Padre Juan Carlos Ceriani: NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

NOVENO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

SANTIAGO APÓSTOL

Como sabemos, a partir del domingo pasado hasta la Fiesta de Cristo Rey inclusive, voy a desarrollar una serie de sermones con la finalidad de hacer ver la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas.

+++

Debemos tener bien claro que Dios interviene en la historia a través de la Santísima Virgen María.

Desde el Paraíso Terrenal, Dios ha profetizado, contra el demonio, esta intervención: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu posteridad y la de ella; ella te aplastará la cabeza y tú la acecharás en el talón.

La primera intervención de la Inmaculada en la Historia tiene lugar en el momento de la Encarnación, como señala San Luis María Grignion de Montfort: Fue a través de la Santísima Virgen María que Jesucristo vino al mundo.

A través de su Fiat, María Santísima imprime una modalidad mariana en todo el orden providencial divino. Por eso, San Luis María prosigue su afirmación en estos términos: Y es también por ella que debe reinar en el mundo.

Precisamente a través de su Mediación Universal de todas las gracias, la Virgen Purísima participa en todo momento en la historia de la salvación. Y esto, según San Luis María, hasta el fin de los tiempos: Es por María que comenzó la salvación del mundo, y es por María que debe consumarse.

La Virgen María influyó, pues, por múltiples y variadas maneras, a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

Esto es comprensible, puesto que Cristo, Nuestro Señor, quiso fundar la Iglesia para perpetuar en la tierra la obra de la redención y hacer a todos los hombres partícipes de sus beneficios.

Por tanto, después de haber instituido todos los medios de salvación, como la Revelación, los Sacramentos, etc., mandó y encargó a su Iglesia los aplicara a los hombres, y de ese modo continuara, a través de todos los tiempos, el sublime oficio de Nuestro Redentor, que vino al mundo para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia.

+++

La misión redentora de Cristo se perpetúa en la Iglesia por Él fundada, para que en Ella y por Ella consigan su salvación eterna todos los hombres que quieran recibir la gracia ofrecida por el mismo Jesucristo.

¿Qué parte tuvo María Santísima en la constitución de la Iglesia y fomento de su vida?

En la Iglesia puede distinguirse un triple estado:

a) Estado incoativo o inicial, correspondiente al tiempo en que Cristo la anunció y preparó.

b) Estado de existencia fundamental, cuando con la muerte de Cristo, rota la alianza de la Antigua Ley y establecida la Nueva entre Dios y el hombre, nace la Iglesia.

c) Estado de existencia formal, correspondiente al momento en que la Iglesia queda ya formalmente constituida el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo animó los órganos ya formados de ella, dando a cada uno su operación propia y a todo el cuerpo vida, fuerza y crecimiento continuo.

La Santísima Virgen cooperó a la incoación y preparación de la Iglesia.

La Iglesia es una consecuencia de la Redención, puesto que fue constituida para perpetuarla. Luego fue conveniente que María, compañera y cooperadora de Cristo en la Redención, interviniera en la preparación de la Iglesia.

Nuestro Señor Jesucristo preparó la fundación de su Iglesia evangelizando y escogiéndose seguidores, Apóstoles y discípulos.

La Santísima Virgen, aunque por sí misma no predicara la Nueva Ley ni eligiera Apóstoles, ayudó a su divino Hijo en esta misión, cumpliendo sus deberes de Madre, sobrellevando con Él las penalidades y trabajos, rogando al Padre por el éxito de aquella predicación y mereciendo la vocación de los Apóstoles; por lo cual dice Dionisio el Cartujano “que se atribuye a la Virgen la corona de los doce apóstoles, porque en gracia a sus méritos fueron llamados”.

+++

La Santísima Virgen cooperó al nacimiento de la Iglesia, en cuanto a su existencia fundamental, en la muerte de Jesucristo.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, el organismo visible, vivificado internamente por la efusión de las gracias, dones y carismas sobrenaturales.

Jesucristo, por la Redención llevada a cabo en la Cruz, fundó este Cuerpo Místico, uniendo a los hombres en sí mismo, puesto que allí los reconcilió con el Padre, los sacó del poder del demonio y adquirió para sí un pueblo elegido, mereciéndole un tesoro infinito de gracias, con lo cual consiguió derramar sobre los hombres la plenitud del Espíritu Santo, quedando así constituido plenamente Cabeza de ese Cuerpo Místico, que es la Iglesia.

Ésta, por tanto, debe su existencia fundamentalmente a la muerte redentora de Cristo.

De esta doctrina se deduce espontáneamente que la Santísima Virgen, asociada a su Hijo, Cristo Redentor, intervino también a su modo en el nacimiento de la Iglesia.

Por tanto, todo lo que satisfaciendo y mereciendo condignamente en la Cruz hizo Nuestro Señor para constituir su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, lo hizo a su modo la Santísima Virgen junto a la Cruz, pues, padeciendo con Cristo paciente, satisfizo y mereció todas las gracias que había de derramar en la Iglesia, hecha, por lo mismo, Madre de Ella y miembro primero y principal del Cuerpo Místico de Cristo.

+++

La Santísima Virgen también cooperó a la existencia formal de la Iglesia, desde el día de Pentecostés hasta el de su gloriosa Asunción.

Con el advenimiento del Espíritu Santo, la Iglesia de Cristo quedó constituida plenamente en su existencia formal, vivificado ya el Cuerpo Místico de Cristo con la virtud interna del Espíritu Santo.

La Santísima Virgen empleó todo aquel tiempo en cumplir los singularísimos deberes que tenía como Madre de la naciente Iglesia, pues prestó múltiple ayuda con su doctrina, consejo, preces, ejemplo, protección y con el dulce consuelo de su presencia.

Ejemplo clarísimo de esto nos lo proporciona el Santo cuya fiesta celebramos hoy, Santiago Apóstol. En efecto, según la Tradición Apostólica, cuando los Apóstoles fueron enviados a la predicación, Santiago tuvo a cargo la evangelización de la Hispania, las actuales España y Portugal. Primero predicó en Galicia, donde estableció una comunidad cristiana, y luego en la ciudad romana de Cesar Augusto, hoy conocida como Zaragoza.

La Leyenda Aurea nos cuenta que las enseñanzas del Apóstol no fueron aceptadas y que sólo siete personas se convirtieron al Cristianismo. Estos son conocidos como los Siete Convertidos de Zaragoza.

Las cosas cambiaron cuando la Santísima Virgen, viviendo todavía en carne mortal, se apareció al Apóstol en esa ciudad; manifestación conocida como la de la Virgen del Pilar.

Desde entonces, la intercesión de la Virgen hizo que se abrieran extraordinariamente los corazones a la evangelización de España. Su pilar es la columna de la Fe

Esto demuestra que María Santísima es Madre del Cristo total, esto es, no sólo de su Cuerpo Físico, sino también de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia.

Por tanto, si alimentó y cuidó a Cristo en cuanto a su Cuerpo Físico, no perdonando trabajo alguno, también había de hacerlo con respecto a su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, en los principios de su vida, dando protección y aliento a los miembros recién nacidos.

+++

Pero hay más todavía, pues la Santísima Virgen prestó, presta y prestará ayuda a la Iglesia de Cristo en el decurso de los siglos, a contar desde su gloriosa Asunción a los Cielos.

La Iglesia puede considerarse como existente o como operante.

La Iglesia como existente es un hecho histórico insigne, tanto por su propagación admirable, como por su unidad y firmeza interna, combatida por disensiones, cismas y herejías, lo mismo que por su estabilidad externa, con la que resiste eficaz y victoriosamente a las acometidas de sus enemigos exteriores.

La Iglesia como operante se manifiesta en los frutos, que nos dan a conocer su vida y su fecundidad; ya cualitativamente, en cuanto que produce efectos de todo género, principalmente de santidad eximia; ya cuantitativamente, en cuanto que por la abundancia casi infinita de estos productos nunca la Iglesia se marchita o envejece, sino que, floreciente siempre, hace rejuvenecer a todos los que perciben sus gracias de salvación eterna.

Ahora bien, bajo todos estos aspectos, María Santísima ayudó, fomentó y defendió maravillosamente a la Iglesia en el transcurso de los siglos.

En efecto, la Santísima Virgen fue en los principios de la Iglesia refugio y auxilio segurísimo de todos los que recibían la religión de Cristo; y su patrocinio y su refugio no se le sustrajo a la Iglesia una vez que María fue elevada a los Cielos.

Por Ella los Apóstoles predicaron la salvación a las gentes; por Ella fue adorada y alabada en todo el orbe la preciosa Cruz; por Ella los demonios huyen y el hombre se siente llamado al Cielo; por Ella toda criatura presa en el error de la idolatría llegó y llega al conocimiento de la verdad; por Ella los hombres fieles alcanzaron el santo bautismo y han sido fundadas iglesias en todo el mundo.

Y todo esto, porque su oficio de Madre bondadosísima de la Iglesia que ejerce en el Cielo, unido al máximo poder que ostenta junto a su Hijo, provee y aumenta el singular consuelo y favor divino que le llega a la Iglesia por ese apoyo de la Virgen Madre.

Y, ciertamente, el auxilio de María aseguró el feliz éxito de aquellas empresas de la Iglesia, la más grande de las cuales fue la conversión de la gentilidad, y de la eficacia y fruto de la predicación evangélica.

En cuanto a la defensa de la ortodoxia de la fe y extirpación de las herejías, que se empeñan en destruirla, o alterarla, o disminuirla, el Papa León XIII habla así de la ayuda prestada por María: “También Ella mantuvo en alto y robusteció el cetro de la fe ortodoxa: grande fue su cuidado, nunca interrumpido, para que la fe católica se conservara firme en los pueblos y floreciera íntegra y fecunda”.

Del mismo modo, los Padres de la Iglesia celebran y alaban a María Santísima como guardiana de la fe católica con magníficas expresiones.

Así San Cirilo de Alejandría la llama “cetro de la fe ortodoxa”; y San Germán de Constantinopla la saluda diciendo “Dios te salve, fuente que mana divinamente; de la cual, saliendo los ríos de la divina sabiduría en purísimas y limpidísimas ondas de ortodoxia, dispersan el enjambre de los errores”.

Y también la Sagrada Liturgia canta de la Virgen: “Dios te salve, boca elocuentísima de los apóstoles, firmamento estable de la fe, fortaleza inconmovible de la Iglesia”; “Alégrate, María Virgen, pues Tú sola has extirpado y dado muerte en todo el orbe a las herejías”.

Y, en efecto, María Santísima no sólo ha sido siempre escudo y fortaleza de la fe católica, sino que, además, desea y procura que todos los fieles perseveren en la unidad de la fe de Cristo.

En cuanto a la fecundidad inagotable con que florece la Iglesia en frutos de toda clase, especialmente en santidad eximia, María Santísima prestó una ayuda insigne en todo tiempo. La Iglesia es Madre de Santidad, cuya abundancia se muestra en los frutos de santificación que produce y en los hijos que procrea y lleva a la santidad.

Porque la Iglesia, no sólo fue fundada por Cristo con leyes santísimas y dotada de los medios necesarios para promover toda virtud, sino que, además, produjo y produce en la tierra santos.

A María Santísima pertenece alimentar a estos hijos, para que, creciendo, alcancen la medida de la plenitud de Cristo y fructifiquen en toda santidad.

+++

Habiendo sido en todo tiempo tanta y tan excelsa la ayuda y protección de María en favor de la Iglesia, es claro que debe ser invocada con una confianza sin límites, siempre que lo exijan los trances difíciles, las angustias, las necesidades y persecuciones en que se viere la Iglesia, y, por tanto, como exhorta Pío XI, “si acontecen tiempos difíciles para la Iglesia, si la fe vacila, si la caridad se entibia, si las costumbres públicas y privadas se corrompen, si amenaza algún peligro al nombre católico y a la sociedad civil, acudamos a Ella en súplica de su celestial ayuda”.

Vayan todos a Ella con mayor afán en las necesidades que al presente nos afligen.

Por eso, como dije el domingo pasado al comenzar estas prédicas, conociendo los temores más comunes que inquietan, angustian y hasta agobian a los fieles, es necesario recordar la misión y el ministerio que Dios ha asignado a su Madre Santísima.

Ante los eventos inminentes, los comunes e invariables (como son la familia, los hijos, lo económico, lo material, las enfermedades, la muerte…), así como los que son propios del tiempo que nos toca vivir (la apostasía generalizada, el epílogo del misterio de iniquidad y la llegada del Anticristo…), en vista de estos sucesos es muy probable que muchas o todas nuestras “seguridades” se pierdan…, y con ellas “nuestras esperanzas”…, e incluso La Esperanza…

Y, precisamente por eso, es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

Es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.