P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE CORPUS CHRISTI

FIESTA DE CORPUS CHRISTI

En aquel tiempo: Dijo Jesús a las turbas de los judíos: Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre, verdaderamente bebida, quien come mi carne y bebe mi sangre, en mi mora y yo en él. Así como vive el Padre que me envió, y yo vivo por el Padre; así, el que me come, también vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del celo, No sucederá como a nuestros padres, que comieron el maná, y murieron. Quien coma este pan, vivirá eternamente.

Tres Jueves hay en el año que resplandecen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y la Ascensión del Señor.

Nos encontramos en una de esas tres Solemnidades, la Fiesta del Adorable Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.

Para nuestra meditación, vamos a servirnos de la enseñanza de los Santos Padres y Doctores, cuyas referencias omitiré para ahorrar tiempo.

Conviene a la devota devoción de los fieles celebrar solemnemente la institución de un Sacramento tan saludable y admirable; y esto:

– a fin de venerar el modo inefable de la presencia divina bajo un Sacramento visible,

– para alabar el poder de Dios, que tantas maravillas obra en un mismo Sacramento,

– y también a fin de tributar a Dios, por un beneficio tan saludable y tan suave, las acciones de gracias que le son debidas.

Pero, si bien en el día del Jueves Santo, en el que, como es sabido, fue instituido este Sacramento, se hace en la Misa una mención especial de su institución, todo el resto del Oficio del mismo día se refiere a la Pasión de Jesucristo, en cuya veneración se ocupa entonces la Iglesia.

Por consiguiente, a fin de que el pueblo fiel honrase la institución de tan gran Sacramento mediante todo el Oficio de un día solemne, el Pontífice Romano Urbano IV, penetrado de devoción por este Sacramento, piadosamente ordenó que el primer jueves después de la Octava de Pentecostés celebrasen todos los fieles la memoria de esta institución, ofreciendo así, a los que recibimos para nuestra salvación este Sacramento durante todo el curso del año, el medio de honrar especialmente su institución en el tiempo mismo en que el Espíritu Santo, iluminando el corazón de los fieles, les da pleno conocimiento de Él.

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El Hijo único de Dios, queriendo hacemos participes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, todo cuanto tomó de nosotros, lo entregó por nuestra salvación. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció su Cuerpo como víctima a Dios, su Padre, sobre el Altar de la Cruz; derramó su Sangre, como precio de nuestra libertad y como el baño sagrado que nos lava, para que fuésemos rescatados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y vino, su Cuerpo para que fuese nuestro alimento, y su Sangre para que fuese nuestra bebida.

¿Qué más admirable que este Sacramento? En efecto, sustancialmente el pan y el vino se convierten por la transustanciación en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo; de tal modo que Jesucristo, Dios y hombre perfecto, está allí contenido bajo la apariencia de un poco de pan y de un poco de vino. Subsisten en Él los accidentes sin su sujeto o sustancia, a fin de que se ejercite la fe al recibir de un modo sacramental el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios.

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Para que la inmensidad de esta caridad se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la Última Cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo a su Padre, instituyó este Sacramento como el memorial perpetuo de su Pasión, el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

Expone el Señor cómo se realiza aquello de que habla, y en qué consiste comer su Cuerpo y beber su Sangre. Comer este alimento y beber esta bebida, es, pues, morar en Jesucristo, y tener a Jesucristo morando en sí.

Por consiguiente, quien no mora en Jesucristo, y aquel en quien no mora Jesucristo, no come en verdad su Carne, ni bebe espiritualmente su Sangre, por más que, según la carne y visiblemente, reciba el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Jesucristo; antes, por el contrario, come y bebe tan gran misterio para su condenación, habiéndose atrevido a acercarse manchada la conciencia al Sacramento de Jesucristo.

Así como el Padre que me ha enviado vive, y yo vivo por el Padre, así quien me come también el vivirá por mí.

Es como si dijera: el que yo viva por mi Padre es efecto del estado de anonadamiento a que me destinó; pero que alguien viva por mí, es debido a la comunión en que entra conmigo cuando me come.

Vivo por el Padre en estado de humillación; pero el que me recibe, el vivir por mi le constituye en estado de elevación.

Si Jesucristo dijo: Vivo por mi Padre, porque procede de su Padre, sin que el Padre proceda de Él; estas palabras no se oponen en modo alguno a su igualdad con el Padre.

Asimismo, cuando añade: Quien me come, también el vivirá por mí, no quiere significar que seamos sus iguales, sino la eficacia de su gracia como Mediador.

He aquí el signo que indica que el fiel ha comido y ha bebido: Si Jesucristo, mora en él, y él en Jesucristo; si se une a Jesucristo hasta el punto de no separarse de Él.

He aquí, pues, la enseñanza y la lección que nos da con estas palabras llenas de misterio: que debemos formar parte de su Cuerpo, ser miembros suyos, estar sometidos a Él como a nuestra cabeza, y comer su Carne, sin separarnos jamás de su unidad.

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Pero muchos de los que estaban presente, no las comprendieron, y se escandalizaron, porque, al oír estas cosas, no concebían nada que no fuera carnal, porque ellos mismos eran carnales. Pues bien, el Apóstol dice: Juzgar según la carne, equivale a la muerte.

Dice el Señor que la vida eterna se halla en su Carne; luego no debemos juzgar de su Carne según la carne; no debemos asemejarnos a aquellos de los cuales añade el Evangelio: Y muchos (no de sus enemigos, sino de sus discípulos), después de oírle, dijeron: Dura es esta doctrina, ¿quién es el que puede escucharla?

Si estas palabras parecieron duras a sus discípulos, ¡qué impresión debieron producir a sus enemigos!

La fe de aquellos discípulos flaqueó al oír que Nuestro Señor Jesucristo empleaba tal lenguaje. No creyeron que anunciaba algo grande, y que sus palabras velaban una nueva gracia, sino que lo entendieron a su manera y en sentido enteramente humano, carnal, pensando que Jesús tenía el propósito de distribuir a trozos la Carne de que se había revestido el Verbo: Dura es esta doctrina, dijeron, ¿y quién es el que puede escucharla?

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Es necesario aprender a conocer la maravilla de nuestros Sagrados Misterios, lo que es, su fin y su utilidad.

Nosotros, se ha dicho, llegamos a constituir con Él un solo Cuerpo, somos miembros suyos, formados de su Carne y de sus huesos.

Observemos lo que se ha dicho, a fin de llegar a serlo en la realidad misma; unámonos íntimamente a esta Carne, lo que se logra mediante el alimento que Jesucristo nos dio, queriendo mostrarnos el ardiente amor que nos tiene.

A veces confían los padres sus hijos a otros para que los alimenten; yo, dice Jesucristo, no obro así, sino que hago de mi Carne un alimento, me doy yo mismo a vosotros en comida.

He querido convertirme en hermano vuestro; por vosotros he tomado vuestra carne y vuestra sangre; os entrego a mi vez mi Carne y mi Sangre, por las cuales me he convertido en vuestro prójimo.

Cuantas veces, pues, participemos de este Cuerpo, cuantas veces gustemos esta Sangre, acordémonos que Quien entra en nosotros es el mismo a Quien los Ángeles adoran, sentado en lo más alto de los Cielos, a la diestra invencible del Padre.

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Nada debe temer tanto un cristiano como verse separado del Cuerpo de Jesucristo; pues, si se separa del Cuerpo de Jesucristo, ya no pertenece al número de sus miembros; y, si ya no forma parte de sus miembros, ya no es vivificado por su Espíritu.

Dice el Apóstol: Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, este tal no es de Jesucristo. El Espíritu es quien da la vida; la carne de nada sirve. Y Nuestro Señor afirma: las palabras que yo os he dicho, son espíritu y vida.

Son espíritu y vida, ¿qué significa eso? Que sus enseñanzas no deben interpretarse de forma carnal o puramente humana, sino que poseen un origen divino capaz de transformar, renovar y dar vida eterna a quienes creen en ellas. Hay que entenderlas, pues, en un sentido espiritual.

¿Las has entendido espiritualmente? Son espíritu y vida… ¿Las has entendido de una manera carnal? En verdad que son espíritu y vida, pero no para ti…

Puesto que el Verbo dijo: Esto es mi Cuerpo, aceptemos sus palabras, creamos en ellas y contemplémosle con los ojos del espíritu.

Porque Jesucristo no nos dio nada sensible, sino que, bajo cosas sensibles, nos lo dio todo a entender.

Si no tuviéramos cuerpo, nada corporal habría en los dones que Dios nos hace; pero, porque el alma está unida al cuerpo, nos da lo espiritual por medio de lo sensible.

El Hijo de Dios quiso unirse a nosotros, de tal suerte que nos convertimos en un mismo cuerpo con Él, no solamente por la fe, sino efectivamente y en realidad.

Pensemos en el gran honor que recibimos y de qué don participamos. Aquello que los Ángeles miran con temblor, aquello cuyo radiante esplendor no pueden resistir, lo convertimos en alimento nuestro, nos unimos y llegamos a formar con Jesucristo un solo cuerpo.

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¿Quién sino el Señor Jesús es el autor de los Sacramentos? Del cielo vinieron los Sacramentos, como viene toda misericordia.

Diréis tal vez: Lo que yo veo ahí, es pan ordinario. Sí, hasta que se pronuncian las palabras sacramentales, eso no es más que pan; pero en la Consagración, ese pan se convierte en Carne de Jesucristo.

¿Cómo el pan puede convertirse en el Cuerpo de Jesucristo? Por la Consagración.

¿Por medio de qué palabras se obra la Consagración, y quien las pronuncia? Son las palabras del Señor, que el sacerdote pronuncia in Persona Christi.

El resto del Sacrificio se compone, en efecto, de alabanzas, ofrendas a Dios, oraciones en favor del pueblo, pero cuando el sacerdote llega al cumplimiento del augusto Misterio, ya no se sirve de sus propias palabras, sino de las de Jesucristo. Son, pues, las palabras de Jesucristo las que efectúan este Sacramento.

¿Y qué es la palabra de Jesucristo? Es aquella misma por la cual todas las cosas fueron hechas. Mandó el Señor, y el cielo fue creado; mandó el Señor, y la tierra fue hecha; mandó el Señor, y los mares salieron de la nada; mandó el Señor, y toda criatura tuvo nacimiento. Ya veis, pues, cuán poderosa y eficaz es la palabra de Jesucristo.

Si hay, pues, en las palabras del Señor Jesús tanta fuerza y tanta virtud, que ha dado el ser a las cosas que no existían, con mayor razón tendrá poder para cambiar en otras sustancias las sustancias que ya existen.

El cielo no existía, el mar no existía, la tierra no existía, pero Él habló, y todo quedó hecho; lo mandó, y todo fue creado. El Cuerpo de Cristo no estaba aquí antes de la Consagración; mas después de la Consagración, aquí está el Cuerpo de Jesucristo. El mismo Jesús ha hablado, y esto ha quedado hecho; ha mandado, y esto ha quedado efectuado.

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La doctrina del bienaventurado Pablo basta sobradamente para comunicaros una fe cierta en estos sagrados misterios. Su Epístola nos recuerda que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser entregado, tomó el pan, y, dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Tomando luego el cáliz, y dando gracias, añadió: Tomad y bebed; este es cáliz de mi Sangre.

Ahora bien, si al partir el pan, dijo claramente: Esto es mi Cuerpo, ¿quién se atreverá a vacilar en su fe? Y si dijo de una manera afirmativa: Este es el cáliz de mi Sangre, ¿quién jamás podrá dudar de ello y decir que no es su Sangre?

En otro tiempo, en Caná de Galilea, cambió el agua en vino; el vino tiene cierta semejanza con la Sangre. ¿Juzgaríamos poco digno de Él el creer que cambió el vino en su Sangre?

Invitado a unas bodas terrenales, hizo aquel milagro, que asombró a todos los convidados; ¿y no tendríamos una convicción mucho más firme de que puso a nuestra disposición su Cuerpo y su Sangre, para que los tomemos con entera certeza como su propio Cuerpo y su propia Sangre?

Porque bajo la especie del pan, nos da su Cuerpo, y bajo la especie de vino, nos da su Sangre; de suerte que, cuando recibimos el Sacramento, participamos realmente de su Cuerpo y de su Sangre.

Así es como nos convertimos realmente en cristíferos, es decir, en portadores de Jesucristo en nuestras personas, cuando hacemos pasar a nuestros miembros su Cuerpo y su Sangre.

Conversando con los judíos, les decía Jesucristo: Si no comiereis la Carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros.

Como no entendieron espiritualmente estas palabras, se retiraron ofendidos, imaginándose que los exhortaba a comer trozos de Carne humana.

Siendo estas sagradas especies el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, no las miremos como si fueran pura y simplemente pan y vino. Digan lo que quieran los sentidos, tranquilícese nuestra fe.

No juzguemos por el gusto, sino que la fe, no dejemos subsistir duda alguna, que nos infunda la certeza absoluta de que tenemos el honor de participar del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo.

Pero está escrito, y no lo ignoramos, que quien come y bebe indignamente este pan y este cáliz, come y bebe su propia condenación. Por consiguiente, me examino a mí mismo, y me hallo indigno.

Tú, que hablas así, quienquiera que seas, ¿cuándo, pues, serás digno? ¿cuándo irás a presentarte a Jesucristo? Porque eres indigno a causa de tus pecados, y si continuamente pecas, por siempre jamás serás privado de esta vivificante santificación.

Te conjuro, pues, a que tengas santos pensamientos, te apliques a llevar una vida pura, y participes de la Comunión, la cual, créeme, no solo aparta de nosotros la muerte, sino también las enfermedades.

Porque Jesucristo, cuando mora en nosotros:

– reprime la fuerza rebelde de nuestros miembros,

– fortalece la piedad,

– extingue las pasiones en el alma,

– cura las enfermedades,

– rehace y reanima los corazones quebrantados,

– y, como el buen pastor que da la vida por sus ovejas, nos levanta de todas nuestras caídas.

Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Sea por siempre bendito y alabado Jesús sacramentado.