PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE PRIMERA

Antes y después de la muerte

PLÁTICA V

¿Podemos llorar por nuestros difuntos?

Es ciertamente de gran consolación el pensar que con la muerte no acaba todo, y que el alma, la parte más noble de nosotros mismos, sobrevivirá a la destrucción del cuerpo. Lo cual no impide, sin embargo, que en la pérdida de nuestros seres queridos podamos sentir, y sintamos en efecto, gravísimos dolores, y de nuestros ojos broten amargas lágrimas a causa de su desaparición.

La muerte, por más que estemos persuadidos de que es una ley inevitable, a la cual todos, más o menos tarde, debemos someternos, es, no obstante, algo tan espantoso y terrible, que es imposible no sentir el ánimo conturbado.

Ha habido falsos devotos que, con el pretexto de honrar a Dios, se lanzaron al exceso de hacer ultraje a la naturaleza humana prohibiendo las lágrimas a los que sufren por la pérdida de un ser querido; pero ante un exceso tan inaudito, la humanidad lanzó un grito de horror y volvió los ojos a otro objeto.

Y los dirigió hacia Jesús, su cabeza y modelo; los dirigió a María, la más fuerte y magnánima de las criaturas; los dirigió a los Santos, los mayores héroes de la tierra; y con estas miradas la humanidad comprendió que la religión no prohíbe el llorar a los que nos han precedido en la eternidad.

Comprendió también que las lágrimas, aunque amargas, son, no obstante, un beneficio de la Providencia, y que sin ellas la vida sería insoportable.

¿No son ellas, en efecto, las que nos alivian la pesada carga del dolor? El hombre está condenado a alimentarse con el pan saturado de lágrimas, y si no estuviera bañado en esta agua saludable, ¡oh, cuántas veces este pan sería demasiado duro para deglutirlo! Somos ya tan desgraciados en este mundo, que, si no nos fuera permitido el llorar con frecuencia, sería preferible morir mil veces que el vivir de esta manera.

La religión, pues, no nos prohíbe el llorar y sentir la pérdida de aquellos a quienes amamos; no nos manda en modo alguno la estoica dureza del orgullo y de la indiferencia, sino que sólo prohíbe los lamentos; éstos únicamente reprueba ella, los prohíbe y los condena, pero no las lágrimas. Antes ella repite de continuo con su Fundador: ¡Bienaventurados los que lloran!

El fin, pues, de esta plática será el explicar de qué manera debe llorar un cristiano a los que le han sido arrebatados por la muerte.

I

En Betania, pequeño castillo de Judea, había muerto Lázaro, hermano de Marta y de María Magdalena; y cuando Jesús, que lo amaba mucho, llegó junto al castillo, hacía ya cuatro días que el difunto yacía sepultado. Halló a las dos hermanas y a los hebreos que les hacían compañía en gran consternación, por lo cual Él también se sintió conmovido y lloró, según dicen los Evangelistas.

¡Oh, cuan elocuentes son las lágrimas que Jesús derramó ante el sepulcro de su amigo Lázaro! ¿No nos dicen acaso que, si en presencia de la muerte lloró el mismo Dios, no puede ser una debilidad culpable el que nosotros también lloremos la pérdida de nuestros seres queridos?

Pero no solamente lloró Jesús, sino que también lloró su Madre Santísima. En la cumbre del Calvario se consumaba el más espantoso delito que jamás había contristado a la tierra. Suspendido del duro leño de la cruz, en donde le habían clavado sus enemigos, acribillada la cabeza por las espinas, traspasados con clavos los pies y manos, todo el cuerpo llagado por los azotes, estaba a punto de morir como un infame el Redentor del mundo.

Al pie de la cruz, una gran figura de mujer, como petrificada por el dolor, el rostro inundado por el llanto, estaba mirando fijamente al moribundo. Era María, que vertía lágrimas por la acerba muerte de su Hijo.

Pero ¡cuántas no había ya derramado en el curso de su vida, pensando en aquella hora crudelísima! ¡Cuántos sollozos habían angustiado su maternal corazón desde que oyó la profecía del anciano ¡Simeón!: Defecit in dolore vita mea, et anni me in gemitibus, le hace exclamar la Iglesia.

Ahora bien, las lágrimas y los sollozos de la Reina de los que están tristes, ¿por qué no legitimarán y santificarán también nuestro llanto, cuando la muerte viene a herirnos en la persona de alguno de nuestros seres queridos?

También lloraron los Santos. ¡Cuántas lágrimas derramó San Agustín sobre el sepulcro de su madre Santa Mónica! «Al pensamiento de tu fiel sierva, dice él dirigiéndose a Dios, me viene a la mente su amor hacia Ti y su gran ternura para conmigo; y ante este recuerdo, no pudiendo dominar la conmoción, doy libre curso a las lágrimas, que hasta ahora tenía contenidas, y aliviado y desahogado con este llanto mi corazón, encuentra finalmente un dulce reposo, que Tú solo conoces, oh mi Dios y Señor mío.»

No menos expresivas, tristes y conmovedoras son las expresiones que brotan del corazón de San Jerónimo en el elogio fúnebre de su amado Nepociano: «¿A quién consagraré de aquí en adelante mis laboriosas vigilias? ¿Con qué corazón podré yo desahogar mis más secretos pensamientos? ¿Dónde está aquel que me alentaba en mis estudios y me animaba con armonías más dulces que los últimos cánticos del cisne? ¡Nepociano! ¿No me oyes más? ¡Todo parece muerto en rededor mío! Mi misma pluma incierta y triste, el papel bañado por mis lágrimas, se resisten a comunicar y recibir las expresiones de mi pensamiento, como si no quisieran participar en el sentimiento de mi dolor. Cuantas veces ensayo de dar libertad a su desahogo, y desparramo algunas flores sobre aquel sepulcro querido, he ahí que súbitamente mis ojos se hinchen de lágrimas, y la tristeza que en mí se guarece se despierta y me arroja con él en el polvo de su sepulcro.»

¡Cuan bellas y conmovedoras son también las palabras de San Bernardo llorando por la muerte de un hermano suyo, a cuyo tierno afecto le había arrebatado la muerte en el mismo monasterio en donde habían vivido tan felices y unidos!: «¡Brotad, brotad también de mis ojos, lágrimas tan deseosas de correr por mis mejillas! ¡Aquel que impedía el que brotarais, no existe ya!… ¡No existe ya él, sino que está muerto; yo soy el que existe, pero no vivo más que para morir! ¡Oh Gerardo, hermano mío, tú me has sido quitado, tú me has sido arrebatado!… Contigo han desaparecido todas mis alegrías, todas mis delicias. ¡Oh, quién me diera el morir para reunirme contigo lo más presto posible, porque el sobrevivir para mí es el más cruel de los tormentos! ¡Que desde hoy yo no viva más que en la amargura y en las lágrimas, no viva sino en medio del sentimiento; y no reciba otro consuelo sino el sentir que muero de día en día!… Yo lloro por ti, oh Gerardo; tú eres la causa de mis lágrimas; yo lloro porque tú eras mi hermano por la sangre, pero mucho más porque ambos no formábamos más que un solo espíritu encaminado a un solo y mismo fin: al servicio de Dios. Mi alma estaba tan unida con la tuya, que nuestros corazones no constituían más que uno solo; y la espada de la muerte ha traspasado esta alma que era juntamente tuya y mía, y nos ha separado… ¡Oh! ¿Por qué, por qué nos hemos amado tanto, ya que habíamos de separarnos? Y después de habernos amado así, ¿por qué no hemos partido los dos juntos?…»

¡Oh, cuan dulce es, pues, el llorar también, a ejemplo de Jesús, de María y de los Santos! Cuando la muerte nos hiere en nuestros más caros afectos, las lágrimas, según hemos dicho, son un beneficio que Dios nos concede para calmar nuestro dolor.

Diríase que el Altísimo, en su misericordia para con el hombre culpable, sin el más mínimo menoscabo del atributo de su justicia, ha querido proporcionarle de tal modo un alivio en medio de las duras pruebas de esta triste existencia.

«No seré ciertamente yo, exclama el dulce San Francisco de Sales, el que os aconseje que no lloréis, si tuviereis la desgracia de perder a un pariente o amigo. Llorad, llorad francamente; porque bien justo es que derraméis lágrimas en testimonio del sincero afecto que profesabais a aquel querido difunto. Obrando así no hacéis sino imitar a Jesús, que lloró cabe el sepulcro de su amigo Lázaro. Jamás podremos impedir a nuestra pobre naturaleza el que sienta las condiciones de esta vida y la pérdida de aquellos que nos eran dulces compañeros en el camino de aquí abajo… La religión no nos prohíbe en manera alguna el sentimiento de semejantes pérdidas, después que nuestro dulce y divino Salvador consagró el afecto y bendijo la ternura de la amistad. Por esta causa la insensibilidad de aquellos que pretenden arrebatarnos la condición de hombres, siempre me pareció una quimera, y juzgué siempre el dolor mudo como orgulloso y fingido.»

II

Pero después de haber permitido las lágrimas, continúa así el santo Doctor:

«Procurad, no obstante, que estas demostraciones externas sean moderadas, y que vuestros suspiros y sollozos sean menos signo de pesar y desagrado que testimonio de compasión y de ternura. Lejos de nosotros el llorar como aquellos que, aferrados solamente a esta miserable vida, olvidan por completo que somos en ella viajeros que vamos de paso para la eternidad. Adoremos en todas las cosas los secretos designios de la Providencia, y digamos frecuentemente en medio de nuestras lágrimas: Dios mío, bendito seáis, porque bueno es todo lo que a Vos place… Por consiguiente, después de haber rendido tributo a la parte inferior del alma, es preciso cumplamos lo que debemos con la superior, en donde reside, como en un trono, el espíritu de fe que debe consolarnos en nuestras aflicciones por medio de nuestras mismas aflicciones. ¡Bienaventurados los que se gozan en ser afligidos y convierten el ajenjo en miel! ¡Loado sea el Señor! Yo siempre lloro y me aflijo con calma, siempre con un sentimiento de amorosa sumisión a la Providencia de Dios, pues ya que Nuestro Señor amó la muerte y la dio por objeto a nuestro amor, no puedo querer mal a la muerte porque me arrebate a mis seres queridos, con tal que ellos mueran en el amor de la muerte santa del Salvador… ¡Qué cosa más razonable que la voluntad santísima de Dios se cumpla en aquellos a quienes amamos como en todas las demás cosas! Y no basta que en estos casos nosotros nos sometamos a su voluntad, sino que también es preciso nos mostremos satisfechos y contentos, en cierta manera, con lo que Él hace. ¿No es Él, por ventura, un Padre bondadoso, que sabe perfectamente por qué nos aflige y nos priva de aquellos a quienes amamos? Entremos, por tanto, en sus designios, y ayúdenos la fe a sobrellevar estos sacrificios imposibles de soportar a la frágil naturaleza. Digámosle desde lo profundo de nuestra alma: Señor, haced absolutamente cuanto quisiereis; pulsad siempre en mi corazón la fibra que os pluguiere, que ella emitirá siempre un sonido armonioso. ¡Sí, oh Dios mío, hágase vuestra voluntad en lo que toca a mi padre y a mi madre, en lo que toca a todos mis más queridos amigos, y en todas las demás cosas! No quiero con esto decir que esté mal el desearles larga vida y rogar a Dios se la conserve, ¡no!, sino solamente que no debemos dejarnos llevar de este lenguaje diciendo a Dios: Conservadme tal o cual persona, y llevaos tal otra. Y aun cuando el Señor se nos llevase cuanto de más grato tenemos en este mundo, ¿no debería bastarnos sobre todo el poseer a Dios? ¿No es Él todo? ¿No es cierto que, aunque no poseyéramos más que a Él, poseeríamos todas las cosas? ¡Ay de mí! El Hijo de Dios, nuestro amado Jesús, no poseía ciertamente tanto sobre la cruz, cuando después de haberlo dejado y abandonado todo por el amor y obediencia a su Padre, fue Él mismo abandonado y como olvidado por el Padre.»

Tal es el lenguaje del santo Obispo de Ginebra, que por lo demás es el lenguaje de la fe y de las almas mismas de nuestros amados difuntos, que la muerte nos ha arrebatado, si sus palabras pudieran llegar hasta nosotros.

«Ciertamente, continúa el mismo Santo, el mayor deseo que estos queridos difuntos tuvieron al separarse de nosotros fue el que no prolongáramos demasiado el disgusto que nos ocasiona su ausencia, sino que más bien nos esforzáramos en moderar, por amor suyo, el dolor que nos causa el amor que les teníamos; y ahora, del seno de la felicidad que han alcanzado o están próximos a alcanzar, nos auguran una santa consolación, y nos hacen comprender que, moderando nuestro pesar, debemos conservar nuestros ojos para llorar lo que es más digno de ser llorado, y nuestro espíritu para ocuparnos en cosas más nobles y eficaces de lo que lo son las cosas transitorias y caducas. No lloréis, nos dicen, seguid más bien el camino que puede conduciros adonde nosotros ya nos hallamos; sabed que allí se llega llevando la propia cruz, amando a Dios, sirviéndole con todo el corazón en el luto, en la separación, en los dolores, en las tristezas y en las lágrimas de que toda nuestra vida está repleta. El Cielo se halla al final de todo esto; es preciso pasar por estas pruebas, como el soldado se encamina hacia la gloria a través de los campos de batalla, sin vacilar y sin maravillarse. Y ya que es propio de la verdadera amistad el procurar seguir e imitar las justas inclinaciones del amigo, para complacer a estas almas queridas, resignémonos en la divina Voluntad, tomemos nuevos ánimos, abandonémonos en todo y por todo a la misericordia infinita de nuestro dulce Salvador.»

III

Nos ayudará a alcanzar esta resignación un triple pensamiento.

En primer lugar, que estos queridos difuntos pertenecían a Dios antes que a nosotros; por consiguiente, si Él en su providencia ha juzgado que era ya tiempo de llamarlos a Sí, debemos creer que Él lo ha hecho para mayor bien de sus almas, y, por tanto, debemos amorosa y humildemente inclinar la cabeza ante sus secretos designios, adorando en silencio y bendiciendo la profunda sabiduría de Aquel que todo lo dirige y gobierna.

En segundo lugar, que esta tierra en que vivimos no es una morada tan dulce y deleitable que deba ser tan llorada por aquellos que la han abandonado. Por consiguiente, si Dios, por un efecto misterioso de su misericordia, los ha sacado del mundo, debemos más bien consolarnos que entristecernos, porque al mismo tiempo los ha substraído a los sufrimientos, a las miserias y a los afanes de esta triste existencia, ya que no también, acaso, a los tormentos de los negocios y a las agitaciones y revueltas que turban estos nuestros tiempos, a los desengaños de la fortuna, a los dolores y enfermedades y a las desgracias de todo género, suspendidas de continuo sobre nuestras cabezas y que nos amenazan a cada instante.

Porque ¿qué es, en efecto, la vida humana sino una serie de dolores, de lágrimas y de angustias?… ¡Cuánto más felices son, pues, aquellos a quienes el Señor ha sacado de este mundo, en donde no hay más que perversidad, mentira, hipocresía; en donde estamos continuamente expuestos a las calumnias, a las injusticias, a los contratiempos de todo género! Dios mío, ¿cómo es posible que tengamos tanto apego a una vida que tan rápidamente huye de nosotros, y, no obstante, tan repleta se halla de tristezas, de llanto y de muerte?

No lloremos, pues, demasiadamente a nuestros amados difuntos; pensemos que, si murieron jóvenes, se evitaron tantas penas y dolores que acaso más tarde les esperaban, y siendo menos larga la cuenta que habrán tenido que dar a Dios, más presto serán admitidos en la mansión de las eternas alegrías. Si, por el contrario, eran ya de alguna edad, Dios los preservó de beber las últimas gotas del cáliz de la vida, que ordinariamente son las más amargas; murieron cuando ya en esta vida no podía esperarles otra cosa sino las enfermedades, las miserias y las debilidades anejas a la vejez. ¿Y habrá en esto algo que sea verdaderamente digno de ser llorado?

El tercer pensamiento que debe consolarnos en la pérdida de nuestros queridos difuntos es el que éstos no se hallan tan lejos de nosotros como podíamos creer. Sin verlos podemos, no obstante, hablar con ellos, cambiar nuestros pensamientos y comunicarles nuestros propios sentimientos. Si se hallan ya en posesión de la felicidad eterna, la teología nos enseña que se interesan por nosotros, ven en Dios lo que nosotros hacemos, y, si a Dios le place, conocen las palabras que les dirigimos y ruegan por nosotros. Y si se hallan en el Purgatorio, fácil nos es confiar a nuestro Ángel custodio lo que deseamos comunicarles.

¿Y por qué no adoptamos esta hermosa práctica tan usada por los Santos?

De Sor María Dionisia, de la Orden de la Visitación, muerta en olor de santidad, se lee que tenía la costumbre de encomendar a los Ángeles custodios de las almas del Purgatorio las oraciones y recomendaciones que deseaba llegasen a ellas. «Con frecuencia, refiere el autor de su vida, estas santas comunicaciones iban tan adelante, que la piadosa religiosa sentía en torno de sí a estos espíritus protectores, los cuales le comunicaban las necesidades de las almas pacientes encomendadas a su cuidado, y le inspiraban lo que debía hacer para librarlas de sus penas.»

***

Cuando la muerte viene a llamar a la puerta de nuestra casa, y nos arrebata una persona amada, dejemos que nuestros ojos libremente viertan amargas lágrimas; el no llorar en casos semejantes, el no sentir dolor, es como tener un corazón de mármol, sin entrañas y sin amor.

Procuremos, no obstante, por otro lado, que nuestras lágrimas no sean estériles e ineficaces, sino meritorias, y lo serán si van acompañadas de sentimientos de fe, de esperanza y de amor.

¡Ah! Si llorarnos con fe y aceptando el cáliz del dolor que el Señor nos ofrece, no dudemos en decir: «Señor, sois Vos quien quiere que yo sufra una tan gran pérdida; yo no sé el porqué, pero creo firmemente que es para mi bien, porque Vos sois justo, sois bondadoso, sois amoroso. ¡Ah! Señor, mirad, toda mi naturaleza se estremece, le repugna demasiado este cáliz tan amargo; pero no se haga mi voluntad, sino la vuestra.»

Lloremos, sí, pero que nuestro llanto sea vertido en la esperanza; los que confían en la divina misericordia, elevando al Cielo los ojos llenos de lágrimas, exclaman: «Ahí reposan, disfrutan y son bienaventuradas las almas de aquellos por quienes lloro; ahí, en donde un día me reuniré con ellos para no vernos nunca jamás separados.»

Lloremos, sí, pero lloremos por amor; y recordando a Jesús, que tanto sufrió por amor nuestro, disfrute nuestro ánimo en poder sufrir también nosotros alguna cosa por amor de Él.

Y luego oremos; la oración es siempre una necesidad del alma, pero lo es especialmente al pie de un sepulcro. El mundo nos es cargoso cuando el dolor se apodera de nosotros; entonces es cuando nuestra alma se siente levantada a regiones más altas, más puras y más apacibles, en donde ella quiere hallar a aquel a quien la muerte arrancó de su lado. Siente como una necesidad invencible de volverle a ver y de hablarle todavía. Pero ¿quién la levantará de la tierra, quién la transportará más allá de los astros, hasta aquel otro mundo más luminoso y perfecto, que es la mansión de los espíritus? La oración, la oración humilde y confiada, la oración del hijo recostado en el pecho de su padre.

¡Oh, si todos los afligidos conociesen los tesoros escondidos que se encierran en la oración; si supieran las santas efusiones que contiene, las inefables ternuras, suaves y celestiales consolaciones, cuan presto se agotarían sus lágrimas y cuan fácilmente abrazarían las cruces qué la Providencia les envía! Pero nosotros sí lo sabemos: ¿por qué, pues, no recurrimos a ella en el momento de la prueba? Hagámoslo así, y seremos consolados.

EJEMPLO

San Francisco de Sales

Un ejemplo admirable de cómo debemos portarnos en la pérdida de algunos de nuestros seres queridos nos lo ofrece el gran Obispo de Ginebra durante toda su vida, pero especialmente con ocasión de la muerte de su padre, a quien amaba con entrañable y singular afecto.

Cuando este buen anciano entregó su alma generosa a Dios, el hijo predilecto de su corazón no asistía junto con los demás a la cabecera del lecho de su agonía; hallábase en Annecy ocupado en la predicación de la Cuaresma. El mismo que le llevó la desconsoladora noticia, se la comunicó sin precaución alguna, en el instante en que salía de la sacristía para subir a la sagrada cátedra.

El Santo permaneció durante unos momentos como desconcertado, juntó las manos en silencio y alzó los ojos al Cielo; luego, sostenido por una fuerza de voluntad sobrehumana y por la gracia divina, subió al pulpito y predicó sobre el Evangelio del día con su acostumbrado celo y fervor.

Solamente, al terminar su sermón, dijo al auditorio, con palabras temblorosas por la emoción y entrecortadas por los sollozos y las lágrimas: «Hermanos míos, pocos momentos ha se me ha comunicado la muerte de aquel a quien soy más deudor que a nadie sobre la tierra; ¡mi padre, vuestro amigo, ya no existe! Así como en vida le dispensasteis el favor de amarlo, así también ahora os suplico le hagáis la gracia de rogar por el eterno descanso de su alma, y de perdonarme el que yo me ausente por dos o tres días para ir a rendirle mis últimos deberes.»

La increíble firmeza de Francisco, que durante una hora había podido dominar completamente a la naturaleza; el acento conmovido de sus últimas palabras, las lágrimas que bañaban su rostro, causaron impresión profundísima en el auditorio. Éste prorrumpió en sollozos, y cada oyente mezcló sus lágrimas con las del apóstol, y este ejemplo sublime de energía cristiana, en un alma tan bondadosa, produjo más efecto que todos sus sermones.

Descendido del pulpito, Francisco, que ya había celebrado la santa Misa, oyó otras dos más arrodillado en el extremo del altar, inmóvil y sumido en profunda adoración, participando de su dolor y de las consolaciones divinas.

Después partió súbitamente hacia el castillo de Sales, y, llegado a la cámara mortuoria, se arrodilló junto al cuerpo inanimado de su padre, lo cubrió de besos y de lágrimas, y sin que su dolor desdijera en lo más mínimo de la gravedad del sacerdote y del pleno dominio que de sí mismo da la santidad, se mostró como el más tierno y el mejor de los hijos.

Presidió él mismo el entierro y los funerales de su padre, y no abandonó sus restos mortales sino después que hubo sido depositado, con las últimas preces de la Iglesia, en el sepulcro de la capilla de Sales.

Entonces, imponiendo silencio a su dolor, se dedicó a consolar a los asistentes al acto, y especialmente a su santa madre, que no hallaba adecuado consuelo para su profundo dolor más que en las celestiales palabras de su santo hijo.

La oyó en confesión, igualmente que a sus hermanos, hermanas y familiares, y al día siguiente, en la Misa que celebró por el alma de su difunto padre, les dio la Comunión por su propia mano.

Después del Santo Sacrificio les dirigió todavía algunas palabras de consuelo, y luego, sin pérdida de tiempo, se despidió de todos ellos para volver nuevamente adonde su deber pastoral y la salvación de las almas lo reclamaban. Reanudó sus interrumpidos sermones de Cuaresma, que continuó todavía largo tiempo después de las fiestas de la Pascua.

Su admirable energía en el modo de aceptar y dominar el dolor profundo que le había causado la pérdida de su amado padre, comunicó a su santidad, ya de por sí tan resplandeciente, algunos grados más de perfección todavía, y Dios le recompensó con mayor abundancia de gracias.

No menos admirable fue su proceder a la muerte de su madre. Quiso el Señor que él la asistiese durante la agonía y recibiese su último suspiro. Cuando todo hubo terminado bendijo sus restos mortales, le cerró los ojos y la boca, y, después de haberle dado el último ósculo, dio rienda suelta a las lágrimas, que había contenido hasta aquel momento. Profundo fue su dolor, inconsolable a los ojos del mundo, pues había perdido a su mejor amiga; pero sentíase plenamente consolado delante de Dios.

En aquella ocasión coincidió el haber escrito el Santo palabras celestiales a Santa Juana Chantal, procurando, el que en gran manera necesitaba de consuelo, consolar a aquella alma santa, que se había visto privada entonces, por la muerte, de una hija queridísima. «¡Ah, sí! Mi dolor es vivo, pero también es tranquilo, y no me atrevo ni a gritar ni a lamentarme bajo el golpe de la mano divina a quien he aprendido a amar tiernamente desde mi juventud. Pero, ¡ay de mí!, parecía necesario dar un poco de desahogo a las lágrimas. ¿No tenemos, acaso, un corazón humano y una naturaleza sensible? ¿Por qué no llorar un poco por la muerte de nuestros difuntos, desde el momento que el Espíritu de Dios no sólo nos lo permite, sino que nos invita a ello? El Señor nos los dio, el Señor nos los quitó; sea su santo Nombre bendito.»

De este modo lloraban los Santos la muerte de las personas queridas; a semejanza de ellos llorémoslos también nosotros, procurando solamente que, a imitación suya, nuestras lágrimas sean lágrimas de resignación y de abandono en la santa Voluntad de Dios.