PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXVI

Satisfacción que se proporciona a María

No cabe duda de que una de las más puras y mayores satisfacciones para un hijo amante y bien nacido es el complacer a su madre. No espera ya que ella le manifieste su voluntad y le ordene lo que ha de hacer, sino que con amorosa industria procura prevenir hasta sus más recónditos deseos, quedando satisfechísimo cuando ha podido llegar a adivinarlos.

Ahora bien, si tan grande es la solicitud de los hijos de este mundo para con aquellas que los han engendrado a la vida terrena, ¿cuál no deberá ser la solicitud de los cristianos para con aquella otra Madre que con tanta solicitud y dolores los ha engendrado a la vida de la gracia? ¿Deberán mostrarse menos deferentes y solícitos para con la Virgen Santísima, que es su Madre en el orden espiritual, y menos dispuestos a satisfacer sus más mínimos deseos?

Pues bien, uno de los deseos más ardientes de María, deseo que tiene profundamente asentado en su Corazón, es que corramos en auxilio de las benditas almas del Purgatorio, tan maternalmente amadas por Ella, y con nuestras oraciones y sufragios les facilitemos la entrada en el Cielo.

¿Seremos tan poco complacientes y amorosos para con Ella, que no queramos cumplimentarle este su deseo y dejar satisfechas de este modo las ardientes aspiraciones de su Corazón?

Que el Señor nos libre de tamaña ingratitud, antes por el contrario, cual hijos fervientes de tan Santa Madre, será para nosotros un dulcísimo deber el complacerla en cuanto nos sea posible, persuadidos además, como lo estamos, de que la devoción a Ella es uno de los medios más eficaces para ayudar a aquellas santas almas.

I

Que la Santísima Virgen ama ternísimamente a las almas del Purgatorio es una verdad que no puede ponerse en duda.

¿No fueron estas almas rescatadas con la Sangre preciosísima de su divino Hijo? ¿No llevan esculpido en su frente el carácter de hijas de Dios, destinadas a reinar con Él; lavadas en la Sangre de Jesús, que las ha honrado con el augusto título de esposas suyas predilectas, y, lo que más es para su amante Corazón de Madre, almas que Ella con Jesús ha cooperado a engendrar a la vida espiritual?

Y en efecto, entre los hermosos títulos con que la Iglesia honra con mucha razón a nuestra Madre está el de Corredentora nuestra. Sí, María Santísima fue con Jesucristo la Corredentora del género humano. No porque Ella lo haya sido por naturaleza y por necesidad, no; porque es de fe que el único mediador y Salvador del mundo fue Jesucristo; pero sin haberlo sido por naturaleza y necesidad, lo fue, no obstante, por gracia y superabundancia, habiéndolo querido así Dios en los designios de su Providencia, a fin de que, así como una mujer había tenido tanta parte en la perdición del hombre, así también otra mujer fuese gran causa de su salvación.

¿Cómo, pues, no amará alas almas del Purgatorio, por cuya salud y gloria final amamantó y crió a Jesucristo, lo llevó a Egipto huyendo del furor de Herodes, lo trajo de nuevo a Nazaret y lo tuvo consigo hasta los treinta años? ¿Cómo deseará el verlas pasar pronto de aquellas llamas expiadoras al reino bienaventurado, cuando con tanta pena suya consintió que la dejase para dedicarse en la vida pública a predicar su celestial doctrina, y que después se sometiese a la sagrada Pasión y Muerte, sufriendo Ella también durante toda la vida de su amado Jesús, pero especialmente en el tiempo de su Pasión y Muerte, penas tan atroces por las cuales mereció con toda razón el justo título de Reina de los Mártires?

Para que fuese de otro modo, sería preciso que los derechos y los deberes de Madre que le otorgó Jesús sobre cada uno de nosotros, desde lo alto de la Cruz antes de expirar, hubiesen de terminar apenas diéremos el último suspiro; pero ¿es posible esto? Si las madres de este mundo no pueden olvidar nunca a los hijos que la muerte arrebató a su afecto, y albergan durante toda la vida en su corazón un dolor indeleble, ¿no ocurrirá así y aun infinitamente más tratándose de nuestra Madre del Cielo, que nos ama infinitamente más que todas las madres terrenales? ¿Podrá Ella olvidar completamente a las almas del Purgatorio, que, además de ser las almas de sus hijos, son almas santas, almas contristadísimas, presa de los más terribles tormentos, y por esto precisamente más dignas de su afecto y de su solicitud?

¡Ah! Decidme: acaso una madre, aunque ame igualmente a todos sus hijos, si por ventura ve que alguno sufre y gime bajo el peso de un mal, ¿no le amará a éste con un amor más solícito, y no descansará ni se dará tregua hasta que no llegue a vencer la enfermedad y a procurar a su querido hijo la alegría de la salud? Y ¿podrá decirse que María se dejará vencer por esta madre en punto a piedad, afecto, generosidad y compasión?

Si las penas de las almas del Purgatorio, especialmente de aquellas a quienes mayor afecto nos unía, despiertan en nosotros sentimientos de tan viva compasión, que nos mueven a hacer por ellas cuanto esté en nuestra mano, aplicándoles el mérito de nuestras buenas obras, ¿qué no hará la Santísima Virgen? La Sagrada Escritura, en una página sublime de dolor y de amor, que no podemos leer sin conmovernos vivamente, en el segundo libro de los Reyes, nos presenta una palidísima imagen de lo que la Santísima Virgen es respecto de las almas del Purgatorio.

Resfá, la infeliz Resfá, vio entrar furiosos un día en su casa a los soldados enemigos, los cuales, arrebatándole a viva fuerza de los brazos a sus hijitos, se los llevaron fuera. Desesperada de dolor e incapaz de permanecer sin ellos en la soledad de su casa, huyó de ella, y fuera de sí corrió a la infausta montaña en busca de sus amados hijitos, y andaba toda desolada de acá para allá, salvando precipicios, cruzando barrancos y escalando peñascos, llamando a los hijos de sus entrañas por sus nombres, dando gritos desgarradores; pero ¡sólo el eco respondía, repitiendo sus voces desde el fondo de las cavernas! Finalmente, habiéndose internado en un bosque, allí encontró a sus amados y desdichados hijos bárbaramente colgados de las ramas de un árbol. Corrió la triste madre para sostenerlos, pero… desdichadamente era ya tarde, pues todos habían ya expirado.

¿Qué hará la desgraciada? ¿Abandonará los cuerpos de sus hijos a su triste suerte, para que sean pasto de las aves de rapiña y de las fieras del bosque? No, sino que, vigilante centinela, cual estatua del dolor, rasgada la vestidura por el duelo, los cabellos caídos cubriéndole el rostro, olvidada de todo y de todos, se pondrá allí en guardia custodiando aquellos cuerpos exánimes, y no los abandonará ni tomará descanso alguno hasta que no los haya depositado en paz en el sepulcro de los suyos, resguardados de todo desprecio y profanación.

A semejanza de Resfá, la Virgen Santísima no hace sino velar noche y día, con ternura de madre, no sobre los cuerpos, sino sobre las almas de tantos hermanos nuestros atormentados por las penas atrocísimas del Purgatorio; y por todos los medios que su Corazón bondadosísimo le sugiere procura socorrerlas, abreviarles la duración de sus penas, ansiosa de verlas salir de aquel lugar de expiación y conducirlas adonde está Ella, como una madre bondadosa, que no está satisfecha mientras no ve a todos los hijos que ha engendrado rodeándola felices y dichosos.

Pero, ¡ay, que existe una pena dolorosísima para su Corazón maternal! Pues aunque Ella desee ardentísimamente ver que las almas lo más presto posible lleguen al término de su doloroso destierro, no obstante, ve todavía alzarse ante ellas un obstáculo que las detiene e impide el entrar en la mansión de los eternos tabernáculos.

¿Y cuál es este obstáculo que María querría a toda costa ver desaparecido, y que, por el amor que profesa a estas infelices, tanto desearía que nosotros le ayudásemos a ello?

Es cierto que su divino Hijo en el día en que la coronó por Reina de cielos y tierra puso en sus manos todos los tesoros divinos de las gracias y la constituyó dispensadora de ellos; pero las disposiciones en que se hallan las almas en el momento de su tránsito a la eternidad, no le permiten usar siempre de su influencia tan generosamente como Ella quisiera.

Verdad es, como Ella lo reveló a Santa Brígida, que, Madre de todos los que se hallan en el Purgatorio, Ella es verdaderamente su consoladora y se interpone, en cuanto le es posible, entre la divina Justicia y estas pobres prisioneras, y no hay tormento que no se haya mitigado algún tanto y se haya hecho más ligero con su ayuda y merced a sus súplicas; «pero también es verdad que no puede ir contra los derechos de esta Justicia».

Según afirma Navarino, las oraciones de esta Señora son para las almas pacientes como el rocío de la mañana para la hierba casi seca y quemada por el calor del sol; son como un agua benéfica y refrescante que modera los ardores intolerables del fuego que la abrasa.

Es verdad, según opinión de algunos santos y doctos personajes, como un San Pedro Damiano, un Dionisio Cartujano, un Gerson, un San Alfonso María de Ligorio, opinión no condenada ni impugnada por la Iglesia, que en sus solemnidades Ella visita el Purgatorio acompañada de multitud de Ángeles, y libra de aquellas penas a gran número de almas.

Es cierto, finalmente, como Ella misma se dignó prometerlo al Papa Juan XXII, que sus fieles devotos que llevan constantemente el Escapulario del Carmen y mueren revestidos de su hábito son por Ella visitados en el Purgatorio, y en el día mencionado en la Bula del Sumo Pontífice, es decir, el primer sábado después de su muerte, verán caer rotas a sus pies las cadenas, si fueron fieles cumplidoras de las condiciones, impuestas, y, por otro lado, no hay obstáculo que se oponga a los efectos de su promesa.

A pesar de todo esto, Ella no puede, lo repetimos, ir contra los derechos inescrutables de la Justicia divina, a la cual debe plenamente satisfacerse hasta el último céntimo; ni tampoco le es dado el impedir, cuando un alma comparece ante el tribunal de Dios sin haber satisfecho tocas sus deudas, el que no vaya al Purgatorio y allí permanezca mientras no haya satisfecho los dulces rigores de la divina Justicia.

II

Siendo esto así, ¿quién podrá decir cuán gran placer proporcionaremos a esta buena Madre y al mismo tiempo cuán preciosos títulos podremos conquistarnos a su protección, y aun digo más, a su reconocimiento, no sólo para durante nuestra vida y para el tiempo de nuestra muerte, sino también para el tiempo que hayamos de permanecer tal vez en el Purgatorio, con sólo mostrarnos celosos y cuidadosos de aplicar y hacer que se apliquen oraciones y sufragios por las pobres almas pacientes y procurar su liberación?

¡Oh, sí! Procurando sufragios por las almas santas del Purgatorio, y enviándolas al Cielo, nosotros apoyamos el deseo ardentísimo de María.

Viendo entrar en aquel bienaventurado reino a aquellas almas benditas a quienes Ella tanto ama y desea ver completamente felices en el Cielo, María Santísima se regocija en gran manera, porque ve a la Humanidad sacrosanta de su divino Hijo glorificada; ve bien empleado el cuidado que Ella tuvo de Jesucristo durante su vida privada; ve bien aprovechada la Sangre que Él derramó sobre la cruz, y bien recompensadas las penas acerbísimas que Ella sufrió con Él en el Calvario; ve llevadas a término felicísimo todas sus ansias y solicitudes por la salvación de aquellas almas, todas las oraciones que hizo con este fin, y todas las gracias que dispensó; ve, en suma, que no aceptó en vano el ser con Jesucristo Corredentora del mundo.

Y a vista de todo esto, debe experimentar tan grande alegría, que la impulsará sin duda a alabar, bendecir y dar gracias a Dios con himnos tan jubilosos como jamás se podrán imaginar, y la dispondrá al mismo tiempo a dispensar largamente su protección a los que fueron causa de tanta alegría para Ella.

Y principalmente les demostrará esta protección durante el curso de su vida ayudándoles a vencer y superar todos los peligros que puedan venirles de parte del demonio, del mundo y de la carne, y que podrían llevarles a padecer las penas del Purgatorio.

Sí, esta Madre misericordiosa será quien, en medio de toda suerte de peligros de cuerpo y de alma, amorosamente les guardará, les protegerá y les librará; les ayudará a vivir santamente y a substraerse de este modo de los justos rigores de la divina Justicia.

En segundo lugar, les dispensará esta protección procurándoles una santa muerte.

¡Oh, con cuántos medios cuenta Ella, como Madre, para disponer, a aquellos que procuraron complacerla en vida, a que se presenten con humilde confianza ante el tribunal del Juez supremo! No sólo les concederá la inapreciable gracia de poder recibir al término de sus días los Santos Sacramentos de la Confesión, Comunión y Extremaunción, mediante los cuales será borrada de su alma toda mancha de pecado, sino que les obtendrá también una contrición tan perfecta aun de sus más leves culpas, una caridad tan pura, una conformidad tan completa con la Voluntad divina, una humildad tan profunda, una paciencia tan inalterable; les inspirará, además, un deseo tan ardiente de ver a Dios, actos tan eminentes de todas las virtudes, que horrarán todo cuanto las llamas del Purgatorio deberían purificar, no quedando así nada en ellas que sea obstáculo para que vayan directamente al Paraíso.

¿Qué más? Por los escritos de muchos Santos sabemos que Ella personalmente les asistirá a la hora de la muerte para defenderlos contra los últimos asaltos del demonio, el cual, sabiendo el breve tiempo que le resta para ensayar contra aquel enfermo su última prueba, desplegará contra él todo su satánico furor.

Y sirviéndoles Ella de escudo, o no permitirá que sean turbados, haciendo que en sus almas brille la calma y tranquilidad más perfectas, o si permitiere, para mayor merecimiento suyo, que les moleste la tentación, les dará fuerzas suficientes para vencerla gloriosamente.

Finalmente, demostrará su protección a aquellos que ruegan y ofrecen sufragios por las almas del Purgatorio, también después de su muerte, si es que hubieren de pasar por aquella cárcel tenebrosa.

Y la demostrará sugiriendo a los parientes y amigos y a los demás fieles el pensamiento de ofrecer a Dios por ellos sufragios y buenas obras; aplicándoles todas las oraciones, ayunos y limosnas que se ofreciesen en honor de Ella; descendiendo Ella misma, como aconteció a San Bernardino, entre aquellas llamas para mitigar su ardor y consolarlos con su presencia, o si no descendiere Ella misma, enviando a los Ángeles y Santos; y, finalmente, valiéndose de su autoridad y poder para interceder Ella misma directamente, en su favor, ante el trono de la Santísima Trinidad.

Y bien sabido es que, en el Cielo, Dios Padre no niega nada a las súplicas de su Hija privilegiada; Jesucristo escucha y acepta todas las peticiones que le dirige su Madre tiernamente amada; y el Espíritu Santo no rechaza nunca voto alguno de su Esposa inmaculada.

Y como por su parte María no solicita nunca nada de sus hijos en favor de las almas del Purgatorio que no sea conforme enteramente con la sabiduría y justicia de la adorable Trinidad, así está bien segura de que su misericordiosa intercesión será siempre acogida favorablemente.

Por lo tanto, ¿quién podrá decir el número infinito de almas del Purgatorio que a Ella son deudoras, no sólo del alivio o disminución de sus penas, para que lo antes posible pasen a disfrutar de la eterna bienaventuranza, sino también de su entera liberación?

Consolémonos, pues, de que, si María no libra siempre a sus devotos de las llamas del Purgatorio, por lo menos se las hará bastante más ligeras y breves, especialmente si, a su vez, han sido devotos de aquellas pobres almas que en él se hallan prisioneras.

***

En vista de tan preciosas ventajas, y especialmente del placer que proporcionamos a la Santísima Virgen sufragando por las almas del Purgatorio, ¿por qué seremos nosotros tan poco cuidadosos de nuestra eterna felicidad que no hagamos lo posible por procurárnosla y merecer de este modo la protección de tan excelsa Patrona, que también es Reina del Purgatorio, porque allí también ejerce Ella un poder sin límites para distribuir incalculables beneficios sobre las almas pacientes?

Un día habremos de morir todos: es ley inevitable, es necesidad universal; y, según toda probabilidad, la mayor parte de nosotros deberá padecer las penas expiadoras del Purgatorio; tan difícil es abandonar esta tierra de pecado, sin salir de ella afeado con alguna mancha, aunque sea ligera.

Mas en aquel lugar de dolor, aunque seguros de hallarse en camino de salvación, ¡cuánto desearemos que los tormentos mis sean endulzados y su duración abreviada!

Es preciso, pues, que ya desde ahora nos aseguremos tan precioso resultado, mereciéndonos una ayuda poderosa de quien se interese por nuestra suerte. Y esta ayuda en nadie mejor la hallaremos que en María, la Madre de todos los cristianos, la Salud de los enfermos, el Consuelo de los afligidos, el Auxilio de las almas purgantes.

Solicitemos, pues, desde ahora con toda confianza su ayuda en favor de aquellas almas, hermanas nuestras, que sufren en aquellas llamas expiadoras, y coloquemos en sus manos el mérito de tantas buenas obras nuestras a fin de que Ella se lo aplique. De esta manera estaremos seguros de que, cuando llegue la hora de nuestra expiación, María se acordará de nuestra caridad, descenderá también por nosotros en medio de aquel lugar de tormentos, nos extenderá los brazos, nos sacará de aquellas llamas, y nos transportará en compañía suya a la mansión de las eternas alegrías.

EJEMPLO

«¡Si me he salvado, se lo debo a María Santísima!»

Con qué amorosa y maternal diligencia la Santísima Virgen se interesa por la suerte de las pobres almas del Purgatorio, tenemos una prueba en un ejemplo tomado de la vida de Sor Catalina de San Agustín, el cual nos lo refiere San Alfonso María de Ligorio.

En la localidad en que habitaba esta sierva de Dios vivía una mujer llamada María, la cual, indignísima de llevar este virginal nombre, había sido en su juventud gran pecadora, y llegada ya a la vejez, no obstante continuaba siendo obstinadamente perversa: de tal manera que los habitantes del lugar la arrojaron de él, viéndose obligada a cobijarse en una gruta que había en las afueras.

Allí murió, medio podrida y abandonada de todos, y sin haber recibido los Sacramentos, por lo cual fue sepultada como una bestia en medio del campo.

Y Sor Catalina, que solía recomendar al Señor con grande afecto todas las almas que pasaban a la otra vida, después de haber sabido la muerte desgraciada de aquella infeliz no pensó, en efecto, en rogar por el descanso de su alma, dándola, como todo el mundo, por condenada.

Pasados cuatro años, he aquí que se le presenta delante un alma del Purgatorio y le dice: «Sor Catalina, ¡qué mala suerte es la mía! Tú encomiendas a Dios todas las almas de las personas que mueren cada día, ¡y solamente de mi alma no has tenido compasión!»

«¿Y quién eres tú?», le preguntó la sierva de Dios.

«Yo soy, respondió la otra, aquella pobre María que murió en la gruta.»

«Pero, ¡cómo! ¿Tú te has salvado?», replicó con estupor Catalina.

«Sí, me he salvado, dice, gracias a la misericordia de la Santísima Virgen. Cuando me vi próxima a la muerte, tan cargada de pecados y de todos abandonada, me dirigí a la Madre de Dios y le dije: ¡Señora, Vos sois el refugio de los abandonados! Vedme, pues, a mí, que soy abandonada de todos. Vos sois mi única esperanza, sólo Vos podéis ayudarme, ¡tened piedad de mí! No supliqué en vano. La Santísima Virgen me alcanzó hiciera un verdadero acto de contrición, morí y me salvé. Ella también, mi Reina, me ha obtenido la gracia de que mis penas se abreviasen, haciéndome sufrir con intensidad lo que debía haber padecido durante años y años. Sólo me faltan algunas Misas para librarme del Purgatorio; te ruego me las mandes celebrar, que yo te prometo rogaré después siempre por ti al Señor y a María Santísima.»

Dicho lo cual desapareció, y Sor Catalina mandó celebrar rápidamente las Misas prometidas; y he aquí que a los pocos días se le apareció de nuevo aquella alma, resplandeciente como el sol, y le dijo con palabras del más vivo agradecimiento: «Te doy las gracias, Catalina; el Paraíso me ha sido ya abierto, y a él me voy a cantar las misericordias de Dios y de la Virgen Santísima, y a rogar por ti.»