PADRE CASTELLANI: PREVISIÓN DE PROFETA

Conservando los restos

Ante el torrente diario de medidas, que van desde la contradicción al absurdo, con el inventado pretexto de la “pandemia”, las personas que las sufren oscilan entre el servilismo y la insubordinación.

Con el fin de proporcionar un poco de luz sobre estas cuestiones, publicaremos una serie de ensayos y artículos del Padre Leonardo Castellani, que ya hace casi ochenta años las vio venir, las sufrió y nos dejó sabios consejos para enfrentarlas.

MEDIOLETRADOS

(Cabildo, Buenos Aires, N° 293, 21 de julio de 1943)

Ese consejo repetido y categórico que da a sus monjas Santa Teresa en uno de sus libros (Camino de perfección) de tener “confesores letrados” y desconfiarle muchos a los “medioletrados, los cuales me han engañado hartas veces” —dice ella—, es un consejo que siempre nos ha llamado la atención: luego era posible en tiempos de la Santa, incluso a monjas sencillas, distinguir los letrados de los semiletrados.

Pues bien, he aquí la diferencia capital de aquel tiempo con el nuestro. En nuestro tiempo ya no es posible. ¿Quién puede hoy distinguir un gran médico de un matasanos facundo? No por cierto la gente sencilla. Y de esto nacen muchos males.

En aquel tiempo, los letrados eran raros; y ser letrado, o sea doctor, era una cosa seria: doctor era el capaz de enseñar una ciencia; o bien todas las ciencias armadas en sabiduría.

El capaz de enseñar es el que sabe (sabor), el que posee una disciplina en habitus vital, el que la abarca entera y perfecta dentro de sí, o mejor dicho ambula él adentro de su orbe.

Son gente rara. Ven todo el mundo a través de su ciencia, la hallan en todas partes, se hallan con ella, y están haciendo allí continuos descubrimientos, en luna de miel o noviazgo perpetuo.

Esta gente es muy rara (en el sentido de escasa y de preciosa); no sirve para otra cosa, y tienden a juntarse entre ellos para poder pelearse mejor, por lo cual la cordura antigua los reunió a vivir juntos en un claustro, y lo que resultó de ahí llamóse Universidad o Estudios Generales.

Vestían especiales togas, llevaban un anillo al dedo desposados de la Sophía, casi todos eran solteros; si eran curas, el Emperador o el Papa fácilmente los hacían obispos, y los Reyes los codiciaban para sus Reales Juntas, en tanto que ellos nada codiciaban más que su celda, sus discípulos y sus pergaminos, y no obstante les sobraba plata para hacer limosna.

Los llamaban doctores, que significa enseñadores. Tenían bajo sí a los repetidores.

Eran pocos, ya lo dije.

CASTELLANI1

Hoy día, con el progreso moderno, todos somos doctores.

Los repetidores eran los medioletrados, como un servidor de ustedes. Son tipos con fluencia de parola —en tanto que los doctores casi todos son tartamudos—, capaces de agarrar rápido las ideas, explanarlas, exponerlas, hacerlas interesantes, vulgarizarlas. Son los que tienen, como dice el hispánico, facilidad.

Las doctrinas difíciles de los maestros en sus bocas devienen fáciles; las oscuras se vuelven claras; las técnicas y duras se hacen amenas; las diversas se homologan y contactan.

Los discípulos aman a este hombre brillante, claro y seguro —sobre todo los discípulos más discipulares—, mucho más que al doctor pesado, que lucha y forcejea; que sabe solamente las cosas como son, y no sabe el modo de decirlas lindo; que se repite, que no “construye”, que no tiene “forma”.

El Repetidor es necesario. Pero antaño dependía del Maestro, del hombre enamorado de la verdad, absorto con ella, distraído, desatento y desdeñoso.

¿Qué ha pasado en nuestro tiempo? El Repetidor tomó los comandos. Dicen que es parte de un fenómeno general llamado rebelión de las masas.

El Repetidor corre hoy el mundo bautizado “Conferencista”; y los Doctores dependen de él y deben estudiar para suministrarle “ideas”.

Las ideas del Conferencista divierten a la gente; y la gente paga a quien la divierte, no paga a quien la educa o la salva. Generosamente el Conferencista le da limosna al Doctor.

El Doctor escribe un libro, pongamos de filosofía, y pasa lo siguiente: el editor lo estafa, el público no lo lee y en La Prensa un anónimo irresponsable, que no sabe filosofía, lo critica ferozmente porque usa “neologismos retorcidos”. Pero viene el Conferencista, toma tres ideas del libro, hace tres conferencias y le pagan $ 1.000 cada una en el Jockey Club, con lo cual le pasa al Doctor $ 50 para que siga viviendo; y el mundo, mal que bien, sigue marchando…, más vale mal que bien.

Esto pasa en todo el mundo, lo cual para muchos no deja de ser un consuelo. Lo especial de nuestro país es que la enseñanza argentina se ha especializado en la producción de medioletrados, y eso en tal cantidad que ya no es posible distinguir entre ellos al Letrado.

La mistificación constituye una de las más agudas epidemias nacionales; y eso pasa indefectiblemente cuando en el dominio de las letras mandan los medioletrados. La mistificación es una de las clases de mentiras más peligrosas, peor que la moneda falsa.

De modo que las monjitas de Santa Teresa, si llegaban a vivir en estos tiempos y en estas tierras, estaban listas con los medioletrados.

PROFETA

Para ver las otras entregas de esta sección:

LA INTELIGENCIA Y EL GOBIERNO

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LA RAÍZ DE LA DECADENCIA

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DECADENCIA DE LAS SOCIEDADES

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