GABRIEL GARCÍA MORENO
6 DE AGOSTO DE 1875
El 6 de agosto de 1875, fiesta de la Transfiguración del Señor y primer viernes del mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, se consumó en Quito el sacrificio de Gabriel García Moreno.
El presidente, que dos años antes había consagrado solemnemente la República del Ecuador al Corazón de Jesús, sabía que su muerte estaba decretada. Días antes había escrito a un amigo: «Voy a ser asesinado. Soy dichoso de morir por la santa fe. Nos veremos en el cielo».
Aquel día ofreció su sangre por el reinado social de Cristo Rey. Al alba salió de su casa, cercana a la plaza de Santo Domingo, y se dirigió a la iglesia de los dominicos. Allí oyó la santa misa y recibió la Sagrada Comunión. Prolongó su acción de gracias más de lo habitual. Aquella Eucaristía fue su Viático. Regresó luego a su hogar, terminó el Mensaje que debía presentar al Congreso y pasó un rato en familia.
Hacia la una de la tarde salió acompañado de su edecán. Hizo una breve visita a la casa de sus parientes políticos y entró después en la Catedral Metropolitana, donde el Santísimo estaba expuesto. Permaneció largo rato de rodillas en oración. Los conjurados, impacientes, le hicieron llegar un recado urgente. El presidente se levantó, salió del templo y comenzó a subir las escalinatas del Palacio de Carondelet.
Allí le esperaba Faustino Rayo. Por la espalda le descargó el primer machetazo. «¡Vil asesino!», exclamó García Moreno. Enseguida saltaron los demás Roberto Andrade, Abelardo Moncayo y Manuel Cornejo, disparando a quemarropa mientras gritaban: «¡Muere tirano! ¡Muere jesuita!». Rayo prosiguió con furia: heridas en la cabeza, el brazo y la mano casi cercenada. Empujado, el presidente cayó desde el atrio a la plaza. Aún tendido en el suelo, el asesino le asestó los últimos golpes gritando: «¡Muere, verdugo de la libertad!».
Desde el empedrado, con voz ya débil pero clara, respondió: «¡Dios no muere!».
Fue llevado de inmediato a la Catedral y depositado a los pies del altar de Nuestra Señora de los Dolores. Allí recibió la absolución y la extremaunción. Cuando el sacerdote le preguntó si perdonaba a sus asesinos, abrió los ojos en signo afirmativo. Poco después entregó su alma a Dios.
Sobre su pecho se hallaron una reliquia de la Verdadera Cruz, el escapulario de la Pasión y del Sagrado Corazón, y un rosario con la medalla de Pío IX, todos teñidos de su sangre. En su mano aún sostenía el Mensaje al Congreso, manchado también de rojo.
Así se cerró el itinerario de un mártir en tierra ecuatoriana: de la Comunión en Santo Domingo a la muerte a los pies de la Virgen Dolorosa.
No cayó por ambición humana, sino porque quiso que Cristo Rey reinara en la sociedad y en la patria.
Su última confesión sigue resonando como grito de fe invencible: Dios no muere.







