Padre Juan Carlos Ceriani:VIGESIMOCUARTO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES-QUINTO MOVIL DE EPIFANIA

 

Otra parábola les propuso, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró grano bueno en su campo. Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo, sobresembró cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó, pues, el trigo y dio grano, apareció también la cizaña. Y fueron los siervos al dueño de casa y le dijeron: Señor ¿no sembraste grano bueno en tu campo? ¿Cómo, entonces, tiene cizaña? Les respondió: Algún enemigo ha hecho esto. Le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a recogerla? Mas él respondió: No, no sea que, al recoger la cizaña, desarraiguéis también el trigo. Dejadlos crecer juntamente hasta la siega. Y al momento de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y al trigo juntadlo en mi granero.

Esta parábola es una de las más misteriosas y más instructivas del Evangelio.

Unos versículos más abajo, San Mateo nos dice que Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Afortunadamente pidieron y obtuvieron una explanación y dilucidación. De este modo, tenemos directamente de Nuestro Señor la interpretación genuina e incontestable.

Él les respondió de este modo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

Tal es la interpretación que nos da de su propia boca el Salvador.

Según los Santos Padres, la parábola tiene por objetivo prevenirnos contra la malicia y las trampas del demonio y los obradores de iniquidad.

El hombre enemigo es el demonio. Vemos aquí una diferencia importante entre esta parábola y la del sembrador, en la cual se pone de manifiesto a aquellos que no reciben la Palabra de Dios; mientras que en ésta se denuncia a aquellos que la reciben alterada, y se nos previene contra la astucia propia del demonio, que consiste en mezclar siempre con la verdad el error coloreado con apariencias de verdad, de manera de poder por este medio engañar fácilmente a los sencillos.

Se trata aquí de los herejes, corruptores infiltrados entre los discípulos. Por tal motivo, no nombró otra clase de simientes, sino sólo la cizaña, que es una semilla semejante al trigo.

El demonio se beneficia de la negligencia o de la ignorancia de los fieles; así como también, y principalmente, de la falta de suficiente vigilancia, e incluso del abandono, por parte de los pastores del rebaño.

Por eso se llama la atención sobre un grave peligro, pues se destaca que el error vino en pos de la verdad. De este modo, detrás de los profetas llegan los pseudoprofetas; a la zaga de los apóstoles, los pseudoapóstoles; en pos de Cristo, los anticristos…, y llegará el Anticristo.

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Queda claro que, no pudiendo arrancar el trigo que ya ha arraigado (los hijos del Reino), el demonio se vale de una astucia, y siembra su propia simiente (los hijos del maligo).

Algo parecido sucedió allá a los comienzos. Porque muchos prelados, habiendo dejado entrar en la Iglesia a perversos herejes, dieron amplio lugar a semejantes asechanzas. Porque poco trabajo le queda al demonio una vez que ha introducido a semejantes hombres.

Una vez que creció la hierba y dio fruto, entonces apareció la cizaña; que es lo que hacen los herejes. Al principio se ocultan; pero una vez que adquieren mayor confianza y facilidad para hablar, entonces derraman su veneno.

Todas estas semillas del mal, en un principio apenas son visibles, como la primera chispa de un incendio; pero crecen imperceptiblemente, causan escándalos, sofocan la verdad, la fe, las virtudes cristianas, la piedad… y se pierden miles de almas.

Véase en la historia de la Iglesia las grandes herejías, del arrianismo al modernismo… del nestorianismo al progresismo, del luteranismo al conciliarismo…

¡Qué lecciones para los pastores y para los fieles!

¿Cómo se verifica, hoy, esta parábola, con tanto modernismo, progresismo y conciliarismo?

¿En qué punto concreto nos encontramos de esta mezcla diabólica de buen trigo y perversa cizaña?

¿Prevalece el trigo?

¿La cizaña está asfixiando casi por completo al buen grano?

Es fácil comprobar el poder de la herejía apóstata (o de la apostasía herética), universalmente invasora.

No es muy complicado demostrar, simplemente mostrar, cómo la cizaña se aplicó por tantos medios a corromper las instituciones.

Se puede evidenciar de qué manera han penetrado, echado raíces, y ahora campean los obradores de iniquidad allí donde sólo debería hallarse el buen trigo, los hijos del Reino.

No hace falta mucha inteligencia para verificar que el campo de la Iglesia aparece eclipsado por el de la cizañera herética… La Iglesia será eclipsada, dijo Nuestra Señora en La Sallete.

También es claro que, frente a tal panorama, es fácil desanimarse, perder el equilibrio y dejarse abatir…

¿Qué podemos hacer para no caer en el desánimo, para permanecer de pie y poder hacer frente a la acción del cizañero herético y apóstata?

Debemos meditar los datos que nos proporcionan la Sagrada Escritura y la Tradición; así como también las enseñanzas de la Teología respecto de la historia de la Iglesia, dejándonos esclarecer y fortalecer por esa viva luz.

Ahora bien, esta doctrina de la Revelación y de la Teología nos suministra datos claros y precisos.

Un primer punto se refiere a las realidades que se encuentran comprometidas, las sociedades que entran en juego.

Primero, la Ciudad de Dios, tal como Jesús la ha instituido para siempre: santa, inmaculada, invencible; pero destinada a serle configurada por la Cruz; destinada a llevar la Cruz todo el tiempo que dure su peregrinación; y, por lo mismo, igualmente segura de su victoria.

Por otro lado, su enemiga irreductible, la Ciudad de Satanás, con sus falsas doctrinas, su culto erróneo, su prestigio mundano y sus complicidades eclesiásticas. Ella se ensaña contra la Ciudad de Dios, pero sus tentativas terminarán en el fracaso.

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Si aceptamos esta realidad, si reconocemos el estado de hecho de la Iglesia, con esa mezcla de trigo y cizaña hasta el fin, estaremos inmunizados contra la ilusión que espera un tiempo en que la Iglesia no contará más con pecadores, al abrigo de los traidores, sin tener que cargar con la Cruz junto con su divino Esposo.

Tampoco podemos esperar una época en que la sociedad temporal se transforme en un nuevo y renovado paraíso terrenal

Siempre, de una u otra manera, la Iglesia y la Sociedad estarán inficionadas por los venenos diabólicos, la cizaña, a pesar de que la Iglesia, incansablemente, se esfuerce por contrarrestarlos, no cesando de anunciar su restauración final en Cristo y por Cristo. Restauración final… No anticipemos…

La lucha entre el demonio y la Ciudad Santa durará hasta la Parusía… No podemos soslayarlo ni olvidarlo…

Esta lucha no se aplacará ni endulzará progresivamente… No hay reconciliación posible…

Siempre la cizaña intentará sofocar y oprimir al trigo, aunque se organicen muchos Congresos Interreligiosos de Asís y muchas Jornadas Internacionales por la Paz…, menos aún si la estructura y disposición de estos es irreverente, sacrílega y blasfema…, simple y pura cizaña…

En cuanto a la Iglesia en sí misma, el Evangelio nos enseña que, lejos de encontrar un trigo de calidad superior, que iría mejorando de siglo en siglo, por el contrario, siempre se encontrará el buen grano mezclado con la cizaña, la cual, a medida que nos vayamos acercando del fin, crecerá en poder y malignidad, a punto de sofocar completamente al trigo…

Del mismo modo que el Evangelio, el Apocalipsis no nos descubre una domesticación progresiva de las famosas Bestias…

Resulta gracioso, pero al mismo tiempo grotesco, observar a ciertos clérigos y seglares arrojando cacahuetes a los orangutanes apocalípticos con la intención de aplacarlos, incluso civilizarlos…

A medida que nos acercamos del fin de los tiempos, el Diablo, la Bestia y su Falso Profeta perfeccionan sus métodos, mejoran su cizaña y organizan más inteligente y eficazmente sus ataques externos e internos contra la Iglesia.

La lucha que se lleva a cabo desde afuera consiste especialmente en pervertir la Sociedad temporal para organizar la contra-Iglesia.

La lucha desde el interior radica en intentar la autodestrucción de la Iglesia.

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Esto es lo que nos enseñan la Revelación y la Teología… lo que la simple experiencia y observación atenta de la realidad nos muestran…

Algunos encuentran decepcionante, pesimista y negativa esta prédica…

Nosotros sabemos que, incluso en ese período en que todo se fundirá ante el avance irresistible de las fuerzas del mal, el Señor está presente, a pesar de las apariencias… Tal vez, puede ser, ¿por qué no?, durmiendo, como en la barca en medio de la tormenta…

Lo que Él nos pide es que permanezcamos unidos a Él, para hacer todo lo posible para ayudar a la perseverancia o a la conversión de nuestros compañeros de lucha.

Cuando la soldadesca de Caifás y Pilato conducía a Nuestro Señor al Calvario, a la Cruz, a la muerte…, no les fue pedido a los Apóstoles ni a las Santas mujeres impedir el suplicio —en ese momento inevitable—, ni oponerse a la apostasía de un pueblo sumido en la anarquía…

Pero sí se les pidió a los fieles del rebañito no temer, conservar la fe, perseverar en la caridad, sostenerse mutuamente, confesar la misión divina del crucificado…

Esta actitud, este estado de alma, es posible, si tenemos en cuenta que la historia dura propter electos (por causa de los elegidos)…

Esta actitud, este estado de alma, es posible, si consideramos la historia en relación a Jesucristo y a la eternidad, y no en primer lugar en relación a este mundo…

Esta actitud, este estado de alma, es posible, si comprendemos que, incluso en la gran apostasía del fin de los tiempos, el Señor viene, y nada ni nadie puede impedirle que reúna a sus elegidos.

En efecto, ¿por qué la duración de los tiempos? ¿Por qué la sucesión de los siglos? ¿Por qué la continuación de la historia, de las pruebas y de las victorias de la Iglesia, de los esfuerzos de la Cristiandad y de las traiciones cizañeras?

La respuesta es simple, pero tan profunda como difícil de digerir: en vista del perfeccionamiento del Cuerpo Místico, para el bien de los elegidos, propter electos.

¿Por qué la continuación de la historia, de las pruebas de la Iglesia, de las traiciones cizañeras?

A fin de que la Santa Iglesia alcance su perfección última por el número y el mérito de sus hijos…

¿Por qué la continuación de la historia, de las pruebas de la Iglesia, y de las traiciones cizañeras?

A fin de que los dones inagotables del Corazón de Jesús sean participados por los Santos hasta el día deseado en que, ante la fidelidad de su Iglesia, consumida en las tribulaciones del fin de los tiempos, el Señor haga cesar la historia, introduciendo a su Esposa en la Jerusalén celestial, y encierre al demonio y a sus secuaces en el lago eterno de fuego y de azufre, en el lugar de la segunda muerte… mientras el trigo es recogido en los graneros celestiales

Así lo enseña Nuestro Señor, al dar la explicación de la parábola: la siega es el fin del mundo, y los segadores son los Ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus Ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

Entonces, y sólo entonces, los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

El que tenga oídos, que oiga.

¡Sí!… ¡El que tenga oídos, que oiga!…

La finalidad suprema de la historia, aquella a la cual todo le está subordinado, no es temporal sino eterna: es la manifestación, por la Iglesia, de la gloria de Cristo y del poder de su Cruz en todos los Santos y en todos los espíritus bienaventurados.

Porque el Señor quiso darnos la luz acerca de los últimos días y de las circunstancias extraordinarias que los ponen aparte, no podemos prescindir ni posponer el considerarlas de frente.

Más allá del carácter incomprensible y temible de estos tiempos del ocaso definitivo, lo que debe conmovernos es su carácter común con los siglos que los han precedido hasta el Medioevo y con los que los han preparado desde el siglo XIV.

Estos últimos tiempos se injertan en la plenitud de los tiempos, como todos los demás siglos, los del Antiguo Testamento y, principalmente, los de la era cristiana desde la Encarnación.

El don que ha sido hecho al mundo por la Encarnación del Verbo no será retirado; el poder con el cual está revestido Cristo no será atenuado.

Es por un designio de amor que el Señor quiere que su Esposa, la Santa Iglesia, sea configurada a su Pasión; que pase, en cierta medida, por la experiencia de las tinieblas y de la agonía del Huerto de Getsemaní.

La Iglesia debe sentir, en su medida, el alcance misterioso de aquel sinite usque huc que Jesús pronunciara en su santa Agonía… Sufrid aun esto…

Si el Señor quiso para su Esposa, al fin de los tiempos, una experiencia más profunda de la Agonía de Getsemaní, conforme al dejad hacer hasta el fin, es también porque quiso darle pruebas todavía más profundas de la eficacia de su poder y de la intensidad de su caridad.

La Iglesia no deja de compartir la Pasión de su Esposo… Pero tampoco dejará de participar de la victoria del que afirmó: Os he dicho estas cosas para que halléis paz en Mí. En el mundo pasaréis apreturas, pero tened confianza: Yo he vencido al mundo.

El día del regreso del Señor está cerca. Después de ese día, el Diablo no dispondrá más de los medios para acechar el talón de las murallas de la Ciudad Santa, para intentar seducir y corromper.

Nuestro Señor Jesucristo obtuvo la victoria por la Cruz, en unión con la Iglesia su Esposa, que es custodiada en oración junto a la Virgen Inmaculada.

En sus luchas, la Santa Iglesia no cesa de ser asistida por la Santísima Virgen, que desde el momento de su Inmaculada Concepción ha aplastado la cabeza de la serpiente y por su Compasión ha obtenido la gracia de interceder universalmente por los hombres.

Y en la medida que el demonio, desde hace cinco siglos, redobla su acción y su violencia, la Santísima Virgen nos da pruebas más vivas de su intercesión. Incluso nos da pruebas milagrosas, como lo hemos considerado, por sus apariciones en Rue du Bac, Lourdes, Fátima…

Además, estos mensajes se reducen a una sola cosa: reactualizar la revelación inmutable del Evangelio en las luchas de nuestro tiempo.

Si en lugar de soñar con ilusionadas restauraciones o en quiméricos triunfos temporales de la Iglesia, escuchásemos con plena docilidad las solicitudes de la Virgen Santísima, seríamos mucho más fuertes para aplastar con Ella la cabeza de la serpiente.

Nosotros creemos y confiamos en que la Virgen Inmaculada, Reina de los Mártires, nos rodea con una ternura tanto más fuerte, tanto más atenta, cuanto más y más seamos hostigados por los enemigos.

La Virgen del Huerto y del Calvario, es la misma que la de las grandes visitas milagrosas sobre nuestra tierra miserable… Ella es la Virgen victoriosa de todas las batallas de Dios, como la llamara Pío XII.

Que estas reflexiones sobre la historia humana en presencia de Jesucristo, que es el Soberano Señor de ella, nos persuadan de que somos amados y custodiados por Dios.

Que, a través de todas las contingencias de la vida y las vicisitudes del mundo, nos sea dado el ser vencedores en Jesucristo por su Cruz, junto a su Santísima Madre.

El Hijo del hombre enviará a sus Ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre…