Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 24

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.






Día 24

CUARTO MISTERIO: VIDA ULTRAJADA POR LOS MALVADOS

SEXTA MEDITACIÓN: Hostia de Amor

Nuestro Señor quiere también víctimas de amor, cuyo mayor sufrimiento sea compadecer en los dolores del Sagrado Corazón.

Los Santos del Calvario, la Santa Virgen María, S. Juan y Santa Magdalena no tuvieron otro martirio sino este de la compasión.

Hay almas que se absorben en el amor y no piensan en desear los sufrimientos para expiar los pecados del mundo. Así fue una joven carmelita, la Hermana Teresa del Niño Jesús, muerta en olor de santidad en el Carmelo de Lisieux el día 30 de Septiembre de 1897.

Estas almas, bien entendido, practican el abandono a Dios y el sacrificio; aceptan y aman las cruces que Nuestro Señor envía; pero no le piden para ser especialmente conducidas por la vía de los sufrimientos.

I. La vía del amor

¡Ah! ¡Qué dulce es la vía del amor, exclamaba la Hermanita Teresa del Niño Jesús…

¡No tengo ningún otro deseo, sino el de amar a Jesús hasta la locura! Sí, es solamente el amor el que me atrae. Ya no deseo ni el sufrimiento, ni la muerte y, todavía, a ambos los quiero bien. Durante mucho tiempo, los llamé como mensajeros de alegría… Poseí el sufrimiento y creí tocar el margen del cielo. Creí, desde mi más tierna juventud, que la florecilla sería cogida en su primavera; hoy, es solo el abandono que me guía, no tengo otra brújula. No sé pedir nada más con ardor, que el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios en mi alma.

Sin duda, dice ella, podemos caer, en esta vía, podemos cometer infidelidades; pero el amor, sabiendo sacar provecho de todo, consumió muy deprisa todo lo que puede desagradar a Jesús, ya no dejando en el fondo del corazón más de lo que una humilde y profunda paz” (Sa vie, publicada por el Carmelo de Lisieux).

II. La víctima de amor

Comprendí, escribe la santita, que las almas no pueden todas asemejarse; es preciso que las haya de diferentes familias, a fin de honrar especialmente cada una de las perfecciones divinas. A mí, me dio su misericordia infinita, y es a través de este espejo inefable que contemplo sus otros atributos. Entonces, todos se me figuran irradiantes de amor. ¡Qué dulce alegría pensar que el Señor es justo, esto es, que Él tiene en cuenta nuestras flaquezas, que conoce perfectamente la fragilidad nuestra naturaleza! ¿De quién, entonces, tenía yo miedo? El buen Dios infinitamente justo, que se digna perdonar con tanta misericordia las faltas del hijo pródigo, ¿no debe ser justo también conmigo, que estoy siempre con Él?

En el año de 1895, recibí la gracia de comprender más que nunca cómo Jesús desea ser amado. Pensando un día en las almas que se ofrecen como víctimas a la justicia de Dios, a fin de desviar los castigos reservados a los pecadores, atrayéndolos sobre sí mismas, encontré esta ofrenda grande y generosa, pero estaba bien lejos de sentirme llevada a hacerla.

¡Mi divino Maestro! Exclamaba en el fondo del corazón, ¿no habrá sino tú justicia para recibir hostias de holocausto? Tu amor misericordioso ¿no tiene Él también necesidad de ellas?… Dios mío, ¿tu amor despreciado va a permanecer en tu Corazón? Me parece que si Tú encontrases almas para ofrecerse como víctimas de holocausto a tu amor, Tú las consumirías tan rápidamente que serías feliz en no reprimir las llamas de ternura infinita que están encerradas en Tí”.

III. El acto de ofrenda

Fue el 9 de Junio de 1895 cuando la santita se ofreció como hostia de amor. “Mi Madre, decía, tú conoces las llamas, o antes, los océanos de gracias que vinieron a inundar mi alma tras mi entrega. Desde ese día, el amor me penetra y me envuelve; este amor misericordioso me renueva a cada instante, me purifica y no deja en mi corazón ningún rastro de pecado…”

Citemos la conclusión de su ofrenda: “A fin de vivir en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima de holocausto a tu amor misericordioso, suplicándote que me consumas sin cesar, dejando desbordar en mi alma los torrentes de ternura infinita que están encerrados en Tí, y que así yo me convierta en mártir de tu amor, Dios mío. Que este martirio, después de haberme preparado para aparecer ante Tí, me haga, en fin, morir y que mi alma se una sin demora en el eterno abrazo de tu misericordioso amor. – ¡¡¡¡Quiero, mi Bienamado, a cada latido de mi corazón, renovarte esta ofrenda un número infinito de veces, hasta que, después de que las sombras se disipasen, pueda restituirte mi amor en un cara a cara eterno!!!”

Resolución. – Y yo, mi Salvador, ¿qué he de ofrecerte? Dime, guíame. Quiero, por lo menos, aplicarme a vivir en espíritu de abandono, de sacrificio y de amor, que es el espíritu de inmolación en unión con la Hostia del Tabernáculo.