50 AÑOS DEL NOVUS ORDO MISSÆ

Conservando los restos

LA SUPRESIÓN DEL SANTO SACRIFICIO

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***

Estamos a cincuenta años del Novus Ordo Missæ… Estamos a cincuenta años de la segunda reforma protestante… Con esa reforma no católica comienza la operación de supresión del santo sacrificio…

Luego de haber estudiado la historia de la Santa Misa desde San Pedro hasta San Pío V y de haber analizado las diversas partes de la Santa Misa de Rito Romano y sus correspondientes oraciones, hemos considerado los antecedentes remotos e inmediatos de la misa nueva.

A continuación, emprendimos el estudio general y particular de ésta. De este modo, consideramos los autores y los fines de la nueva misa, examinamos la explicación de la nueva misa dada por los innovadores modernistas, especialmente la Institutio Generalis.

Una vez acabado este análisis, comenzamos el estudio de los cambios producidos en el Ordo Missæ.

Los reformadores querían absolutamente la desaparición del Misal Romano, el aniquilamiento del Rito Romano.

Entrando ya en los detalles, realizamos un estudio de los ritos del Novus Ordo Missæ.

Continuamos luego con el análisis de algunos temas en particular, primero desde el punto de vista canónico.

Nos detuvimos primero en lo que llamamos una Legislación Revolucionaria, y vimos en detalle el ataque a la Bula Quo primum tempore de San Pío V por medio de la Constitución Missale Romanum.

Luego tuvimos que considerar los dos indultos de 1984 y 1988 y el pérfido Motu proprio Summorum pontificum, de Benedicto XVI.

Hemos concluido expresando que la Misa no basta para corresponder a la Fe; y que por eso hay que descartar la vuelta a la Fe por medio del birritualismo

Lo que se impone es la llegada o la vuelta a la única Misa Romana por medio de la verdadera Fe.

Si no se regresa a la profesión íntegra de la Fe, sin rupturas con la Tradición, la dialéctica con el Misal Romano no dejará de ser una diabólica astucia.

Y recordamos las palabras de Monseñor Lefebvre:

No es una pequeña cosa la que nos opone.

No basta que se nos diga: “pueden rezar la Misa antigua, pero es necesario aceptar esto”.

No, no es solamente eso lo que nos opone, es la Doctrina.

Llegado el momento de comenzar el estudio teológico de la misa montiniana, previamente se hizo necesario establecer los principios de la Teología Católica sobre el Santo Sacrificio de la Misa.

Por lo cual estudiamos tres cuestiones:

– Los Sacramentos en general, especialmente su significación y la intención del ministro.

– La Sagrada Eucaristía como Sacrificio (El Sacrificio Sacramental y su Esencia).

– La Epíclesis, la Forma de las dos Consagraciones y el Tono en que han de ser pronunciadas las palabras.

Después de este largo estudio, estamos ahora en condiciones de aplicar toda esta doctrina y analizar a su luz los cambios producidos en el Nuevo DES-Orden de la Misa.

Lo haremos, Dios mediante, en los últimos tres Especiales, que tratarán los siguientes temas:

* El Ofertorio y las nuevas Plegarias Eucarísticas

* La Epíclesis y la Forma

* El Tono Narrativo y algunos Apéndices importantes (“Cara al pueblo”, ¿Abusos de las Traducciones? y ¿Se puede aceptar una consagración dudosa?).

EL OFERTORIO

Ya hemos considerado en profundidad este tema. Ahora destacamos lo esencial del mismo. Los que no lo hayan hecho y deseen estudiarlo en detalle, pueden ir al Especial La desnaturalización del Ofertorio Ver Aquí

Jesucristo, por el ministerio del sacerdote, renueva el sacrificio de la Cruz por la Consagración del pan y del vino.

En la Última Cena, Jesucristo tomó de la mesa pan; de igual manera, el sacerdote toma una hostia preparada con harina de trigo sin levadura y, elevando la patena en la cual está colocada, piensa en la Víctima que va a inmolar, y recuerda, con términos y pensamientos que se hallarán de nuevo en el Canon de la Misa, los fines generales por los cuales ofrece a Dios el sacrificio.

En la Última Cena, Jesucristo tomó el cáliz con vino, llamado cáliz de bendición porque los judíos lo tomaban agradeciendo a Dios por la salida de Egipto. Este vino estaba mezclado con agua.

El sacerdote, conformándose “a lo que el Señor nos enseñó por su ejemplo y su palabra” (San Cipriano, Ep. 63), echa en el cáliz vino con unas gotas de agua.

La Iglesia añadió a la antedicha razón histórica y fundamental otras razones alegóricas; poniendo algunas gotas de agua en el vino, la Iglesia vierte, simbólicamente, el sacrificio de sus miembros en el sacrificio de su Cabeza.

No consiste el Sacrificio Eucarístico en ofrecer a Dios pan y vino, sino en ofrecerle el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, bajo las especies del pan y del vino.

En el Ofertorio, el Sacrificio de la Misa es tanto preparado como dirigido a un fin determinado.

En efecto, las oraciones del Ofertorio hacen inequívocamente clara la naturaleza sacrificial del resto de la Misa.

Las oraciones del Ofertorio se refieren al pan por el término hostia, es decir, víctima; así como al vino por la expresión cáliz de salvación, porque en la Consagración rebosará de la Sangre de Aquél que es “propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo” (I Io. II, 2).

Leamos estas preciosas oraciones del Ofertorio:

Recibe, oh Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia inmaculada, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, Dios mío, vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, y por todos los circunstantes, y también por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación en la vida eterna.

Te ofrecemos, Señor, el cáliz de salvación, implorando tu clemencia; para que suba con suave fragancia hasta la presencia de tu divina Majestad, por nuestra salvación y por la del mundo entero. Amén.

¡Qué maravilla de exactitud doctrinal! Junto con las acciones del sacerdote, estas oraciones dejan claro que lo que se ofrece en la Misa es la “Hostia inmaculada” o víctima, cuya Sangre redentora se encontrará en el “Cáliz de salvación”.

La naturaleza propiciatoria o reparadora de la Santa Misa es explícita: se ofrece por nuestros pecados.

Además, nos recuerda que la Misa se ofrece “por los vivos y por los difuntos”.

Finalmente, manifiesta que es el sacerdote quien ofrece el Sacrificio como un mediador entre el hombre y Dios.

En la nueva misa estas oraciones han sido completamente suprimidas.

De hecho, sólo dos de las doce oraciones del Ofertorio del Rito Tradicional se mantienen en la nueva misa. Y, como ya sabemos, las oraciones suprimidas son las mismas que Lutero y Cranmer eliminaron. ¿Y por qué las eliminaron? Porque, como dijo el mismo Lutero, ellas “saben a Sacrificio la abominación llamada el ofertorio, y desde este punto casi todo hiede a oblación”.

Pero hay algo más grave. El Novus Ordo Missæ, no sólo omite estas oraciones significativas, sino que destruye efectivamente el Ofertorio entero.

La Instrucción General habla de la “Preparación de los Dones”. Y dentro de esta parte del nuevo rito no hay ni una palabra que indique que la Víctima Divina es lo que se ofrece.

El pan y el vino —“el fruto del trabajo del hombre”— es todo lo que se “presenta”:

Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (vino), fruto de la tierra (de la vid) y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida (bebida de salvación).

Bien se ha señalado que este concepto es totalmente compatible con la teoría teilhardiana de que el esfuerzo humano, el trabajo de las manos humanas, deviene de una cierta manera la materia del Sacramento.

Además, salvo la oración del lavado de las manos, todas las peticiones están en primera persona del plural —“nosotros”— lo que es congruente con el falso concepto encerrado en varias partes de la nueva misa de que no es el “sacerdote-presidente” quien celebra el “memorial del Señor” por su propio poder sacerdotal especial, sino que es la “asamblea” o “el pueblo de Dios” quien lo hace.

De acuerdo con este principio, se han eliminado sistemáticamente todas las oraciones de la Misa Tradicional que diferencian al sacerdote del laicado.

El original latino del nuevo misal todavía hace tal distinción dentro de la oración Orate Fratres. (Orad, hermanos). Ésta fue una oración que el Concilio quiso anular, y que fue restaurada para complacer al Sínodo de Obispos. Sin embargo, los innovadores lograron su deseo en la traducción vernácula, donde la distinción de sacerdote del laicado fue eliminada. Por ejemplo, he aquí la versión francesa:

P. Prions ensemble, au moment d’offrir le sacrifice de toute l’Église (Recemos juntos, en el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia).

A. Pour la gloire de Dieu et le salut du monde (Para la gloria de Dios y la salvación del mundo).

Los “conservadores” (es decir, los extremistas de centro…) destacaron la conservación (porque son conservadores…) en el Novus Ordo Missæ de la oración del Ofertorio tradicional In spiritu humilitatis (En espíritu de humildad) como prueba de que el nuevo rito del Ofertorio alude a la enseñanza tradicional de que la Misa es por encima de todo un Sacrificio ofrecido a Dios.

Ahora bien, esta oración está tomada del Profeta Daniel (III: 39-40) y se refiere al sacrificio personal —a lo sumo, un “sacrificio de alabanza y acción de gracias”— hecho por Azarías y sus compañeros en el horno ardiente.

Como tal, esta oración es totalmente aceptable a los protestantes, y fue conservada por ellos en los “reformados” servicios luteranos y anglicanos (¿serían conservadores…?

Cualquiera debería dudar, entonces, que la mente modernista las haya mantenido …

Y es porque el término “sacrificio” aparece aquí en un contexto donde no está claro que se trata de un sacrificio propiciatorio.

Sabemos que los protestantes están de acuerdo en que la Misa es un sacrificio de alabanza y de acción de gracias, pero no un sacrificio propiciatorio.

Por lo tanto, esta oración sola, aislada, sin las ideas y las precisiones aportadas por las demás, que han sido suprimidas, sigue siendo insuficiente. Su mantenimiento tiene por finalidad calmar los espíritus conservadores…

Antes de pasar a una interpretación competente, recordemos que Concilium es una revista internacional de teología, fundada en el año 1965 que se publica en siete lenguas y once ediciones nacionales. Los fundadores de la revista fueron teólogos como Antonie van den Boogaard, Paul Brand, Yves Congar, Hans Küng, Johann-Baptist Metz, Karl Rahner y Edward Schillebeeckx, destacándose entre ellos Joseph Ratzinger cuando era un joven teólogo que venía fresco del Concilio Vaticano II…

Leamos ahora la interpretación de esta oración, In spiritu humilitatis, por el Padre Joseph Jungmann, S.J. —un modernista consumado y uno de los miembros más eruditos del Concilium, responsable del nuevo rito:

“La oración «En espíritu de humildad», que siempre había servido como un resumen enfático del procedimiento de ofrenda, y como tal era recitado con una inclinación profunda del sacerdote, se ha retenido inalterada por la mera razón de que confiere la expresión apropiada al «sacrificio invisible» del corazón, como el significado interior de toda la ofrenda exterior”.

Por lo tanto, el «Ofertorio» del Novus Ordo Missæ, cuando es interpretado conciliarmente, según la mente herética de los modernistas, y no según la acepción tradicional de lo que es el Ofertorio de la Santa Misa, todo lo que realmente indica es que lo ofrecido en la nueva misa es pan y vino.

Contra esta observación, algunos dirán que, en la ofrenda del “pan-hostia”, el “sacerdote-presidente” en la nueva misa dice, “sea para nosotros pan de vida”.

Pero, como señalan los sacerdotes más “conservadores” del Novus Ordo, esto también puede entenderse como refiriéndose al pan que nosotros comemos cada día en nuestras comidas ordinarias, a menudo llamado “el sostén de la vida”, un “tente en pie”.

El mismo comentario puede hacerse con respecto al vino y la frase “bebida de salvación”.

De este modo, una vez más parecen adecuadas las reflexiones del Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missæ, presentado por los Cardenales Ottaviani y Bacci:

“Cualquiera sea la naturaleza del sacrificio, pertenece a la esencia de la finalidad de la Misa el que sea agradable a Dios, aceptable y aceptado por Él. Por lo tanto, en la condición de los hombres que estaban inficionados por la mancha original, ningún sacrificio hubiera sido aceptable a Dios; el único sacrificio aceptado ahora con derecho por Dios es el Sacrificio de Cristo. Por el contrario, en el Novus Ordo la naturaleza misma de la oblación es deformada en un mero intercambio de dones entre Dios y el hombre: el hombre ofrece el pan que Dios transmuta en “pan de vida”; el hombre lleva el vino que Dios transmuta en “bebida espiritual”: “Bendito eres, Señor Dios del universo, porque de tu largueza recibimos el pan (o: el vino) que te ofrecemos, fruto de la tierra (o: de la vid) y de la obra de las manos de los hombres, del cual se hará para nosotros el pan de vida (o: la bebida espiritual)”

Superfluo es advertir cuán totalmente vagas e indefinidas son estas dos fórmulas “pan de vida” y “bebida espiritual”, que, de por sí, pueden significar muchas cosas.

Hallamos aquí el mismo equívoco capital que hemos visto en la definición de la Misa: allí Cristo se hace presente entre los suyos únicamente de un modo espiritual; aquí se dan el pan y el vino, que son cambiados “espiritualmente”, ¡pero no substancialmente!

Ya hemos visto en otro Especial que los protestantes combaten el dogma de la transubstanciación, según el cual desde el momento de la Consagración están presente en el altar el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor bajo las apariencias o accidentes del pan y del vino.

Lutero defiende la tesis de la impanación. Según él, la substancia del pan permanece después de la Consagración y el Cuerpo de Cristo se encuentra en el pan.

Nótese que aquí permanece una noción de presencia real (aunque no substancial), mientras que en Calvino esta presencia es todo virtual. Este último cree que, dado que el pan está aquí abajo y el Cuerpo de Cristo en el cielo, su identificación sólo puede ser del orden del signo, como una pintura es una representación de Cristo.

Además, los protestantes pretenden que esta presencia, más o menos real de Nuestro Señor, proviene del acto de fe de los fieles reunidos, y no de la eficacia de las palabras de la Consagración pronunciadas por el sacerdote.

Esta transformación y desnaturalización del Ofertorio es de una capital importancia; especialmente cuando uno recuerda el odio con que Lutero lo combatía.

El monje maldito veía en él una “abominación” en la que uno entiende y siente en todas partes la oblación”.

Lutero rechazaba, pues, el Ofertorio por la razón expresamente invocada de que éste manifiesta el valor de sacrificio propiciatorio de la Misa.

El pastor luterano Luther Reed admite, de la misma manera, que “la parte central del ofertorio, Suscipe Sancte Pater, es una exposición perfecta de la doctrina romana del sacrificio de la misa”.

Ahora bien, esta oración Suscipe Sancte Pater ha sido reemplazada en el Nuevo Ordo por una oración judía:

Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida.

Como también el Offerimus Tibi Domine:

Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.

Esto lo admiten incluso los neo-liturgistas: se trata de la transcripción de una oración judía; no de una oración de sacrificio del Antiguo Testamento, anunciando el sacrificio perfecto, sino de una simple oración de bendición de la mesa, extraída del Talmud…

Según la revista Einsicht, este nuevo ofertorio, extraído de la cábala judía, habría sido utilizado en Inglaterra desde 1955 por las sectas masónicas para misas-orgías, comúnmente llamadas misas negras. (cfr. Einsicht, octubre 1984).

La evaluación es obvia: mientras que el Ofertorio tradicional es una exposición perfecta de la doctrina católica romana del Santo Sacrificio de la Misa, el nuevo ofertorio es una oración ecuménica, que ya no expresa la verdadera doctrina.

Todos estos cambios en el Ofertorio constituyen una verdadera desnaturalización de este, son muy graves…, y ellos van a influir en la intención que debe tener el sacerdote al consagrar…

LAS NOVEDOSAS “PLEGARIAS EUCARÍSTICAS”

El corazón de la Santa Misa es el Canon; que permanece igual cada vez que se ofrece el Santo Sacrificio, excepto durante las fiestas más solemnes de la Iglesia, cuando se agregan una frase o dos al Communicantes o al Hanc igitur, que se refieren al misterio que se está celebrando.

En la nueva misa, el Canon es abolido, y en su lugar aparecen las llamadas “Anáforas” o “Plegarias Eucarísticas”.

Ya hemos estudiado con profundidad todos estos sacrílegos cambios.

Remito a los dos Especiales en que se trataron estas cuestiones, los cuales deben ser estudiados minuciosamente:

Los ataques contra el Canon Romano: Ver Aquí

Las nuevas Plegarias Eucarísticas: Ver Aquí

En los Especiales de hoy no puedo repetir todo lo publicado en esas dos Entregas; por lo tanto, haré como un resumen de todos los cambios sufridos por el Sacrosanto Canon Romano.

En los dos próximos Especiales insistiré especialmente en la cuestión de la Epíclesis, en el cambio de la Forma y en la introducción del Tono Narrativo con que han de ser pronunciadas las palabras de la Consagración.

Para comprender todo esto, es indispensable también haber estudiado el último Especial. Ver Aquí

La Primera Plegaria Eucarística

La Plegaria Eucarística I (incluso en latín) no es, como se afirma a menudo, el antiguo y venerado Canon Romano.

Dicha Plegaria está solamente modelada sobre el Canon tradicional, pero, como ya sabemos, contiene varias diferencias significativas.

Los sacerdotes que usaban (tal vez quede alguno en la actualidad…) la Plegaria Eucarística I pensaban o piensan estar rezando la antigua Misa.

Sin embargo, con la destrucción del Ofertorio tradicional y sus oraciones, que exponen precisamente lo que ocurre durante el Canon, sumada a las falsas traducciones modernas, la Plegaria Eucarística I es totalmente susceptible de ser interpretada de manera completamente modernista y protestante.

Si la modificación del Ofertorio es grave, la llevada a cabo contra el Canon Romano es gravísima, tanto por su antigüedad como por el lugar esencial que ocupa en el Santo Sacrificio.

Como sabemos, el Concilio de Trento enseña sobre él:

Y siendo conveniente que las cosas santas se manejen santamente; constando ser este sacrificio el más santo de todos; estableció muchos siglos ha la Iglesia católica, para que se ofreciese, y recibiese digna y reverentemente, el sagrado Canon, tan limpio de todo error, que nada incluye que no dé a entender en sumo grado, cierta santidad y piedad, y levante a Dios los ánimos de los que sacrifican; porque el Canon consta de las mismas palabras del Señor, y de las tradiciones de los Apóstoles, así como también de los piadosos estatutos de los santos Pontífices.

El venerable Canon Romano es doblemente atacado por el nuevo ordo:

— En sí mismo, primero, por las modificaciones que se le hicieron.

— Y desde afuera, por la introducción de tres nuevas “plegarias eucarísticas” (como las denominan los modernistas), destinadas a reemplazarlo.

La intención inicial era suprimir concretamente el Canon Romano por completo, como lo demuestra la “misa normativa” presentada a los Obispos el 24 de octubre de 1967.

Como algunos Obispos se inquietaron, finalmente se lo conservó; pero se lo modificó alevosamente.

Considerado superficialmente, este llamado canon romano parece haber sufrido sólo modificaciones insignificantes.

Sin embargo, un análisis más detallado revela que los cambios introducidos tienden en general, a veces de manera sutil, a acomodar en el texto la concepción de la Eucaristía como un simple ágape realizado por la comunidad, bajo la presidencia del celebrante, en conmemoración de la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor.

Sin cambios desde San Gregorio Magno, el venerado Canon parecía inmutable. Sin embargo, con el novus ordo ha sufrido cinco modificaciones esenciales:

— a) Una desacralización general (por la recitación en voz alta y otros cambios);

— b) La modificación de la fórmula de la Consagración;

— c) El cambio de la intención significativa de las palabras de la Consagración (por la supresión del tono intimativo o imperativo, y la introducción del tono narrativo);

— d) La supresión de genuflexiones después de la Consagración;

— e) El agregado de una aclamación ambigua después de la Consagración.

Estos cinco puntos combinados contribuyen aún más a debilitar el Canon que, como ya hemos visto, ha sido privado de la pre-significación que le proporciona el Ofertorio tradicional.

Como hemos visto en el Especial consagrado a él, es difícil seguir denominando Canon Romano a esta bastarda “Plegaria Eucarística”.

La Segunda Plegaria Eucarística

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Vista del nuevo misal, Plegaria Eucarística II

Se dice que la Plegaria Eucarística II ha sido tomada de la Tradición Apostólica de San Hipólito (escrita, debe recordarse, en un momento en que él era cismático y antipapa).

Sin embargo, a este ya de por sí cuestionable documento (imaginemos…, su autor un cismático y antipapa…), los innovadores le hicieron cambios significativos (ni entre ellos se respetan…).

Así, por ejemplo, suprimieron las frases Ut mortem solveret et vincula diaboli dirumperet, et infernum calceret et iustos illuminet (“Para que Él [Cristo] venza a la muerte, rompa las cadenas de Satanás, huelle el infierno e ilumine al justo”), y Qua nos dignos habuisti adstare coram te et tibi sacerdotes ministrare (Para hacernos dignos de estar en Tu presencia y servirte como sacerdotes).

Como se puede observar, a simple vista, estos son conceptos que todos los protestantes, los innovadores, los modernistas y los conciliares aborrecen…; son conceptos católicos que los innovadores litúrgicos suprimieron de aquella plegaria de Hipólito…

Lo más significativo de todo, es que ellos insertaron, capciosamente, en el texto original la misma frase “ut nobis” (para nosotros). Se trata, pues, de una acción que hace su herético intento más que claro.

Como en el segundo Libro de la Plegaria Común de Cranmer, así también en la Plegaria Eucarística II del Novus Ordo, se ha eliminado toda presencia de una interpretación católica.

Cuando se usa la Plegaria Eucarística II, el Te Igitur, el Memento domine y el Quam Oblationem —tres oraciones que inequívocamente permiten una interpretación católica del ut nobis (para nosotros)— ya no se dicen.

Así, no hay absolutamente ninguna preparación en la Plegaria Eucarística II para la consagración de las ofrendas de pan y vino.

En la Misa Tradicional es imposible entender la expresión ut nobis en el sentido cranmeriano (es decir, negando la Transubstanciación).

En la Plegaria Eucarística I del Novus Ordo Missæ, la situación con respecto a la intención del sacerdote para consagrar (efectuar la Transubstanciación) es ambigua; pero en la Plegaria Eucarística II, la doctrina católica a este respecto desaparece completamente y triunfa la acepción protestante; es imposible entenderlo de cualquier otra manera que en el sentido cranmeriano.

Además, la adición del ut nobis al llamado “Canon de Hipólito” repercute en la manera de interpretar y entender el ut nobis en la Plegaria Eucarística I.

Para empeorar la cuestión, los creadores del Novus Ordo Missæ muestran su preferencia claramente por la Plegaria Eucarística II.

Los documentos oficiales de Roma nos dicen que la Plegaria Eucarística II puede usarse en cualquier ocasión. Se recomienda para los domingos, “a menos que se elija otra Plegaria Eucarística por razones pastorales”. También es particularmente conveniente “para las misas diarias, o para la misa en circunstancias particulares”. Además, se recomienda para “las misas con niños, jóvenes y grupos pequeños”, y sobre todo “para la catequesis”.

Fuera del poder de estas sugerencias, los sacerdotes se inclinan a usar la Plegaria Eucarística II por su brevedad.

Estaba previsto que cuanto más habitualmente se la utilizase, tanto más rápidamente se perdería en sacerdotes y fieles la comprensión católica de la verdadera naturaleza de la Santa Misa.

Y es lo que ha sucedido…

La Tercera Plegaria Eucarística

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Vista del nuevo misal, Plegaria Eucarística III

Es una plegaria de nueva creación, más larga que la II y con una estructura con cuatro ideas principales:

— acción de gracias por la obra de la salvación;

— papel del Espíritu Santo;

— la eucaristía como realización de los últimos tiempos;

— íntima relación del sacrificio de Cristo con el de la Iglesia.

En la Plegaria Eucarística III las palabras siguientes se dirigen al Señor: “Congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso”.

Esta frase deja traslucir, una vez más, que es el pueblo, en lugar del sacerdote, el elemento indispensable en la celebración.

Cabe destacar que en ninguna de las nuevas Plegarias Eucarísticas se deja en claro que la Consagración se efectúa sólo por el sacerdote; tampoco se especifica que él no está actuando como un portavoz o como presidente de una comunidad que concelebra.

La Cuarta Plegaria Eucarística

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Plegaria Eucarística IV

La Plegaria Eucarística IV, compuesta por el innovador y modernista Padre Cipriano Vagaggini, presenta otros aspectos interesantes de la Revolución Litúrgica.

Fueron necesarios dieciocho años de discusiones y reclamos para que se cambiase en ella una traducción que favorecía la herejía arriana.

Su Prefacio es propio e invariable. En él se alaba a Dios en su esencia y en cuanto Creador.

Antes del relato de la institución presenta una síntesis de la historia de la salvación.

La Institutio dice que debe usarse preferentemente “para aquellos grupos de creyentes que tienen un conocimiento más profundo de las Escrituras” (artículo 322 d).

Si analizamos cuidadosamente esta oración, no podemos dejar de comprobar que tal texto hace posibles celebraciones ecuménicas con no católicos, especialmente con protestantes.

Por eso, es de temer que los sacerdotes extremadamente progresistas juzguen que “los fieles que tienen un conocimiento más profundo de las Sagradas Escrituras”, a las que se refiere la Institutio, sean los herejes protestantes…

Según las rúbricas, no se puede tener ningún recuerdo de personas fallecidas determinadas. La Institutio da la razón de esta extraña disposición en términos lacónicos en su artículo 322d: “En esta oración, no es posible, debido a su estructura, insertar una fórmula especial por difuntos”.

Es difícil entender por qué la “estructura” de una oración eucarística no puede admitir una alusión especial a difuntos determinados. En términos concretos, digamos que esta sección hace que el texto sea aceptable por los protestantes, quienes niegan la aplicabilidad de la misa a los difuntos.

No se objete que la cuarta Plegaria Eucarística contiene una referencia general a los difuntos, suficiente para distinguirla de la Cena protestante. Una referencia tan vaga no sería rechazada por los discípulos de Lutero, ya que, si niegan la aplicabilidad de los frutos de la Misa a los fieles difuntos, no niegan que podamos recordarlos en nuestras oraciones.

De hecho, la referencia a los difuntos en esta cuarta Plegaria Eucarística es bastante vaga; ella enfatiza que no oramos sólo por los fieles difuntos.

Aquí están las palabras: “Acuérdate también de los que murieron en la paz de Cristo y de todos los difuntos, cuya fe sólo tú conociste”.

Como vemos, ella intercede por aquellos que, aunque no hayan muerto en la paz de Cristo, fueron salvos por su fe, que sólo Dios conocía.

La fórmula puede ser desconcertante porque, aunque es susceptible de una interpretación ortodoxa, tiende a salvar la conciencia de aquellos que no desean pertenecer a la Iglesia Católica: quizás tengan una “fe” desconocida por los hombres, pero conocida por Dios…

La fórmula utilizada en la cuarta Plegaria Eucarística para interceder por los vivos no es menos “ecuménica”:

“Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos por quienes te ofrecemos este sacrificio: de tu servidor el Papa…; de nuestro Obispo…; del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos, de los oferentes y de los aquí reunidos, de todo tu pueblo santo y de aquellos que te buscan con sincero corazón”.

Tenemos aquí una fórmula que puede interpretarse en un sentido ortodoxo, pero que es ambigua y peligrosa; insinúa que una “sinceridad” vaga y general en “buscar” a Dios es una condición suficiente para la salvación.

La existencia de esta insinuación es innegable, porque, de lo contrario, sería imposible explicar por qué no rezar directamente por todos los hombres en general.

Además, en ningún pasaje de esta cuarta oración eucarística, se especifica que la misa se ofrece en primer lugar por los católicos.

Santo Tomás da la razón dogmática por la cual, en el canon de la Misa, no se reza por los que están fuera de la Iglesia. De hecho, cuando la liturgia reza por la conversión de los no católicos siempre esa oración está fuera del Canon.

Enseña Santo Tomás, en la Suma Teológica, III, q. 79, a. 7, ad 2:

Como la pasión de Cristo aprovecha a todos para la remisión de la culpa y la obtención de la gracia y de la gloria, pero no tiene efecto más que en quienes se unen a la pasión de Cristo por la fe y la caridad, así este sacrificio, que es memorial de la pasión del Señor, tampoco tiene efecto más que en quienes se unen a este sacramento por la fe y la caridad. Por eso dice San Agustín en Ad Renatum: ¿Por quién se ofrecerá el cuerpo de Cristo, sino por aquellos que son sus miembros? De ahí que en el Canon de la misa no se ore por los que están fuera de la iglesia. No obstante, también a éstos les aprovecha más o menos, en la medida de su devoción.

Y Dom Guéranger, en su Explicación de las oraciones y ceremonias de la Misa, ratifica:

Sería una profanación, si el sacerdote hiciera oír sus nombres en el curso del santo sacrificio. Podemos orar por ellos en secreto, pero no en las oraciones oficiales. Ellos están fuera del sacrificio porque están fuera de la Santa Iglesia; por consiguiente, es imposible mencionarlos en él.

Ahora bien, las nuevas Plegarias Eucarísticas van en contra de esta regla tradicional, enfatizando que no rezan sólo por los fieles, sino por todos los hombres. La cosa está clara en las Plegarias II y III; la IV es más ambigua.

El mal llamado misal romano (en realidad, modernista, conciliar, bastardo…) cuenta actualmente con trece Plegarias Eucarísticas, que se han mantenido en la tercera edición típica, aunque en un orden distinto.

Los países que tienen plegarias propias las suman a estas trece.

No caben dudas: la nueva misa destruye el Rito Romano.

Teniendo en cuenta solamente el texto oficial latino delante de sus ojos, los cardenales Ottaviani y Bacci pudieron escribirle a Pablo VI:

El Novus Ordo Missæ se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, cual fue formulada en la XXII Sesión del Concilio de Trento.

Monseñor Lefebvre expresó:

La nueva misa viene de la herejía y conduce a la herejía.

Hemos comprobado que, aunque se la celebre con piedad y conforme a las rúbricas, está impregnada de espíritu protestante; lleva en ella un veneno perjudicial para la fe.

Concluyamos, pues, afirmando que la nueva misa no es agradable a Dios, pues no da la adoración conveniente a Nuestro Señor Jesucristo, además de que plantea serias dudas sobre su validez.

El católico debe rechazar la nueva misa y no puede ni celebrarla, si es sacerdote, ni asistir a ella, si es simple feligrés.

Esa misa no puede obligar, ni puede servir para cumplir el precepto dominical.

Dios mediante, en un próximo Especial veremos lo concerniente a la Epíclesis y la Forma.