PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXVIII

Los vínculos de la naturaleza, de la sangre y de la amistad

Buscar la gloria de Dios, satisfacer al Corazón dulcísimo de Jesús, procurar gozo y contento a la Santísima Virgen, a los Ángeles y a los Santos todos del Paraíso, ¡qué motivos más nobles y sublimes para inducirnos a sufragar por las almas santas del Purgatorio!

Pero no son éstos los únicos motivos; otros hay también, no menos nobles y sublimes, que nos conciernen de un modo especial, entre los cuales me complazco en citar los que se originan de los vínculos estrechísimos que existen entre ellas y nosotros, y que la muerte no ha podido en modo alguno destruir.

Pretendo hablar de los suaves y consoladores vínculos de la naturaleza y de la sangre, de la gratitud y de la amistad, de la religión y de la piedad, los cuales, así como nos tenían dulcemente unidos en vida, así también ahora nos han de mantener ligados después de la muerte.

¡Oh! Ciertamente que para admitir la destrucción de estos vínculos por medio de la muerte tendríamos que negar la inmortalidad del alma y toda la vida del más allá, cosa que no podemos hacer sin rebajarnos y renegar de nuestra fe y de nuestra dignidad de hombres y de cristianos.

Ahora bien, son de tal suerte estos vínculos, cuya voz se hace oír más profundamente en los oídos de la humanidad que todas las voces juntas de la incredulidad y de la irreligión, que, así como confieren a nuestros difuntos cierto derecho a que ofrezcamos por ellos sufragios, también a nosotros nos imponen el deber de ofrecer dichos auxilios.

Verdad es que no se trata sino de un deber de caridad; no obstante, observemos para ser exactos que, si bien la ley de la caridad es más amplia en cuanto a la ejecución que no la de la justicia, la cual exige precisamente que se dé a cada cual lo que le es debido, no se sigue de ningún modo que el deber que la misma impone sea en sí mismo menos apremiante.

La caridad no excluye a ninguna clase de personas, ni se desentiende de cualquiera forma de miseria, y se hace deudora de todas las almas del Purgatorio, si bien ordenadamente deba atender con preferencia a las que nos son más próximas.

Esto sentado, vengamos a nuestro argumento.

I

Y antes que otro, es el vínculo de la naturaleza y de la sangre el que nos estimula a socorrer a las almas de nuestros difuntos.

¿No son ellas, en efecto, al igual que nosotros, criaturas salidas de las manos del mismo Dios, y que tienen con nosotros un origen y un fin común? Las almas de ellos ¿no son, por ventura, almas como las nuestras, hechas a imagen y semejanza de Dios, que las creó, dotándolas de las mismas cualidades y potencias? Los cuerpos en que un día habitaron y que ahora son pasto de la corrupción en el sepulcro, esperando que el Ángel los llame el día de la resurrección general para acompañarlas en la eternidad, ¿no fueron cuerpos en un todo semejantes al nuestro y como él dotados de cinco preciosos sentidos?

Estas almas informaron un corazón que palpitó de afecto, como palpita el nuestro; moraron en esta tierra, en la cual nosotros vivimos; contemplaron las maravillas de este cielo que nosotros ahora contemplamos estupefactos en las noches serenas.

Esta identidad de naturaleza, esta comunidad de cosas y de afectos, que a nosotros las unieron en vida, ¿por ventura no nos obligan a aliviarlas ahora que están ardiendo en el fuego del Purgatorio?

¡Oh Dios mío! Si vemos contento a un semejante nuestro, nos alegramos con él; si vemos triste a nuestro prójimo, nos condolemos; no podemos ver una lágrima, oír un gemido, sin sentirnos conmovidos, y ¿sólo para los gemidos de las almas del Purgatorio se haría sordo e insensible nuestro corazón?

Mas, ¿qué digo un semejante nuestro, nuestro prójimo?, nada más que veamos sufrir a un perrito nos llenamos de lástima; si vemos perecer a un animalito cualquiera nos sentimos compadecidos hacia él; si presenciamos la caída de un jumento ayudamos a levantarlo, y tratándose de las almas del Purgatorio ¿no nos compadeceremos de ellas y nos apresuraremos a tenderles piadosamente la mano ofreciéndoles sufragios?

¡Ah! Considerando todo esto, debemos confesar que nuestra piedad hacia los infelices es una piedad puramente sensible, y la compasión de nuestro corazón no es noble como lo es nuestra alma.

De modo que, porque las penas de aquellas pobres prisioneras no caen bajo la acción de nuestros sentidos, porque no oímos sus lamentos, porque no vemos sus tormentos, ¿hemos de abandonarlas, como si nada sufrieran? Y haciéndonos sordos a sus gemidos, ¿acaso no nos hacemos reos de una crueldad que los vínculos de una común fraternidad, a la que en vida hemos recurrido con frecuencia, condenan severamente?

Pero, ¡cuánto más insistentemente que la voz de la naturaleza reclama nuestros sufragios para aquellas pobres almas la voz de la sangre! No son, no, las más de las veces, personas a nosotros extrañas las que imploran nuestra asistencia; es un cariñoso padre que nos dio el ser, que tantos sacrificios hizo y tantas penas pasó para proveernos de sustento y atender a nuestra educación e instrucción. Acaso ahora arde él en aquellas llamas por el único motivo de habernos profesado un amor excesivo y haberse preocupado demasiado en amontonar las riquezas de que nosotros ahora disfrutamos.

Es también aquella tierna madre, a la que tantas inquietudes causamos, tantas vigilias, fatigas y lágrimas le costamos; ¿no es merecedora, acaso, de la compasión de un hijo, que de tantas solicitudes y cuidados fue causa para ella, ahora que se halla en medio de tan grandes sufrimientos? ¡Preciso sería tener un corazón de piedra para negársela!

Son otras veces nuestros hermanos y nuestras hermanas, formados de la misma sangre, los que se dirigen a nosotros.

Es un esposo afectuoso, que amó tiernamente a su esposa; es una esposa fiel, que consideró siempre a su esposo como al objeto legítimo de sus complacencias, y que se halla ahora tal vez en aquella cárcel de expiación, por no haberse mantenido siempre en los justos límites del afecto, y haber llevado demasiado lejos su mutua condescendencia.

He aquí quiénes son los que, desde el centro de aquellas abrasadoras llamas, alzan sus voces suplicantes a nosotros, y a través dé aquel fuego nos hacen oír estas lúgubres palabras: «¡Tened piedad de nosotros, tened compasión de nuestras miserias, vosotros al menos que debéis ser nuestros amigos!»

Y en efecto, ¿quién debe ser más amigo del padre que su hijo, de la madre que la hija, del hermano que la hermana, del esposo que la esposa? Cada uno de ellos., acaso desde hace largo tiempo, implora, con acentos capaces de mover a compasión a las mismas piedras, un pronto socorro de quien está obligado a dárselo, ¡y nadie parece prestarles oídos, y Dios quiera que todavía no tengan que clamar en vano quizá, durante no sabemos cuánto tiempo, antes que se les preste el auxilio que necesitan! Porque, recordémoslo bien, el Señor no las librará de sus tormentos hasta que no se haya satisfecho enteramente a su justicia.

Y si este juez inexorable abandonó a Jesucristo, su hijo único, a todos los rigores de la Pasión, porque Él se había comprometido a satisfacer a su Justicia divina por los pecados ajenos, y si no le dispensó de nada de cuanto debía sufrir, por más que le rogó diciéndole: Padre mío, si es posible, aleja de Mí este cáliz, ¿cómo podremos nosotros ilusionarnos y creer que Él quiera disminuir los sufrimientos de un alma que está expiando sus propias culpas y por la cual nadie se interesa? ¿No será preciso, pues, que ella soporte sus males hasta tanto que Dios quede totalmente satisfecho?

Por donde Job, el gran paciente de Idumea, tenía sobrada razón para exclamar —oyéndole parece que escuchemos los lamentos de las pobres almas del Purgatorio—: «He aquí que yo clamaré en medio de mis tormentos, y nadie me escuchará. Alzaré mi voz con todas mis fuerzas, y no excitaré la compasión de ninguno de los vivientes; no habrá quien se compadezca de la magnitud de mis miserias. Mis más próximos parientes, que disfrutan de mis bienes y viven del fruto de mis sudores, son los primeros que me han abandonado. En lugar de esforzarse por aplacar la cólera de Aquel cuya mano pesa sobre mí, a causa del excesivo amor que les tuve, la aumentan todavía con la insensibilidad que manifiestan ante mis padecimientos.»

Ahora escuchad cómo se expresan aquellas pobres almas: «¡Ah, padre, hijo, hermano, esposo mío! ¿Qué ha sido de tus promesas, de aquellas promesas que me hiciste junto al lecho de mi muerte? ¿No recuerdas que, mientras me besabas por última vez, tú mismo entre lágrimas y sollozos me ibas repitiendo: ¡Oh, no, yo no me olvidaré jamás de ti! En todos los instantes que todavía me restan de vida, yo no pensaré más que en ti, para ofrecerte oraciones y sacrificios, de manera que vayas lo antes posible al Paraíso? Pero no ha sido así, sino todo lo contrario… Han transcurrido ya tantos años desde que aquí me estoy abrasando en este mar de fuego, y tú en cualquiera otra cosa piensas, menos en procurarme algún alivio con tus limosnas, oraciones y mortificaciones. ¡Oh fraternales promesas desvanecidas! ¡Oh paternales esperanzas defraudadas! ¡Oh amor materno cruelmente decepcionado!»

Y, ¡ay de mí!, la mayor parte de las veces estos lastimosos lamentos, estas voces lúgubres y suplicantes, tienen un justo fundamento en la verdad.

¿Y permaneceremos todavía insensibles, y no nos moverá a compasión el estado tan miserable de tantos seres amados nuestros?

Un célebre ateniense, llamado Cimón, tuvo la desgracia de ver sumido en una prisión a su padre, por no haber podido satisfacer sus deudas a unos despiadados acreedores. Para colmo de desventuras, no le fue posible hallar la cantidad debida, y hubo de pasar por el dolor de ver morir en la cárcel al desdichado anciano.

Entonces Cimón, todo desolado, acudió al juez suplicándole le concediese al menos el poder sepultar a su padre. Pero ni aun esto pudo obtener, so pretexto de que había muerto insolvente.

Oída aquella respuesta, Cimón exclamó: «Bueno, concededme tan sólo que yo pueda sepultar a mi padre, y luego vendré y me constituiré prisionero en lugar suyo.»

¡Admiremos ejemplo tan bello de piedad filial, el cual tanto más deberíamos imitar cuanto que se trata no ya de librar de la cárcel del Purgatorio el cuerpo de nuestros padres o parientes, sino sus mismas almas! ¡Ea! Cumplamos con este tan apremiante deber que los estrechos vínculos con que estamos unidos a aquellas almas nos imponen, y hagámoslo extensivo también hasta a nuestros padres espirituales y a los demás que, teniendo cura de nuestras almas, han debido responder de ellas delante de Dios.

¡Pobres sacerdotes, pobres confesores, cuan pesada es su carga! Y no obstante, ¡cuán contados son los que piensan en orar por ellos después de muertos! Con frecuencia no tienen familiares que rueguen por ellos, y si los tienen son tan lejanos, que no piensan en manera alguna en ofrecer sufragios ni oraciones por sus almas. Y, sin embargo, el purgatorio que padecen es más atroz y doloroso que el de muchos otros, debiendo muchas veces expiar faltas cometidas por causa nuestra, por nosotros mismos, a cuyo ministerio espiritual se habían dedicado, y que para salvarnos a nosotros quizá se hicieron culpables delante de Dios.

II

Pero tal vez no son los vínculos de la naturaleza y de la sangre los que nos ligan con aquellas almas, sino los de la amistad y del agradecimiento.

A cualquier situación a que en la vida hayamos llegado, es un hecho que hemos tenido amigos, que ahora ya no existen y cuyo recuerdo está mezclado a cuanto de grato y consolador hemos probado en el curso de nuestra existencia.

Estos amigos nos dieron muy buenos consejos y con frecuencia, lo que es más precioso todavía, saludables ejemplos. Acaso en multitud de circunstancias se sacrificaron por nuestros intereses, se adelantaron a nuestros legítimos deseos, acudieron presurosos a nuestro llamamiento, sobre todo en momentos dolorosos en que la presencia de un amigo afectuoso es más preciosa que todo el oro del mundo.

Y ¿quién sabe si por favorecernos a nosotros no se expusieron ellos a inminentes peligros y en alguna ocasión desviaron el golpe que debía ser fatal para nosotros? Al recoger su último suspiro les prometimos solemnemente no olvidarlos jamás, y les estrechamos la mano en señal de eterna amistad.

¡Y cuánto no nos recomendaron que nos acordásemos de ellos para encomendarlos al Señor! Y ¿hemos cumplido fielmente el compromiso adquirido con ellos de hacer lo posible para sacarlos pronto del Purgatorio? ¡Ah! Por desgracia, nuestra promesa ha sufrido la misma suerte que tantas otras: las vicisitudes de la vida, las ocupaciones, acaso los mismos placeres, nos han hecho prestamente olvidar el recuerdo de aquellos a quienes habíamos prometido no olvidaríamos nunca, y hecho sordos a las suplicantes invocaciones que por medio de la Iglesia hacen resonar de continuo en nuestros oídos: Miseremini mei, miseremini mei, saltem vos, amici mei, al menos vosotros, amigos nuestros, tened compasión de nosotros: mostrad que nos amáis, no de palabra solamente, sino con verdadero amor.

¡Ah! ¿No es verdaderamente injusta y cruel semejante conducta para con aquellos, a quienes nos complacíamos en llamar amigos del corazón, y tanto más injusta y cruel cuanto que con muchos de ellos estábamos unidos por los vínculos del agradecimiento a causa de los muchos beneficios de ellos recibidos durante la vida?

Entre todos los pueblos, aun los más salvajes, fue siempre considerado como sagrado el deber de la gratitud y tenido por un monstruo al que echa en olvido tan gran deber. Por eso vemos que toda alma bien nacida y noble, apenas recibe algún beneficio estudia el modo de poder corresponder a él cuanto antes, y se muestra contrariado sobremanera si no lo puede recompensar de otro modo más que con palabras solamente.

Ahora bien, ¿creeremos que semejante deber cesa con la vida, destruido por la guadaña inexorable de la muerte, y que no debemos sentir ya ningún reconocimiento hacia todos cuantos nos protegieron en vida, nos socorrieron viéndonos necesitados, nos visitaron hallándonos enfermos, nos dieron de comer cuando estuvimos hambrientos, nos guiaron viéndonos descarriados, nos reconciliaron con Dios cuando pecamos, en una palabra, nos colmaron de favores y de beneficios inauditos, no sólo en el orden corporal, sino también en el espiritual?

Y ¿les dejaremos abandonados en el momento en que tienen mayor necesidad de nosotros, siendo en tal caso superados hasta de los mismos brutos, los cuales no dejan de manifestar, de todas las maneras que saben, su agradecimiento a quien les ha hecho algún bien?

¡No, no será así! Que un deber tal exige absolutamente que nos acordemos de ellos y les socorramos, agradeciendo también al Señor de todo corazón el que nos brinde tan propicia ocasión de poderles manifestar con obras la gratitud de nuestro ánimo.

Pero hay, finalmente, también otro vínculo, que más eficazmente que los otros reclama nuestros sufragios en favor de las almas del Purgatorio, y es el vínculo de la piedad y de la religión.

¿No son, por ventura, todas cristianas las almas que sufren y gimen en aquella cárcel de fuego? ¡Oh, sí! Por poco que reavivemos nuestra fe veremos en seguida que todas ellas ostentan impreso el carácter indeleble del Bautismo, el cual nos dice claramente que son las almas de nuestros hermanos en religión. Ellas adoran los profundos misterios de la fe que nosotros profesamos; se inscribieron como nosotros en la milicia de Jesús, en el Sacramento de la Confirmación, y llevan siempre revestida tan bella divisa. Aquellas almas se purificaron cientos de veces durante su vida en el Sacramento de la penitencia, en donde todavía nosotros recibimos con frecuencia la misericordia divina; se acercaron con frecuencia a la Sagrada Eucaristía, de la cual también nosotros participamos a menudo, para fortificarnos con aquel pan de salud contra los enemigos de nuestras almas.

Las gratas, suaves y santas oraciones que desde niños aprendimos en el regazo de nuestra madre, son las mismas oraciones que aprendieron ellos también de boca de la suya muy amada, y rezaron después con devoción durante el curso de su vida mortal. Aquellos cánticos de alabanzas y de acción de gracias que, en los días más notables y señalados de la Iglesia, con una alegría y gozo todo del Cielo, el pueblo cristiano entona al Señor en el templo santo, ellos también los cantaron con suave alegría en las festividades de María y en los días memorables y solemnes de nuestra santa religión. Y ¿quién sabe si, tal vez, sus voces se unieron a las nuestras en la oración y en los cánticos, y elevaron hasta Dios como nube de incienso el perfume de nuestros afectos?

Estando, por tanto, ligados a nosotros con el vínculo de cristiana fraternidad, ¿no tendremos el deber de recordar su penosa condición y hacer cuanto esté de nuestra parte por aliviarla?

San Agustín, hablando de la caridad, dice: «Mirad lo que ocurre en el cuerpo humano, cuando una espina se clava en el pie. La boca, como convocando a la obra a los otros miembros, da súbitamente un grito, la cabeza se inclina, los ojos miran con atención, la espalda se dobla, se extiende la mano y los dedos se juntan, y todos los miembros desempeñan cada cual su papel correspondiente a fin de extraer la espina y quitar el dolor del pie.»

Esta bella imagen del Santo Doctor debe servir para hacernos comprender la obligación que tenemos de acudir en auxilio de las almas santas. Si todos los cristianos son entre sí hermanos en Jesucristo y miembros de aquel Cuerpo Místico, cuya Cabeza es Él, la consecuencia es que uno debe sentir compasión de las penas de los otros y hacer cuanto esté en su mano para mitigarlas.

Y puesto que los hermanos en Jesucristo que más sufren son las almas del Purgatorio, a ellas de un modo especial tenemos obligación de socorrer.

***

¡Ojalá lo dicho hasta ahora nos sirviera de estímulo para alcanzar una sincera y eficaz devoción hacia aquellas almas benditísimas del Purgatorio, a las cuales, por los vínculos de la naturaleza y de la sangre, de la amistad y del reconocimiento, de la religión y de la piedad, estamos íntimamente unidos!

¿Acaso porque nos han precedido al sepulcro y al Purgatorio, debemos considerar truncada con ellas toda santa alianza de caridad y de religión, destruido todo vínculo de sangre y de hermandad, y entre ellas y nosotros se ha elevado un muro de cruel separación?

¡Dios mío! ¡Qué monstruoso sería admitir semejante cosa!

Examinemos, sin embargo, si lo que hemos practicado hasta ahora por las almas del Purgatorio, especialmente por las que nos son más próximas y a las cuales somos más deudores, ha sido proporcionado no sólo al amor que les debíamos, sino también a su necesidad y a la comodidad que teníamos para ayudarías.

Propongamos hacer todo cuanto nos inspire nuestro corazón para no hallarnos alcanzados en el día de nuestra cuenta, en el cual seremos interrogados por las obras que nos imponía la caridad.

Pero lo que propongamos, comencemos hoy a ejecutarlo. Pensemos particularmente en cómo hemos tratado a las almas de nuestros parientes, amigos y bienhechores, a los cuales en vida demostramos amor y mayor afecto, y multipliquemos gustosos por ellos nuestros sufragios.

EJEMPLO

Piedad filial hasta después de la muerte

¡Cuán doloroso es el haber de confesar que, entre tantos cristianos de nuestros días, aquel afecto, aquella ternura que solían demostrar a los suyos cuando todavía estaban en vida, apenas han cerrado los ojos se va enfriando poco a poco hasta llegar a borrarse por completo!

No lo hacían así los Santos, los cuales parecían redoblar su amor precisamente cuando desaparecían sus seres queridos, multiplicando en favor de sus almas las oraciones y sufragios.

Fue en Ravena; un pobre muchachito, huérfano de padres, recogido en casa de un hermano suyo, que le daba por sustento el pan de la tribulación. Era el muchacho de inteligencia despierta y de noble y bien nacido corazón. Y, no obstante, ¡era despreciado y olvidado de todos!

Un día en que, según su costumbre, iba a la iglesia, en donde hallaba consuelo y esfuerzo para sus padecimientos, vio acaso en el suelo una moneda de plata. Le brillaron los ojos de alegría y una leve sonrisa se asomó a sus labios exangües por la miseria; corrió a recogerla, diciéndose a sí mismo satisfecho: «Al menos tendré para saciar mi hambre unos días.»

Pero en esto, un pensamiento le ocurre: Mis difuntos padres tal vez padezcan más que yo en el Purgatorio. ¡Oh padres míos muy queridos, antes moriré de hambre que dejar de ofreceros algún sufragio! Y sin más corre a la iglesia, y poniendo la moneda en la mano de un sacerdote, le dice que celebre a su intención el divino sacrificio.

El Cielo agradeció aquel acto de piedad filial, y haciendo se compadeciera de él otro hermano suyo más humano, se lo llevó a su casa, lo dedicó a los estudios, y Dios, colmándolo de sus gracias, hizo de él aquel gran luminar de la Iglesia, el doctor San Pedro Damiano.

Apresurémonos, pues, a rogar y a practicar buenas obras en sufragio de las almas de nuestros allegados y amigos, y acordémonos de hacerlo principalmente si fuéremos tentados de conocer la suerte que les haya tocado después de la muerte. En lugar de alimentar esta curiosidad, que desagrada a Dios y que no mejora en nada la situación de aquellas pobres almas, haremos mucho mejor en rogar a Dios les alivie sus penas.

Refiere Dionisio Cartujano que, cuando perdió a su padre, en lugar de rogar por su eterno descanso, se dejó llevar de tan inmoderado deseo de conocer la suerte que le había cabido, y que, sumido de continuo en este pensamiento, se olvidaba por completo de rogar por su alma. Mas Dios, queriéndole reprender este defecto, permitió que una tarde en que, después de Vísperas, rogaba al Señor no le negara esta gracia, oyó una voz que le decía: «¿Cómo te dejas tentar de tan vana curiosidad? ¿No sería mejor que aplicaras el mérito de tus oraciones en sufragio del alma de tu padre, que entretanto está padeciendo en las llamas del Purgatorio, antes que pretender saber dónde se encuentra?»

Advertido con este aviso, se puso entonces Dionisio a orar con fervor por el alivio de su padre, y a la noche siguiente vio en sueños a dos demonios que lo introducían en un horno ardiente, mientras el difunto, vuelto a él, clamaba: «¡Ah, hijo mío, amado hijo mío! ¿Por qué me has abandonado de este modo? Ten piedad de tu infeliz padre, y ven en mi socorro con tus oraciones.»

El pobre religioso, todo confundido por su negligencia, se propuso repararla, y continuó orando hasta que supo por revelación que su padre estaba ya libre de los tormentos.