estos contendientes, existe un tercer grupo de hombres cuyo lenguaje y categoría son también diferentes: el de los que podríamos llamar “convivientes” o “liberales”, en el sentido profundo de este término. Estos son, aparentemente, los más fáciles conversadores, porque su misma estructura intelectual les inclina a la comprensión, de la que hacen imperativo, y a la tolerancia, de la que hacen virtud. En apariencia también, su papel suele ser el de mediadores avenientes entre los otros grupos de convicción. En la realidad, sin embargo, constituyen el interlocutor más difícilmente conversable, si se entiende que el objeto de la conversación es, como mínimo, el intercambio real de ideas, y, como máximo, el convencimiento. Para aquellos que consideran por principio las ideas generales como asunto individual, y el orden moral y social como basado solamente en la convivencia, la actitud mental se convierte en la del espectador, las ideas pierden su valor intencional o transcendente, y la conversación se hace fin de sí misma. Resulta así más fácil la conversión religiosa de un comunista o, simplemente, su previa y auténtica comprensión, que las de un liberal tolerante.

Así, pues, existen por una parte las dificultades inherentes a todo lenguaje en su expresión y en su comprensión, y, por otra, las resultantes de las distintas y contrapuestas mentalidades y concepciones del universo. Pero, dentro de cada una de éstas actúa, además, otro origen permanente de incomprensión y de malas interpretaciones, del que rara vez se es consciente.

Se trata de lo que podríamos llamar “principio de indiscriminación de los contrarios” o “del otro”. En virtud de él, cada una de estas tres concepciones radicales de la existencia tiende a englobar a las demás en una sola y evolutiva unidad, cuyo sentido e intención estriba en oponerse sistemáticamente a lo que cada una de ellas representa. Nosotros sufrimos este principio de incomprensión cuando, por ejemplo, el marxista engloba a cristianos, liberales, existencialistas, etcétera, bajo la etiqueta común de burgueses o productos de la burguesía. Tendencias tan ajenas entre sí como las religiones, el capitalismo y el romanticismo, son, para el marxista, superestructuras o productos de un solo estudio ya periclitado de la economía: el mundo de la burguesía.

Análoga sorpresa e incomprensión experimenta el marxista cuando se ve englobado con judíos, masones y liberales en una sola conspiración universal contra el cristianismo. Y lo mismo acontece a unos y otros cuando el liberal engloba a cristianos y marxistas bajo el concepto de “sectas”, “prejuicios de escuela” o “posiciones de tesis”, productos de la ignorancia y el fanatismo que se oponen al reinado de la razón y de la comprensión universal.

Es cierto que toda convicción o actitud humana entraña de por sí una congruente filosofía de la Historia en la que hombres y grupos del pasado adquieren una significación que quizá ellos desconocieron, y también que el sentido y desenlace de la Historia coincidirá con la concepción objetivamente implícita en aquella confesión que sea la verdadera. Pero no es menos cierto que el hombre, por el hecho de profesar una fe o prestar adhesión a unas creencias, no posee la auténtica interpretación de la Historia que a ellas corresponde.

El hombre propende, sin embargo, a manejar los hechos históricos forzándolos a una de las concepciones hasta forjar una trama cuyo desenlace suele culminar o anunciarse al menos en los tiempos del que interpreta. Y precisamente para realizar estas síntesis y encajar hechos, figuras y movimientos en ese acontecer argumental, le es preciso al hombre englobar a cuantos resultan hostiles o simplemente ajenos a su convicción inspiradora, y valorar entonces sus palabras, doctrinas e intenciones desde esta interpretación unilateral.

Para evitar esa fuente constante de incomprensión o de inconsciente mala fe no es necesario, como pretendería el liberal tolerantista, prescindir de la fe o sistema de convicciones que orienta los propios puntos de vista; antes, al contrario, ello nos haría incurrir en un nuevo y más peligroso englobamiento de todo lo que no sea esa renuncia, negando el sentido real a cualquier concepción objetivista o transcendente.

Lo necesario es usar de humildad en nuestra facultad interpretativa o de síntesis, considerando que, aunque la Historia posea una trama y un desenlace, nosotros no poseemos su secreto, sino sólo Dios, desde quien la vida de los hombres y de los pueblos puede ser sólo un instante en el acontecer de los tiempos y en la soteriología universal.