Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 18

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 18

TERCER MISTERIO: VIDA DE SACRIFICIO

SEXTA MEDITACIÓN: El sacerdocio de la Nueva Ley salió del Corazón de Jesús como un río de amor y de vida

Hasta el Jueves Santo, la plenitud del sacerdocio eterno estaba concentrada en Nuestro Señor Jesucristo. El Corazón de Jesús es como un abismo infinito para su Padre que quiere glorificarlo y por los hombres, cuya redención va a consumar. De este abismo, el cielo vio salir en ese día un doble río de amor y de vida: el sacerdocio y la Eucaristía.

Este doble río iba a expandir sus aguas divinas por toda la Iglesia de Dios para inundarlo, vivificarlo, regenerarlo y santificarlo todo.

I. Presencia mística de Nuestro Señor en el sacerdocio

En aquel día, fueron fundadas aquí abajo la presencia física de su Carne y de su Sangre, en millones de sagrarios, y la presencia moral de su sacerdocio, en millones de almas escogidas.

La presencia sacerdotal de Jesús tiene como fin, antes de nada, producir y revelar su Presencia Eucarística. Nuestro Señor se une moralmente al sacerdote y habita en él por su gracia, para que éste revele al mundo los secretos de su vida eucarística.

Dios sigue en la Iglesia una conducta semejante a la que siguió en la Creación. Después de la obra de seis días, parece haberse retirado; se vela y deja a las criaturas el cuidado de transmitir el movimiento, la luz, la actividad, la vida… Así, Nuestro Señor, tras haber instituido la Eucaristía, fundado el sacerdocio y la Iglesia, regresó al cielo. Se esconde después de la Ascensión. La tierra no quitará el velo hasta el Fin de los Tiempos; y, si permanece con nosotros, es de una manera invisible, velada, aunque real. Y encargó a sus sacerdotes consagrarlo, revelarlo, distribuirlo, ser los propagadores de su luz, de su amor, de su vida.

La Providencia ilumina, calienta y vivifica la naturaleza, sobre todo por el Sol. ¡El Sacerdocio es el Sol sobrenatural del que Jesús se sirve para iluminar, vivificar, divinizar las almas! ¡Los sacerdotes son los propagadores de Dios en las almas! (Sauvé: Jesus íntimo).

II. Ejercicio del sacerdocio

Una de las más funestas ilusiones es la de, al mirar la naturaleza, olvidar a Dios que se esconde por detrás de ella como bajo un velo transparente.

Es así como se desconoce también la acción universal, continua, infatigable, del divino sacerdocio que se disimula bajo la acción de los sacerdotes, bajo los sacramentos y todos los demás medios de santificación.

Nuestro Señor hace mucho por Sí mismo; ningún alma escapa a su acción. Pero Él hace también mucho a través del sacerdote. Él esconde su divina influencia bajo la palabra sacerdotal, bajo los sacramentos que el sacerdote administra, bajo la Sagrada Escritura y el ejemplo de los santos que el sacerdote explica a los fieles.

El sacerdote lucha contra el error y el mal. ¡Qué sería de la tierra sin su Luz y su acción que se oponen por todas partes a los demonios y a los malos instintos de la naturaleza? ¡Cuántas ilusiones y cuántos errores disipan!, ¡cuántos pecados previene!

Pero las gracias positivas que expande son aún más maravillosas.

En la persona del sacerdote, es el sacerdocio de Jesucristo el que bautiza, el que absuelve, el que consagra, el que une los esposos, el que bendice a las Vírgenes. Es el sacerdocio de Jesucristo el que lleva la fe a los bárbaros; es Él quien, por el Santo Sacrificio, libra a las almas sufrientes del purgatorio y glorifica las que subirán al Cielo aumentando en ellas la visión beatífica.

III. Los sacerdotes son como el corazón de la Iglesia

La gracia sacerdotal hace que, por estado, los sacerdotes sean como el corazón de la Iglesia, el órgano más íntimo y más influyente de Jesús, el principal motor por el cual su sacerdote lleva la vida a todas partes. Es preciso también que el sacerdote sea el corazón de la Iglesia por las virtudes, por la piedad, por la oración, por el fervor, por el celo.

El sacerdocio se perpetúa en el cielo. ¿Los sacerdotes serán aún ahí asociados a la acción sacerdotal de Cristo? Si han de dirigir los coros de los santos, no lo sabemos.

Pero, si fueran fieles sobre la tierra, experimentarán mejor que nadie la acción del sacerdocio de amor de Cristo, serán como el corazón de la Iglesia en el cielo (Sauvé: Jesús íntimo). “Alégrate, sacerdote, exclama Santa Catalina de Siena, reza, trabaja, sufre con ánimo. ¡Qué feliz es tu corona! ¡Qué amado serás y cómo amarás en el cielo!” (Diál., 131).

Resolución.- Jesús, no quiero volver a olvidar la presencia moral de tu sacerdocio en los sacerdotes. Quiero pensar en esto muchas veces. Te doy gracias por ellos.