JOSE Mª MORCILLO: UNA CORONA PARA UN REY

Misterios de iniquidad

UNA CORONA PARA UN REY

Mi publicación (2)

“Tres preceptos se han ordenado al pueblo de Israel en el momento de su ingreso a la Tierra de Israel: primeramente coronar un rey, luego eliminar a la descendencia de Amalek y seguidamente construir el sagrado Templo.” Talmud de Babilonia (Tratado de Sanhedrín 20b).

En Mayo de 2017, el tonto útil del sionismo, ahijado del difunto mafioso asquenazí Sheldon Adelson y suegro del sectario jasídico Jared Kuschner, Donald Trump, se prestaba a visitar Jerusalén para reconocer esta ciudad como capital del reino mesiánico en el jubileo de su total conquista por el régimen sionista a resultas de la victoria en la guerra de los seis días.

Cuando Donald Trump tocaba el kotel (muro de las lamentaciones) todo estaba preparado para que el reloj marcase las 4:24 p.m. hora de Jerusalén, ya que los sionistas deseaban asociar ese instante a la expresión “Mesías, hijo de David”, cuyo valor numérico es 424.

Todo ello, no porque Donald Trump fuera el mesías, sino porque con aquel gesto los gentiles reconocían Jerusalén como capital del reino mesiánico, pretendiendo dar cumplimiento a lo profetizado por Isaías: “Los extranjeros edificarán tus muros, y sus reyes te servirán; porque en mi ira te castigué, pero a causa de mi bondad tengo piedad de ti. Tus puertas estarán siempre abiertas; no se cerrarán ni de día ni de noche; para introducir en ti las riquezas de los gentiles y conducir allí a sus reyes. Porque la nación y el reino que no te sirvan, perecerán, y los gentiles serán completamente exterminado”.

En septiembre de 2017 se iniciaba el año de 5778 según el calendario hebreo, fecha señalada por los cabalistas como la del inicio de la era mesiánica. Exactamente 3330 años habían transcurrido desde que en el 1312 AC Moisés recibiera la Torá en el monte Sinaí, es decir, exactamente 66,6 años jubilares.

La humanidad estaba preparada para la nueva era mesiánica, después de siglos de operaciones masónicas que habían socavado la fe y allanado el camino para la instauración de un gobierno mundial con sede espiritual y jurisdiccional en Jerusalén, capital del reino mesiánico.

Precisamente, en 2017 se cumplían también 300 años de la fundación de la masonería, 500 años de la herejía protestante y 100 de la revolución bolchevique y la declaración Balfour. No ha de olvidarse el papel fundamental que en estos dos últimos acontecimientos jugó el linaje de los Rothschild.

El enemigo de Cristo, Maimónides, declaró: “El futuro rey Mashíaj restaurará la casa real de David…construirá el Sagrado Templo, reunirá las diásporas y volverán a tener vigencia todas las leyes…, se efectuarán las ofrendas y se harán los años sabáticos y de jubileo de acuerdo a como está escrito en la Torá” y “Los judíos descansarán de las naciones que no los dejan ocuparse de la Torá y sus mandamientos como corresponde”.

Parece claro que el mesías consolidará el dominio absoluto del pueblo judío sobre los gentiles, pero, ¿Cuál es el papel de estos últimos en la era mesiánica y en qué consiste la paz que traerá ese período mesiánico?

Los gentiles coronarán también al mesías, puesto que, aunque la Torá consta de 613 decretos, los no judíos se verán compelidos a observar las 7 leyes de Noé. Si sumamos estos dos números, obtenemos el valor 620 que es justamente el que equivale a la palabra “corona”.

La función de los gentiles justos, observantes de las leyes noájidas, es acompañar al pueblo de Israel para traer al mesías operando la corrección del mundo.

La era mesiánica traerá la paz, pero una paz que para los gentiles significa lo anunciado por Isaías: “He aquí que voy a derramar sobre ella la paz como un río, y, como un torrente desbordado, la gloria de los gentiles. Vosotros chuparéis su leche; seréis llevados en brazos y acariciados sobre rodillas.”

Según los cabalistas, la redención mesiánica acontece en la era de acuario. Esto es así porque al igual que ocurre con el signo astrológico, representado por un balde que recoge el agua, en la era mesiánica el pueblo elegido es de nuevo reunido, reunificado. Asimismo, el balde del signo astrológico eleva el agua desde la profundidad del abismo, desde el pozo del exilio.

El concepto cabalístico de creación como emanación de la divinidad hacia diferentes mundos, desde la corona (nivel superior) hasta el mundo físico (nivel ínfimo) implica una tarea de restauración que devuelva la creación a su unidad primigenia en la antedicha corona, en la que la voluntad divina está oculta.

De hecho, los diez mandamientos, un resumen de los 613 preceptos de la Torá, están compuestos por 620 letras y así como los judíos adornan la corona con 613 piedras preciosas, los gentiles, por su parte, añaden 7.

Como sistema monista y al mismo tiempo dualista, para la cábala la corona representa la máxima unidad y simplicidad, mientras que el mundo físico la máxima diversidad y multiplicidad. La corona es el estado de supra-conciencia propio de la era mesiánica, opuesto a la ilusión de la existencia personal del mundo material.

La única forma de justificación para los gentiles es colaborar con Israel porque “La justicia exalta a una nación, pero la bondad de los pueblos es pecado”. Esto es, los actos buenos solamente engríen a las naciones porque los 613 decretos para los judíos provienen del altruismo, mientras que las 7 leyes para las naciones provienen del egoísmo. La plegaría vespertina del shabbat establece esa total separación: “Tú nos dotaste para conocer tu Torá y nos enseñaste a cumplir los estatutos de Tu voluntad. Hiciste separar lo santo de lo profano, la luz de la oscuridad, Israel de los demás pueblos y el séptimo día de los seis días de trabajo -, etc.

La corona existe para coronar a un rey y para someter definitivamente a la humanidad no perteneciente al grupo de los elegidos a una esclavitud ya profetizada, regida por la estricta aplicación de la Torá, que eliminará toda forma de idolatría (principalmente la idolatría trinitaria que adora a un dios encarnado en un “judío”).

Lo que para el pueblo elegido es señal de majestad y poder, para las naciones es confusión y tinieblas: “Allí haré retoñar para David un Vástago. Dispondré una lámpara para mi Ungido. A sus enemigos vestiré de confusión. Pero sobre él resplandecerá su corona.”

Por tanto, cuando el lector se sienta abrumado por datos “sanitarios” sobre contagios, pruebas PCR, vacunas, etc. debería recordar que todo esto poco tiene que ver con una cuestión de excepcionalidad médico-biológica, ni con otros cuentos chinos de murciélagos, ni con el mantra del cambio climático, sino con la llegada de la era mesiánica y la corona para el rey que ha de sojuzgar a las naciones a mayor gloria de Israel.

En posteriores entregas, dilucidaremos aspectos concretos que ya se están revelando sobre cómo la era mesiánica va a cambiar irreversiblemente la vida de las personas, aunque ellos, ajenos a todo razonamiento teológico, piensen que todo esto es debido a otros motivos más materialistas. También explicaremos el precepto de “eliminar la simiente de Amalek”.

¡Viva Cristo Rey y Nuestra Madre de Guadalupe!