PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXIV

Excelencia de la devoción a las almas del Purgatorio

Si hay alguna devoción que no tenga necesidad de ser recomendada, puesto que por sí misma se recomienda al corazón de los fieles, es ciertamente la devoción que atañe a las almas del Purgatorio. Sin temor de exagerar podemos decir que es verdaderamente una de las más dulces y conmovedoras entre las muchas que se practican en la Iglesia del Dios de amor.

Es como un rayo de luz que esclarece las tinieblas del mundo invisible y hace descender sobre nuestras almas, junto con la esperanza, las más preciosas consolaciones de la vida.

Digo más: es una devoción esencialmente católica, tanto, que la Iglesia, que nada toma tan a pechos como el bien de sus hijos, la conserva, como siempre la ha tenido, como uno de los signos distintivos para conocer quién forma o no forma parte de su sociedad.

A la manera, en efecto, que no puede ser católico quien repudia el culto a la Santísima Virgen, niega los Sacramentos, y especialmente el de la Eucaristía, no admite la autoridad del Vicario de Jesucristo; así también debe ser considerado hereje, jansenista, protestante, en una palabra, fuera de la sociedad del Salvador, el que rechaza el dogma del Purgatorio.

Si queremos, por lo tanto, ser hijos obedientes de esta Iglesia, ¿qué mejor podemos hacer sino escuchar su voz, cuando, tomando como prestadas las palabras de la Sagrada Escritura, nos repite «que es pensamiento santo y saludable el orar por los pobres difuntos a fin de que se vean libres de sus pecados», y calurosamente nos recomienda que extendamos nuestra generosidad hasta a los muertos?

Ya sería esto motivo más que suficiente para inducirnos a adoptar esta forma tan preciosa y deliciosa de piedad; pero como nos parecería que no perorábamos lo bastante la causa de aquellas pobres almas si nos limitásemos sólo a éste, habiendo otros nobilísimos y santísimos, así expondremos también otros no menos importantes, comenzando por ahora a hablar de la sublimidad y excelencia de esta devoción.

I

Habiéndome propuesto tratar de la excelencia y sublimidad de la devoción a las almas purgantes, ¿de qué manera podré yo proceder que sea más acertada, para el mejor éxito de mi propósito, que refiriéndome a cuanto sobre ella han dicho los Santos y los Doctores de la Iglesia?

San Agustín, uno de los más sublimes genios de la humanidad, quien mejor que ningún otro ha penetrado los misterios, habla de esta manera tan elocuente a este propósito: «Hay muy pocos ejercicios de orden tan elevado, bien pocas obras tan conformes con la piedad cristiana, como el ofrecer sacrificios y oraciones a Dios, socorros y limosnas a los menesterosos, en favor de nuestros hermanos que gimen en el Purgatorio.»

San Epifanio, testimonio autorizado de la Iglesia de Oriente, no duda en admitir el culto a los difuntos, como la obra más sólida, más ventajosa y más digna de nuestro respeto y admiración.

El dulce San Francisco de Sales, para manifestar la excelencia de esta devoción, tenía la costumbre de decir que las catorce obras de misericordia a que Nuestro Señor ha prometido un premio eterno en el día del juicio están incluidas en esta devoción.

No de otro modo pensaba San Alfonso María de Ligorio, el cual no dudaba en afirmar «que se puede estar seguro de la propia salvación eterna y poseer la más plena confianza, cuando se posee la devoción las almas del Purgatorio, tan afligidas y tan amadas de Dios. Cuanto mayor fuere nuestra devoción hacia estas pobres almas, más nos aseguraremos aquel negocio que por encima de todo otro negocio debemos procurar: el gran negocio de una buena muerte. Merced a esta santa devoción nos será además fácil, si lo queremos, el progresar cada día más en la gracia».

¿Podían estos Santos expresarse más claramente para ponderarnos la sublimidad de la devoción por las almas del Purgatorio? No menos claramente se han expresado otros personajes, los cuales, sin estar honrados con el título de santos, gozan, no obstante, de elevada reputación en la Iglesia.

He ahí al Padre Binet, de la Compañía de Jesús, el cual exclama: «Por mi parte creo que, de todas las obras de misericordia y de caridad fraterna, la más sublime, la más digna de un corazón noble y compasivo, es el proporcionar socorro a las almas del Purgatorio.»

Y a su vez el célebre Padre Faber, en su libro de oro Todo por Jesús, no dudó en llamarla un centro sobrenatural hacia el cual convergen todas las demás devociones del mundo, y en el cual se hallan reunidas y condensadas de la manera más práctica todas las grandezas, todas las bellezas de nuestra santa religión.

«¿Quién no ve, dice Augusto Nicolás, uno de los más célebres apologistas modernos, el alcance moral de semejante dogma, la confianza que inspira, los motivos que el mismo ofrece para practicar la virtud? Con este medio Dios nos permite, más aún, nos ordena entrar en la comunión de méritos con todos los que nos han precedido ante Él, y unir, en cierto modo, nuestras oraciones con las suyas, nuestras manos con sus manos, para acercarnos todos juntos a su seno paterno.»

Mas ¿qué necesidad hay de recurrir a testimonios humanos, cuando la sublimidad de la devoción a las almas del Purgatorio en cierta manera nos fue manifestada por el mismo Jesucristo, que quiso darnos Él primeramente ejemplo? Leemos, en efecto, en el Símbolo de los Apóstoles, que inmediatamente después de su muerte descendió a los infiernos, esto es, al Limbo o Purgatorio, como explican los intérpretes.

Y descendió allí para consolar a aquellas almas que tan ardientemente habían suspirado por su venida, y para hacerles saber su próxima liberación, como efectivamente al poco tiempo ocurrió con su entrada en los Cielos. «Los que habían sido retenidos prisioneros, canta expresamente la Iglesia, le forman brillante cortejo y van a reinar con Él; ya ostentan la palma del triunfo y están revestidos de inmortalidad.»

¿Y qué otra cosa hizo en esta circunstancia el divino Redentor sino continuar el ejercicio de aquella inmensa y ardiente caridad, en que se había consumido durante toda su vida amando a los infelices, consolando a los afligidos, curando a los enfermos, resucitando a los muertos; y al mismo tiempo acordarnos el precepto de practicar, a ejemplo suyo, cuanto Él había hecho en provecho del prójimo necesitado, haciéndonos comprender que sin esta caridad, que debe abarcar todas las miserias que pueden ser aliviadas, es imposible agradar a Dios? Pues bien, ¿en dónde se encuentran tantas miserias como en el Purgatorio? ¿Y podremos nosotros, siendo discípulos de Jesús, dejar de tener, caridad con las almas que allí se encuentran padeciendo?

II

Sublime, por, el ejemplo que de ella nos ha dado el divino Maestro, la devoción a las almas del Purgatorio, no lo es menos por los actos sublimes de caridad que nos hace practicar.

¿No es, por ventura, verdad que cuanto más escrupulosamente siguiéremos el orden que exige esta virtud, y cuanto más elevado fuere el fin que nos propongamos al practicarla, tanto más nobles y sublimes serán también los actos que de ella se derivarán? ¿Y no requiere este orden que, antes que a las miserias corporales, procuremos subvenir a las miserias del alma? Gran caridad es dar de comer al hambriento que desfallece, vestir al desnudo que tirita de frío, visitar al enfermo que sufre en el lecho, visitar y esforzar al prisionero que gime entre cadenas; pero el objeto de tal caridad es el cuerpo, mientras que el de los piadosos sufragios es el alma; y cuanto el alma excede al cuerpo en valor, tanto más excelente es la caridad que se ejerce con los difuntos que con los que están todavía sobre la tierra.

No quiere esto decir que los actos de la una excluyan los de la otra, sino que el fin del cristiano debe ser unirlas ambas, y con una mano socorrer al pobre y con la otra ayudar a las almas que se hallan en el Purgatorio; y con la doble caridad se ayuda más copiosamente a entrambas y nos asemejamos más a Jesucristo.

¿No exige, además, la caridad que principalmente se provea al que se halla sumido en mayor necesidad, a quien menos puede valerse por sí mismo, a quien nos está unido con mayores vínculos de amistad, y más todavía si dichos vínculos se fundan en la amistad de Dios firme y constante? Ahora bien, ¿qué miserias o necesidades de la tierra pueden compararse con la más ligera pena del Purgatorio? ¿Qué almas son más incapaces de ayudarse a sí mismas que las recluidas en la cárcel del Purgatorio, puesto que allí nada pueden hacer que sea meritorio para sí mismas? ¿Y en dónde más que allí nos hallaremos relacionados, si cuanto hay en la sociedad, en la Iglesia, en el orden de la naturaleza y de la gracia, nos liga con aquellas almas con redoblados vínculos? Y ¿quién, finalmente, en el carácter de la santidad y de la amistad con Dios las puede sobrepujar, si están ya confirmadas en gracia y en los dones del Señor? Pero aun hay más: el acto de la caridad fraterna es tanto más santo y sublime cuanto procura al desgraciado un estado de santidad.

Pues bien, los que, compadecidos al considerar las aflicciones de las almas del Purgatorio, se esfuerzan en apresurarles el tan suspirado ingreso en el Cielo, ¿qué es lo que hacen? ¿No procuran acaso a las desoladas prisioneras del Purgatorio un estado de santidad para que, juntas en el Cielo, confirmadas en gracia, canten al Santo de los Santos el eterno cántico? Poblar el Cielo de almas perfectísimas, resplandecientes de santidad y atentas sólo a glorificar al Señor, ¿no es, por ventura, una manera de comunicar al que es mísero el Bien sumo entre todos los bienes, y, por lo tanto, ejercitar un acto más sublime que cuanto se pueda imaginar? ¡Oh, sí! Quien ofrece sufragios por las almas del Purgatorio realiza una obra de caridad, más aún, de exquisitísima caridad, incomparablemente más meritoria que el elevar una soberbia metrópoli, o poner en fuga a un formidable ejército, o conquistar una multitud de imperios.

Finalmente, la sublimidad de esta devoción se nos pone más de manifiesto todavía, por poco que la consideremos en su naturaleza y en el modo como se ejercita.

¿No vemos cómo en ella no hay nada humano, nada de egoísmo, sino que todo es generoso, todo sobrenatural, no siendo nosotros movidos a obrar sino bajo el impulso de la enseñanza revelada? En efecto, si no es mediante un milagro, las almas del Purgatorio no tienen nunca la facultad de hacernos conocer sus necesidades, sino que la fe solamente nos conduce a ellas; por donde nuestra compasión para con ellas es tanto más santa y meritoria, cuanto su origen y sus efectos participan menos del orden natural.

De muy otra naturaleza es, por el contrario, la compasión que excita en nosotros, por ejemplo, la vista de un desgraciado, cubierto de llagas sangrientas; la súplica dolorosa de un infeliz, cuyos lastimeros acentos desgarran el corazón.

No podemos negar que en estas circunstancias nuestro corazón se siente súbita e íntimamente conmovido; pero precisamente porque este sentimiento tiene su origen en nuestra naturaleza, es menos elevado y menos acepto a Dios, y en realidad menos meritorio.

«Cuando nos inclinamos a aliviar las necesidades de otros, dice un pío autor, somos movidos por un espíritu naturalmente sensible y piadoso. La vista de una miseria presente hiere demasiado los sentidos, y se apodera de nuestro corazón de manera que casi no somos libres de rehusar el socorro, involuntariamente nos brotan las lágrimas de los ojos, espontáneamente se mueve la mano para ayudar, y si un corazón es bien nacido, tanto más se deja impresionar por sensible compasión y ternura. Pero si nuestra beneficencia la dirigimos al Purgatorio, no hay entonces objeto material que nos haya sometido a la acción de los sentidos, nuestro espíritu está exento de toda terrena conmoción, nuestra caridad es totalmente espiritual.»

Además, ¿no es también cierto que los motivos humanos disminuyen el valor de las obras que se practican a la faz del mundo? ¡Cuántas veces practicamos actos de caridad para evitar la nota de avaricia y de crueldad! Otras veces, para complacernos más de lo justo en los elogios que a las buenas obras se tributan. La espontaneidad está casi del todo ausente de ellas, y la pureza de intención, o falta totalmente, o está notablemente disminuida.

Muy al contrario acaece en la devoción a las almas del Purgatorio, en la que todos nuestros actos se realizan, sin mediación ninguna terrena, entre ellas y nosotros. Las miradas profanas ignoran nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras acciones, y nosotros obramos puramente por Dios en el secreto de nuestras conciencias; y Dios, que lee en la intimidad de nuestras almas, sabrá muy bien recompensarnos.

Por todas estas razones, ¿qué de maravillar es que los Santos prefiriesen, en cierto modo, la devoción a las almas del Purgatorio a todas las demás devociones, y así la aconsejaran a los fieles?

«La oración por los difuntos, exclama el Doctor Angélico, es más acepta a Dios que la hecha por los vivos. Y la razón de ello es porque los difuntos tienen mayor necesidad de socorro, no pudiendo valerse, por sí mismos, como lo pueden hacer los vivos.»

Y convencidos de semejante verdad, siempre consideraron deber suyo el socorrerlas con sus oraciones, sus limosnas y con las indulgencias que les aplicaban, y, sobre todo, ofreciendo por ellas el Santo Sacrificio de la Misa.

Una vez, un célebre misionero del siglo pasado, hablando con sus hermanos en religión, dirigióles a quemarropa esta pregunta: »Decidme, ¿es verdad que trabajáis para el Cielo?» «Sin duda», le respondieron a coro. «Muy bien, ¡pues yo no!» «¿Y cómo así?», replicaron ellos, estupefactos. «Es que yo trabajo para el Purgatorio, y por este medio estoy seguro de llegar al Cielo. Mis oraciones, mis sufrimientos, mis penas todas, todo lo ofrezco a favor de aquellas pobres almas.»

***

¡Oh! ¿Por qué no imitaremos también nosotros el ejemplo de este religioso? ¿Por qué no merecerá una devoción tan sublime y al mismo tiempo tan fácil todas nuestras preferencias? En efecto, para practicarla no es preciso abandonar la patria, ni cruzar el mar, ni marcharse a regiones inhospitalarias, ni exponerse a grandes sacrificios y tormentos, como hicieron los Santos, únicamente guiados por el deseo de apagar la sed que Dios tiene de almas. Y, no obstante, no siempre consiguieron el fin propuesto, ni vieron siempre coronadas sus fatigas por un resultado satisfactorio. ¡Cuántas veces, en efecto, ciertas almas, que parecían ya del todo convertidas y como si caminasen por el sendero de la santidad, ¡ay de mí!, volvieron atrás y recayeron en sus antiguas culpas!

Pero no ocurre lo mismo en esta obra tan sublime de atender al rescate de las almas del Purgatorio. Todo cuanto hagamos con tal fin, todo llegará a buen término, y nada se perderá; y lo que más importa, nuestra caridad, inspiradora de tan gran devoción, será recompensada un día con suma largueza, porque las almas, por nuestro medio beneficiadas, nos demostrarán su reconocimiento con sus oraciones, especialmente cuando nuestras almas se hallen temerosas, habiendo de comparecer ante el divino Juez, en el juicio particular.

Entonces defenderán con ardor nuestra causa, y aplacarán en nuestro favor a la divina Justicia, y nos facilitarán la consecución de los santos y eternos bienes, en donde la caridad ya no puede languidecer, sino que es pura, inextinguible y eterna.

EJEMPLO

Una santa contienda

Gran discusión se suscitó un día entre dos frailes dominicos, Bertrán y Benito, sobre qué fuese más perfecto y obra de más excelente caridad, a saber: el invertir todas las obras en sufragio de las almas del Purgatorio o en la conversión de los pecadores.

Sostenía Bertrán la parte de los pecadores, diciendo que el Verbo divino vino expresamente a la tierra para redimirlos; que están en continuo peligro de perderse eternamente, y que, por tanto, el cooperar a su salvación es cooperar a la obra de la redención divina; mientras que las almas del Purgatorio hállense ya en estado de seguridad, y si sufren tormentos, éstos son temporales, y en breve irán a gozar de la gloria eterna del Paraíso.

De otra parte, a favor de las almas purgantes, respondía Benito, que después de su muerte el Redentor descendió a la cárcel del Purgatorio para librarlas de las cadenas que las aprisionaban, y que, si los pecadores se hallan ligados por sus culpas, sus ataduras son voluntarias, y, con la gracia de Dios, pueden romperlas cuando quieran, mientras que las almas del Purgatorio son retenidas en medio de atrocísimos tormentos, sin poder en manera alguna valerse por sí mismas. ¿Quién necesita más ser socorrido, un enfermo que no puede valerse de sus miembros, o un mendigo sano y robusto, el cual por su haraganería yace en la más repugnante miseria? No cabe duda que el primero. Pues igualmente las almas del Purgatorio, en su desolación, merecen que se las socorra con preferencia a los pecadores, si bien obra más perfecta sería extender su caridad a los unos y a los otros.

Pero Bertrán no cedía al peso de tan convincentes razones, por lo cual permitió el Señor que un alma del Purgatorio se le apareciese una noche llevando un grandísimo peso, que cargó con sumo esfuerzo sobre el religioso para que por experiencia reconociese aquella verdad que razonando negaba. Después de lo cual se consagró con todo fervor a socorrer a las almas del Purgatorio con toda suerte de sufragios, y llegó a ser tan devoto del Purgatorio cuanto al principio parecía contrario.

No siempre Dios permite lo mismo, pero el hecho de Bertrán sírvanos de instrucción útil y nos enfervorice en la devoción y alivio de aquellas infelices prisioneras.