PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXV

Gloria a Dios y satisfacción al Corazón de Jesús

Después de lo dicho sobre la sublimidad, excelencia y dignidad de la devoción a las santas almas del Purgatorio, parece que ningún otro argumento se debería invocar ya para animar a los fieles a practicarla

Los Padres de la vida espiritual, sin embargo, no se contentan con eso, y, celosísimos por ayudar a aquellas pobrecillas, aducen algunos otros, no menos aptos para estimular nuestra caridad, si tenemos alguna inteligencia de las cosas de Dios.

Y uno de ellos el primero tal vez de todos, es la satisfacción que proporcionamos al Corazón de Dios, que tanto ama a estas pobres almas.

Apareciéndose, en efecto, Jesús un día a Santa Gertrudis, le dijo: «Cuantas veces tú libras a un alma del Purgatorio haces un acto tan agradable a Mí, como no lo sería si me rescatases a Mí mismo del cautiverio.»

Y si todavía esto no bastase, sabemos por revelaciones dignas de fe que con frecuencia Nuestro Señor ha llegado a humillarse implorando del hombre sufragios para sus queridas almas.

Por lo demás, ¿cómo podría ser de otro modo, cuando esta devoción, amén de librar a estas pobres almas, o de disminuir al menos las penas que sufren, procura la gloria de su Eterno Padre?

Ahora bien, por poco que amásemos a Dios, ¿qué deberíamos tomar con más empeño como el procurar su gloria y satisfacer las ardientes ansias de su Corazón divino? Practiquemos, pues, esta santa devoción, y ciertamente obtendremos este doble fin.

I

Y ante todo procuremos la gloria de Dios.

Si fuésemos tan perfectos como deberíamos ser, todo nuestro estudio y anhelo sería buscar los medios que de modo más eficaz procurasen la gloria de Dios. Un medio, que también es un deber para nosotros, sería el amarle de todo corazón, no respirar sino por Él, y que nuestra alma ardiera constantemente, como los Serafines del Cielo, en el fuego de su divino amor.

Pero, ¡ay!, que por grande que sea nuestra caridad, mientras andemos peregrinando sobre la tierra no le amaremos sino de un modo imperfecto, porque el amor nace y se aumenta con el conocimiento siempre mayor de la belleza, de la bondad y de las demás perfecciones del objeto amado; siendo cosa probada que, cuanto más se conocen éstas, más se ama al que las posee.

Pero así como jamás podremos conocer en la tierra las perfecciones divinas cuales son en sí mismas, porque semejante felicidad nos está reservada para cuando estemos en el Cielo, de aquí proviene que aun el amor que podemos tener a este Ser infinito es imperfectísimo, en comparación del que le profesan los Bienaventurados en el Cielo.

Es, pues, necesario suplamos nuestra incapacidad, procurando realizar mediante las obras de otros lo que suficientemente no podemos hacer por nosotros mismos.

Ahora bien, para satisfacer al deber tan legítimo del amor perfecto, la bondad divina pone en poder nuestro la facultad de libertar con nuestros sufragios y nuestras buenas obras, de las penas del Purgatorio, a una o varias almas, a fin de que vuelen al Paraíso a amar a Dios por ellas y por nosotros, y por semejante manera procurarle un grado de gloria superior infinitamente a cuanta puede recibir por parte de los habitantes de este mísero valle de lágrimas.

Apenas, en efecto, estas almas serán transportadas de aquella cárcel tenebrosa a la esplendorosa mansión del Cielo, comenzarán al instante a glorificar a la Trinidad augustísima con tal vehemencia de amor, éxtasis y arrobamientos, que nos es imposible a nosotros, mortales, no sólo explicar, pero ni siquiera comprenderlos.

Siendo esto así, ¡qué consuelo para nosotros será el pensar que todos estos actos y todas estas alabanzas, que de otro modo se habrían malogrado, en virtud de nuestra devoción serán tributadas a la majestad de Dios! San Ignacio de Loyola decía que daría por bien empleadas las fatigas de toda su vida, si con ello podía impedir un solo pecado mortal, que de tanta gloria priva a Dios.

¡Qué alegría, pues, qué estímulo debe ser para nosotros el haber cooperado de este modo a tantos actos sublimes, que jamás se hubieran realizado sin nuestra mediación! ¿Hay alguna cosa sobre la tierra que pueda compararse con un bien tan grande?

Es por todos admitido que quien obra por medio de otro, es como si obrase por sí mismo. Por consiguiente, todas las almas libertadas por nuestra piedad, estos nuevos santos, serán como nuestros lugartenientes, nuestros vicarios y nuestros embajadores en la celestial Jerusalén, en donde cantarán las misericordias del Señor con cánticos sublimes y gustarán en los eternos tabernáculos delicias inefables, de que, totalmente o en parte, fuimos los procuradores o mediadores.

«¡Ah, cristianos! —exclamaba Bourdaloue en su discurso sobre la Conmemoración de los Fieles Difuntos—, permitidme haceros una reflexión, la cual, no temo confesároslo, ha causado profunda impresión en mí, y tengo derecho a esperar que también la hará en vosotros. Demostramos a veces bastante celo por la gloria de Dios; pero nuestra ignorancia, no menos escasa que inexcusable, en las cosas divinas, es causa de que no apliquemos siempre este celo a aquellas cosas en las cuales están verdaderamente empeñados los intereses de Dios. Por ejemplo, admiramos a aquellos varones apostólicos que, impulsados por un heroísmo sobrenatural, cruzan los mares y van a tierras de bárbaros para convertir aquellos países de infieles al verdadero Dios. Pero ¿no sabemos también que la devoción a las almas del Purgatorio, que tiene por fin el aliviar sus penas y apresurar su libertad de ellas, es una especie de celo que, relativamente a su objeto, no cede en nada al de la conversión de los paganos, antes, bajo muchos respectos, le es en gran manera superior? ¿Y cómo así?, preguntaréis. Porque las almas del Purgatorio, siendo almas santas predestinadas, almas confirmadas en gracia, son incomparablemente mucho más nobles delante de Dios que las de los paganos; ellas se hallan, sobre todo actualmente, en un estado mucho más elevado para glorificar a Dios que no las de los paganos.»

II

Pero, además de procurar gloria a Dios, interesándonos por las almas del Purgatorio le procuramos también una satisfacción grandísima, haciéndole con ello un acto gratísimo. Y esto nos aparecerá clarísimo por poco que consideremos que Dios se ha con aquellas pobres almas a la manera de un padre que castiga a su hijo, a quien ama tiernamente. Mientras le castiga con rigor, querría que alguien se hallase presente y le demandase gracia para él, y como no se presenta nadie que lo haga, continúa él castigándole hasta que su justicia quede satisfecha.

No de otro modo procede Dios con aquellas almas santas, a quienes Él ama con el amor más tierno y paternal que imaginarse puede, pero que, no obstante, se ve obligado a castigarlas, porque así lo requieren la santidad, la justicia y el amor mismo de Dios.

La santidad, porque siendo esencialmente contraria a toda imperfección y defecto, no puede absolutamente permitir que entre alma alguna manchada en el Paraíso; la justicia, porque todo derecho ofendido de la Divinidad, debiendo tener compensación, no puede dejar de castigar a aquellas almas hasta que no haya percibido el último céntimo de su deuda; el amor, porque, deseando que ellas sean semejantes a Sí, las acrisola más y más en sus penas hasta convertirlas en una copia perfecta de su bondad suprema.

¿No es esto un misterio de amor y de rigor verdaderamente divino?

«Todos sabéis, dice el autor antes citado, que las almas que sufren en el Purgatorio se encuentran en un estado de violencia, porque se ven privadas de la vista de Dios. Pero lo que jamás habréis sabido o podido comprender es que el Purgatorio es también, en cierto modo, un estado de violencia para el mismo Dios. Que la privación o separación de Dios sea un estado violento para el alma justa, no es nada sorprendente; pero que por un efecto recíproco sea un estado violento para Dios, he ahí una cosa que puede sorprender, pero que el amor que debemos tener a Dios no nos puede permitir considerarlo con indiferencia.»

Ahora bien, ¿en qué consiste este estado de violencia respecto de Dios? Precisamente en que, en el Purgatorio, Dios ve almas a las que Él ama con amor tierno, sincero y paternal, y a las que, no obstante, no puede hacer bien alguno; almas colmadas de merecimientos, de santidad y de virtudes, y a las que no puede recompensar; almas elegidas suyas, sus esposas, a las cuales se ve obligado a castigar con dureza. ¿Se puede concebir algo más contrario a las inclinaciones de un Dios infinitamente misericordioso y caritativo?

«Paréceme, dice Louvet, que entre las almas del Purgatorio y Dios ocurra algo análogo a la grande escena del Calvario. Jesucristo, Hijo predilecto del Padre, esplendor de su gloria, objeto de sus eternas complacencias, apenas se apropió y cargó sobre Sí los pecados de los hombres, se atrajo las iras de la Justicia divina, la cual no tiene compasión de Él, que se ha entregado como rescate por los pecadores del mundo. La tierra se estremece, se hienden las rocas y se eclipsa el sol ante la muerte del Hombre Dios; pero Dios Padre permanece impasible en el silencio de su eternidad, nada le conmueve, ni enternece, ni siquiera aquel grito doloroso que le dirigió la víctima divina: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? El sacrificio debe consumarse por completo, la justicia debe seguir su curso, y solamente después se acordará Él de que es Padre. Ahora bien, aunque las almas del Purgatorio sean hijas predilectas de Dios, como llevan sobre sí todavía impresa la marca del pecado, no las reconoce por tales, y aun cuando aquel fuego vindicador, aunque los suplicios y las expiaciones se acumularen sobre aquellas desdichadas, Él asistirá impasible a tan grandes torturas, y hasta se alegrará, porque de este modo su justicia será satisfecha. Y así, todo clamor, toda demanda de socorro al Cielo, será inútil, porque el Cielo para ellas estará cerrado, y antes de que Dios recuerde que es Padre, todas las manchas, hasta la más pequeña, deberán ser borradas y consumidas en el fuego.»

Y sabiendo esto nosotros, y conociendo además el gran amor que profesa a estas almas, ¿quién podrá imaginar cuán cuesta arriba se le haga el tener que ejercer sobre ellas el rigor de su divina justicia, y cuánto desee mitigar cuanto antes las penas acerbísimas que se ve constreñido a hacerlas sufrir?

Y así, como dividido e indeciso entre los rigores de su justicia y el tierno sentimiento de su misericordia, vuelve alternativamente la mirada a aquellas almas que padecen, y a nosotros, que podemos librarlas de sus padecimientos; y mientras, por inmutable exigencia de la ley eterna, se torna airado contra ellas, movido de su bondadoso Corazón se muestra a nosotros todo piedad; mientras a ellas las rechaza, nos solicita a nosotros, nos estimula, nos espolea y hasta nos ruega le substraigamos de tan gran contraste usando con Él de dulce violencia, y deteniendo su diestra armada le arrebatemos de ella el látigo con que han de ser castigadas las infelices.

«No hay, anda repitiendo inconsolable por boca de su profeta, no hay nadie tan piadoso que se oponga a mi indignación, nadie que mitigue el furor de mi justicia.»

¿Y podremos nosotros oír semejantes lamentos del Señor, y permanecer insensibles y mano sobre mano? ¿Podemos dar una negativa al mismo Dios?

«¡Ah, no! — dice el piadoso abad Ruperto— Nosotros seremos precisamente los que hemos de hacer que cese tan gran violencia, libertando a aquellas almas de su tétrica prisión, abriéndoles con nuestras oraciones el Cielo, que está cerrado para ellas. Porque allí, allí es donde únicamente pueden unirse con Dios, y Dios unirse para siempre con ellas. Allí es donde Él derramará en abundancia sobre aquellas benditas almas los tesoros de su magnificencia, y en donde su divino amor podrá penetrar todo su ser. Mientras yacen en el Purgatorio, este amor de Dios es semejante a un torrente de delicias, dispuesto a inundarlas, pero detenido en su curso por el dique del pecado, cuya deuda no ha sido satisfecha todavía. Nosotros con nuestras súplicas hemos de ser los que apartemos este obstáculo; nosotros desataremos a Dios mismo las manos que como impotente parece tenga ligadas, y le suministraremos los medios para substraerse a esa misma impotencia, en que parece haya caído voluntariamente, para hacer el bien a criaturas que le son tan amadas.»

¿Y quién podrá expresar la satisfacción que proporcionaremos a Dios con nuestros sufragios en favor de aquellas almas santas?

A Abraham, obligado a sacrificar a su hijo Isaac, ¡cuán grande gozo no proporcionó el Ángel propicio que le detuvo el brazo con que iba a descargar el golpe! Y a Saúl, obligado a condenar a su querido Jonatás, ¿cuánto no agradó el pueblo que substrajo de la muerte a tan valeroso guerrero?

Pues un gozo semejante proporcionaremos a Dios, si a Él, que a causa de su justicia se ve obligado a castigar a las almas del Purgatorio, le hacemos dulce violencia, oponiéndonos a Él piadosamente y substrayendo a aquellas infelices del peso de su justicia

III

Y no solamente a Dios, sino aun al dulcísimo Corazón del divino Redentor procuraremos un inmenso placer ofreciendo sufragios por las almas del Purgatorio.

Cuando nos ponemos a pensar en el recogimiento de nuestra meditación, cuánto sufrió Jesús por nuestro amor, nuestro corazón experimenta una necesidad irresistible de manifestarle nuestro más vivo reconocimiento.

Mas, en la imposibilidad en que nos encontramos en este valle de lágrimas de poder prestar a Dios un servicio personal, ¿no deberá sernos gratísimo el aprovechar sin demora cualquiera ocasión favorable para aliviarle y consolarle en sus miembros doloridos? Ahora bien, ¿cuáles son los miembros místicos de Jesús que sufran más que las almas del Purgatorio? Por consiguiente, ¿qué servicio más grato y al mismo tiempo qué gozo tan grande podemos proporcionar a su Corazón divino como aliviar y confortar a aquellas almas a las cuales Él ama con amor ternísimo y ardiente? ¿Acaso no pueden ellas ser comparadas al paralítico de la piscina probática, el cual hacía ya treinta y ocho años que languidecía a su orilla por falta de un hombre que lo lanzara a ella en el momento en que pasaba el ángel y removía sus aguas? Pasó Jesús, y su Corazón se conmovió, libró de sus males a aquel que allí yacía abandonado de todos, incapaz de moverse ni valerse por sí mismo.

Si Jesús ama a estas almas, y si en su calidad de Juez debe castigarlas en aquella cárcel de fuego, en su calidad de Salvador las ama con un amor especialísimo; toma parte en sus penas, sufre en ellas, puesto que su espíritu reposa en medio de ellas, y ellas sufren en Él en virtud de la unión estrechísima que los hace inseparables.

Un piadoso autor nos dice que «los sufrimientos de las almas del Purgatorio tienen una pequeña semejanza con los de Jesús. Este divino Salvador ha visto amenazantes sobre Sí tres manos de Dios, si así podemos expresarnos: la mano de su grandeza, que le ha humillado; la de su justicia, que le ha herido; y, finalmente, la de su santidad, la más pesada y severa, que lo ha como aplastado y aniquilado, según la expresión del profeta. Y de esta última manera es como se lamenta por boca de Job: «La mano del Señor me ha herido». La santidad es la más temible de todas las perfecciones divinas; ella no puede sufrir ni siquiera la sombra o apariencia del pecado, y ésta fue precisamente la que mayormente hizo sufrir a Jesús en la Cruz. De la misma manera las almas del Purgatorio, en sus sufrimientos, son a un mismo tiempo humilladas por la grandeza de Dios, atormentadas por su justicia y oprimidas por su santidad.»

Pues bien, dada esta semejanza de sufrimientos, ¿cómo no verá Jesús con satisfacción el que aliviemos y confortemos a estas almas?

El Apóstol San Juan refiere en su Evangelio que cuando se halló Jesús delante del sepulcro de su amigo Lázaro se estremeció en su alma y se conturbó a Sí mismo. El pensar en su querido amigo encerrado en obscuro sepulcro y presa ya de la corrupción le hizo verter lágrimas. Y luego, levantando los ojos a su Padre celestial: «Lázaro, gritó con voz muy alta, sal afuera»; y después ordenó a sus Apóstoles le soltaran las ligaduras que le tenían atado. Y no contento con esto, para testimoniar la alegría de su Corazón a aquel a quien había devuelto de la muerte a la vida, quiso sentarse a la mesa con él y hacer partícipes también de aquella alegría a sus hermanas. ¡Ah! Inmensamente más dulce es la alegría que proporcionamos al Corazón de Jesús cuando, para agradarle, con nuestras oraciones y buenas obras procuramos libertar a tantas almas santas como se hallan, no ya encerradas en el seno de la tierra, sino en la cárcel del Purgatorio, en donde con Él y por Él sufren penas acerbísimas.

Pero todavía hay más: ¿no dijo una vez Jesús estas consoladoras palabras: «Lo que hiciereis en bien del más pequeño de mis hermanos, a Mí mismo lo hacéis»? El Hijo de Dios considera al último de los hombres justos como a otro Él; por consiguiente, aliviar al alma de este hombre en el Purgatorio es lo mismo que aliviar al mismo Hijo de Dios, que sufre allí en este miembro suyo, como sufría con los tres niños hebreos que habían sido arrojados en el horno de Babilonia. Narra, en efecto, la Sagrada Escritura que Nabucodonosor, contemplando atentamente lo que ocurría en aquel horno encendido, y mientras Sidrac, Misac y Abdénago se hallaban en medio de las llamas, acudió un cuarto personaje, que se paseaba y cantaba las alabanzas del Señor en compañía de ellos. Sorprendido el rey por tal espectáculo, dijo a sus ministros: «Tres personas solamente han sido arrojadas al horno, y yo veo otra cuarta, que es completamente igual al Hijo de Dios».

Dice San Buenaventura, “Esta última persona figuraba a Jesucristo, que acompaña a todos los que sufren en nombre suyo, y sufre con ellos. Ahora bien, no hay nadie que más sufra en nombre de Jesús como las almas del Purgatorio. No se puede, pues, dudar de que Jesús sufra con ellas, teniendo en cuenta que Él se halla en sus personas en un estado de violencia, ocasionada por el retraso de su felicidad y de su gloria.»

Por lo demás, esta verdad, a saber: que Jesucristo sufra en las almas que le son fieles y padecen, podemos deducirla también de las actas del martirio de Santa Felicitas, en donde leemos que esta Santa, respondiendo al verdugo, que, al oírla lamentarse por los dolores del parto al dar a luz a su hijita en la cárcel, le hacía observar que si no podía soportar aquellos dolores mucho menos podría resistir los atrocísimos del martirio que le aguardaba, le dijo: «Ahora soy yo quien sufro, pero entonces otro será el que sufrirá en mí.»

Por donde, considerando esto, decía Santa Brígida: «Cuando con nuestros sufragios libramos a un alma del Purgatorio hacemos a su Esposo, Jesucristo, un acto tan agradable y precioso, como si le rescatásemos a Él mismo de aquellas llamas purificadoras; y a su tiempo nos restituirá Él íntegramente el bien que le hayamos hecho, y entonces recogeremos con creces el provecho.»

Estas palabras impresionaron tan profundamente al Pontífice Benedicto XIII, muerto en olor de santidad, que, como confesó él mismo en uno de sus sermones, estuvo a punto de hacer públicamente desde el pulpito donación espiritual de todos sus bienes espirituales en favor de las almas del Purgatorio.

Examinemos nuestra fe, examinemos nuestro corazón, y veamos qué estaríamos dispuestos a hacer por Jesucristo si le viéramos padecer como padecen sus miembros vivos en el Purgatorio.

Un día dirá Él a sus elegidos: «Tuve hambre, y me disteis de comer; estaba prisionero, y me visitasteis.» Los elegidos le preguntarán cuándo hicieron con Él estas obras de caridad, y Él les responderá: «Cuantas veces disteis de comer o visitasteis a uno de los míos, lo hicisteis conmigo.»

Si tuviéremos, pues, la dicha de librar a alguna alma del Purgatorio, Él nos dirá también un día a nosotros: «Me hallaba metido en un lecho de fuego, y gracias a vosotros me vi libre de él.»

¡Qué merecimiento tan grande! ¡qué felicidad! ¡qué gloria merecer ser el salvador de Jesucristo!

Cuando desde lo alto de la cruz, entre las convulsiones de la agonía, exclamó: Sitio, tengo sed, no hubo una mano piadosa que se apresurara solícita a ir en su socorro. Si esta súplica nos la dirigiera a nosotros el divino Salvador, ¿no nos apresuraríamos a ofrecerle agua, y aun toda nuestra sangre, para aliviarle, si fuera necesario? Pues bien, desde el fondo del Purgatorio nos grita: «Tengo sed», y nos pide con insistencia el vaso de agua fresca que le fue negada en el Calvario.

Nuestra compasión por las almas del Purgatorio será precisamente este vaso de agua fresca al cual hay prometida una corona eterna.

***

Se lee en las antiguas crónicas que, habiendo un hombre encontrado un león que dolorosamente se quejaba a causa de una espina que llevaba hincada en un pie, se acercó a él y con todo cuidado le sacó la espina. El animal quedó tan agradecido al hombre por el bien que le había hecho, que se trocó en manso corderillo que seguía a su bienhechor adondequiera que iba, y no manifestó ya su fiereza de león sino una vez para salvarle la vida en un peligro inminente.

Dios es el león de la tribu de Judá en la cárcel del Purgatorio: es preciso que su justicia sea ejercida con todo rigor en aquella parte de su imperio.

Pero poseemos la consoladora certeza de que, si lo desviamos de castigar y le hacemos dar largas en el castigo de aquellas almas a quienes Él ama, de león se trocará en cordero, y ya no mostrará su terribilidad sino solamente contra nuestros pecados, y en la hora de nuestra agonía combatirá por nosotros, haciéndonos ver entonces cuán grande gloria le habíamos procurado desarmando el brazo de su justicia y permitiéndole ejercitar sus grandes misericordias.

Sirvan, pues, estas devotas consideraciones para animarnos a secundar los piadosos servicios para con nuestro Soberano, sobrepujar todos los obstáculos y esforzarnos para consolarle en sus hijas y esposas predilectas.

¿Qué mediador más poderoso, qué intercesor más eficaz? Nosotros, que tan necesitados andarnos, que nos vemos obligados a postrarnos innumerables veces a los pies del Altísimo para implorar de Él las muchas gracias que necesitamos, ¿no nos mostraremos condescendientes con Él en todo cuanto nos pida?

¡Oh!, proporcionemos, pues, a Dios esta alegría, pongamos en sus manos el precio del perdón de aquellas almas, y Él, que es espléndido pagador, no echará ciertamente en olvido la satisfacción que le habremos procurado, y a su tiempo nos la devolverá recíprocamente ciendoblada y de modo que no tenga fin.

EJEMPLO

Don Bernardino Mendoza y Santa Teresa

El día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, queriendo don Bernardino Mendoza hacer un acto de generosa piedad hacia el Purgatorio, hizo solemne donación a Santa Teresa de una casa con su huerto correspondiente, situada en Valladolid, para que allí la Santa fundase lo más presto posible un monasterio en honor de la Bienaventurada Virgen María. Pero, ocupada la Santa en las fundaciones de otras casas religiosas, andaba dilatando la fundación de ésta.

Entretanto muere el caballero, acometido de una repentina afección mortal, que en pocos instantes se lo llevó de entre los vivos.

Sintió sobremanera esta muerte Santa Teresa, y no cesaba de recomendar con fervientes oraciones al Altísimo el alma del difunto caballero, y el Señor se dignó revelarle que se había librado del infierno, pero se hallaba en el Purgatorio, de donde no saldría hasta que en el nuevo monasterio no se celebrase la primera Misa. Por eso la Santa desplegó una gran solicitud con el fin de poder ir cuanto antes a Valladolid y poner manos a la obra.

Pero retenida en Ávila por asuntos de suma importancia, un día se le volvió a aparecer el Señor excitándola para que, dejado todo otro negocio, pusiera en práctica la pía intención del caballero, para que cuanto antes se viera libre de las atroces llamas del Purgatorio.

Movida por tan grande estímulo, Santa Teresa envió en seguida a aquella ciudad al Padre Julián de Ávila para que dispusiera las cosas de la nueva fundación. Se adelantó ella misma para activar el trabajo; pero como lo grandioso de la empresa requiriera largo tiempo para su cumplimiento, hizo instalar provisionalmente una capilla para comodidad de las Hermanas que había llevado consigo.

Mucho sentía no poder terminar cuanto antes la espaciosa iglesia que había de tener el monasterio, temiendo que, hasta que no estuviera terminada, el alma de Mendoza no saldría de aquellas penas; pero ¿cuál no fue su consuelo a la celebración de la primera Misa en la capilla provisional, cuando arrebatada en éxtasis vio que el alma de aquel caballero volaba desde el Purgatorio al Cielo?

Se alegró de la felicidad de él, dio gracias al Señor por la solicitud con que le había librado de aquellas penas, y se hizo tanto más devota de las almas del Purgatorio cuanto más empeñado vio a Dios mismo en favor de ellas.

Imitemos a Santa Teresa, imitemos a Dios, y procuremos como aquel Serafín de amor corresponder cuanto nos sea posible a los designios de la divina bondad, cuyo máximo deseo es ver felices lo más presto posible a las almas del Purgatorio.