SANTO TOMAS DE AQUINO- MEDITACIONES DE ADVIENTO Y NAVIDAD

22 de diciembre
CRISTO NACIÓ PASIBLE Y MORTAL

Dios envió a su Hijo en una carne semejante a la del pecado (Rom 8,3).

No fue conveniente que Dios tomase carne impasible e inmortal, sino más bien pasible y mortal.

1º) Porque era necesario que los hombres conociesen el beneficio de la Encarnación, para que se inflamasen en el amor divino; y era necesario para manifestar la verdad de la Encarnación, que tomase una carne semejante a la de los demás hombres, a saber, pasible y mortal. Pues si hubiese tomado una carne impasible e inmortal, habría parecido a los hombres, desconocedores de tal carne, que era un fantasma y no una carne verdadera.

2º) Fue necesario que Dios tomase carne para satisfacer por el pecado del género humano, pues sucede que uno satisface por otro; mas la pena que sigue al pecado del género humano es la muerte y los demás padecimientos de la vida presente. Fue por lo tanto necesario que Dios tomase carne pasible y mortal, pero sin pecado, para que, padeciendo y muriendo así, satisficiese por nosotros y quitase el pecado.

3º) Porque poseyendo carne pasible y mortal nos dio ejemplos más eficaces de virtud, al superar con fortaleza los sufrimientos de la carne y al usar de ellos virtuosamente.

4º) Porque somos alentados a la esperanza de la inmortalidad, pues del hecho de haber pasado del estado de carne pasible y mortal al de la impasibilidad e inmortalidad de la carne, podemos esperar lo mismo para nosotros, que llevamos carne pasible y mortal. Pues si desde el principio
hubiese tomado carne impasible e inmortal, no tendríamos motivo para esperar la inmortalidad, sintiéndonos mortales y corruptibles.

Y, además, el oficio de mediador exigía que tuviese de común con nosotros carne pasible y mortal, y que tuviese de común con Dios el poder y la gloria; para que, quitando de nosotros lo que tenía de común con nosotros, es decir, los padecimientos y la muerte, nos condujese a lo que tenía de común con Dios; pues fue mediador para unirnos a Dios.

(Contra Gentiles, lib. 4, cap. 55)