PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXVII

Alegría que se proporciona a los Ángeles y a los Santos

El divino Maestro, a los escribas y fariseos que habían criticado la conducta que Él seguía con los publícanos y pecadores, les había narrado la parábola de la oveja perdida. Terminada la narración, había agregado a modo de conclusión: «Yo os digo que habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de arrepentimiento».

Ahora pregunto yo: si, según Jesús, tan gran fiesta se celebra en el Cielo por la conversión de un alma pecadora, que puede descarriarse nuevamente del sendero de la salvación, ¿cuál no será la alegría de toda la corte celestial al entrar en aquella superna patria, sin peligro de que hayan de perderse jamás, algunas almas afligidas, las cuales no podían entrar allí sino tras larga y rigurosísima expiación?

Y ¿cuál no será al mismo tiempo el agradecimiento de los dichosos moradores del Cielo para con aquellos que les han procurado tan grande alegría, adelantando con sus oraciones y sufragios la salida de las almas de aquel mar de fuego del Purgatorio y su arribada al puerto del eterno refrigerio?

Porque ellos bien saben que aquellas almas, aunque amadísimas del Corazón de Jesús, no participarán de los beneficios de la divina misericordia, si primero no han satisfecho todas las deudas contraídas con la divina Justicia.

Mas, sabiendo también que las llaves de aquel calabozo están en nuestras manos, ¡oh, con qué solicitud nos miran, y cómo desean que pongamos en práctica los medios que Dios nos ha dado para introducirlas lo antes posible en la patria celestial!

Y ¿será posible que no procuremos satisfacer este ardentísimo deseo que ha de hacer dichosas a las almas del Purgatorio?

No, jamás se dirá tal de nosotros; antes éste será un nuevo motivo que nos impulsará a profesar una más generosa devoción a aquellas almas santas.

I

Ofreciendo sufragios por las almas del Purgatorio satisfaremos también los ardorosos deseos de los Ángeles, que aman a las almas confiadas a ellos.

«En efecto, dice el Padre Faber, ¿cómo no las amarán viendo en aquellas almas a unos seres destinados a convivir con ellos eternamente felices, y a ocupar los tronos que dejaron vacíos aquellos otros que fueron ángeles compañeros suyos, que fueron malos, y contra los cuales ellos, indignados y horrorizados, combatieron en el comienzo del tiempo, hasta arrojarlos del Paraíso? Pero más que por estas razones acaso las aman, porque aquellas almas fueron confiadas por Dios en vida a su custodia y cuidado, y a las cuales prodigaron sus más tiernos cuidados y solicitud, inspirándoles el bien, apartándolas de los peligros, dirigiéndolas en sus dudas, confortándolas en sus temores, sosteniéndolas en sus debilidades, levantándolas en sus caídas, asistiéndolas en todo instante hasta lanzar su último suspiro.»

Y habiéndolas amado tanto en el curso de su mortal carrera, ¿sería posible que las quisieran abandonar en el momento precisamente en que, precipitadas en un mar de dolores, son más que nunca dignas de sus castos y espirituales afectos, tienen más que nunca necesidad de alivio y consolación? Cierto que no; antes, considerando que, en cierto modo, su misión no está cumplida todavía mientras no las hubieren introducido en la Jerusalén celestial, continuarán hasta el fin en su ministerio de caridad.

Si mientras aquellas almas moraban en la tierra, estos espíritus celestiales no se desdeñaron de acompañarlas y defenderlas de continuo, ¿por qué no deberá ocurrir lo mismo ahora que se hallan en aquel lugar de tormentos? Por consiguiente, así como se compadecieron de sus enfermedades y flaquezas sobre la tierra, así también ahora se compadecen de los sufrimientos que las purifican para hacerlas dignas de la felicidad eterna; y así como sin descanso habían rogado a la divina misericordia en el destierro de este mundo, así tampoco cesarán de invocarla en el más doloroso de la otra vida.

Por lo demás, esta consoladora doctrina la vemos indicada en la misma Liturgia Católica, cuando en el Ofertorio de la Misa por los difuntos dice que el Arcángel San Miguel ha sido delegado por Dios para conducir a la luz santa, prometida por Él a Abrahán y su descendencia, a las almas de los fieles difuntos, libres ya de las penas del Purgatorio, del lago profundo, del obscuro tártaro.

He ahí por qué San Miguel es considerado como el Príncipe de aquel reino doloroso; y, compadecido en gran manera de aquellas almas, intercede de continuo por ellas.

Igualmente esta misma doctrina está completamente de acuerdo con los principios de la teología y con la mayor parte de los Doctores de la Iglesia, los cuáles afirman «que los ángeles custodios interceden por las almas del Purgatorio y las ponen en comunicación con nosotros, inspirándonos que reguemos por ellas, y haciendo que después ellas conozcan a los que caritativamente por ellas se interesaron, y cuando ha terminado el plazo de la expiación las conducen al cielo, y a veces vienen también a anunciarnos a nosotros la hora de su liberación».

Y ¿qué nos dicen las revelaciones de los Santos sobre esta materia?

— Santa Francisca Romana, la cual recibió muchedumbre de luces utilísimas al pueblo cristiano a este propósito, dice: «Cuando un hombre muere, su ángel custodio, según el mérito, conduce al alma a las regiones inferiores del Purgatorio, y allí se coloca a su lado derecho, mientras que el demonio se le coloca al izquierdo. El ángel presenta a Dios las súplicas que fueron dirigidas a Él por aquella alma, e intercede por ella para que se le abrevie la pena, mientras que el demonio, por orden de Lucifer, es atormentado de un modo especial en castigo de no haber sabido conducir aquella alma a los infiernos. Uno de los padecimientos mayores de esta alma es el de tener constantemente ante sus ojos la visión de aquel malvado espíritu que no hace más que reprocharle las culpas cometidas y la debilidad en dar oídos a sus perversas intenciones. Terminado el plazo de la expiación en el Purgatorio inferior, el alma sube a la región media, y el demonio entonces la abandona para ir entre sus semejantes, los cuales le increpan e insultan ásperamente por su negligencia e impericia.»

Por donde se ve el modo de pensar de esta Santa acerca de la cuestión tan debatida por los teólogos, a saber: si los «demonios tienen poder para atormentar a las almas del Purgatorio y ejercer sobre ellas violencia directa”.

Ella opina que las almas no sufren nada por parte de los malvados espíritus, fuera de las reprimendas e injurias de que hemos hablado, no estándoles a éstos permitido el atormentarlas materialmente en el Purgatorio; mientras que, por el contrario, los Ángeles custodios descienden a aquel báratro para visitar y consolar a sus protegidos, e incapaces de merecer por sí mismos, y no pudiendo como nosotros satisfacer las deudas de aquellas infelices, las visitan, las consuelan y hacen de intermediarios entre el cielo y la tierra.

— En la prolongada visita que Santa María Magdalena de Pazzi hizo al Purgatorio, cuando llegó a la cárcel de los que habían pecado por ignorancia o debilidad vio que los Ángeles custodios estaban junto a ellos consolándolos.

— Lo mismo acaeció a Santa Margarita María Alacoque, la cual, durante una de sus largas y extraordinarias enfermedades, recibió un día la visita de su Ángel custodio, el cual, invitándola a bajar con él al Purgatorio, la condujo a un lugar vastísimo, todo lleno de llamas, y carbones encendidos, en el cual vio gran número de almas, en forma humana, levantando los brazos en alto, implorando misericordia, teniendo junto a sí los Ángeles custodios que las consolaban con palabras afectuosas.

— Y en la vida de Santa Margarita de Cortona leemos que, suplicando un día con ardientes lágrimas a Nuestro Señor por todos sus amigos difuntos, se le aparecieron éstos circundados de llamas y en un tan lastimoso estado que no le era posible mirarlos. Y el divino Redentor le dijo: «Las penas que estas almas sufren son acerbísimas, pero lo serían incomparablemente más si no fueran visitadas y consoladas por mis ángeles, cuya sola vista sírveles de alivio en sus padecimientos y de refrigerio en sus ardores.»

Así es:, pero ¿quién no ve que sólo aliviar y confortar a aquellas pobres almas es poquísimo para el ardentísimo amor que les profesan? Lo que ellos vivamente anhelan es su entrada en el Cielo. ¡Ah! Su alegría no será completa, sus deseos no se verán satisfechos, sino cuando, terminado el plazo de su expiación, las puedan llevar al Cielo, según expresión empleada por el Evangelio hablando del Lázaro de quien se dice que fue «llevado por los ángeles al seno de Abraham».

Pero como el que logren esta libertad depende en gran parte de nuestros sufragios, ¿quién será capaz de decir la alegría de estos espíritus bienaventurados, viendo que nosotros nos interesamos en favor de sus protegidas? ¿Quién podrá explicar su reconocimiento, especialmente el del gloriosísimo San Miguel, Príncipe de la milicia celestial? «¡Ah, benditos, exclaman desde lo alto del Cielo, sí, benditos sean aquellos que, viviendo todavía sobre la tierra, ayudan a las almas del Purgatorio con sus oraciones y buenas obras!»

¿Queremos nosotros merecer estas bendiciones y al mismo tiempo llenar de regocijo a los Ángeles y Santos del Paraíso? Acrecentemos cada día más y más en nuestro corazón la devoción hacia estas pobres almas.

II

Sufragando nosotros por las almas del Purgatorio mitigaremos en segundo lugar los ardentísimos deseos de los Santos, los cuales, tal vez más que los Ángeles, están anhelosos por aquellas almas; porque, en virtud de la Comunión de la Iglesia, el vínculo de caridad que los une con aquellas infelices es más intenso y fuerte.

¿Quién, pues, será capaz de decir con qué amorosa intensidad desean su ingreso en el Paraíso y con qué ansia tan apremiante lo esperan? Sí, esperan los Santos a aquellas almas, porque ya ven en ellas a otros tantos compañeros suyos elegidos para la gloria, otros tantos bienaventurados que unirán sus voces a las suyas para entonar el himno jubiloso de eterna alegría con que toda la corte celestial canta el Hosanna a la Trinidad augusta.

Las esperan, porque muchos de ellos fueron en vida compañeros fieles de aquellas almas santas, a las que dieron ejemplo de las más hermosas virtudes; las esperan, porque muchos de ellos abrazarán en aquellas queridas almas al padre, al hermano, a un bienhechor, con los cuales tan gran comunidad de afectos, de alegría y de dolores los unieron; las esperan, porque son los Santos protectores de quienes en la tierra recibieron la ayuda necesaria para vencer las tentaciones y salvarse; las esperan, porque son los Santos, los Santos venerados en los países en donde ellas vivieron, en las iglesias en donde ellas oraron. Las esperan, finalmente, porque a muchos de ellos ya se les retarda demasiado el poder pagar la deuda de gratitud contraída con ellas, cuando hallándose a su vez en el Purgatorio fueron libertados de él por sus oraciones y sufragios.

¿No es posible, en efecto, que muchos Santos hayan sido librados de aquellas llamas, gracias a las satisfacciones de almas caritativas, que sufren ahora las mismas penas y tienen necesidad urgente de oraciones y sufragios? Pero, ¡ay de mí!, ¡cuántas veces, a pesar del mucho amor que profesan a aquellas pobres almas, no ven satisfechos sus anhelos y se prolonga su expectación! Quisieran, es verdad, verlas lo antes posible en el Paraíso; pero, conociendo por otra parte el rigor de la divina Justicia, que exige que aquellas almas no queden en libertad mientras no hayan satisfecho toda la deuda contraída con ella, se ven obligados a resignarse y esperar, no oponiéndose a estas justas exigencias.

Lejos de nosotros, no obstante, el pensar que se contentan respecto de ellas con un estéril deseo, no; pues no es posible, por ejemplo, que un padre, una madre, que están en el Cielo, sabiendo que las almas de sus hijos son atormentadas en aquellas ardientes llamas, no hagan cuanto el Señor les permita para librarlas de ellas, poniendo en práctica los medios ordinarios y extraordinarios y muchos otros que nosotros no conocemos.

Sabemos, pues, que los Santos en el Cielo ruegan a Dios inspire a los vivos que quieran satisfacer por aquellas pobres almas y consagren a este fin infinidad de buenas obras, aplicándoles la parte satisfactoria de las mismas.

Procuran, además, abreviar el tiempo de la expiación, obteniéndoles que un aumento en la intensidad de las penas compense la disminución de lo que habían de durar, lo cual es una gracia insigne, puesto que, un día de Paraíso anticipado, es un tesoro incalculable.

Suplican, además, a Dios aplique en sufragio de aquellas pobres almas la superabundancia de sus merecimientos, y lo que es más todavía, según la opinión de algunos teólogos, interceden con Jesús y María para que se dignen poner a su disposición algunos de sus propios méritos divinos.

Y como si esto no bastase, dicen algunos piadosos escritores que, si las leyes del Cielo lo permitiesen, como lo permiten aquí abajo las leyes de la caridad, no pocos de entre ellos se ofrecerían al Señor para ocupar el lugar de aquellas almas en el Purgatorio.

Verdad es que no es posible acepte Dios esta substitución.

Dice San Juan Crisóstomo que, suponiendo que el ocupase un puesto entre los Ángeles y viera a San Pablo cargado de cadenas en una prisión, dejaría gustosísimo el lugar que ocuparía en el Cielo para ir a hacer compañía al gran Apóstol.

Y de Nuestro Señor Jesucristo dice Carpo, obispo de Creta, según lo refiere San Dionisio Areopagita, que estaría dispuesto a retornar al mundo para ser crucificado de nuevo, si así fuese la voluntad de su Padre.

¿No nos demuestra todo esto cuán gran deseo tienen los Santos de ver salir del Purgatorio lo más presto posible a las almas de sus hermanos, y cuánto agradecen los sufragios que nosotros hagamos para apresurar su liberación de aquella cárcel y su entrada en el Cielo? Por consiguiente, ¿quién será capaz de decir los transportes de júbilo que experimentarán cuando vean salir del profundo báratro del Purgatorio, para ser en su compañía felices para siempre en el Cielo, a sus devotos, amigos y parientes, tan deseados y esperados por ellos? ¡Cómo bendecirán la misericordia del Señor, que se dignó secundar sus cuidados, y harán resonar los ámbitos de aquellas bienaventuradas y felices mansiones con alabanzas en honor de aquellos fieles, los cuales, gracias a sus sufragios, último complemento, proporcionaron la felicidad a sus amados amigos!

¿Y habrá entre nosotros quien no quiera contribuir a una tan hermosa obra de caridad fraternal tan ensalzada en el Paraíso?

***

Estando, pues, a nuestro alcance et poder proporcionar tan grande alegría a todo el Paraíso interesándonos por las almas del Purgatorio, no dejemos de hacerlo siquiera sea movidos por el pensamiento de que cumpliremos con los felices moradores de aquella celestial mansión, como lo nota Carmagnola, una deuda grandísima de gratitud.

¡Cuántos beneficios, en efecto, nos han hecho los Ángeles y los Santos, y continúan todavía haciéndonos! Y ¿de qué modo podremos nosotros corresponderles y pagarles cuanto han hecho y están haciendo por nuestra salvación? Ciertamente, nada podremos hacer que les sea más grato como el libertar cuantas almas nos sea posible del Purgatorio y enviarlas al cielo para gozar en su compañía.

Y de esta manera se podrá decir que devolvemos beneficio por beneficio, y que nuestro agradecimiento para con los Ángeles y Santos es con creces mejor que el que se les demuestra meramente con alabanzas y acciones de gracias que se limitan a sentimientos y palabras solamente.

Hay más todavía: puesto que los Ángeles y Santos del Paraíso no tanto desean la entrada de aquellas almas en el Cielo por sí mismos, sino que la desean mucho más por Dios, a quien profesan un amor inmenso y para el cual desean de este modo mayor acrecentamiento de gloria accidental.

Y en efecto, ¿qué acaece entre los celestes moradores, respecto de Dios, cada vez que entra en el Paraíso un alma del Purgatorio? El poeta Dante, mostrando a un alma que entra en el Paraíso, hace prorrumpir a los bienaventurados en esta expresión: «¡He ahí uno más que acrecentará nuestro amor!» Esta expresión rebosa de la más profunda verdad.

Cada alma que sube al Cielo es un nuevo torrente de amor, que va a sumirse en aquel océano inmenso de caridad con que los Ángeles y Santos ya aman a Dios, porque en toda alma que sube al Cielo ven una nueva prueba de la amabilidad da Dios, de su bondad infinita.

Y de esta manera, acrecentándose su amor, se lanzan con nuevo impulso a glorificar, alabar y bendecir a Dios.

¡Qué alegría, por tanto, proporcionaremos a los Ángeles y Santos con nuestros sufragios en favor de las almas del Purgatorio!

EJEMPLO

La Venerable Sor Catalina Emmerich y su Ángel Custodio

Devotísima de las almas del Purgatorio era la Venerable Ana Catalina Emmerich, religiosa agustina, cuyas revelaciones sobre la Pasión de Jesucristo son tan conocidas y apreciadas.

La devoción hacia las pobres almas databa en ella desde su infancia, y la había adquirido a consecuencia de una visión que tuvo en sus primeros años.

«Siendo yo todavía niña, refiere ella misma, fui llevada por una persona desconocida a un lugar que me pareció el Purgatorio. Allí vi a muchas almas que padecían horriblemente, las cuales con gran insistencia me pidieron oraciones. Me parecía como si me hallase en un profundo abismo. Vi un lugar vastísimo, cuyo aspecto era terrible y conmovedor, pues en él se veían personas silenciosas, afligidas, cuyos rostros parecían indicar, no obstante, que en sus corazones moraban la paz y la alegría, y que pensaban en la misericordia de Dios.»

Pero lo más notable en la devoción de esta Santa era el ser ayudada y guiada en la devoción a las almas del Purgatorio por su Ángel Custodio, el cual la conducía a la amplia cárcel del Purgatorio, a fin de que refrescase, por así decirlo, con los frutos de sus buenas obras los ardores de aquellas llamas purificaderas.

«Me hallaba yo, dice ella, con mi guía, próxima a aquellas pobres almas del Purgatorio, veía su desolación inmensa y comprendía que no podían prestarse mutua ayuda, y ¡cuán poco piensan los vivos de nuestros días en socorrerlas! ¡Oh! Su miseria es inenarrable. Con tal tristeza ante la vista, me vi de repente separada de mi guía detrás de una montaña, por lo cual me sentí tan acongojada y deseosa de él, que como desvanecida caí en tierra. Lo veía a través de la montaña, pero no me era posible ir hacia él; entonces él me dijo: «Piensa cuán grande es tu deseo; pues bien, lo que tú sientes, las santas almas lo sienten también en su deseo de ser ayudadas». Me conducía con frecuencia a la boca de algunas cavernas y antros para que allí hiciera oración. Yo me postraba ante tales peñascos, y oraba y clamaba a Dios con los brazos extendidos para que Él se dejara rogar. El Ángel me exhortaba a que ofreciera por las pobres almas abandonadas y olvidadas toda suerte de privaciones y sacrificios. Con frecuencia enviaba yo mi Ángel Custodio al de ciertas personas que veía sufrir, a fin de que las aguijase y animase a ofrecer lo que padecían en sufragio de las pobres almas. ¡Oh, si se supiera cuán alegres, felices y agradecidas se muestran por lo que se hace por ellas! Cuando yo sufro alguna pena por ellas, ruegan por mí. Yo estoy pasmada de ver hasta qué punto se malogran y disipan las gracias que la Iglesia ofrece con tanta largueza a los hombres, de las cuales ellos se cuidan tan poco, al paso que las pobres almas suspiran con tanto ardor por tales gracias y las desean con tanto anhelo».