LA INHÓSPITA TRINCHERA

Conservando los restos

LOS MACABEOS

(Octava entrega)

Textos de los Santos Padres

Como hemos señalado en Entregas anteriores, los Santos Padres se han referido a los Macabeos de manera muy elogiosa, admirando y exaltando su valor.

El Santo Breviario ofrece en los Domingos del mes de octubre textos de San Ambrosio, San Agustín, San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno. Aquí los ponemos al alcance de nuestros lectores.

SAN AMBROSIO

Obispo de Milán

Del Libro De los Deberes, L. I, Cap. 40-41

Quizás algunos se muestren apasionados por la gloria de las armas, hasta el punto de creer que el valor guerrero lo es todo y que yo he evitado referirme a él, porque esta virtud falte tal vez entre los nuestros.

Ello, no obstante, ¿cuál no fue el valor de Jesús, hijo de Nave, quien, en una sola batalla, hizo prisioneros y rindió a cinco reyes con sus pueblos? Prosiguiendo luego con ardor el combate contra los gabaonitas, y temiendo que la noche le impidiese la victoria, exclamo en la grandeza de su fe y de su valor: Sol, no te muevas. Y se paró el sol, hasta que la victoria fue completa.

Gedeón, con trescientos hombres, triunfo de un numeroso ejército y de un enemigo formidable.

Jonatán, todavía adolescente, se distinguió por sus brillantes hechos de armas.

¿Y qué decir de los Macabeos? pero dejad antes que mencione a sus antepasados, los cuales, habiendo resuelto defender el templo de Dios y sus santas tradiciones, y viéndose atacados traidoramente un sábado por sus enemigos, prefirieron recibir desarmados los golpes que los herían antes que oponer resistencia violando el sábado.

Se ofrecieron así todos, gozosos a la muerte.

Mas, considerando los Macabeos que, de imitar ellos este ejemplo, se seguiría la pérdida de toda la nación, viéndose también atacados en día de sábado, supieron vengar la muerte de sus virtuosos hermanos.

Bien pronto el rey Antíoco, irritado, encendió contra ellos el fuego de la guerra por medio de sus generales Lisias, Nicanor y Gorgias, pero sus tropas de Orientales y de Asirios no le ahorraron la vergüenza dc ver cuarenta y ocho mil hombres derribados por tres mil judíos en medio de la llanura.

Juzgad de la bravura de un capitán como Judas Macabeo por lo que hizo uno de sus soldados.

Pues habiendo visto Eleazar un elefante más alto que los otros y cubierto de una regia cota de malla, conjeturó que llevaría al rey; corrió, entonces, y se precipito con todas sus fuerzas en medio de la legión, y arrojando el escudo, iba hiriendo y matando con ambas manos, hasta que llego al elefante.

Se puso debajo de él, y le hundió su espada en el vientre.

El animal se desplomó sobre Eleazar, que murió aplastado.

¡Qué valor el suyo! Primeramente, no temer la muerte; después, lanzarse en medio de las legiones de enemigos, acometiendo a una masa compacta de combatientes; abrirse paso a través de la legión, y, sin temor a la muerte más cruel, habiendo arrojado el escudo, sostener con ambas manos el peso enorme de la bestia herida, y ponerse, por último, debajo de ella para asestarle un golpe más certero.

Así, envuelto en la caída de la bestia gigante, más bien que aplastado, quedo sepultado en su mismo triunfo.

Dado que el valor no resplandece menos en los reveses que en los triunfos, consideremos el fin de Judas Macabeo.

Luego de derrotar a Nicanor, lugarteniente del rey Demetrio, se dirigió más confiado a librar batalla al ejercito del rey, compuesto de veinte mil hombres, cuando él contaba tan sólo con ochocientos.

Como estos quisieran retirarse por temor a la multitud aplastante de enemigos, los decidió a preferir una muerte gloriosa a una huida vergonzosa, diciéndoles: “No echemos un borrón a nuestra gloria”.

Duró el combate desde la mañana hasta la caída de la tarde.

Habiendo conocido que el ala derecha del enemigo era la más fuerte, la atacó y la rompió fácilmente; mas persiguiendo a los fugitivos, dio lugar a que el ala izquierda le atacase por detrás hallando así una muerte más gloriosa que los mismos triunfos.

¿Por qué no unir al elogio de Judas el de su hermano Jonatán? Combatiendo a los ejércitos reales con un punado de hombres, se vio abandonado de los suyos, y, sólo con dos guerreros, reanudó el combate, rechazó al enemigo, y reanimó a su gente fugitiva para que participaran del triunfo.

Ved aquí, pues, un ejemplo insigne del valor guerrero en su aspecto más noble y hermoso: el de preferir la muerte a la servidumbre y a la deshonra.

Mas, ¿qué decir de las torturas de los Mártires? Y, sin ir más lejos, fijémonos en los jóvenes Macabeos.

¿No obtuvieron sobre el soberbio rey Antíoco una victoria no inferior a la que habían alcanzado sus propios padres? Estos habían vencido por la fuerza de las armas; mas aquellos vencieron desarmados.

Aquelpequeño grupo de siete hermanos, asediado por las legiones reales, se mantuvo invencible.

Se agotaron todos los suplicios, se fatigaron los verdugos; mas los mártires no se sintieron desfallecer.

Uno de ellos, al que arrancaron la piel de la cabeza, pudo mudar de aspecto, pero no decayó su valor; otro, al mandarle sacar la lengua para cortársela, exclamo: “No sólo oye a los que hablan aquel Señor que oía a Moisés mientras callaba: llegan mejor a sus oídos los pensamientos secretos de los suyos que las voces de los demás. ¿Cómo temes los reproches de mi lengua y no temes los de mi sangre? También la sangre tiene su voz, y con esta voz clama a Dios, como lo hizo la sangre de Abel”.

SAN AGUSTÍN

Obispo de Hipona

Del libro La Ciudad de Dios, L. 18, Cap. 45

Cuando el pueblo judío comenzó a carecer de profetas, la nación empeoró evidentemente, y precisamente cuando esperaba que había de mejorar tras la restauración del templo después de la cautividad de Babilonia. Así, en efecto, entendía aquel pueblo carnal lo anunciado por el profeta Ageo al decir: La gloria de este segundo templo será mayor que la del primero. Lo que demostró un poco antes que se había dicho del Nuevo Testamento cuando, prometiendo abiertamente a Cristo, dice: Yo pondré en movimiento a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las gentes. A este pasaje le dieron los Setenta con autoridad profética un sentido más acomodado al cuerpo que a la cabeza, es decir, más apropiado a la Iglesia que a Cristo: Vendrán las naciones que el Señor ha elegido entre todas, esto es, los hombres, de quienes dijo el mismo Jesús en el Evangelio: Muchos son los llamados y pocos los escogidos. Con estos elegidos de las naciones se construye con piedras vivas en el Nuevo Testamento la casa de Dios, mucho más gloriosa que pudo ser el famoso templo construido por Salomón y restaurado después de la cautividad. Y por eso aquel pueblo no tuvo ya profetas desde entonces, y sufrió muchas calamidades por parte de los reyes extranjeros y de los mismos romanos, a fin de que no tuviera por cumplida esta profecía de Ageo en la restauración del templo.

Efectivamente, no mucho después se vio subyugado el pueblo con la venida de Alejandro. Y aunque no hubo devastación alguna, porque no se atrevieron a oponérsele y con su fácil sumisión aplacaron al vencedor, no fue, sin embargo, tan grande la gloria de esta casa como lo había sido en la libre potestad de sus reyes. Cierto que Alejandro inmoló víctimas en el templo de Dios; pero no para darle culto convertido con verdadera piedad, sino pensando en su impía fatuidad, que debía ser adorado junto con los dioses falsos.

Después Ptolomeo, el hijo de Lago, como recordé arriba, a la muerte de Alejandro llevó cautivos los judíos a Egipto, devolviéndolos su sucesor Ptolomeo Filadelfo con toda generosidad. A éste se debió lo que acabo de contar: la versión de las Escrituras por los Setenta. Luego se vieron quebrantados por las guerras que nos cuentan los libros de los Macabeos. Después de éstas fueron llevados cautivos por el rey de Alejandría Ptolomeo, llamado Epífanes; inmediatamente se vieron constreñidos con muchas e inauditas crueldades por Antíoco, rey de Siria, a dar culto a los ídolos, y hasta el mismo templo se vio mancillado con las sacrílegas supersticiones de los gentiles. Fue Judas Macabeo, el esforzado paladín de los judíos, quien lo purificó de esa contaminación idolátrica después de expulsar a los generales de Antíoco.

No mucho después, un cierto Alcimo, sin pertenecer a la casta sacerdotal, fue nombrado pontífice por ambición; acto considerado como impío. Después de casi cincuenta años sin que gozaran de paz, aunque llevaron a feliz éxito algunas empresas, asumió Aristóbulo el primero la diadema y se hizo rey y pontífice a la vez. Desde que volvieron de la cautividad de Babilonia y fue restaurado el templo, no habían tenido reyes, sino sólo caudillos o príncipes; bien que el llamado rey puede también recibir el nombre de príncipe por la potestad de mandar y el de caudillo por ser conductor del ejército. En cambio, los príncipes o caudillos no pueden llamarse por esto reyes, como lo fue Aristóbulo.

Le sucedió a éste Alejandro, rey y pontífice también, de quien se dice reinó con crueldad sobre los suyos. Después de él fue reina de los judíos su esposa Alejandra, y desde entonces se vieron agobiados en adelante por males más graves. Porque los hijos de esta Alejandra, Aristóbulo e Hircano, lucharon entre sí por el mando, y provocaron la intervención del poderío romano contra el pueblo de Israel, ya que Hircano les pidió auxilio contra su hermano.

Para entonces, Roma había sometido ya África y Grecia, y ejerciendo un amplio imperio sobre otras partes del orbe, como si no pudiera soportarse a sí misma, se había, en cierto modo, resquebrajado con el peso de su poder. Había llegado a profundas sediciones internas, pasando luego a las guerras sociales y más tarde a las civiles; y a tal grado de quebrantamiento y debilidad llegó, que se vio inminente la transformación del régimen en monarquía. Pompeyo, el príncipe más ilustre entonces entre los romanos, entrando en son de guerra en Judea, tomó la ciudad, abrió el templo, no por religiosa piedad, sino por el derecho del vencedor, y se llegó al Santo de los Santos, adonde sólo se permitía la entrada al sumo sacerdote, no en plan de veneración, sino más bien de profanación. Confirmó a Hircano en el pontificado, e impuso como guardián de la nación sometida a Antípatro, con el nombre de procurador, como entonces los llamaban; a Aristóbulo lo llevó consigo encadenado. Desde entonces comenzaron los judíos a pagar tributo a los romanos. Después, Casio llegó hasta a saquear el templo. Y a continuación, al cabo de pocos años, merecieron tener como rey al extranjero Herodes, en cuyo tiempo nació Cristo.

Era ya llegada la plenitud de los tiempos, anunciada por el espíritu profético en la boca del patriarca Jacob, cuando dice: No faltará príncipe de Judá ni caudillo de su posteridad hasta que venga Aquel a quien se aguardó, que es la esperanza de las naciones. No faltó, de hecho, príncipe de los judíos de origen judío hasta el tal Herodes, a quien tuvieron por primer rey extranjero. Ya se cumplía, pues, el tiempo de la venida de Aquel en quien estaba la promesa de la nueva alianza, de suerte que Él fuera la expectación de los pueblos. No podían esperarle venidero las gentes, como le vemos esperado para llevar a cabo el juicio en la manifestación de su poder, si no hubieran creído en Él antes, cuando vino a ser sometido a juicio en la humildad de su paciencia.

SAN JUAN CRISÓSTOMO

Obispo de Constantinopla

Del Tratado sobre el Salmo XLIII

“Nosotros, oh Dios, lo hemos oído por nuestros oídos; nuestros padres nos han contado una obra que hiciste en sus días”.

El profeta es realmente el que habla en este salmo, pero no lo hace en nombre propio, sino en nombre de los Macabeos.

haciendo un relato profético de las cosas que debían suceder en su época.

Porque lo propio de los Profetas consiste en recorrer todos los tiempos, el presente, el pasado, el porvenir.

Mas para la inteligencia de lo que exponemos, hay que empezar por decir quiénes eran los Macabeos, lo que sufrieron, lo que hicieron.

Cuando Antíoco, llamado Epífanes, invadió la Judea y todo lo devastó, obligó a muchos judíos a abandonar las tradiciones patrias.

Entonces los Macabeos se mantuvieron constantes en medio de la prueba.

Cuando sobrevenía una guerra violenta, en la que no veían ellos ventaja alguna, se ocultaban; lo cual, por otra parte, lo hicieron también más tarde los Apóstoles.

No siempre daban la cara, ni se lanzaban temerariamente al peligro; a veces se retiraban, ya huyendo, ya ocultándose.

Mas en cuanto pudieron respirar un poco, abandonando sus guaridas cual vigorosos cachorros, y apareciendo en público, resolvieron no sólo salvarse a sí mismos, sino también a cuantos pudieran.

Recorriendo, pues, la ciudad y todo el país, reunieron a cuantos encontraban todavía fieles y constantes; y también a muchos que se habían dejado abatir o corromper, y les restituyeron a su primitivo estado, persuadiéndolos a abrazar de nuevo la ley de sus padres.

Porque les recordaban que Dios es bondadoso y clemente, y que jamás niega la salvación al que hace penitencia.

Estas exhortaciones pusieron en pie de guerra un ejército de hombres valerosísimos, que combatían, no por sus mujeres, sus hijos y sus servidores; no por ahorrar al país la ruina y la esclavitud, sino por la ley de sus padres y los derechos de la nación.

Dios mismo era su generalísimo; así, cuando ordenaban la batalla y exponían sus vidas, derrotaban al enemigo, no fiando en sus armas, sino en la santidad de la causa por la cual combatían, considerándola como el armamento por excelencia.

Al marchar al combate, no atronaban el aire con vociferaciones ni cantos profanos, como acostumbraban ciertos ejércitos; ni llevaban en sus filas bandas de músicos, como en otros campamentos, sino que pedían a Dios que les enviara de lo alto su auxilio, que los asistiera y sostuviera y les prestara su mano, ya que hacían la guerra en defensa de su causa, y combatían por su gloria.

SAN GREGORIO NACIANCENO

Obispo de Constantinopla

Sermón 20, sobre los Macabeos

Eleázaro fue como la primicia de los que sufrieron antes de la venida de Cristo, así como Esteban fue la primicia de los que sufrieron después de esa venida.

Era hombre, un sacerdote y un anciano, cano en años y cano también en sabiduría.

Primero sacrificaba y rezaba por el pueblo, pero llegó el momento en que se ofreció a Dios como un holocausto sin tacha, una ofrenda de expiación por todo el pueblo, un comienzo bendito en esa lucha en la que sus palabras y su silencio fueron igualmente una exhortación.

Asimismo, presentó los cuerpos de siete hijos, la descendencia de su enseñanza, una hostia viva, santa, agradable a Dios, una oblación más gloriosa y más pura que cualquier ofrenda legal, porque dar al padre el crédito de sus hijos es lo más adecuado y justo.

Allí estaban los muchachos, generosos y magnánimos, los valientes hijos de una noble madre, los gloriosos campeones de la verdad, los hombres más excelsos de la época de Antíoco; verdaderos discípulos de la Ley de Moisés, los mayores observantes de los ritos de sus antepasados, de ese número laudabilísimo, siete veces mayor del que los hebreos bendicen y que es santificado y adorado por el cómputo del sábado; allí estaban, con un anhelo y un objetivo, conociendo el camino que conduce a la vida, incluso dispuestos para recibir la muerte por el amor de Dios, allí estaban, hermanos en el alma no menos que en el cuerpo, emulando entre sí mutuamente la muerte.

¡Oh, qué misterio maravilloso! Arrebataron la agonía como a un tesoro, y se arriesgaron por la enseñanza de la Ley, sin más temor por lo que fue antes, que arrepentimiento por lo que quedó atrás.

Su temor era sólo uno: que alguno quedase sin la corona, y que los hermanos fuesen separados uno del otro, de modo que, en tales circunstancias, alejados de los tormentos, venciesen con una mala victoria.

Allí estaba la madre, noble y valiente; ardiendo de amor por sus hijos y por Dios; con el corazón desgarrado como pocos corazones humanos están desgarrados.

Su agonía no se debió tanto a las torturas que sufrieron sus hijos, como al temor de que se retractaran a causa de ellas.

No anhelaba otra cosa y por ella rogaba: que los que quedaban con vida se unieran a aquellos que ya la habían dejado.

Su ansiedad era más por los vivos más que por los muertos. De hecho, los vivos todavía estaban contendiendo y su victoria estaba en dudas; mientras que los muertos ya habían dejado el campo a salvo y sabía que Dios los había acogido; en cuanto a los vivos, ella estaba angustiada al no saber cómo los recibiría Dios.

¡Oh alma viril en el cuerpo de una mujer! ¡Oh admirable incremento de un alma grande!