PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las Almas del Purgatorio

BREVE EXPOSICIÓN LITÚRGICA DE LA MISA DE DIFUNTOS

¡Oh, cuán expresivas son las oraciones litúrgicas que la Iglesia hace rezar a sus ministros en la Misa de Difuntos!

Pero, desgraciadamente, no son seguidas por los fieles, como convendría, sea porque no las entienden, sea porque no se pone atención en ello.

Siendo esto así, no será fuera de propósito que hagamos aquí una breve exposición de ellas, a fin de que los fieles, conociendo toda su belleza y eficacia, las aprecien en su justo valor, y de este modo puedan seguir la Santa Misa en unión del sacerdote celebrante para sufragar por las pobres almas, en cuyo beneficio se celebra dicho Santo Sacrificio.

Los que tengan la posibilidad de hacerlo, no dejen de escuchar la Misa de Difuntos en Gregoriano. Para ello hemos publicado el Proprio de la Misa de Difuntos cantada por el Coro de Monjes Benedictinos del Monasterio Santo Domingo de Silos.

Y lo primero que tenemos interés en observar es que la Misa por los difuntos no comienza como las que son propias de las solemnidades del Redentor y de tos Santos, con uno de aquellos transportes de alegría que la vista anticipada de la Encarnación, por ejemplo, suscitaba en los Profetas, sino que comienza con un grito de lamentación que implora la luz y la paz para los difuntos.

Da, oh Señor, a las almas de tos difuntos el descanso eterno, y tu luz perpetua resplandezca para ellos. A Ti son debidos, oh Señor, los himnos en Sión; y a Ti serán presentados los votos en Jerusalén. Oye, oh Señor, mi oración, y a Ti vendrán todos los mortales.

Descanso eterno, luz perpetua, he ahí lo que la Iglesia implora de Dios para sus fíeles. Equivale esto a pedir la posesión del mismo Dios; pues sabemos que en muchos textos Jesucristo es llamado luz, y en muchas inscripciones antiguas, griegas y latinas, grabadas en las lápidas de algunos sepulcros cristianos, se le llama luz de los muertos.

Por donde se ve que un abismo inmenso separa la religión cristiana del paganismo, el cual no ve al otro lado del sepulcro más que tinieblas, como lo dicen muchos epitafios romanos así concebidos: «Aquí yazgo en las tinieblas”; “Aquí yace ella en las tinieblas.»

En las oraciones que siguen, la Iglesia expone a Dios las necesidades de aquellos que gimen en el Purgatorio, y le conjura, por los méritos de Jesucristo, que los haga entrar pronto en el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz, en la compañía de los Santos que ya le alaban y le bendicen.

¡Y qué conmovedoras son estas preces!

¡Oh Dios, de quien es propio usar siempre de clemencia y perdonar!, suplicantes te rogamos por el alma de tu siervo — o de tu sierva N, la cual por orden tuya ha salido de este mundo, a fin de que no la dejes caer en las manos de su enemigo, y no la olvides al fin de los tiempos, sino ordena a tus ángeles la reciban y la lleven a la patria del Paraíso: y así como ella siempre ha creído y esperado en Ti, así no permitas sucumba en las penas del infierno, sino que posea los gozos eternos.

El gran Apóstol, dirigiéndose en su Epístola a los que se hallan contristados por la muerte de alguno de sus seres queridos, los consuela diciéndoles que sus amados parientes o amigos no están muertos, sino sólo adormecidos. Por eso dice:

No queremos, hermanos, que estéis en ignorancia acerca de los que duermen, para que no os contristéis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios llevará con Jesús a los que durmieron en Él. Pues esto os decimos con palabras del Señor: que nosotros, los vivientes que quedemos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, dada la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después, nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes hacia el aire al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Después de esto la Iglesia implora nuevamente luz y descansa eterno, asegurando que el justo será conservado en la memoria eterna, y no temerá oír palabras siniestras; y termina con las palabras del Tracto:

Absuelve, oh Señor, a las almas de todos los fieles difuntos de vínculo de pecado. Y con la ayuda de tu gracia merezcan librarse del Juez vengativo y disfrutar de la bienaventuranza en el día eterno.

La Secuencia que sigue después siembra en el alma la tristeza y el espanto. El Dies iræ es la plegaria que el viviente hace por sí mismo en presencia de la muerte; se traslada con el pensamiento al lugar en que su alma ha de comparecer ante el tribunal de Dios. Suena la trompeta, el mundo es reducido a polvo, los muertos se levantan, el Juez está sentado, con el libro abierto delante, en el que están escritas las obras buenas y malas de cada uno para ser juzgados por ellas. Todo se estremece: Mors stupebit et natura.

Y el culpable, en el momento de ser juzgado, escudriña sus acciones que están para ser reveladas a la faz del universo, se juzga a sí mismo, se condena, implora indulgencia de Aquel que perdonó a la pecadora penitente y al ladrón arrepentido.

Y el Quid sum miser, grito de angustia entrecortado por los sollozos, ¿no describe maravillosamente el ansia, el terror, la angustia del alma culpable durante este breve e inexorable examen de conciencia que, de una ojeada, claramente le revela todas sus culpas? ¿Qué dirá la desdichada? ¿A qué protector invocará?… Las estrofas que siguen respiran piedad, confianza, amor y abandono filial en Dios: Recordare, lesu pie.

Y he aquí que, de repente, desaparece el frío terror que se cernía sobre nosotros, y se sucede a su vez una luz suave y consoladora. Poco ha sentíase como la impresión de un viento huracanado que se desencadenaba por entre los sepulcros, y el escéptico, a quien un deber fúnebre había llevado por primera vez al templo, se había estremecido. Ahora, por el contrario, no se oyen más que suspiros que lentamente se elevan al Cielo, y la voz del pecador que, contrito su corazón por el arrepentimiento, se dirige suplicante al Señor y le dice: ¡Oh Jesús! Tú amaste tanto a mi alma, que quisiste morir por ella, rescatándola del pecado y del demonio en lo alto de la cruz, no permitas, pues, que la grande obra del Calvario quede malograda en mí. Perdóname, oh buen Jesús, en aquel día tremendo en que resucitaremos para ser por Ti juzgados; danos el descanso y la paz. Dona eis requiem. Amen.

Encierra tanta belleza esta secuencia que no podemos por menos que ponerla aquí íntegra, trasladada al castellano:

Día de ira será aquél, el cual convertirá en llamas el universo, como lo atestaron el profeta David y la Sibila.

¡Qué terror tan grande se sucederá, cuando el Juez venga a examinar todas las cosas con el mayor rigor y severidad!

La trompeta, esparciendo su sonido maravilloso por todos los sepulcros de la tierra, congregará a todas las criaturas ante su trono.

La muerte y la naturaleza quedarán estupefactas cuando resucite la criatura humana para responder a su Juez.

Será puesto delante el libro escrito, en donde consta todo aquello de que ha de ser juzgado el mundo.

Apenas se habrá sentado el Juez, todo lo que estaba oculto se pondrá de manifiesto y nada quedará sin castigo.

¿Qué diré yo entonces, mísero de mí? ¿a qué abogado acudiré para que me defienda, cuando el justo apenas se verá seguro?

¡Oh Rey de tremenda majestad, Tú que concedes la salvación por tu misericordia, sálvame a mí también, oh fuente de piedad!

¡Acuérdate, bondadoso Jesús, de que por mí hiciste tantos caminos, y no me condenes aquel día!

Buscándome a mí te sentaste fatigado; me redimiste padeciendo el tormento de la cruz; ¡que tantas fatigas no sean inútiles para mí!

Justo Juez de las venganzas, concédeme la gracia del perdón, antes que llegue el día de la cuenta.

Yo gimo reconociéndome reo; la culpa me hace salir los colores a la cara. Oh Dios mío, perdóname, te lo suplico.

Tú que absolviste a María Magdalena, y escuchaste benigno la súplica del buen ladrón, a mí también me has inspirado esperanza.

Mis súplicas no son dignas de ser oídas, pero Tú, oh bondadoso Señor, haz que por tu benignidad yo no arda en el fuego eterno.

Resérvame un lugar entre las ovejas de tu rebaño, sepárame de los machos cabríos y colócame a tu mano derecha.

Confundidos y malditos los réprobos, arrojados en las atormentadoras llamas, llámame para que forme parte de tus elegidos.

Humildemente inclinado, te ruego, con el corazón contrito y como reducido a cenizas, tengas en cuenta mi salvación final.

¡Oh, día lagrimoso aquel en que resurgirá de la ceniza el hombre para ser juzgado como reo! ¡Perdónale, pues, oh Dios! ¡Oh bondadoso Jesús, Señor, da a todos el eterno descanso! Así sea.

Henos ya llegados al Evangelio. Ciertamente la Iglesia no podía haber elegido un texto que mejor se adaptase a las fúnebres circunstancias, como es el que se dice en la Misa por un difunto. Es la conmovedora y expresiva relación del diálogo que se entabló entre Jesús y Marta, tomado del Evangelio de San Juan:

En aquel tiempo Marta dijo, pues, a Jesús: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero sé que lo que pidieres a Dios, te lo concederá.” Le dijo Jesús: “Tu hermano resucitará.” Marta repuso: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día.” Le replicó Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, revivirá. Y todo viviente y creyente en Mí, no morirá jamás. ¿Lo crees tú?” Ella le respondió: “Si, Señor. Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.”

Pues ¿qué diremos del Ofertorio? Magnífica plegaria que no puede por menos que enternecer el Corazón de Dios:

¡Oh Señor Jesucristo, Rey de la gloria!, libra a las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y de aquel profundo lago de fuego: líbralas de las fauces del infierno, haz que no las absorba aquel inmenso abismo, haz que no padezcan la atroz obscuridad de aquel fuego, sino que el Capitán de las milicias celestiales. San Miguel, las presente en aquella luz santa, que un día prometiste a Abraham y a su descendencia. Señor, nosotros te ofrecemos sacrificios y oraciones de alabanza: dígnate recibirlas por aquellas almas cuya conmemoración hoy celebramos; haz, Señor, que pasen de la muerte a aquella vida que un día prometiste a Abraham y a su descendencia.

Sigue la Secreta, sublime y piadoso llamamiento a la Majestad divina a favor del alma por la cual se inmola la Hostia de paz:

Te suplicamos, Señor, mires propicio esta Hostia, que por las almas de tus siervos y siervas te ofrecemos; y pues les diste el mérito de la fe cristiana, dales también el premio.

Sigue después majestuoso el Prefacio, al que con toda razón podemos llamar magnífico himno de la inmortalidad del alma.

No es posible oír este canto sin experimentar profundísima conmoción.

Es muy digno y justo, equitativo y saludable, que nosotros siempre y en todo lugar te demos gracias, Señor Santo, Padre Todopoderoso, Dios Eterno, por Cristo Nuestro Señor. En el cual brilló para nosotros la esperanza de la Resurrección dichosa; para que, a quienes contrista la cierta condición de que han de morir, los consuele la promesa de la futura inmortalidad. Pues para tus fieles, Señor, la vida se muda, no se nos arrebata, y deshecha la casa de esta terrena morada, se adquiere la eterna habitación en los cielos. Por eso con los Ángeles y con los Arcángeles, con los Tronos y con las Dominaciones, y con toda la milicia del celeste ejército, nosotros también cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos; llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Hosanna en lo más alto de los cielos; bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en lo más alto de los cielos.

Continúa el Santo Sacrificio, y llegamos al Pater noster, la más hermosa de todas las oraciones enseñadas por el mismo Jesucristo. En esta oración se encuentran precisamente aquellas palabras que desde hace tantos siglos son conservadas y repetidas como la expresión más perfecta de la resignación cristiana en presencia de la muerte: ¡Señor, hágase vuestra voluntad!

Después de triple invocación al Cordero Inmaculado, venido al mundo para borrar los pecados del hombre, a fin de que conceda descanso eterno a los fieles difuntos, viene la Comunión, seguida de esta plegaria:

Resplandezca, Señor, en las almas de los difuntos la luz eterna junto con tus Santos eternamente por tu misericordia.

Luego sigue esta otra:

¡Ea! Haz, por piedad, omnipotente Dios, que el alma de tu siervo —o de tu sierva— N, que ya abandonó este mundo, limpia por la virtud de este Sacrificio y libre de los pecados, pueda alcanzar indulgencia y juntamente el eterno descanso. Amén.

El santo Sacrificio termina con el Requiescant in pace, exclamación que todo el mundo conoce, que resuena en todas las almas, como la voz misma del dolor.

¿Qué otra combinación del arte podrá jamás igualar la potencia de esta nota sagrada cuando se la ha oído una vez junto a un féretro, como el último adiós del corazón a los restos mortales de una persona amada que la muerte nos ha arrebatado?

Si, por ventura, la Misa fuese cantada, entonces tendría lugar la ceremonia de la Absolución del féretro, no menos conmovedora que la misma lúgubre función.

Es la voz de la Iglesia que se eleva permanentemente a Dios implorando piedad y misericordia por el alma del finado:

¡Oh Señor, no. entres en juicio con tu siervo, porque en tu presencia ningún hombre será tenido por justo si no le fuere concedida por Ti la remisión de todos sus pecados! La sentencia de tu juicio no confunda, te suplicamos, a aquel que te recomienda una oración hecha con sincera fe cristiana; sino que con la ayuda de tu gracia merezca evitar el juicio de venganza, habiendo estado en vida señalado con d signo de la Santísima Trinidad. Tú que vivéis y reinas por los siglos de los siglos.

Henos aquí llegados ya a un punto en que toma parte la voz del difunto: es una exclamación de espanto y de angustia que no puede oírse sin sentirse enteramente despavorido:

Líbrame, oh Señor, de la muerte eterna, en aquel tremendo día: cuando los cielos y la tierra serán conmovidos, cuando vengas a juzgar al inundo con el fuego. Estoy temblando y temeroso, esperando que llegue el día del examen y estalle la venganza. Día de cólera, de calamidad y de miseria, día memorable y lleno de amargura.

Termina luego la Iglesia su plegaria con este dulce llamamiento al Señor:

Dales el eterno descanso, oh Señor, y haz que la luz eterna resplandezca sobre ellos.

Y así finaliza la fúnebre ceremonia, a no ser que se halle presente el cadáver, pues entonces acaba con este canto solemne y consolador:

Condúzcante los Ángeles al Paraíso, y los Mártires te reciban a tu llegada y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén. Recíbate el coro de los Ángeles, para que goces del eterno reposo en compañía de Lázaro, el antiguo pobre.

Otras veces el lúgubre rito termina con el rezo o canto del De profundis, el patético Salmo, así conocido por los fieles y enriquecido por la Iglesia con muchas indulgencias:

Desde lo más profundo clamé a Ti, oh Señor. Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias. Si te pones a examinar. Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia? Mas en Ti se halla como de asiento la clemencia; y en vista de tu ley he confiado en Ti, oh Señor. En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma; en el Señor ha puesto su esperanza. Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor. Porque en el Señor está la misericordia; y en su mano tiene una redención abundantísima. Y Él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.

Dales, Señor, el descanso eterno. Y la luz perpetua resplandezca ante sus ojos.