Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE LA ASUNCION DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA

FIESTA DE LA ASUNCIÓN

DE LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA

Entre todos los privilegios marianos, la Inmaculada Concepción y la Asunción a los Cielos en cuerpo y alma son dos misterios de la vida de la Santísima Virgen que tienen entre sí íntima relación.

La Iglesia señala a los dos y los hace resaltar sobre todos los demás, conservando estas Fiestas como de precepto, aun después de haber suprimido otras de la Virgen.

La Inmaculada y la Asunción son el principio y el término de la vida de María en la tierra; y estos extremos están tan unidos entre sí, que el uno viene a ser como la causa o razón del otro.

Si es Inmaculada, no puede quedar en el sepulcro…, necesariamente ha de subir al Cielo.

La Concepción Inmaculada, es un privilegio…, una excepción de la regla general del pecado con el que todos somos concebidos.

La Asunción es otra excepción de la regla general, que todos hemos de seguir en nuestra muerte.

Por eso, María, más que morir, lo que hace es dejar su mortalidad en la tumba; y así como fue concebida a la gracia, a través de la muerte del pecado, venciendo al demonio…, así fue concebida a la gloria, a través de la muerte del cuerpo, pero venciendo a la muerte.

No fue nunca esclava del pecado, ni en su Concepción; y por eso fue Inmaculada; no pudo ser jamás esclava de la muerte; y por eso fue asunta al Cielo en cuerpo y alma.

Así, pues, la Asunción de la Santísima Virgen es el complemento necesario de su Concepción Inmaculada.

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Contemplando ya el misterio, ¿quién podrá conocer aquí en la tierra lo que pasó al entrar la Virgen en el Cielo?

Imaginémonos escuchar nuevamente a su llegada aquel diálogo que se entabló entre los Ángeles cuando la Ascensión del Señor: Abrid vuestras puertas, gritarían los Ángeles que la acompañaban, vuestras puertas, príncipes de la gloria; y vosotras levantaos, puertas eternales, y dad paso a la Reina del Cielo…

E inmediatamente todas las puertas se franquearon. Y entonces, con inexplicable pompa y majestad, entraría la Soberana en aquella gloriosa Corte.

Contemplemos a todos los cortesanos del Cielo correr a porfía a contemplar a la Reina; y al verla tan hermosa, unos a otros se preguntarían: ¿Quién es ésta que, del desierto del mundo, lugar de abrojos y espinas, se levanta a estas alturas, no sostenida por manos de Ángeles, sino apoyada en los brazos del mismo Dios?

Y otros responderían: Es la Madre de nuestro Dios y de nuestro Rey…, la Santa de los Santos…, la pura…, la Inmaculada…, la obra más hermosa de la Creación entera…, la que va a ser coronada como Reina nuestra.

Escuchemos cómo entonces, tomando todos en sus bocas angélicas las palabras del Arcángel San Gabriel, responderían en un coro unísono, formidable, que haría temblar de emoción y entusiasmo al Cielo, diciéndole: Dios te salve, la llena de gracia… Bienvenida seas a esta gloria, a llenarla con tu hermosura y santidad… Porque Tú siempre estás con Dios y Dios siempre contigo… Por eso eres la bendita entre todas las criaturas, y vas ahora a sentarte en el trono más alto, el más cercano que puede existir junto a Dios.

Unámonos a los Ángeles, alegrémonos con ellos; más que ellos aún, pues, si ellos la llaman Reina, nosotros podemos llamarla Madre…

Y tengamos un santo orgullo al ver así a nuestra Madre, al verla entrar así en la gloria, más espléndida que la aurora, más bella que la luna, más clara y brillante que el sol, temible como un ejército en orden de batalla, aclamada por todas las jerarquías y coros angélicos.

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Todo esto, con ser tan hermoso, no ha sido más que la entrada; ya que la gran apoteosis se verificó cuando el Dios del Cielo, saliendo a su encuentro, la invitó a sentarse en el trono que a su dignidad de Madre de Dios correspondía, y a ser coronada como Reina.

Contemplémosla modestísima, recogida en su interior, avanzar de la mano de Dios, subir las gradas de su Trono, sentarse en él; y allí ser coronada por el Padre, con la corona de Potestad; por el Hijo, con la corona de Sabiduría; y por el Espíritu Santo, con la corona de Misericordia.

Y así coronada, recibe el homenaje de todos los habitantes del Cielo. El Padre la ensalza como a su Hija predilecta…; el Hijo abraza a su Madre virginal…; el Espíritu Santo exalta a purísima Esposa… Y en seguida, llegarían las vírgenes y la saludarían como a Virgen de Vírgenes…; los Mártires como a Capitana que, al pie de la Cruz, les había dado ejemplo de sufrimiento y de martirio…; los Profetas, la reconocieron como a la mujer prodigiosa que ellos anunciaron…; los Patriarcas, como al objeto de sus esperanzas y santas impaciencias…; los Ángeles, con todas sus jerarquías, como a su Reina y Señora…; y llegarían Adán y Eva, y la bendecirían por lo bien que había sabido reparar su pecado…, pues por Ella sus hijos habían dejado de ser hijos de maldición…; y su prima Santa Isabel…; y sus padres queridos San Joaquín y Santa Ana…; y su mismo Esposo San José.

Contemplemos a la humildísima Virgen así exaltada y sublimada, repitiendo sin cesar su cántico de agradecimiento a Dios: Magníficat… ¡Qué bien se entienden ahora aquellas palabras!: Porque miró la humildad de su esclava…, por eso ha hecho en mí grandes cosas el que es Todopoderoso… y así me llamarán bienaventurada todas las generaciones

No nos contentemos con admirarla en su grandioso triunfo, ni en cantar su poder y grandeza…; pidámosle que nos enseñe el camino de la más profunda humildad, a imitación suya; pues María, coronada en el Cielo, es el cumplimiento más exacto de las palabras de Dios: El que se humilla, será ensalzado.

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María Reina fue coronada, pues, con la triple corona de Poder, de la Sabiduría y de Misericordia. Detengámonos a considerar la grandeza y hermosura de esta triple corona.

Recordemos, ante todo, el poder infinito de Dios. Con razón se le llama Omnipotente. Todo lo puede, no hay nada que se oponga a su voluntad.

A veces nos parece que los hombres también pueden mucho. ¡Cuántos inventos y qué sorprendentes! ¡Cuánto ingenio y poder se ve en ellos! Y, no obstante, ¡qué ridículo es el poder de los hombres comparado con el de Dios! Cuando parece que pueden más, es cuando su impotencia se manifiesta en las dificultades que encuentra en su camino y que muchas veces no pueden vencer. ¡Cuántas veces queremos una cosa y no podemos conseguirla! Y, al contrario, ¡cuántas veces la queremos detener o evitar y nos resulta imposible!

En cambio, consideremos el poder de Dios, sin límites de ninguna clase. Lo que quiso, lo hizo; y lo hizo todo cuando quiso y como quiso, sin más límites que su voluntad divina. No le costó esfuerzo alguno la creación entera; no se cansó ni fatigó lo más mínimo; ni fue preciso mucho tiempo; todo fue de repente, instantáneo, de la nada hizo brotar todo, sólo con quererlo.

Él todo lo conserva, todo está en sus manos; de suerte que, para reducir a toda la creación a la nada, no tiene más que retirar sus manos, dejarnos un instante solos.

Todo, todo…, la vida y la muerte…, la salud y la enfermedad…, el tiempo y la eternidad…, todo le está sujeto…, en todo domina…, todo le obedece…

Pues bien, contemplemos ahora esta omnipotencia toda entera traspasada o comunicada a la Santísima Virgen.

El Padre Eterno se goza en coronar, con corona de poder, las sienes de la Virgen; la eleva a la altura de su misma omnipotencia, y le da parte en los secretos de su potestad.

Ya María Reina tiene todo poder sobre las criaturas del Cielo, de la tierra y de los abismos.

Dios quiso premiarla, y no encontró nada mejor que darle el don de la corona de suprema potestad; para que, así como Dios es omnipotente por naturaleza, María lo fuera también por gracia.

Ahora sí que la podemos llamar, con toda verdad, Emperatriz del Cielo, Reina de la tierra, Señora de todo lo creado.

¡Qué consuelo para nuestra alma pensar en que nuestra Madre es una Reina tan poderosa!

¡Qué confianza debe inspirarnos!

Porque, ¿qué adelantaríamos con que Ella quisiera ayudarnos en nuestras miserias, si no pudiese?

¿Cómo poner en Ella nuestra esperanza, si dudásemos de su poder?

Pero no, no lo dudemos; como Madre quiere…, como Reina puede… Luego no es posible dudar de su ayuda, de su poderosísimo patrocinio.

Consideremos efectivamente cómo de hecho usa sin cesar de su poder en favor nuestro. Su omnipotencia no es tan sólo un título de gloria, no es algo meramente honorífico, sin utilidad práctica; nada de eso. Ni un momento está inactivo el poder de María.

La medida de su poder es su voluntad; pero esta voluntad está inseparablemente unida a la voluntad divina. Puede todo lo que quiere; pero ni quiere, ni puede querer, más que lo que quiere Dios.

Y como Dios quiere salvar al mundo, quiere santificar las almas, en eso, sobre todo, ejercita Ella toda la fuerza inmensa de su poder.

¡Cuántos pecadores por Ella se han arrepentido! ¡Los Santos a Ella deben su santidad! ¡Cuántas gracias han dado sus manos a los que en Ella han confiado!

Demos gracias a Dios por esta magnífica corona que ha colocado en la cabeza de la Santísima Virgen, pues, si para Ella es corona gloriosa, para nosotros es muy provechosa.

Alegrémonos, con nuestra Madre querida, al verla de este modo exaltada hasta participar del poder del mismo Dios; y repitamos muchas veces: La Reina del Cielo es mi Madre.

No lo olvidemos nunca, pero, sobre todo, cuando más necesidad tengamos, de que con Ella nada nos faltará; y que, para ayudarnos hará todo lo que sea necesario, pues hasta milagros y prodigios no la detienen, ya que nada la cuesta hacerlos.

Que esta confianza aliente toda nuestra vida, y nunca nos dejemos llevar del desaliento.

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El Verbo Divino es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Sabiduría de Dios; por eso es el Verbo, esto es, la Palabra increada de Dios. Ésta es la razón por la cual a Él se atribuye especialmente la Sabiduría.

Pues bien, este Hijo de Dios, es a la vez Hijo de María. Por consiguiente, ¿qué cosa más natural que, al coronar a su Madre, se apresurara a colocar en aquella magnífica corona, su don peculiar de la Sabiduría?

Y ¿cuál es y cuánta es esta Sabiduría? ¿Cómo responderá el hombre a esta pregunta?

Por todas partes nos rodea el misterio, no sólo en el orden sobrenatural, en el cual sin la revelación divina nada sabríamos, sino en el mismo orden natural. ¡Qué poquito es lo que sabemos los hombres!

Conocemos los efectos de muchas cosas, de la luz, del calor, de la electricidad, pero su esencia verdadera es, la mayor parte de las veces, un misterio.

Elevemos los ojos a Dios y contemplemos aquella Sabiduría, que todo lo sabe, todo lo conoce, lo de ahora presente, lo pasado, lo futuro, lo actual y lo posible, lo que será y lo que no será.

Pero, más que nada, pensemos que para esta sabiduría no tiene secretos la misma esencia infinita de Dios…, y que la conoce desde la eternidad… ¿Cómo, pues, podremos nosotros vislumbrar, ni siquiera de lejos, lo que es esta divina sabiduría?

Tratemos de abismarnos en el misterio incomprensible de la comunicación de esta Sabiduría que hace el Verbo divino a Madre Santísima.

Después de admitida al conocimiento de los arcanos de la divinidad, ¿cuál será la sabiduría de la Santísima Virgen, de tal modo que para Ella tampoco, en cuanto es posible decir esto de una criatura, haya secretos en Dios, que Ella no sepa y conozca?

¡Cómo comprende ahora todo el plan de la creación…, y el de la Redención, en todos sus mínimos detalles…, y el de la santificación de las almas…!

¡Qué bien entiende el porqué de todas las cosas que ha vivido Ella en la tierra, y la razón de ser de todos los acontecimientos!

¡Cómo alaba a Dios al ver la infinita Sabiduría que tan magníficamente lo ha concebido todo y dispuesto con tanto orden, tanta armonía, aunque ésta, muchas veces, no aparezca a los ojos del pobre entendimiento humano!

Reflexionemos, además, cómo el Señor le infundió todo el conocimiento necesario para ayudar a nuestra alma, de suerte que Ella conoce las asechanzas astutas del enemigo, el tiempo y la fuerza de sus tentaciones, nuestras miserias y necesidades, nuestras vacilaciones y desalientos, así como también nuestros buenos deseos y rectas intenciones.

Si pecamos…, ¡qué vergüenza!, pecamos a vista de Nuestra Madre, pues ante sus ojos no hay nadie ni nada que se oculte…

Si obramos bien, Ella lo ve, y lo lleva en cuenta para premiarnos algún día.

Por eso hemos de acudir a Ella para pedirle la luz de la fe; es nuestra Maestra, Sede de la Sabiduría, Madre del Buen Consejo…

Incluso antes de subir al Cielo, ya ejercitó este oficio con aquella naciente Iglesia en el Cenáculo…

¡Cuántas cosas enseñó Ella a los Apóstoles…! ¡Cuántas dudas disipó!… ¡Cuántos detalles de la vida de Cristo les dio a conocer!

Pues bien, ¿qué hará ahora desde el Cielo con la sabiduría y conocimiento tan claro que posee de todos los dogmas de nuestra fe y conoce el contenido de todas las Profecías?

Pensemos…, Ella penetra el contenido de todas las obscuras cuestiones referentes a los últimos tiempos, que tantas fatigas nos causan a nosotros…

Es nuestra Maestra en todas las virtudes, y sabe muy bien las dificultades que nos rodean, conoce muy bien la violencia de las tentaciones que tenemos que sufrir, la fuerza exaltada de nuestras pasiones desbordadas, no ignora nuestra debilidad y miseria…

Por eso tenemos que acudir a Ella. Nadie mejor nos enseñará lo que hemos de hacer, el plan del combate, nuestra línea de conducta.

En fin, conoce todas nuestras desgracias, nuestros pecados, ingratitudes y rebeldías, los sufrimientos y penalidades que esto nos causa, los castigos que nos acarrea…

Pues, vayamos a recordárselos a Ella con gran humildad; no nos disculpemos, ni tratemos de ocultarle nada, porque es inútil. Pidámosle que nos dé un poco de luz, algo de su sabiduría y del conocimiento que Ella tiene para que nos conozcamos bien, conozcamos a Dios y el plan que tiene sobre nuestra vida.

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Dios es caridad… Esta es la exactísima y dulcísima definición de Dios. Todo lo que de Dios se puede decir, parece que se condensa en esa palabra divina.

Es la vida más esencial de Dios; porque ésta, como la de los espíritus puros, no consiste más que en el conocer y en el amar. Si Dios es un entender infinito, eterno, incesante…, es también el amor por esencia. Se ama porque se conoce.

Así también quiere Dios ser conocido por los hombres.

Todas las manifestaciones de su vida para con nosotros, son otras tantas expansiones de su amor. La creación, la conservación, la Encarnación, la Redención…, no se entienden ni se explican sin la caridad.

Por tanto, si el amor es la vida de Dios, necesaria y esencialmente se ha de encontrar en las tres divinas Personas. Sin embargo, se da este nombre especialmente al Espíritu Santo, porque así, por vía del amor, procede del Padre y del Hijo.

Pues bien, si el Padre corona a María Reina con su Omnipotencia, y el Hijo la da participación de su Sabiduría, justo era que el Espíritu Santo, al coronarla, la introdujera en el seno que es origen y fuente de todo amor.

Contemplemos a Nuestra Madre querida, hermosísima con la magnífica corona de la Omnipotencia, y con la de la Sabiduría. Pero admiremos cómo brilla ahora con la fuerza interior del fuego del Amor divino con que las tres divinas Personas se abrasan en aquel flujo y reflujo de las olas del amor, en que viven completamente anegadas.

Si Dios es amor, comprenderemos que es María Santísima la que más se le asemeja, porque no hay nadie que ame como Ella.

Dios tenía derecho al amor del corazón del hombre…, y le pidió y le exigió tal amor; pero el hombre, ingrato, se lo negó. Fue necesario que Dios se buscara un corazón que le compensara de aquella falta de amor, que él solo le saciara más que todos los corazones juntos, y le amara con amor más perfecto y verdadero.

Y ese Corazón, donde descansa el amor de Dios y encuentra sus complacencias de una manera satisfactoria y digna de Él, es, después del Corazón de Jesús, el Corazón Inmaculado de María.

Gocémonos de que Dios se vea correspondido, así como se merece, por el amor de la Virgen Inmaculada. ¡Qué gusto, qué alegría da el pensar que hay un corazón que así ame a Dios!

¿Y qué diremos del amor que nos tiene a nosotros?… Nos ama con amor de Madre, y esto basta; todo lo que signifique ternura y encantos maternales, se encuentra intensificado, casi hasta lo infinito, en María.

Comparemos nuestro amor, el amor de las criaturas, con este amor… ¡A qué cosas llamamos los hombres amor!

Fruto de este amor es, ante todo, la certeza y seguridad de su Patrocinio. María ya no puede dejar de amarnos, aunque nos vea indignos de su amor; aunque, hijos ingratos, la lleguemos a dejar y a despreciar, posponiéndola a otros amores terrenos. Su amor divinizado, nos atenderá en todos los instantes difíciles de nuestra existencia…

No olvidemos que, si tiene conocimiento y sabe perfectamente todas nuestras necesidades por su corona de Sabiduría, y si le sobra poder para remediarlas con su Omnipotencia, tampoco le falta la voluntad de hacerlo así, por su Amor.

Repitamos muchas veces el título de Reina y Madre de misericordia…

Si es Reina, sabe y puede… Si es Madre de bondad, quiere remediarnos y ayudarnos… Luego así será.

Nuestro corazón nos lo confirma y nos dice que así ha sido hasta ahora…

Además, Ella, con ese amor suyo, nos enseña a dirigir y encauzar el nuestro a Dios. Hemos de amarlo sobre todas las cosas, de modo tal que prefiramos perderlas todas, antes que ofenderle.

El demonio procurará estorbar con mil medios y pretextos esta dulcísima obligación… ¿Quién nos puede ayudar a cumplirla?… Nuestra Madre. Primero con su ejemplo, que debemos procurar imitar; segundo, amándola a Ella, pues, por su unión con Dios, amarla a Ella es amar a Dios.

No tenemos disculpa alguna para dejar de amar a Dios… Pero, ¿la tendremos para dejar de amar a nuestra Madre y Reina?

Amémosla como hijos y esclavos suyos…, y no consintamos que nadie nos aventaje en este amor.