Padre Juan Carlos Ceriani: CORAZÓN INMACULADO Y DOLOROSO DE MARÍA SANTÍSIMA

 

CORAZÓN INMACULADO Y DOLOROSO DE MARÍA SANTÍSIMA

Dentro del marco del plan que nos hemos trazado, celebramos hoy esta Fiesta tan hermosa del Corazón Inmaculado y Doloroso de María Santísima.

No hay duda, que el tema de esta devoción puede considerarse de dos maneras: su objeto material y su objeto formal.

El primero, el material, es el mismo Corazón físico, real, palpitante de la Santísima Virgen. Un corazón de carne, un corazón humano, un corazón en todo semejante al de los demás hombres.

Y el otro elemento, el formal, consiste en el Amor de la Virgen, la Caridad encerrada en ese purísimo Corazón, y simbolizada por Él.

Por tanto, siempre que hablemos, pensemos, meditemos o tengamos alguna devoción a este purísimo Corazón, entendamos que lo hacemos para honrar el Amor de la Virgen, encerrado en su Corazón, como en un vaso precioso. Su Amor es la joya, su Corazón es el cofre que lo encierra.

Y así, el objeto material remoto y primario del culto del Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen es la misma Persona de la Madre de Dios; pues el culto, aunque se tribute expresamente al purísimo Corazón de María, sin embargo, como a término total, alcanza a la Persona de la Santísima Virgen.

El objeto material próximo y secundario, es el Corazón simbólico de María, es decir, el Corazón de carne, en cuanto que es símbolo del amor y de toda su vida íntima, o sea de todas sus purísimas afecciones, principalmente del ardentísimo amor en que estuvo siempre abrasado hacia Dios y los hombres.

El objeto formal general es la singular excelencia sobrenatural que tiene la Persona de la Virgen bienaventurada, por la cual se le tributa culto de hiperdulía.

El objeto formal especial es la excelencia propia del Inmaculado Corazón de María, o la perfección de su vida íntima, y principalmente de su caridad ferventísima hacia Dios, hacia Cristo, Hijo suyo, y hacia los hombres, incluyendo aquí todo lo que por este amor sintió, obró y padeció por nosotros, y aun todo lo que al presente siente y obra.

Por todo esto, se concluye que el Corazón Inmaculado y Doloroso de la Santísima Virgen, en justicia, debe ser honrado especialmente.

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En cuanto al objeto material, pensemos que a tal joya corresponde tal cofre. ¿Cuál y cómo será el Corazón de la Santísima Virgen?

En sermones pasados ya hemos considerado y meditado la hermosura física de María…; ya hemos dicho que Dios la hizo, incluso en su cuerpo, la más hermosa de todas las criaturas, pues iba a ser la Madre del más hermoso de todos los hijos de los hombres. Pero aún debió formarla más hermosa en su Corazón. Imaginamos fácilmente esa belleza y hermosura como condensada en aquel Corazón Inmaculado.

Si todo el purísimo cuerpo de la Virgen es digno de devoción, mucho más aún, debe serlo su Corazón. Tanto más, cuanto que todo acto de culto que tributamos a este Corazón Inmaculado es un acto que redunda en toda la Persona de la Virgen Santísima.

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En cuanto al objeto formal…; esas virtudes; esa santidad; esa caridad, sobre todo, que brota y se asienta en ese Corazón nobilísimo…

Contemplemos a nuestra Madre, y no olvidemos que también es la Madre de Dios… ¿Qué corazón ha puesto en Ella? Si Él se lo dio, ¿cómo será?

Y ¿cómo ama este Corazón? Si tiene que amar a Dios y a los hombres con un amor sólo inferior al de Dios…, ¿cómo será el Corazón que encierra este amor?…

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Penetremos más en particular en los motivos que deben movernos a tener esta devoción al Purísimo Corazón de la Santísima Virgen. Y el principal radica en lo excelente que es en sí misma esta devoción preciosa.

En cuanto a su objeto material, ¡el Corazón mismo de la Virgen! Salta a la vista cuán digno es de Ella; es el instrumento del que se valió el Espíritu Santo principalmente para la obra de la Encarnación. De aquel Purísimo e Inmaculado Corazón, brotó la sangre preciosísima de la que se formó el Cuerpo sacrosanto y hasta el mismo Corazón Sacratísimo de Jesucristo. De allí tomó el Señor aquella Sangre que había de ofrecer en la cruz por la salvación de la humanidad.

Además, es ese Corazón el centro y el foco de la vida de la Santísima Virgen; todos sus latidos y pulsaciones, todos sus más mínimos movimientos, participaron de los méritos incalculables que, en cada instante de su vida, mereció María. Podemos recorrer los pasos principales de esta vida y contemplar a la vez al Corazón de la Virgen acusando todas sus impresiones.

Es claro que no podemos concebir ningún misterio de la vida de la Virgen, sin que a la vez veamos cómo repercutieron y cómo correspondieron en este Corazón nuevos latidos, nuevos movimientos.

Todo esto es más que suficiente para hacer amable y excelente esta devoción. Y, sin embargo, podemos elevarnos es este razonamiento y contemplar al Corazón de la Virgen como al órgano sensible de su amor, como al instrumento que recibía todas las impresiones de su cuerpo y de su alma para convertirlas en actos de caridad.

En definitiva, la excelencia del Corazón de la Santísima Virgen depende de su unión con el Corazón divino de Jesús. Por su dignidad de Madre de Dios, María había sido introducida a participar, en cuanto es dado a una pura criatura, del mismo Dios. Hubo un tiempo en el que realmente la vida de Dios era la vida de María; la vida de Dios hecho hombre dependía de la vida de María; el Corazón de Dios, latía y palpitaba a impulsos del Corazón de María; y por eso era tal la unión entre los dos Corazones, que vivían una vida común a ambos.

El Corazón de María siempre continuó con esta vida de unión con el Corazón de su Hijo. Aquel Corazón amaba y odiaba, lo mismo que el Corazón de Jesús; de suerte que era siempre el Corazón de María como un eco que respondía fielmente al Corazón de su Hijo.

Así es como este Corazón ama a Dios más que todas las demás criaturas juntas de la tierra y del Cielo. Así es como Dios se complace en este Corazón y en este amor, más que en todos los otros de Ángeles y de hombres.

El único Corazón que ama a Dios con un amor cual Él se merece es el Corazón sacratísimo de Jesús. Y después de Él, pero juntamente con Él y por Él, el purísimo Corazón de María.

Éste es el Corazón y el amor en el que Dios tiene, ciertamente, puestas sus complacencias.

De aquí parte toda la excelencia de este Purísimo Corazón de María.

Y de esta misma unión perfectísima entre estos dos Corazones brota la grandiosa y maravillosa santidad del Corazón de María.

La santidad consiste en la participación de Dios y el amor que transforma el alma en Dios para llegar a ser una verdadera imagen y copia de Dios.

Y ¿qué corazón podrá, en esto, compararse con el de María? ¿Cuál más cerca, más unido, participando más de la vida de Dios que el suyo? ¿Cuál más confundido y transformado en Dios? ¿Quién podrá decir con más verdad que es «imagen y semejanza de Dios» que este Corazón que es espejo purísimo, sin sombras ni manchas, que reproduce fielmente y retrata perfectísimamente la misma santidad de Dios?

Este Corazón es el tabernáculo de la divinidad, es su templo vivo, donde Dios ha bajado a habitar y a fijar su morada, y allí quiere permanecer para siempre. Todo en este Corazón es santo; no hay nada en Él, ni el movimiento más imperceptible, que no lo sea; pensamientos, deseos, amores, palabras, obras…, todo…, todo santo…

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Dijimos que el corazón es el símbolo y la sede del amor; ahora bien, por lo mismo, ha de serlo también del dolor.

El corazón que ama, es el que sufre; hasta el punto que la medida del amor más fiel y seguro, será siempre la intensidad de sus dolores y sufrimientos.

Entonces…, reflexionemos…, el Corazón de María Santísima había de ser un Corazón de Madre, pero de Madre Dolorosa; y por eso su Corazón aparece siempre traspasado con una cruel y penetrante espada…

¡Cuánto sufrió este Corazón dolorosísimo!

Antes de la Pasión, como conocía perfectamente todos los grandes padecimientos que los Profetas habían anunciado sobre su Hijo para salvar a los hombres, su Corazón se encontraba siempre inundado de dolor.

Si seguimos los misterios de la vida de Jesús, veremos cómo a cada uno de ellos corresponde un nuevo dolor en el Corazón de la Virgen Madre…

Y cuando llegó la Pasión es cuando aquel Corazón fue convertido en un océano inmenso de aguas amarguísimas; fue entonces la realización de la profecía de Simeón, por la que la espada del dolor penetró en él como en ningún otro corazón humano.

¿Qué sería el Corazón de la Virgen en la agonía de su Hijo? Y después, al escuchar sus palabras, al verle expirar, al contemplar con horror la escena de la lanzada…, en fin, cuando ya le tuvo en sus brazos y por última vez le apretó contra su Corazón y se retiró en la tristeza espantosa de aquella noche a llorar su soledad…

¿Qué inteligencia…, qué corazón será capaz de abarcar y comprender cuánto fue aquel sufrimiento del Corazón de la Virgen?

Detengámonos en la consideración de sus causas.

La primera de las razones que más contribuyeron a atormentar el Corazón de la Virgen, fue su amor ardiente a Dios, el deseo tan grande y eficaz que tenía de procurar su gloria y de que todos los corazones de los hombres se la diesen.

Por lo mismo, y en segundo lugar, viene el horror tan espantoso que le causa todo pecado, viendo en él un enemigo de Dios y de las almas, que, además del daño que a éstas produce, trata de producírselo también a Dios, atacando todas sus perfecciones.

No llegaremos nunca a comprender bien lo que todo esto atormentaría el Corazón de la Virgen, porque es muy distinto nuestro amor al suyo; y por eso, unas veces somos nosotros mismos los que pecamos y así ofendemos a la Majestad de Dios…; otras veces vemos los pecados de los demás con cierta indiferencia, sin lanzarnos a reparar y desagraviar.

No entendemos cuál sería el dolor y el sufrimiento del Corazón de la Virgen al ver entonces y después los corazones de los hombres posponiendo la misma gloria de Dios a sus caprichos y pasiones.

¿Cuál sería el amor y el dolor de la Virgen, que conoce mejor que nadie el valor de un alma, el amor que Dios le tiene?

Semejante a esta causa, o derivándose de ella, viene la tercera: ¡para cuántas almas iba a ser inútil la Redención! ¡Qué pocas iban a santificarse con la Sangre tan generosamente derramada por el Cordero Divino!

Y aquí tenemos indicadas también las razones de la gravedad extrema, de la acerbidad de los sufrimientos del Corazón de María. Sufría como Madre de Dios y Madre de los hombres, como Corredentora del mundo… Por eso su dolor no era un dolor humano; por eso no podemos nunca llegar a entender ni a imaginar la profundidad y extensión de este dolor.

Jesús, según el Profeta, debía ser el «Varón de dolores»… Pues, ¿cómo sería la Corredentora?… ¿No había de ser, necesariamente, la «Madre del dolor»?…

Ella no había de sufrir en su cuerpo tormentos físicos; pero, por eso mismo, todos los sufrimientos necesariamente habían de acumularse en su Corazón Doloroso.

Este Corazón, traspasado tan cruelmente por durísima espada, será siempre el modelo de las almas que sufren…; y, a la vez, el dulce consuelo y el divino bálsamo que las anime y aliente en sus dolores.

Aprendamos a mirar, en nuestros sufrimientos, a este dolorido Corazón… ¡Cuántas cosas podemos y debemos estudiar y aprender allí!…

Muchas veces veremos que hemos sido la causa de sus padecimientos… Debemos ver también la obligación que tenemos, con nuestros sufrimientos, de expiar nuestros pecados y los de los demás… María no pecó y, sin embargo, expió…

Aprendamos cómo hemos de sufrir… Y, si sabemos mirar bien a ese Corazón traspasado, esa mirada endulzará todas nuestras penas y sufrimientos, pues entonces comprenderemos lo dulcísimo que es el sufrir por Dios en compañía y a imitación del Corazón Doloroso de la Santísima Virgen.

Pidámosle, muy seria y fervorosamente, no que nos quite el sufrimiento, sino que nos enseñe a ennoblecer, a divinizar nuestras penas, comunicándonos los méritos de las suyas…

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Por último, consideremos el atributo más dulce de Dios: la misericordia. Es el que más arrastra nuestro corazón y le infunde aliento y confianza. Si fuera Dios únicamente un juez justísimo, que nos juzgara sólo con justicia, ¿quién no temblaría ante ese Señor? Pero, si, además y sobre todo, es un Padre amantísimo, dulcísimo, con entrañas llenas de compasión y misericordia, ¿quién no confiará?

Una de las mayores pruebas de que esto es verdad la tenemos en el Corazón misericordiosísimo de la Santísima Virgen; ese Corazón es un efecto de la bondad y del amor de Dios.

Uno de los aspectos bajo el cual más nos gusta ver y representar a los Sacratísimos Corazones de Jesús y de María, es la misericordia… ¡Tenemos tanta necesidad de ella!

Un Corazón compasivo, que siente como propias las necesidades y miserias ajenas; un Corazón misericordioso, que llora con los que lloran y sufre con los que sufren…, ¿a quién no encanta y seduce? Y, mucho más aún, si, además de sentir así las desgracias ajenas como si fueran propias, se esfuerza y trabaja por remediarlas.

Así es el Corazón de la Santísima Virgen, adornado de todos los caracteres de la más perfecta y sublime misericordia; el más compasivo de todos los corazones.

La misericordia de María, como su Corazón de donde brota, es de una Madre. Ésta es la razón suprema que explica esa bondad. Ya puede un hijo ser un desgraciado, ya puede estar plagado de miserias físicas y morales, ya puede ser el deshecho de todos…; aunque a los demás inspire más bien repulsión y repugnancia, el corazón de su madre sentirá palpitar sus entrañas con nuevo cariño, con nuevo y más encendido amor, cuando vea más y más desgracias y miserias en su hijo…

El corazón de una madre nunca desmaya, ni se cansa, siempre espera, siempre confía poder remediar la situación de su hijo.

Penetremos en el Corazón de la Virgen, más Madre que ninguna otra madre; con una bondad y misericordia, resumen de todo lo que Dios derramó sobre todas las demás madres de la tierra…

Por otra parte, no es ésta una compasión estéril, como tiene que ser muchas veces la de una madre que quiere, pero no sabe o no puede remediar a su hijo. María posee la omnipotencia del mismo Dios…; y toda ella la emplea generosamente para socorrer a sus hijos.

Y lo más maravilloso es que esta misericordia maternal de la Virgen no se terminó como termina naturalmente la de la madre de la tierra con su muerte…; ahora que está en el Cielo, su Corazón es el mismo. A pesar de la elevación de su trono tan cercano al de Dios, a pesar de que ya en el Cielo no hay lágrimas ni miserias ni sufrimientos de ninguna clase, Ella no se olvida de sus hijos miserables.

Si hay algún cambio en el Corazón de la Virgen, es para ser aún, desde el Cielo, más compasiva, más clemente y misericordiosa, y para aprovecharse mejor de su Corazón de Emperatriz en bien de sus desgraciados hijos de aquí abajo.

En el Cielo, su misericordia es activísima, trabajando sin cesar por las almas; inclinado unas veces a pedir e interceder por nosotros; derramando otras, con sus manos piadosas, torrentes de gracias sobre nuestras almas… Los más infelices, los más desgraciados, los más pecadores, son el objeto principal de su bondadosa intercesión.

Ella presencia, desde el Cielo, los ataques furibundos que el demonio hace a las almas; y les inspira aliento y les comunica la gracia para vencer; y singularmente en el ataque último, en la batalla final, la agonía; allí acude solícita con su misericordioso Corazón a sacar triunfante de esta vida las almas de sus devotos… Pensemos en el Escapulario de la Nuestra Señora del Carmen…

¡Cuántas veces los Ángeles del Cielo habrán sido los mensajeros de paz, de consuelo, de esperanza que la Virgen envía a los que en la lucha la invocan!

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Por todo esto y mucho más, debemos arrojarnos con una confianza ilimitada en su Corazón Maternal… Como dice el Introito de la Misa: Adeamus cum fiducia ad thronum gratiæ, ut misericordiam consaquamur et gratiam inveniamus in auxilio opportuno.

Decía San Jerónimo, hablando de la bondad de Dios: «No os digo estas cosas, para que pequéis más fácilmente»…

¡No!, de ninguna manera puede ser esa la conclusión que saquemos de esta meditación sobre el Corazón Inmaculado y Doloroso de María, y particularmente sobre su bondad y misericordia.

¡No puede ser que esto nos sirva para abusar de su caridad!, para lanzarnos con más seguridad a pecar, a dar rienda suelta a nuestras pasiones… ¡Esto sería algo monstruoso!

Pero tampoco consintamos que el demonio nos engañe con el desaliento, con la desconfianza, con el temor… Cualquiera que haya sido nuestra conducta pasada, por muy grande que haya sido el abuso de las gracias que Dios nos ha dado, por muchas que hayan sido las veces que hayamos recaído y faltado a nuestros propósitos…, no importa, vayamos a los pies de la Virgen…; pues ante su bondadosísimo Corazón no caben temores ni desconfianzas…

¡Precisamente para eso le dio Dios ese Corazón!

¡Que nada ni nadie nos arranque esta exquisita esperanza!

Y tengamos siempre presente que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.

¡Oh Clementísima!… ¡Oh Piadosísima!… ¡Oh Dulcísima Virgen María!