PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE PRIMERA

Antes y después de la muerte

PLÁTICA XIII

La Metempsicosis o Reencarnación de las almas

Reprobado y condenado por la Iglesia, injurioso al culto y a la memoria de nuestros pobres muertos, fuente de corrupción e inmoralidad, ¿qué otras razones más se podrán alegar para convencer y determinar a los fieles a que se alejen de la práctica del espiritismo?

Y, no obstante, las hay peores todavía: ¿quién, en efecto, no sabe que el espiritismo es padre también de los errores más abominables e infames que pueden imaginarse, «una suma de tales errores mitológicos, que en nada cede a la mitología diabólica de la gentilidad»?

Demasiado prolijo sería y fuera de nuestro propósito el hablar de todos, pero no podemos pasar en silencio uno que tiene relación directa con nuestro argumento, a saber: el de la reencarnación de los espíritus, o, para decirlo en términos clásicos, de la Metempsicosis, palabra griega que significa, a la letra, paso o transmigración de las almas.

En efecto, enseñan los espiritistas, resucitando una doctrina antiquísima, que el alma, después de la muerte del cuerpo, se reencarna en otro cuerpo, más o menos perfecto según los merecimientos de la existencia anterior, hasta que, finalmente, llegue a cierto grado de perfección deseada.

Cuan monstruosa y absurda sea semejante doctrina y, por lo tanto, digna de toda nuestra reprobación, no hay quien no lo vea.

Y no obstante, ¡cosa increíble!, ¿no vemos el incremento que va tomando cada día, no sólo entre ciertos doctos, aunque impíos soñadores, enemigos declarados de la enseñanza católica, para quienes todos los medios son lícitos., con tal de conseguir desterrar del corazón y de la vida de los hombres; todo sentimiento de religión; sino también entre no pocos infelices ilusos de nuestro bajo pueblo, quienes, deslumbrados por estas impías teorías, que les han sido presentadas de un modo brillante, pero diabólico, creen fácilmente cuanto éstos les enseñan? ¿Cómo maravillarse, pues, de que víctimas de tan infame error, que suprime entre otras cosas el Purgatorio, cual nos lo enseña la Iglesia católica, no piensen en ofrecer sufragios por los difuntos, y los dejen padecer, quién sabe desde cuánto tiempo, entre aquellas llamas devoradoras?…

Necesario es, por eso, que hablemos aquí, aunque sea brevemente, y, después de haber expuesto en primer lugar el origen y las varias fases por las que pasó, demostrar en segundo lugar su falsedad y absurdo.

I

Cosa cierta es que la doctrina de la Metempsicosis es de origen antiquísimo y fue seguida y aceptada por muchos sabios de la antigüedad pagana.

Según el historiador griego Herodoto, los egipcios que, siendo de los primeros en admitir la inmortalidad del alma, debieron ser también los primeros en admitir la Metempsicosis, tienen como norma de su religión que una vez el cuerpo destruido, el alma pasa de una criatura a otra, no sólo racional, sino también irracional, y luego pasa por todos los animales de la tierra, del mar y del aire, y luego entra en un cuerpo humano; y esta tan variada transmigración se verifica en el espacio de tres mil años.

Parece, que estén mucho más en lo cierto aquellos escritores que hacen llegar el origen de esta doctrina de la transmigración a las antiguas religiones de la India y de la China, entre las cuales todavía hoy día semejante doctrina forma el fundamento principal de su religión; por eso tienen no sólo absolutamente prohibido el comer carne de animales que hayan tenido vida, sino que también se abstienen de defenderse de las bestias feroces.

Dice la ideología india: «Como el hombre cambia de habitación cuando la casa que habita se hace inhabitable, de semejante manera el alma humana abandona un cuerpo para buscar otro; como el piloto abandona la barca que está para naufragar. Todo cambio es un castigo o una recompensa; a medida que uno es más virtuoso, más se eleva de grado en grado en la escala de los seres, y viceversa; por eso los hombres crueles son transformados en tigres y en gatos salvajes; los ladrones, en reptiles, insectos, etc. En general, los actos criminales arrojan al hombre al reino mineral o vegetal, y allí permanece durante veinte mil años.»

Y con sobrada razón se cree comúnmente que Pitágoras aprendió esta doctrina de los budistas y brahmanes de la India, siendo después su principal apóstol y propagador en Grecia.

Haciéndola, en efecto, base de su filosofía, enseñó «que las almas de los hombres que mueren pasan a otros cuerpos, y si por acaso en vida fueron viciosas pasan a ser encerradas en cuerpos de bestias inmundas y desgraciadas para que hagan penitencia; y hasta pasados varios siglos haciendo esta clase de expiación no tornarán a ocupar el cuerpo de otro hombre».

Es conocida la tradición (y también la menciona Horacio), que recuerda Pitágoras, de que las almas de los muertos se escondían en las habas, de donde la prohibición de comerlas.

Esta creencia, sostenida y defendida por los pitagóricos, estaba tan extendida en Grecia, que el mismo ilustre Platón no dudaba en sostenerla, remendándola a su manera. He aquí cómo hace discurrir en su Fedón a Cebe, Simia y Sócrates:

«—Yo digo que aquellos que han hecho un dios de su vientre, que se han abandonado al libertinaje y a la embriaguez, entrarán verosímilmente en cuerpos de asnos o de animales semejantes. ¿No piensas tú como yo?

—Todo eso es absolutamente verosímil.

— Y los que no han amado más que la injusticia, la tiranía, las rapiñas, irán a habitar en cuerpos de lobos, gavilanes y halcones. ¿Podemos creer que almas de semejante naturaleza puedan tener otra suerte?

— Ciertamente que no, respondió Cebe, esas almas deben ocupar tales cuerpos.»

Como tantas otras formas del arte o del pensamiento, la teoría de la Metempsicosis pasó también de los griegos a los latinos, no obstante la manifiesta oposición de Lucrecio, que negaba explícitamente la inmortalidad del alma.

La doctrina de Pitágoras, efectivamente, inspiró a Ennio, que la expone en el comienzo de su obra Anales; a Ovidio, quien declara que las almas no mueren, sino que, abandonado un cuerpo, viven en otros sucesivamente.

Y parece que también Virgilio participaba de esta teoría cuando en la Eneida hace que Eneas pregunte a su padre Anquises: «¿Es verdad que las almas tornarán por segunda vez al embarazoso cuerpo?»

Anquises le responde exponiendo teorías bastante afines a las de Pitágoras: «Hay dualismo entre el espíritu y la materia; después de la muerte todos deben purificarse de una u otra manera, luego todas las almas pasan por el Elíseo, en donde algunas pocas, las elegidas, permanecen para disfrutar de una serena felicidad, la cual, sin embargo, no será eterna; sino que, transcurridos mil años en un hermoso valle confinante con el Elíseo, las llamará Dios para beber en el Leteo el olvido de la vida transcurrida, y se encarnarán en nuevos cuerpos… Rursus et incipiant in corpora velle reverti.» (VI, 75.)

Esta absurda doctrina que, al brillar el Sol de justicia y de verdad, habría debido desaparecer de la faz de la tierra, del mundo pagano pasó al cristianismo por obra principalmente del célebre Manes, padre del maniqueísmo, que vivió en la segunda mitad del siglo III.

Entre otros muchos errores que éste enseñó, y sus discípulos ampliamente difundieron, hubo uno principalmente, el de la reencarnación de las almas, que él había tomado del estudio de las doctrinas orientales y de las obras de Pitágoras.

Mas la filosofía cristiana desvaneció bien pronto estos delirios, definidos por Lactancio, ya en los tiempos de Manes, como un delirio indigno de ser seriamente refutado, no quedando ya rastro de él más que entre los herejes maniqueos.

Pero les estaba reservado a nuestros tiempos el poner en vigor esta doctrina, y ello por obra precisamente del llamado espiritismo.

Los modernos espiritistas, en efecto, a los cuales podemos añadir los teósofos, resucitando con leves modificaciones la impía doctrina de Pitágoras y de Manes, sostienen «que la tierra no es más que la morada de una de aquellas existencias en número indeterminado que debemos recorrer sucesivamente. Nosotros ya habíamos existido antes que viviésemos aquí abajo en la tierra, nosotros existiremos todavía después de la presente vida, emigrando de uno en otro cuerpo, de una a otra vida, de uno a otro astro del sistema cósmico, sin que jamás se pueda dar, para la casi totalidad de los espíritus, un instante solo en el cual se halle en un estado puramente espiritual, no dándose espíritus puros, desprovistos de cuerpo, porque la inmaterialidad absoluta sería la nada».

Y que, por lo demás, sea ésta su creencia se deduce de la profesión de fe propuesta al Congreso Internacional Espiritista del año 1889, en la cual se declara como artículo de fe éste: «Yo creo en la pluralidad de existencias del alma, o más bien, en la encarnación sucesiva del espíritu en modo conveniente al estado de superioridad o de inferioridad en que se halle el espíritu… Yo creo que todo espíritu puede tener un número infinito de encarnaciones en un mismo mundo, para expiación suya, para su progreso o purificación.»

II

¿Quién no ve, pues, que una tal ideología no es más que pura fantasmagoría, que no puede por menos que ser desechada por toda inteligencia bien equilibrada, a causa de su misma absurdidad? ¿Quién no ve que la transmigración del alma después de la muerte del cuerpo, al cuerpo de otro hombre y menos aún al de otros animales, es absolutamente inadmisible, como que contradice, no sólo a la Revelación, sino al sentido común, y a todas las tradiciones de la misma religión natural?

Acertado estuvo el Padre Oldrá cuando la definió llamándola «una creación fantástica de las más increíbles y más faltas de prueba, un sueño supersticioso de un pueblo todavía niño en la civilización, el indio; una teoría aérea y romántica que choca con el sentido común y con la sana razón».

Y antes que todo es ésta una doctrina opuesta a las Sagradas Escrituras, no siendo necesario estar grandemente versado en las Sagradas Letras para convencerse de que, sea en la Ley, sea en los Profetas, sea en los Evangelios o en cualesquiera otros escritos del Nuevo Testamento, no se hace mención alguna de esta doctrina, sino que, por el contrario, claramente se enseña que las almas humanas, después de la muerte, se hallan en un estado que no tiene ninguna relación con la vida presente.

Hablando de los Patriarcas, ¿acaso no leemos que no era otro su deseo y su esperanza sino el dormir o ser enterrados con sus Padres? Y viniendo al Nuevo Testamento, ¿no leemos acaso, en el Evangelio de San Lucas (cap. XVI), que apenas murió el pobre Lázaro fue llevado por los Ángeles al seno de Abraham, y que el rico malvado, después de su muerte, fue sepultado en los infiernos? No se dice ciertamente que estas dos almas fueran a ocupar otros cuerpos.

Además, admitida la teoría de la Metempsicosis, ¿cómo se explicaría cuanto en el Antiguo y Nuevo Testamento se dice a propósito de algunas resurrecciones milagrosas? ¿No sería verdad que, en tal hipótesis, para resucitar a un hombre sería necesario matar a otro? Además resultaría, como consecuencia, que ningún pecador sería condenado, pues todos serían castigados con sucesivas transmigraciones; pero Jesús dice, por el contrario, que los malos irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna.

Demasiado sé que no faltan hoy día entre los judíos quienes creen ver enseñada la Metempsicosis por la Biblia, pero esta aserción es puramente gratuita, que no cuenta con ningún serio argumento en su defensa.

No negaré que el historiador judío Josefo, y el escritor y filósofo griego Filón, apellidado el Judío, hablan de la Metempsicosis como de un sentimiento comunísimo en su nación; pero esto no prueba en modo alguno que tenga su fundamento en la Sagrada Escritura.

Todo lo más podría indicarnos que los judíos habían podido aprenderlo entre los caldeos durante la larga cautividad en Babilonia, o también haberlo tomado como de prestado de los griegos, con los cuales tenían frecuente trato comercial.

No falta tampoco quien pretenda hallar un argumento en favor de esta opinión en aquellos pasajes del Evangelio de San Mateo (XVI, 13) y de San Marcos (VIII, 28), en donde, habiendo preguntado Jesús a sus Apóstoles: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?», ellos respondieron: «Unos dicen que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas»; esto es que en Cristo se había encarnado de nuevo el alma del Precursor o de alguno de aquellos profetas.

Pero ¿quién les autoriza a éstos, preguntamos, para sacar de estas palabras la consecuencia de que los judíos admitieran la Metempsicosis, «cuando es sabido, dice Cornelio Alápide, que los judíos tenían horror a la transmigración pitagórica, como una ficción de los gentiles? Creyendo los judíos en la resurrección de los muertos al ver los portentosos milagros obrados por Jesús, juzgaron que alguno de estos profetas hubiera resucitado y tomado el nombre de Jesús, el cual, por consiguiente, no era para los judíos sino Elías, Juan o cualquier otro profeta».

Repudiada por la Sagrada Escritura la Metempsicosis, es también desechada por toda la tradición cristiana. Todos los Santos Padres, en efecto, yendo a la cabeza San Jerónimo y San Agustín, que en su juventud, víctima de los maniqueos, también la había profesado, no sólo están unánimes en condenar lo mismo a aquellos filósofos que pretendían que el alma de un hombre puede pasar al cuerpo de un animal, que a aquellos otros que admitían que ella puede albergarse en el cuerpo de otro hombre, sino que están unánimes en proclamar que semejante doctrina es contraria a la de la Iglesia, como no enseñada por los Apóstoles ni revelada en las Sagradas Escrituras, sino además contraria totalmente a cuanto en ellas se halla contenido.

Hay quienes, para debilitar este unánime consentimiento de los Padres, quisieran aducir la autoridad de Orígenes; pero ¿qué autoridad, preguntamos, puede concederse a este escritor, quien, como es sabido, a causa de sus muchos errores, no siempre puede ser citado como intérprete fiel de la doctrina de la Iglesia? Por lo demás, si en cualquier pasaje de sus obras ha dicho que, «al fin del mundo, un ángel, o un alma, o un demonio puede desear el cambiarse en un bruto por la vehemencia de los tormentos y de los ardores del fuego que soporta», no debe inferirse que él admita que esto pueda obtenerse, sino solamente que puede desearlo. Nótese, además, que aquí se trataría de un condenado y no de un pecador.

No debe, pues, maravillarnos el que la Iglesia, ya desde los tiempos del cuarto Concilio de Constantinopla, haya condenado la reintegración de las almas; como recientemente, en una época próxima a nosotros, la condenó en el Concilio Vaticano en estos términos: «Después de la muerte, que es el término de nuestra existencia, somos llamados inmediatamente delante del tribunal de Dios para responder del bien y del mal que hayamos hecho durante la vida corporal; y después de esta vida mortal no existe otro lugar en donde se pueda hacer penitencia y alcanzar la justificación».

Pero no es solamente la doctrina de la Iglesia la que condena la Metempsicosis, sino que ésta es igualmente rechazada por el buen sentido y la recta razón.

Y lo primero, ¿no es acaso la misma razón la que nos dice que nada hay tan inadmisible, nada tan absurdo, como el admitir que el alma humana, después de la muerte, pase a animar el cuerpo de un irracional? Traspasada, en efecto, al cuerpo de un animal, el alma humana debería conservar al menos la memoria junto con el principio misterioso de las facultades cognoscitivas propias del ser racional; debería aportar a dicho animal el germen de estas nobles potencias y comunicárselas.

Se debería para eso ver que el bruto se sirve de ellas, hace pruebas de ellas y las revela al exterior; se deberían además hallar huellas de moralidad en él, comprobar en su obrar síntomas de vida intelectual, etc.

Pero ¿quién ha descubierto jamás la menor señal de todo esto en el irracional? Dicen los secuaces de esta teoría que en el bruto el alma está como trabada, estrechamente apretada, aprisionada como en una vaina, que no le deja movimiento para el ejercicio de sus facultades, y puede así en una tan grande humillación purificarse mejor de sus culpas.

Pero yo les respondo que esta alma así oprimida, sofocada, incapaz del más mínimo acto intelectual, se hallaría sin duda en muy tristes condiciones para purificarse, reponerse, perfeccionarse, habiendo perdido toda iniciativa.

¡Qué extraña purificación la de un alma transmigrada en un lobo rapaz, en un feroz tigre, en un repugnante gavilán y en un puerco inmundo! A decir verdad, nada se ve en todo esto que pueda responder a la idea de una elevación moral, sino que más bien delataría en ella tal estado una verdadera degeneración.

Y por desdicha así es; porque esta monstruosa teoría es precisamente la que hace que los indios, para no hablar de otros, consideren los males de la presente vida, no como una prueba útil a la virtud, sino el castigo de delitos cometidos en otro cuerpo, de los cuales, por otro lado, no conservan el menor recuerdo.

Ella es la que hace condenar a las viudas a un celibato perpetuo, inspira horror a la casta otribu de los parias, porque se supone que éstos son hombres que han cometido delitos abominables en una vida precedente.

Es todavía esta doctrina la que les sugiere mayor afecto hacia los animales, aun nocivos, que, hacia los hombres, e inspira una aversión casi invencible hacia los europeos, porque matan a los animales comestibles y se alimentan de sus carnes.

No menos inadmisible y absurdo es el admitir que el alma humana, después de la muerte, transmigra al cuerpo de otro hombre.

«¿A qué fin, en efecto, pregunta el Padre Oldrá, servirán las reencarnaciones? A ninguno de aquellos a quienes los inventores de la Metempsicosis las han destinado. No les sirven para expiación, que sería su fin primario y esencial. Porque no es expiación, sino simple desgracia, aquella prueba y aquel dolor que les habrían impuesto y que se verían obligados a soportar por fuerza, sin que supieran por qué y por cuáles de sus supuestas culpas estaban condenados a padecer. La tierra se les convertiría en un ergástulo; se verían condenados a trabajos forzosos, los otros hombres serían sus compañeros de cárcel, y todo esto sin que supieran la razón justificadora de ello. ¡Sublime y magnífico concepto de la expiación y de la vida humana! No sirven para salvaguardar la justicia de Dios en la distribución de sus castigos. Porque, si uno, que era hombre, renaciera, por ejemplo, mujer (lo cual es posible según éstos), ya no sería ciertamente él, sino otra persona. Y entonces, ¿por qué hacerle padecer en esta existencia por las culpas cometidas en una existencia precedente por otra persona, de la cual él no tendría ni el más remoto conocimiento ni recuerdo? He ahí una injusticia manifiesta. No sirven tampoco para sostener a uno en el camino del deber y de la virtud. Porque cuando una pasión le solicita y le impulsa al mal, ¿qué es lo que debería temer si lo cometiera? Acaso una encarnación más, lo cual quiere decir el retraso de algunos años en la conquista de la felicidad, la cual tarde o temprano tiene asegurada, sea cual fuere su conducta, tanto él como la criatura más inocente de la tierra. Mas si esto es así, ¿quién podrá apartarle de la culpa, cuando ésta le acomode? No sirven, finalmente, las reencarnaciones para satisfacer los anhelos innatos de plena, completa y absoluta felicidad. Extinguido, agotado completamente el curso de las encarnaciones, ¿qué es lo que le espera al lado de allá, según los secuaces de la Metempsicosis, como su destino definitivo e inmortal? ¿Volver a comenzar desde el principio el ritmo de sus sucesivas, infinitas, eternas existencias, sin esperanza de término? Así es para un gran número de espíritus, que no acaban nunca de purificarse enteramente. Para éstos, pues, al menos para la mayor parte, no existe destino último estable y definitivo, sino un girar perpetuo como una rueda; un pasar de un mundo al otro, sin un término, por toda la eternidad. Francamente es ésta una eternidad que no lisonjea gran cosa, y que ciertamente no corresponde a los deseos ilimitados del alma, la cual no quiere un movimiento continuo siempre fatigoso y duro, sino el descanso, la paz, la alegría verdadera, la genuina felicidad. La vida normal del tourista, aunque sea del globo celeste, podrá ser agradable hasta cierto punto, cuando no se prolonga demasiado; pero no es cierto que por sí misma sea la imagen más verdadera de la bienaventuranza perfecta».

Y después de estas sabias comprobaciones, ¿cómo no llamar inútil y dañosa la doctrina de la transmigración de las almas, viendo que se derivan de ella las más deplorables consecuencias?

III

Y aquí pondría yo gustosamente fin a esta plática, si para demostrar más y más lo absurdo de semejante doctrina no creyese oportuno referir lo que el Padre Franco con lenguaje fino e irónico nos dice en su libro sobre el espiritismo.

Después de haber explicado cómo los espiritistas, además del cuerpo y del alma, admiten en el hombre otro tercer elemento, el llamado perispíritu, o como ellos prefieran expresarse, a la manera de los indios, cuerpo astral, el cual es «un envoltorio aéreo, imponderable, especie de cuerpo flúido, que forma parte integrante del espíritu, como el cuerpo forma parte integrante del hombre, y en el que por este motivo el espíritu permanece siempre envuelto en este mundo o en el otro», y demostrada la absurdidad, razona de este modo:

«De Adán acá, durante seis o siete mil años, todo hombre sabía por el sentido íntimo ser un individuo uno y único, compuesto de alma y cuerpo, y sabía por la razón, o al menos por la tradición universal, que mientras el cuerpo era mortal, el alma, por su parte, era inmortal, y que en la segunda vida, él, y no otro por él, debía responder al Creador sobre sus obras buenas y malas. El cristiano además sabía, por añadidura, por la revelación de Jesús, que el compuesto humano sería a su tiempo restaurado mediante la prometida resurrección, a fin de que todo el hombre viva eternamente en la bienaventuranza o en el castigo. Pero hete aquí que aparecen esos flamantes renovadores empeñados en destruir el convencimiento racional y de tradición divina floreciente en todos los siglos, y en revelar o hacer creer al hombre que no existen hombres propiamente dichos, sino sólo espíritus encarnados, que es lo mismo que decir espíritus enfundados en un envoltorio etéreo, imponderable, una especie de estuche fluídico y animado; y segunda vez reenfundados en un cuerpo más denso, que es el cuerpo material y visible. Esa alma, o sea, ese espíritu, juntamente con todo su envoltorio etéreo, va errando de cuerpo en cuerpo, al cuerpo de Tizio, al de Cayo, al de Sempronio, los cuales se creerán hombres, pero no lo son. Ese espíritu cuando haya habitado en diez, veinte, cien cuerpos diferentes, tal vez hasta en la piel de un elefante, o revestido de las plumas de un pajarraco, llegará entonces a la bienaventuranza; pero Tizio, Cayo, Sempronio, no serán ni bienaventurados, ni réprobos, no serán nada; todo lo más habrán sido albergues de carne y hueso para el uso y consumo de los espíritus transeúntes que en ellos morarán un lapso de tiempo para sus negocios, esto es, para obrar bien o mal, a gusto suyo, mejorarse, etc. Pero si así es, decimos nosotros, si el alma del hombre es un espíritu encarnado…, si los espíritus encarnados constituyen la humanidad, ¿dónde están y quiénes son los hombres de esta humanidad, desde el momento que en cada uno de los pretensos hombres, el espíritu, o sea el alma, no es más que un inquilino de pocos días? Y si este inquilino, mudando de casa, mañana va a encarnarse en otro cuerpo y constituye otro pretenso hombre, y de esta manera hoy el espíritu o el alma constituye un Pedro, y mañana constituye un Pablo, ¿cuya será el alma necesaria para constituir el hombre, la de Pedro o la de Pablo? Así como ninguno de los dos tiene un alma propia, ninguno de los dos puede considerarse verdaderamente hombre.»

¡Qué absurdo! ¿Y será posible que en nuestro siglo se tenga semejante lenguaje tomado de las locuras de los paganos, y hallar quien le dé oídos y lo acoja con admiración? Y, no obstante, ¡doloroso es tenerlo que confesar!, la doctrina de la transmigración de las almas es muy común y está muy difundida en Europa, y tiene sus creyentes en todas las clases de la Sociedad.

«Pero son los mismos espíritus, replican los seguidores de la reencarnación, los que nos revelan semejante doctrina.»

Sea así; mas ¿qué confianza se puede tener en las respuestas del espíritu, por ejemplo, de Salomón, de Sócrates, de San Agustín, consultados, si al tiempo de la consulta estos espíritus están convertidos en él alma de un desequilibrado, de un bribón o de un polichinela? En otras palabras: ¿qué crédito pueden merecernos las revelaciones orales o escritas de quienes nos son completamente desconocidos, por más que sean evocados con el nombre de este o de aquel famoso personaje? ¿No podría muy bien haber acaecido que aquella grande alma a quien consultamos como perteneciente a Salomón, a Sócrates, a San Agustín, haya sido ya traspasada a otros cuerpos, y esto varias veces, y esté ahora informando el más estúpido mentecato de un manicomio? El espíritu evocado ¿hablará por aquel sabio que existió o por el necio que existe? ¿Y no habría de bastar esta desconfianza perfectamente razonable para invalidar todos los dogmas espiritistas, cuando no se sabría si son revelados por Salomón o por Polichinela?…

Además, consistiendo el culto práctico de esta religión en gran parte en las evocaciones que en las asambleas se hacen con los espíritus amigos, parientes o conocidos por benévolos, ¿con qué satisfacción se puede abrazar a un hijo, a una esposa que se presentan a la conversación, pudiendo ser que el espíritu del verdadero hijo, de la verdadera esposa, haya pasado a un asesino o a un cocodrilo, y que el pretenso hijo, la supuesta esposa, sean en realidad espíritus de desconocidos?

¡Hermoso servicio verdaderamente presta la Metempsicosis al dogma y al culto espiritista! Y por añadidura, ¡qué necedad, qué humillación de haber de confesarse a sí mismo!: Yo que siempre creí ser fulano de tal, ¡no soy más que el estuche del espíritu de otro, que acaso fue un estúpido, un criminal o una bestia del bosque!

De semejante manera, admitida esta impía doctrina, todo el inmenso y nobilísimo afecto que nos une a las almas ya salidas de este mundo, pero viviendo con una vida propia e inmortal, se convierte contra el sentido de todo el género humano, en una falacísima ilusión hacia almas que forman cualquiera otra persona, desconocida para nosotros, como nosotros somos desconocidos para ella, y menos merecedora de nuestro afecto que los mudos retratos o las estatuas de piedra, las cuales al menos conservan para nosotros algún recuerdo de aquellas personas amadas.

La Metempsicosis hace también ridícula y absurda toda la sublime y filosófica religión de los sepulcros. Y aunque no más fuera que por esta sola razón, ¿no merecería todo nuestro menosprecio y toda nuestra reprobación?

***

Y pongamos punto con estas palabras, pareciéndonos haber demostrado bastante que semejante ideología no sólo es vana y opuesta al buen sentido y a la recta razón, sino también impía, blasfema, inmoral, esencialmente anticristiana e injuriosa a la memoria de nuestros pobres muertos.

Es una doctrina que no puede haber salido sino del mismísimo infierno, más que cualquier otro fruto de la malicia de aquel que es padre de la mentira, el cual, después de haber enseñado e impuesto nociones falsas referente a la divinidad del Salvador del mundo, ambiciona completar su triunfo destruyendo la idea del hombre; y la destruye mudando un individuo único y personal, compuesto de alma y cuerpo, entrambos conjuntamente destinados al premio o al castigo, mudándolo, digo, en un espíritu o alma errante en muchos cuerpos constituyendo formas pasajeras de semejanzas humanas, pero no verdaderos hombres, cada uno de los cuales tenga su propio destino.

¡Dios no quiera que sea esta mala doctrina, sostenida por el espiritismo, el pedestal que perpetúe este nefasto reino del demonio en el mundo!

EJEMPLO

Un apóstol de la Metempsicosis

En el curso de la plática hemos mencionado a Manes, como uno de los principales inventores de la reencarnación de las almas; no estará de más decir algo de él aquí más difusamente.

Este aciago personaje, conocido con el nombre de Manes o Maniqueo, de donde sus secuaces tomaron el nombre de maniqueos, nació hacia el año 240 de nuestra era.

Era persa de nacimiento, y esclavo de la rica viuda Cetesifrate, que lo adoptó por hijo y le hizo instruir en las ciencias que se enseñaban en Persia.

Se llamaba al principio Curbico, pero como este nombre parecía hacer alusión a la humildad de su origen, apenas se vio heredero universal de la señora, lo cambió por el de Manes, que en lengua persa o babilónica significa vaso, queriendo en esto emular al Apóstol San Pablo.

Dicen otros que tomó el nombre de Maneste, significando óptimo disputador.

Estudió los libros que su bienhechora había heredado del heresiarca Terebinto, y principalmente las obras de un árabe llamado Escinciano, maestro de Terebinto, seguidor de la doctrina de Pitágoras.

Dotado de singular elocuencia, se conquistó bien pronto fama de docto y sutil filósofo. Manes se anunció como un nuevo apóstol o enviado de Jesucristo para reformar la religión y purgar la tierra de todo error, y enseñar, por consiguiente, la verdad, hasta aquella época desconocida.

Se vanagloriaba del don de milagros, pero habiendo prometido curar con su sola oración al hijo enfermo de Sapor I, rey de Persia, y habiendo muerto el niño en sus propios brazos, el rey, indignado, lo hizo encerrar en la cárcel y luego desollarlo vivo como impostor, el cual en vano había intentado huir de la prisión hacia el año de 277, o final del siglo III según otros.

Con su muerte no desaparecieron sus errores ni en lo más mínimo, sino que en siglos a él posteriores, en tiempos de tinieblas y de ignorancia, los maniqueos se propagaron portentosamente y fundaron un estado que hizo temblar al imperio de Constantinopla.

Y por más que una y mil veces sus perniciosas doctrinas han sido condenadas por la Iglesia, interviniendo contra ellas hasta la misma autoridad civil, no es posible llegar a exterminarlas por completo, de forma que, aun hoy en día, si bien bajo otras formas especiosas, subsisten todavía con gran detrimento de la piedad cristiana.