Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 16

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 16

TERCER MISTERIO: VIDA DE SACRIFICIO

CUARTA MEDITACIÓN: Lección de obediencia

Es una enseñanza maravillosa, lleno de luz y de gracias, el de la obediencia de Jesús en el Santo Sacramento.

I. Perfecta obediencia de Jesús

Jesús obedece a todos los sacerdotes, sin distinción, buenos o malos. Viene a nuestros corazones profanos y manchados por el demonio. No rehúsa colocarse en presencia de su enemigo, porque tiene una ley inviolable: la obediencia, por amor a su Padre. Nada lo retiene ni lo arrastra fuera de este camino, ningún pretexto de dignidad o de conveniencia. La voluntad de su Padre constituyó su alimento, su reposo, su beatitud, su gloria y a su única vida.

Jesús Eucaristía no tiene más vida propia que un muerto. Su movimiento es únicamente la obediencia, de la cual Dios recibe una alabanza sin fin. ¡Oh! ¡Qué ejemplo! Jesús no tiene más vida que el impulso de su Padre; su dependencia de Dios es tan perfecta que su amor por Él es infinito. No vive sino en Dios y no forma un único acto, no hace un único movimiento fuera de esta única y total dependencia. Si está a nuestra disposición, si obedece a un sacerdote, es aún a su Padre a quien obedece, porque prometió a su Padre darse a nosotros. No se retracta. Es así que, obedeciendo a nuestros superiores, obedecemos a Dios, porque Dios quiere que les obedezcamos.

¡Oh! ¡Qué gloria da Jesús a Dios! ¡Y qué complacencia tiene Dios en este Hijo bienamado, viéndolo en esta actitud abajada y humillada! Él tomó la forma de esclavo, Él, que es Dios. ¡Qué ejemplo sublime! Jesús mío, ¿quién no quisiera seguirte, para honor de tu Padre y para consuelo de tu Corazón, víctima de obediencia?

II. La redención es su fruto

Sin la obediencia, la obra de la Redención habría sido nula; y esto se comprende. Todo pecado es una desobediencia, todo acto de reparación y de rescate debe ser un acto de obediencia.

Para que la obediencia sea perfecta y verdaderamente redentora, debe ser recibida en el corazón; su principio debe ser el amor. También David nos muestra al Redentor trayendo al mundo la voluntad de Dios, escrita en su Corazón (Sal. 39). La verdadera marca de la perfección de un alma es que ella haya llegado al punto de estar totalmente muerta a su voluntad, que no pretenda, que no desee de modo alguno hacer lo que quisiera; a todos obedece por Dios. ¡Oh Jesús! ¿Quién nos dará almas de estas, verdaderamente muertas a sí mismas, para continuar tu sacrificio del Calvario y de la Eucaristía?

III. Nuestra obediencia

Jesús no recibe impulso más que de Dios su Padre: “No hago mi voluntad, decía, sino la de mi Padre”. Nosotros no debemos recibir impulso más que del Espíritu de Jesús. Él debe ser nuestro pensamiento, nuestra palabra, nuestros actos, nuestros movimientos, nuestra alma, nuestra vida. “Ya no soy yo quien vivo, es Jesús, es su espíritu, es su Corazón el que vive en mí”.

Obediencia total a Dios, dependencia solo de Él: ¡qué extensión y qué profundidad en estas dos palabras! Mi alma está llamada a entrar ahí, a vivir ahí, a desaparecer bajo Jesús y su Divino Espíritu. Jesús en el Sagrario no es ya nada bajo este pan que lo cubre: el alma víctima no tiene otro modelo a seguir.

Tendré siempre este modelo ante los ojos. Amaré la obediencia como lo ama mi Jesús.

Viviré en ella sin reservas. Hago un pacto con toda mi vida personal, con todas mis voluntades y apreciaciones naturales. Es para siempre que digo adiós al yo humano, a las obras y a los deseos del viejo Adán que siempre quiere ser alguien y gobernar.

La obediencia a Dios es la vida de Dios en nosotros. Es, por tanto, la victoria de Dios sobre nuestras pobres facultades. “El alma más obediente, decía Margarita María, hará triunfar al Sagrado Corazón”. Y esta santa alma, ¡qué admirablemente obediente era!

¡Cómo hablaba ella tan admirablemente de esta virtud! “Interiormente, escribía, obedeceréis fielmente los movimientos de la gracia para los actos de las virtudes; en cuanto a lo exterior, obedeceréis amorosamente a aquellos que tienen el poder de daros órdenes, pensando en estas palabras: Jesús fue obediente, quiero, por tanto, obedecer hasta el último suspiro de mi vida. Y vuestras obediencias serán para honrar las de Jesucristo en el Santo Sacramento; si sois fieles en hacer la voluntad de Dios en el tiempo, la vuestra se cumplirá durante toda la eternidad”.

En verdad, decía aún, parece que toda la felicidad de un alma consiste en volverse conforme a la santísima voluntad de Dios. Es ahí que nuestro corazón encuentra su paz, nuestro espíritu su alegría y su reposo, porque quien adore a Dios se vuelve con Él un mismo espíritu. Y creo que este es el medio de hacer nuestra voluntad; porque su amorosa bondad aprecia contentarse en aquella en la que no encuentra resistencia” (Carta XIX a la Madre de Sourdeilles).

Resolución. – ¡Dios mío, bendice y haz fecundas mis pobres resoluciones! Quiero fuertemente, quiero, frente a todo y contra todo, inmolar sobre el altar de tu Corazón toda mi vida natural con toda mi voluntad y libertad.