PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XL

De la verdadera devoción a las Almas del Purgatorio

No me resta sino hacer de todo corazón un augurio y expresar al propio tiempo un voto, a saber: que todos los que han tenido la paciencia de seguirme durante esta mi modesta fatiga, tomada animado solamente del pensamiento de ayudar a las pobres almas de nuestros hermanos difuntos, se sientan inspirados a abrazar la devoción hacia ellas y practicarla fielmente hasta el fin de sus días.

No intento hablaros de una devoción cualquiera, sino de una devoción verdadera, la única que puede servir de alivio a aquellas almas benditas que todavía sufren y gimen en la cárcel del Purgatorio.

He dicho verdadera, y no sin razón, porque, ¡oh, cuán raros son los que, según las reglas y principios de nuestra santa religión, practican una sólida y verdadera caridad para con los difuntos!

Sin aducir otras pruebas, basta y sobra la sola experiencia para justificar tan dolorosa verdad, que ya en sus tiempos ponía de manifiesto Sidonio Apolinar, porque a juzgar por lo que vemos y por los diversos abusos que nosotros mismos es imposible hayamos dejado de comprobar, por más que hoy en día la mayoría de los cristianos estén convencidos de la existencia del Purgatorio, a pesar de que entre ellos haya muchos bastante caritativos, y hasta, si queréis, se muestren, más que conmovidos, compadecidos del estado lastimoso en que tal vez se hallen las almas de sus amigos y parientes, aunque frecuentemente veamos algunos hijos que se interesan por la suerte eterna de quienes les dieron el ser, y a mujeres mostrarse celosísimas de la de sus maridos; a pesar de todo esto, nos vemos forzados a declarar que verdaderamente son pocos los que tienen por aquellas almas una caridad eficaz.

¿Y por qué? Porque verdaderamente son pocos los que realmente contribuyen a aliviarles sus penas; pocos los que, sirviéndose de los medios que con este fin pone a nuestra disposición la Iglesia, procuren a aquellas pobres desconsoladas los socorros de que están necesitadas y de los cuales tan eficazmente podrían aprovecharse en su estado de expiación.

Y de aquí la necesidad de insistir en que la devoción que se debe practicar para con las almas del Purgatorio ha de ser una devoción verdadera.

Y ¿cuándo se podrá llamar verdadera esta devoción? Solamente cuando reúna las condiciones necesarias, es decir, cuando sea profundamente sentida, santamente practicada, constantemente operativa; en otras palabras, cuando sea sincera, sobrenatural y perseverante.

Aunque la explicación y exposición de estas tres cualidades haya sido el fin que me haya propuesto en todo el curso de mi obra, no obstante, no creo será cosa inútil el dar aquí algunas brevemente a modo de compendio, a fin de que más fácilmente queden fijas en la memoria.

1ª) Si queremos, pues, que nuestra devoción a las almas del Purgatorio sea verdadera, esto es, que sea eficaz y fructuosa, es preciso, ante todo, que sea sincera; y lo será, sin duda, si fuere profunda y cristianamente sentida.

No se detendrá, por lo tanto, esta devoción en el cuerpo, que no es más que un puñado de polvo y cenizas, sino que llegará hasta el alma, a esa noble e inmortal porción de nuestro ser, a esta alma creada a imagen y semejanza de Dios, rescatada con la Sangre preciosa de Jesucristo, destinada a una gloria sin fin; ella penetrará en los reinos eternos y acompañará a esta alma hasta el lugar de su expiación.

Inspirada en estos pensamientos sublimes, de suerte que no se limitará a una simple demostración de civilidad y de conveniencia, a meras apariencias exteriores, a torrentes de lágrimas, a inútiles llantos y transportes de dolor y desesperación: cosas todas que no indican más que una piedad estéril e infructuosa, una piedad de ostentación y de fausto, una piedad completamente mundana y pagana, ya que no signifique un puro desahogo de amor propio, o también de intereses personales; cuando no, y el Señor no lo permita, de doblez, falsedad, engaño e hipocresía; sino que, sin negar los justos sentimientos de la naturaleza y las conveniencias sociales, se elevará hasta Dios y se interesará preferentemente por las necesidades del alma.

Y consecuencia de esta devoción sincera es, ante todo, una santa y resignada conformidad con la voluntad de Dios, cuando el alma ha abandonado el cuerpo y cuando los fríos despojos encerrados en el ataúd traspasan por última vez el umbral del santuario doméstico; mirad aquel continente recogido y devoto de los familiares y amigos al pie del altar durante la celebración del augusto Sacrificio; contemplad aquellas lágrimas santas y silenciosas en presencia de Jesús prisionero en nuestros tabernáculos; considerad aquel consuelo y confortamiento inefable que cada cual experimenta interiormente cuando, a semejanza del divino modelo, puede hallar en su corazón el testimonio de haber transcurrido sus días haciendo algún bien.

No basta; mirad, además, aquel sincero recogimiento, aquel santo temor, aquellas reflexiones saludables, aquellas plegarias fervorosas y sin ostentación en el cementerio, en donde el hombre, el mortal, a la vista del sepulcro, se eleva por medio de la fe hasta el trono de Dios para implorar su misericordia en favor de las personas que le serán eternamente queridas.

2ª) La segunda cualidad que debe tener la verdadera devoción a las almas del Purgatorio es que sea sobrenatural, esto es, debe ser practicada no sólo por motivos inspirados en la fe, sino también animados por la gracia de Dios; debe provenir de un alma animada por la gracia santificante y por el amor divino.

¿Quién será capaz de decir en este caso la eficacia que tendrán las oraciones y buenas obras de quien se halla en tan hermosas condiciones respecto del Corazón de Aquel «que se complace en hacer la voluntad de aquellos que le temen, que honra a sus amigos y que les anima a que rueguen a su Eterno Padre a fin de que sean oídas sus súplicas»?

Tanto más, cuanto que, si por una parte son amigos del Señor los que se interesan por otros que ya le son gratos, por otra Él no desea nada tan ardientemente como el poderlos admitir cuanto antes a la eterna recompensa.

Mas ¡ay!, que es ésta una cualidad que por desdicha vemos falta muchas veces aun en las personas que sin duda tienen una devoción cristianamente sincera hacia los pobres difuntos.

Y, efectivamente, saben muy bien que, para estar seguros de que sus acciones son aceptas a Dios, es rigurosamente necesario que sean hechas en estado de gracia, y que, por consiguiente, ningún alivio pueden proporcionar a las almas que les son queridas, ni sus penitencias, ni sus oraciones, mientras se hallen en pecado; y, sabiéndolo, ¿qué hacen para librarse de él y entrar de nuevo en la amistad y gracia del Señor? Nada, absolutamente nada.

Pues, entonces, ¿qué pueden esperar de una devoción que proviene de un corazón inmundo y detestable a los ojos del Señor?

¡Desdichados! ¡Estáis llorando, a los muertos, y no os hacéis cargo de que vosotros mismos encerráis en un cuerpo terrestre un alma muerta a la gracia! Vosotros imploráis piedad y misericordia para otros, y ¡no veis que vosotros mismos, más que ningún otro, estáis necesitados de ella, porque os halláis sumidos en la mayor miseria! Vosotros gemís por unas almas que acaso gimen por vosotros y que desde en medio de sus tormentos os dirigen estas palabras: «Llorad y lamentaos por vosotros mismos, llorad por vuestro estado, llorad vuestros pecados; haced penitencia; y entonces, queridos amigos, vuestras oraciones serán eficaces y poderosas ante Jesús; entonces le harán dulce y santa violencia a nuestro favor, en su paternal Corazón.»

3ª) Finalmente, la devoción hacia los difuntos debe ser constantemente operativa.

¿Y puede haber alguna duda acerca de esto?…

Que deba ser operativa, fecunda en buenas obras, en generosos sacrificios, es cosa por sí misma clarísima, como se ha indicado.

En efecto, el amor que se manifiesta solamente de palabra, o a lo más con algún tierno afecto fugaz y pasajero que no va acompañado de obras, no es más que un amor aparente y superficial, y ni siquiera merece el nombre de amor, como dice San Gregorio: «Si operare renuit, amor non est.»

Y así el Apóstol San Juan nos dice claramente: «Hijitos míos, no amemos solamente con las palabras y con la lengua, sino con obras y en verdad»; porque prueba del amor son las obras.

Por tanto, si amamos verdaderamente a las almas del Purgatorio, no basta que les demostremos nuestro amor sólo con palabras, sino que es necesario que pasemos a las obras.

Sabiendo que es necesario ser enteramente puros para entrar en el reino de Dios tres veces santo, y que los juicios de Dios son impenetrables, y conociendo además cuan frágil y deleznable es la naturaleza del hombre, ¡oh, cuán grande deberá ser nuestro celo para correr en ayuda de aquellas pobrecillas! Nada nos parecerá demasiado difícil para aliviarlas en sus penas; tendremos por cosa de poca monta cuanto hagamos en sufragio suyo; nos parecerán pocas las Misas que oigamos o mandemos celebrar y las indulgencias que lucremos; nos parecerán escasas las limosnas y las buenas obras, demasiado ligeras las penitencias, harto breve la oración que por ellas hagamos.

Un solo descontento sentiremos: el no hallarnos en condiciones de poder hacer mucho más por ellas.

Pero no basta que nuestra devoción para con ellas sea operativa, sino que es preciso, además, que sea perseverante.

¿Qué maravilla es que en el momento de la separación y del adiós supremo, cuando todavía están calientes ante nuestros ojos los despojos mortales de nuestros seres queridos, cuando aún resuenan en nuestros oídos sus gratas voces, cuando nuestro corazón sangra todavía lastimado por la pérdida y separación de la persona amada, en tiempo de fervor y devoción, nos sintamos transportados a sufragar generosamente por sus almas, a practicar gustosamente los mayores sacrificios por acudir en ayuda suya, y a industriarnos para buscar los medios de socorrerlas?

Todo esto es como una cosa natural y espontánea para un alma, por poco que ame a sus queridos difuntos, de forma que no se podría explicar un modo diverso de proceder.

Y decimos que la verdadera devoción hacia los difuntos no debe limitarse a este período de tiempo.

A la manera que el fuego está siempre en actividad, y arde, y resplandece, y calienta, y se eleva, y chisporrotea, y se ensancha, y no puede estar ocioso y quieto, así dicen los Santos debe ser nuestra devoción para con los difuntos: siempre activa, nunca ociosa: Devotio vacare non potest.

Siempre debemos tener presentes en nuestra mente sus penas; siempre debemos recordar que ellas no podrán volar al abrazo de su Esposo divino si primero, o con sus padecimientos o con nuestros sufragios, no han satisfecho hasta el último maravedí la deuda contraída con la Justicia divina; no debemos olvidar nunca que nos unen a ellas apretados lazos de caridad y de justicia, que la muerte no ha podido destruir; no debemos olvidar nunca que cada día caen muchas almas en el Purgatorio y allí padecen de continuo.

Por eso nuestro mayor interés debe ser el no dejar pasar día sin acordarnos en nuestras oraciones y en nuestras buenas obras de estas pobres almas, considerando como perdido el día en que no hayamos hecho algo en favor de estas benditas almas; consagrar en sufragio suyo un día cada semana, con preferencia el lunes, que es el día que generalmente se consagra a su memoria; celebrar cada año juntamente con la Iglesia el piadoso ejercicio del Octavario de los Fieles Difuntos, que se celebra después de la fiesta de Todos los Santos; y, sobre todo, adoptar la saludable y santa costumbre, tan recomendada y practicada por las personas devotas, de recordar a las almas de un modo especial durante un mes entero, destinando a este fin el mes de noviembre.

Pidamos con insistencia al Corazón de Jesús que nos conceda la gracia de sufragar por todas las almas santas y que podamos libertar de sus penas al menos una.

¡Dichosos de nosotros si este Corazón divino, que tan abundante es en misericordia, nos concediera también el poder librar a muchas, del modo que a su divina sabiduría y bondad más grato fuere, y nos hiciera durante toda nuestra vida celosísimos apóstoles de ellas!

Y si a tanto llegase nuestro amor por ellas que le pidiéramos se dignara enviarnos alguna pequeña aflicción, tribulación o enfermedad, a cambio de la pena de alguna alma, como Moisés, que pedía la muerte para salvar al pueblo hebreo, y Cristo la sufrió crudelísima por nosotros, ¡oh, qué mérito tan grande contraeríamos con esta suerte de sufrimientos, no elegidos por nosotros, sino enviados por Dios, y, ayudados de su divina gracia, soportados por pura caridad, y qué fruto para aquellas almas!

Cierto que entonces podríamos aplicarnos aquellas palabras tan hermosas de San Agustín, palabras de gran consuelo en medio de las tribulaciones en que puede encontrarse nuestra alma a causa de las dificultades gravísimas que pueden ofrecérsele tocante a su salvación: «¿Has salvado un alma? Pues has predestinado la tuya.»

EJEMPLO

El Siervo de Dios Pascual Attardi

Modelo de verdadera, profunda y constante piedad para con las almas del Purgatorio, y, por lo tanto, digno de ser propuesto a la imitación de los fieles, fue este sacerdote napolitano, muerto en olor de santidad el año 1893, Puede decirse que desde sus primeros años fue ésta su devoción favorita, a la cual consagró toda su vida.

Él era pobre, pero ¡cuánta abundancia de sufragios aplicó en favor de las benditas almas! Hallábase enfermo, y ni aun en medio del decaimiento y postración de la enfermedad se olvidaba de aquellas almas abandonadas; atormentado en el cuerpo y en el espíritu, no cesaba de interponerse con el Señor para que pasaran pronto desde aquella cárcel de fuego al eterno reposo.

Oraciones, indulgencias, Misas, maceraciones de la carne, todo lo ofrecía en beneficio de ellas. Cuando se trataba de sufragar por las almas de los difuntos, se ofrecía gustosísimo y reduplicaba en aquellos ejercicios su ordinaria piedad. Se conmovía profundamente en los funerales que celebra la Iglesia, y hasta el simple tañido fúnebre de una campana le hacía con frecuencia verter abundantes lágrimas.

No ignorando que entre las almas más abandonadas se cuentan las de muchos pobres sacerdotes, habíase impuesto la obligación de celebrar la Santa Misa por ellos varias veces al mes gratuitamente, y lo hacía con tanto fervor, que, en el acto de la elevación de la Sagrada Hostia, con frecuencia parecía que sus pies no tocasen la tarima del altar.

En el confesonario, en el pulpito, en público y en privado, y hasta durante su última enfermedad, no cesaba de defender la causa de aquellas almas, y con ejemplos, con promesas, con palabras ternísimas excitaba en los demás el celo y caridad en favor de las almas, especialmente de aquellos que en vida fueron devotos del Sagrado Corazón de Jesús y de las de los niños muertos en pleno uso de razón, pero probablemente con alguna deuda para con la divina Justicia.

«Éstos, decía él, están abandonados penando, porque en general se tiene por seguro que están en el cielo a causa de su poca edad.»

Estos actos de una caridad ilimitada para con las almas del Purgatorio no podían por menos de ser aceptos al Señor, el cual, como para mostrarle su agradecimiento y animarle a perseverar, permitió que más de una vez las almas por él favorecidas se le apareciesen y le manifestasen su gratitud, y entre ellas la de su misma madre, por la cual había orado de un modo especial y celebrado la santa Misa.