PADRE CASTELLANI: PREVISIÓN DE PROFETA

Conservando los restos

Ante el torrente diario de medidas, que van desde la contradicción al absurdo, con el inventado pretexto de la “pandemia”, las personas que las sufren oscilan entre el servilismo y la insubordinación.

Con el fin de proporcionar un poco de luz sobre estas cuestiones, publicaremos una serie de ensayos y artículos del Padre Leonardo Castellani, que ya hace casi ochenta años las vio venir, las sufrió y nos dejó sabios consejos para enfrentarlas.

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El que presentamos hoy es imperdible, por muy largo que sea. Aquí está todo, absolutamente todo lo necesario para comprender el pasado y el presente y preparar el futuro inmediato…

DECADENCIA DE LAS SOCIEDADES

(Publicado en Seis Ensayos y Tres Cartas)

1.- El estudio de De Mahieu

El que lea el breve y nutrido ensayo del profesor Jaime María De Mahieu sobre la decadencia de las sociedades, si es capaz de manejar el raciocinio abstracto, y no es como los niños a los cuales hay que ensenar con ejemplos o comparaciones, no perderá ciertamente el tiempo.

No encontrará al final una receta infalible para salvar a una sociedad que degenera; pero le será puesto delante de los ojos mentales en su contextura íntima el proceso de ese fenómeno histórico, el más difícil e importante de todos: el decaimiento de una unidad comunitaria humana. Y, como dijo el clásico:

“El que no ve la verdad

a la hoya se encamina.

La primera medicina

es saber la enfermedad”.

Hay naciones que crecen, otras que se estabilizan, otras que retroceden, y aun perecen y desaparecen.

De Mahieu se ha puesto delante ese hecho histórico indudable en posición contemplativa, y ha intentado penetrar en él por medio del análisis sociológico; el cual es en él riguroso y fino.

Si el fruto de su meditación no fuese otro que el de plantear con toda claridad y exactitud el problema, haciéndolo mover delante de nosotros, no sería poco; limpiándolo de una cantidad de prejuicios, sofismas o nociones vagas o erróneas, como lo hace; pero hay más en él, hay copia de agudas observaciones y conclusiones acerca de la realidad contemporánea, sumamente sensatas y sólidas; y en el fondo hay como una presencia continua de dicha realidad, cuya percepción y captación quizás sea el fruto más jugoso del libro.

Yo no sabría decir por qué una nación se levanta y otra se empantana y hunde en el curso de la Historia; o por lo menos no podría decirlo en una sola frase, que no fuese una reverenda vaguedad; ni De Mahieu tampoco, a osadas.

De Mahieu reconoce al final de su sobrio y severo análisis que hay en el caso un elemento misterioso; con el cual su método científico positivo no está concernido.

Pero prescindiendo de la causa absoluta —que los antiguos profetas al predecir la ruina de los imperios asignaban simplemente a los grandes pecados colectivos y a la voluntad inescrutable de la Providencia—, está visto que la razón puede discernir muchas cosas particulares, y también las peripecias del fatal proceso —lo cual abre la posibilidad de poder actuar sobre ellas en sentido salvífico; o por lo menos de tomar la actitud del médico ante un caso desesperado.

Bruno Jacovella, en un artículo del número 63 de Dinámica Social sobre los bárbaros, ha reseñado con lucidez las peripecias de la decadencia del Imperio Romano.

Hay casos en que el filósofo tiene que limitarse a constatar un proceso de precipitamiento (“círculo infernal“, dice De Mahieu), limitándose a poner obstáculos —ideales— que lo retarden; y dejando abierta la eventualidad remota del milagro, como es el caso, por ejemplo, del Cura Loco, en el relato fantástico —y ojalá disparatado— de mi libro Su Majestad Dulcinea.

No nos gusta del todo Vico: el método riguroso es deficiente en la scienza nuova, la erudición aunque inmensa es poco escrupulosa, y la imaginación tiene demasiada licencia para nuestro gusto; pero su intuición fundamental —opuesta al mito del Progreso Indefinido—, de que las naciones decaen; de que en su decaer se cumplen ciertas etapas, las mismas siempre; y de que lo religioso es el lazo unificante de los regímenes estables y aun la posibilidad de la resurrección, esa intuición es exacta y quizás genial, a juzgar por su fecundidad, y por la cantidad de pensadores (De Maistre, Herder, Spengler, Toynbee, Pieper, De Corte) que la han aprobado —diversificándola, eso sí, en varias direcciones.

Mas la predominancia de lo intelectual y lo profético —que es su cumbre— en la evolución ascendente de las colectividades, que impregna la obra de Vico, está presente en De Mahieu en el papel capital que asigna a los creadores, incidiendo en el tradicional dicho del Rey Sabio cuando afirmó en las Partidas que “los sabios son aquello por lo cual se conservan, se sustentan y acrecen las naciones…”

Resta determinar qué se entiende por creador y por sabio, pues la falsificación es aquí posible; y en nuestra época, de regla.

Esos “sabios” monumentales que crean los diarios argentinos con una desfachatez que nos avergüenza —la prensa argentina en su casi totalidad nos causa una profunda vergüenza— son una simple superchería; y son en su bombo e hinchazón deshonrosa para el país; una verdadera señal de decadencia colectiva… e inverecunda.

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2.- Definición del fenómeno

Parecería que la sobria red conceptual de De Mahieu no alcanza a aprisionar el complejísimo fenómeno que se propone encerrar. No es así empero, a nuestro parecer. Un aristotélico encontrará en su librito lo que llaman las “cuatro causas”; y por ende la definición, siquier general, del fenómeno.

La causa material, que es lo potencial, está representada por las posibilidades de pudrición que encierra toda comunidad social, mayores o menores, como, por ejemplo, su nacimiento deficiente, “haber sido arrancada verde”, como dice el pueblo.

Recordemos lo que dice Aristóteles acerca de las “naciones demasiado chicas” —y “demasiado grandes”— imposibilitadas según él de llegar a plenitud armónica como naciones, determinadas por una circunstancia de materia, que en este caso no solamente limita, sino que prohíbe.

La causa formal de la decadencia —que aquí es falta de causa final, siendo decadencia un fenómeno negativo— es la ausencia de la directriz tradicional, como la llama De Mahieu; o sea, la pérdida, o la falta de conciencia, o la indiferencia a lo que vulgarmente llamamos ideal nacional.

De acuerdo a la natura dinámica de los organismos nacionales —tan repetidamente recalcada por De Mahieu— una nación es como una empresa, como diría Saavedra Fajardo; y una empresa cesa de ser cuando no sabe dónde va.

Una nación no puede menos de decaer cuando no sabe lo que tiene que hacer en este mundo.

Recuerdo a este propósito lo que me dijo un hombre religioso bastante pesimista, que “el tenía miedo de que Dios se asomase a un balcón y pusiese los ojos en la Argentina”; porque ¿qué podrían ver aquí esos ojos que fuese digno de ellos, es decir, de valor para la humanidad? Producir vacas, trigo, el tango, la constitución del 53, el diario Crítica, y revoluciones triunfantes y siempre libertadoras, evidentemente es poco.

Sin embargo, nosotros no dejamos de creer que existe aquí, siquiera soterrado e informe, un ideal nacional más o menos digno de los ojos de Dios. Ningún poeta nuestro lo ha sabido expresar del todo, aunque Hernández y Lugones lo hayan apuntado. Nuestra poesía permanece todavía en el estadio romántico…, pero el ideal nacional existe, aunque no tenemos la menor esperanza de que sea expresado algún día por el “cine nacional”.

La causa eficiente del proceso de decadencia son los factores externos que lo aguijan, entre los cuales De Mahieu nombra los dos capitales: las naciones vecinas y los egoísmos individuales, sustraídos a la síntesis armonizante, que él sitúa en el Estado. “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, dijo Porfirio Diaz al morir; y en cuanto a los egoísmos individuales funestos a las naciones, a los perduelis los conocemos demasiado.

Pero estos factores externos no tendrían éxito de no fallar el factor formal o intrínseco de la unidad colectiva, que De Mahieu llama la síntesis estructural.

La síntesis estructural es la causa formal del progreso de las naciones; y a ella dedica De Mahieu su análisis.

La quiebra de esa síntesis trae la decadencia. Considera esa quiebra, o por parte del Estado, o por parte del haz de grupos humanos que llamamos la sociedad, o por parte de las relaciones entre ambos polos; que es lo más importante.

A los sobresaltos del organismo en procura del equilibrio fallido de esas relaciones, llama De Mahieu revolución.

3.- La revolución

Es menester tener ojo a la realidad que el autor llama revolución.

No es el pronunciamiento, ni el golpe de Estado, ni el golpe de mano, ni los motines o asonadas, ni las guerras civiles; aunque todas esas cosas y otras tales puedan ser sus partes o sus instrumentos.

Mucho menos es revolución el cambio violento de toda la legislación por parte de una facción —o “partido”— para aniquilar a la facción contraria (gobierno de facciones: Mario y Syla); ni la llamada hoy lucha de clases, que es en el fondo una guerra servil latente (Espartaco).

De Mahieu pone a la palabra revolución un signo positivo; y hay que tomar la palabra en el sentido en que él la usa. Se podrá objetar que no es el sentido en que se usa vulgarmente; pero el filósofo es dueño de sus términos, y vulgarmente todas estas palabras han sido deturpadas.

Se puede objetar más seriamente que en el sentido de De Mahieu no ha habido revoluciones —así como se ha dicho que, en el sentido de democracia de Montesquieu, la democracia es imposible—, anoser que llamemos revoluciones al cristianismo, al mahometismo con respecto a los árabes, a la legislación de Julio César, a la aprobación de los Capetos por parte del Papa en sustitución de los merovingios… y a la coronación de Carlomagno.

Siempre quedaría que existen realidades históricas que se ajustan a la definición de De Mahieu de: sacudidas vitales de una sociedad en proceso de decadencia para ajustar su propia esencia al nuevo momento histórico; y el recurso de llamar revoluciones frustradas —en todo o en parte— a todas las demás. En efecto, ninguna revolución grande o chica, benéfica o perversa, se puede concebir sin un profundo malestar en el cuerpo social.

Siempre quedamos en la ortodoxia política de que toda revolución, por benéficos que puedan ser sus resultados, supone una enfermedad; y por tanto no es un bien absoluto, contra la idea moderna de la revolución pura, o la revolución por la revolución, o la adoración de la Revolución con mayúscula.

Esa idea es simplemente una necedad y una especie de manía: un estado de revolución permanente es un contrasentido y una contradicción en lo ideal; y en lo real, es justamente uno de los síndromes más ciertos de la decadencia. Muy bien observo Mommsenn, siguiendo a Aristóteles, que la discordia es causa del progreso de las naciones cuando se mantiene en la superficie (patricios y plebeyos durante la República Romana) y, por el contrario, cuando la discordia está en el fondo y la concordia sólo en la superficie, la nación está condenada. Y el estado de revolución permanente supone la discordia en el fondo.

“Cuando los franceses festejan el 14 de julio me recuerdan a un hombre que festejara el aniversario del día que atrapó una tifoidea”, decía chistosamente Jacques Bainville. Efectivamente, la tifoidea puede haber prolongado la vida de este hombre; o per se, librándolo de una enfermedad peor; o per accidens, a causa de la enérgica reacción de sus fuerzas vitales, pero siempre queda que la tifoidea es tifoidea, y no un baño de mar.

Existe hoy día un vasto movimiento de destrucción de la tradición occidental, que tiene diferentes formas, se sitúa en todos los planos, y pareciera ganar terreno en todos los frentes; a ese movimiento se suele llamar Revolución con mayúscula; y el sentimiento de adoración o aprobación incondicional de la palabra viene del fanatismo en pro de ese movimiento. Esta idea de Revolución está en el extremo opuesto del pensamiento de De Mahieu.

Resulta así que a la palabra revolución tomada genéricamente hay que ponerle, como hacen los matemáticos, el doble signo ±. En su sentido general de transformación violenta, puede tener dos sentidos específicos contrarios; especificados por su dirección o fin.

Puede ser una enfermedad mortal o una enfermedad benéfica; pero siempre es una enfermedad aguda, preferible por tanto a la enfermedad crónica, que es la degeneración.

Ese es el pensamiento exacto de De Mahieu; el cual pone el acento sobre la posibilidad benéfica de la revolución, simplemente porque vive en nuestra época, y no en el tiempo de los Reyes Católicos o de Carlomagno.

4.- Resurrección de las naciones

Estudiando las civilizaciones muertas, y con una intuición profunda del ser de la civilización romana, adquirida través de la filología y la jurisprudencia, Juan Bautista Vico vio que la decadencia de las naciones se producía de acuerdo a leyes fijas, y con estadios característicos, que él llama cursos y recursos.

Distinguió tres estados típicos:

el tiempo de los dioses o estado teocrático;

el tiempo de los héroes, o estado feudal;

— y el tiempo de los hombres, o estado republicano.

Y puso a la religión como condición necesaria del mantenimiento o estabilidad de cualquiera de ellos; y distinguió cuidadosamente la república popular de la demagogia, que es la precipitación de la república en la ruina, justamente por falta de religiosidad,

Después de lo cual viene para el él cesarismo, o bien la conquista de la nación decaída por otra más fuerte, o más virtuosa, que para él es equivalente.

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Giambattista Vico (1668 – 1744)

Filósofo de la historia y jurista italiano

El esquema de Vico, que es exacto en lo esencial, parecería ser desmentido por la resurrección de las naciones.

En la historia de Francia, por ejemplo, ha habido varios periodos de plenitud, cortados por decadencias transitorias; como el siglo de Carlomagno, el de Luis IX y el de Luis XIV; a los cuales se puede añadir la gran aventura napoleónica, la cabalgata de Juana de Arco, y la gesta de Geoffroy de Bouillon. Del mismo modo, en las demás naciones europeas se pueden distinguir bajones y subidas alternados, pero no el esquema de Vico: no degeneraron nunca hasta la ruina, ni tampoco volvieron al estadio teocrático —o tiempo de los dioses, en un ricorso.

Vico empero sabía bien su historia. La respuesta a este reparo no está explícita en su libro, pero se puede fácilmente colegir cuál sería, si se la preguntaran.

Vico era ferviente cristiano, y pone fuera de su esquema natural de evolución a la Iglesia, a la cual tiene simplemente por la religión verdadera, sobrenatural y providencial. De modo que para él la decadencia natural de las naciones cristianas sería detenida o contrarrestada por un recontacto con el cristianismo, que las creó.

En el pensamiento del filósofo napolitano:

— el tiempo de los dioses sería el período de la Evangelización de Europa; cuando misioneros de gran magnitud, como San Remigio, San Patricio y San Bonifacio, la recorrieron de norte a sur y hacia el este hasta Prusia y Rusia, injertando en todas partes una fe simple y ruda, absoluta, en el tronco de las costumbres caballerescas de los germanos;

— el tiempo de los héroes sería todo el periodo feudal subsiguiente;

— y el tiempo de los hombres aquel que alboreaba en sus días, en las vísperas de la gran revolución republicana, que él no llegó a ver.

Leyendo el final de su libro, esta exposición de su teoría no es temeraria, y aun nos atrevemos a decir que no ofrece duda.

Hilaire Belloc la ha recogido en su estudio Europe and the Faith (Europa y la Fe) al postular una “conversión de Europa” como condición única del salvamento de la civilidad occidental en la actual crisis del mundo.

Toynbee, en su voluminosa historia de la civilización (A Study of History), recoge la idea en otra forma: Toynbee cree sí que la religión es el vinculum substantiale de la sociedad, el que produce la concordia profunda; pero cree también que la religión actual de Occidente se ha gastado hasta la trama y no sirve más; poniendo por ende sus esperanzas en una “nueva religión”: el temor de la decadencia de Occidente —que al parecer él confunde con Inglaterra— lo obsede y lo angustia.

La idea de que “la religión es la sociedad y la sociedad es la religión”, popularizada en forma confusa por Durkheim y su escuela, y limpiada de sus rebabas y expuesta con gran distinción entre nosotros por José María Rosa en su tesis doctoral Interpretación Religiosa de la historia, juntada a los otros presupuestos filosóficos empiristas, han llevado a Toynbee a una teoría realmente peregrina, que pretende establecer lo siguiente (la resumimos en forma un poco brusca, pero exacta):

— cada civilización está informada por una religión;

— todas ellas son perecederas a mayor o menor plazo;

— y, al parecer, dejan una especie de huevo de donde brota una nueva religión fresca y lozana, y por ende una nueva civilización juvenil que entierra a su padre y a su madre; y, armada de la herencia, emprende su carrera por la Historia.

Consoladora ficción, hija de la desesperación de la época, que no tiene un solo punto de apoyo en la realidad, pero puede servir de cordial a los ignorantes: en la “era atómica” todos viviremos cien años y practicaremos la religión atómica, cuyo mesías ya debe de haber nacido en Norteamérica, desde luego.

Demasiada imaginación para un historiador. No se puede ver cómo de una religión que muere de vieja y podrida podría salir una religión nueva y pura; ni se ha visto nunca. Es contradictorio, pues es contra la ley de la causalidad; lo más saldría así constantemente de lo menos.

Yo no sé si se habrá visto en el mundo: un hombre de 90 años, que se casa y engendra un hijo vigoroso; puede que se haya visto en el Readers Digest, porque en Norteamérica puede pasar eso y mucho más… Pero que un cadáver se case y engendre un hijo, eso no se puede ver: aunque hay un cuento terrible de la condesa de Pardo Bazán con este tema: el hijo del cadáver. Pero es un cuento.

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El novelista James Jones, discípulo de Toynbee por lo visto, en su enorme y atroz novela From here to eterntty —cuya Traducción argentina hizo bien en prohibir el intendente municipal— traza hacia el final los lineamientos de la nueva religión atómica y hasta el retrato del mesías que la va a fundar, un soldado preso llamado Walloy.

Jack Malloy —es decir, James Jones, es decir, Toynbee— dice que “este es el momento en que la religión empieza a morir” (Das ist der Augenblick in dem jeneReligion zu sterben beginnt), y explica a sus discípulos, que son hombres de pelo en pecho, asesinos, ladrones y homosexuales —una especie de doce apóstoles— que: “el cristianismo salió del judaísmo cambiándolo un poquito; del cristianismo salió el mahometismo y el protestantismo; y del protestantismo saldrá la nueva religión pura y triunfante”… de Jack Malloy, es decir de James Jones, es decir de Toynbee…

Bueno. Feliz el que la vea. Pero James Jones no la ve. Se cansa al rato de la ideaza, o pierde la fe en su mesías y lo hace desaparecer en las tinieblas.

Oigamos a Kirkegor, que de religión sabia más que Malloy: “La Iglesia Católica es lo Contrario del Judaísmo: aquí es Dios en su majestad quien se inclina sobre la tierra y quiere ser aprehendido en esa majestad, truena sobre el monte Sinaí; y así como Dios se tiene en su majestad, así también todo el culto con la humildad que el sentimiento de ser nada delante de Dios introduce, manifiesta lo mayestático; más en la Iglesia es el hombre quien, subiendo más y más, es levantado, es ayudado por Dios —Dios comienza con su autorrebajamiento—. Cristo toma la forma de siervo; y aun el Papa se llama siervo de los siervos” (Tagebuecher, 30 de octubre de 1838).

Lejos nos hemos ido de Vico. La teoría de Vico es seria.

Del cristianismo no se puede esperar sino deformaciones (que es lo que fueron la Reforma y todas las demás innúmeras herejías, muertas en estos 20 siglos) o bien renovaciones.

De la posibilidad de un revival del catolicismo depende la posibilidad del mantenimiento de nuestra civilización; y estas renovaciones del catolicismo han sucedido de hecho, sin mudarse la doctrina; el clero francés actual, por ejemplo, es muy diferente del clero francés en tiempo de Montesquieu: y la religión es la misma.

Esa posibilidad de un recontacto de las naciones europeas con su fuente religiosa vital (o sea “la conversión de Europa”) parece más que improbable imposible a los ojos modernos; porque realmente la corrupción (“el desplazamiento de la mística en política”) ha ido muy lejos y ha subido muy alto, quizá más que en ninguna otra época de la historia.

Pero no hay que olvidar que todas las renovaciones históricas que conocemos han sido en su tiempo improbables e imprevisibles, y han surgido del seno de una situación humanamente desesperada: Cristo viene en la tempestad caminando sobre las aguas.

Yo creo que un día vendrá el fin del mundo —del ciclo adánico— precedido de una corrupción religiosa irremediable; pero no lo he profetizado para ahora sino en forma conjetural y condicional (ver mi libro Su Majestad Dulcinea).

En suma, la relación sociedad-religión, proclamada desde Platón por tantos grandes pensadores, se puede expresar sociológicamente —prescindiendo de la verdad teológica mayor o menor de las diversas religiones— diciendo que nación que pierde el sentido de lo sacro está perdida.

El sentido de lo sacro no es la religión sino algo anterior a ella; en el cual ella se encama y a la vez lo estructura, en relación de materia y forma.

La pérdida del sentido de lo sacro es uno de los signos más ciertos de decadencia: cuando todo se profana, y el culto, el sacramento, el juramento y hasta las palabras religiosas pierden su temerosidad o majestad, y se preñan de “política”: fenómeno muy visto en nuestros días.

Díganme, por ejemplo, adonde ha ido a parar la religiosidad cuando se puede “jurar la Constitución” públicamente, con gran pompa y a banderas desplegadas; y después apoderarse del poder y condenar por “traidores a la patria” a los que hicieron la Constitución. El juramento en este caso se ha convertido en una burla; y no hay ya religiosidad real, no sólo en los que hacen este estupro sino en los que lo apoyan, sostienen o consienten.

5.- El “desorden estructural”

Nadie podrá negar a De Mahieu el haber puesto el dedo exactamente sobre la causa formal de la decadencia —que es la causa principal, la intrínseca y especificante—. Ella no es otra que la “confusión de las personas”, que dijo el Dante; la cual es llamada aquí “desorden estructurar.

La sociedad en definitiva se compone de personas; y su descoyuntamiento por ende se produce cuando las personas son arrojadas de su propio lugar social, y puestas donde no debían estar; lo que decimos vulgarmente patasarriba, “Ara el caballo, ensíllame el buey”, dicen los paisanos.

Para ilustrar este despatarro, De Mahieu trae la división de Vacher de Lapouge de las personas —socialmente consideradas— en cuatro clases:

— 1.- Los creadores.

— 2.- Los realizadores.

— 3.- Los asimiladores.

— 4.- Los brutos.

Suprimid los creadores en una sociedad, ella no puede ir adelante, tiene que caer; y para suprimirlos el remedio es sencillo, basta ponerlos en el último lugar, abajo de todos.

Que el hombre que tiene poder creador no pueda ganarse la vida, ya está en el lugar de los brutos, y más abajo aún; porque aquí en la Argentina todos se ganan la vida, y los brutos incluso hacen fortuna.

Eso se llama en la Escritura “matar a los profetas”; y la muerte del profeta trae como contragolpe inmediato la aparición de los “pseudoprofetas”.

Se podría preguntar en qué lugar de los cuatro rangos de Vacher están los falsos valores, es decir, los simuladores, mistificadores y sofisticados.

Si los dos primeros rangos se definen los que hacen; el tercero, los que reciben y el cuarto, los que estorban, evidentemente los intelectualoides, los inteligentones y los inteligentuales se van al rango de los brutos.

Pero eso no es aparente, puesto que no parecen brutos, sino todo lo contrario, brillan con todos los fulgores de la mistificación y la “propaganda”. Dirigen bibliotecas y casas editrices, son impuestos como maestros y guías de las naciones al público indefenso, y hasta —en países dejados de la mano de Dios— gobiernan la educación de la niñez y juventud; pobre educación de mis pecados.

En realidad ese tipo social, tan abundante hoy día, como las langostas del Apokalypsis, los inteligentones, intelectualoides e inteligentuales, son corrupciones de los dos primeros tipos (creadores y realizadores), son “luciferinos”, como los llama Raymond Aron, que procedentes de los rangos de los sátwicos y rajásicos perturban y soliviantan con sus falsas luces a los tamásicos, originando su rebelión, y en consecuencia “la confusión de las personas”, causa formal de la caída; como fueron los nobles felones y los clérigos corrompidos en el proceso de desviación de la Revolución Francesa.

El luciferino es simplemente el pseudoprofeta de la Escritura, el que grita: “llegó la paz, llegó la paz; y no había paz” (Jeremías, VI, 14).

En el pensamiento de De Mahieu, los creadores representan la actividad intelectual en su grado íntegro y desbordante; así como los ejecutores la actividad volitiva bajo el influjo de los primeros, los hombres de acción; que dejados solos no pueden ir muy lejos, porque no pueden ver muy lejos; en tanto que los creadores sin los hombres de acción son como cabezas sin brazos, pues aunque nada impide que un genio intelectual sea también un hombre de acción, en la práctica y dada la limitación humana, el “excessus intellectus” —que dice Santo Tomás— pone trabas a la actividad ejecutiva, dirigida a lo contingente, a lo práctico, a lo posible, como notó el mismo santo.

De donde la disyunción de las dos primeras clases entre sí origina parálisis; y su inversión, por la cual los prácticos y enérgicos son puestos encima de los inteligentes —como empezó a pasar en el mundo desde el siglo XVII, en la iglesia incluso— origina decadencia.

La filosofía de Francisco Suarez, que pone al intelecto práctico como una facultad diferente del especulativo y superior a él en cierto modo —netamente cismática en esto a la de Santo Tomás— representa la teorización de un estado de cosas que había comenzado ya en la realidad histórica, y que no se ha detenido hasta nuestros días.

La cima de la actividad intelectual es la profecía. El profeta está por encima incluso del metafísico; y de hecho no hay un gran metafísico que no tenga una punta de profeta. La razón es que el profeta es a la vez profundo como el metafísico, y concreto como el político. El metafísico es el hombre de lo universal, y el adalid u hombre de acción es el hombre de lo concreto, de la experiencia; mas el profeta marida en sí las dos cosas.

El profetismo puede ser sobrenatural y natural; y estos dos grados no son opuestos entre sí; de donde nace el concepto de profeta en sentido amplio, que abstrae de los dos grados.

Profecía sobrenatural es predicción de lo futuro contingente, en nombre de una autoridad sobrenatural y en relación con el asunto de la salvación o perdición del hombre; o sea el núcleo más hondo y decisivo de la Historia de la Humanidad, que comprende también el destino de las naciones, desde ese supremo punto de vista. Y así vemos que los profetas hebreos —los más altos que han existido— son al mismo tiempo que previdentes, moralistas, teólogos y legisladores; y aun conductores, como Moisés.

En el pueblo de Israel se dio en forma visible la separación de los tres elementos rectores de una sociedad completa; el profetismo de Moisés, el sacerdocio de Aaron y la reyecia de David; todos los cuales recibían la unción sagrada; que habían de fundirse en el Gran Profeta futuro, el Hijo del Hombre, cuyo nombre propio es el Mesías o Ungido, en griego Xristos.

En la cristiandad medieval las dos primeras clases se fundieron en una: los sacerdotes, que eran a la vez los sabios y letrados, por un lado, y los nobles, que representaban la reyecía.

Pero existe una oposición entre el sacerdote (el hombre del culto y la conservación de lo presente) y el profeta (vigía y creador del porvenir). De donde, siempre que se da el fenómeno máximamente calamitoso del asesinato del Profeta, interviene en él el sacerdocio, o una parte de él (sacerdotes luciferinos) como se ve eminentemente en el ejemplo de Cristo.

La Escritura está llena de la amenaza divina de quitar por causa de los pecados a su pueblo la luz profética, y abandonarlo a las malas artes de los pseudoprofetas, los que prometen venturas temporales, consuelan, halagan y adulan, y en vez de exigir el arrepentimiento prometen a los pueblos viciosos el éxito, la riqueza, el triunfo y el Progreso Indefinido, y al mismo tiempo por otro lado acrecen la desesperación.

(Toda la obra profética eufórica y promitente de Víctor Hugo, por ejemplo, esta recorrida en el fondo de un secreto estremecimiento de pánico).

Esta amenaza divina culmina en la predicación de Jeshua-ben-Nazareth, Cristo dice: “Matareis al Profeta y surgirán bandadas de pseudoprofetas que llevarán a la Ciudad Santa a la última desolación”. Y así fue.

El asesinato del profeta es el signo fatal del hundimiento nacional.

Antes de matarlo físicamente se lo puede asesinar como profeta —cosa en que se especializa nuestra época— quitándole todos los medios de hacerse oír. Se lo mata al final cuando se ve que eso es muy difícil y casi imposible: San Pablo en la cárcel Mamertina convertía policías; porque el profeta habla también con su propia vida. Más adelante veremos qué es lo que pasa cuando un pueblo toma a sus maestros naturales, y los amordaza.

Existe la profecía natural, la cual estudió con atención Santo Tomas; y parece ser la disposición psicológica preparatoria para recibir la gracia de la profecía sobrenatural.

De esta disposición natural se puede usar bien o usar mal; porque no es una gracia gratum faciem sino gratis data.

Psicológicamente parece consistir en una inmersión tan honda de la vida del profeta en lo presente que lo habilita a proyectar las líneas directrices actuales a lo futuro: así profetizaron naturalmente Nietzsche y Donoso Cortés en nuestros tiempos.

Los que conocen bien la filosofía contemporánea —no los expositores de esquemitas de filosofía extranjera y robadores de ideítas de la filosofía alemana— pueden percibir en la dramática lucha entre Hegel y Kirkegor el suceso capital de ella; y literalmente el encontronazo de dos profetas, planeadores de dos mundos opuestos; a saber, el mundo del ateísmo radical y total, y el mundo del recontacto con la religión genuina.

Ni Donoso, ni Newman, ni Bloy, ni Kirkegor, ni Peguy —“le prophete Peguy”, si hemos de creer a André Rousseaux— pudieron ser asesinados, aunque el mundo actual cargó pesadamente sobre ellos; sobre los tres últimos en forma casi insoportable. Sacrificaron su vida a su mensaje, y lo produjeron.

Peguy, amenazado por el hambre, tachado por su familia de “fracasar en todos los negocios” y por sus adversarios de fainéant (farniente), y pechando a todos sus amigos para mantener sus Cahiers, es editado hoy día entero y casi con lujo por la Nouvelle Revue Française, lo cual quiere decir que su angustioso “mensaje” está hoy al alcance de todos… los que tengan oídos para oír.

La muerte heroica y casi temeraria en las trincheras de Villeroy lo libertó oportunamente de una carga que ya frisaba en la desesperación y el derrumbe.

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Charles Péguy

Dichoso aquel que muere sobre un campo de guerra

pero siempre que sea campo de guerra justa…

Dichoso aquel que muere por diez palmos de tierra

donde posa sus plantas alguna causa augusta.

Dichoso aquel que pone muerte limpia en la perra vida,

sin haber hecho dolo ni fuerza injusta.

Dichoso aquel que compra su tálamo de tierra,

que compra con su sangre la cama eterna adusta.

Dichoso aquel que muere por la Cosa Solemne,

aunque sea pequeña como un grano de anís

Dichoso aquel que muere para que quede indemne

la vida de un niñito, la gloria de un país.

Dichoso aquel que muere por algo que es perenne,

sea el Santo Sepulcro, Dulcinea o Beatriz…

O por un sol en campo de doble cielo y lis. (traducción de Jerónimo del Rey).

Improperio sobre Jerusalén. Este Improperio está entre los papeles íntimos de un “profeta asesinado” —hay varios en la Argentina, al menos en sentido amplio, ¿por ventura el P. Castañeda no se puede llamar un profeta de la tradición nacional, Méndez Calzada un profeta del teatro nacional, Lugones un profeta de la restauración?—, papeles de los cuales disponemos y nos parece no indiscreto copiar aquí. Dice así:

“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas...”

Un pueblo que mata a sus maestros naturales está perdido, y no hay más que llorar sobre él. Un pueblo que mata a sus maestros naturales se saca los ojos. No es necesario que los mate físicamente, basta que los mate como maestros. Basta que al escritor que sabe, por ejemplo, no le deje editar sus Libros; basta que al escritor que construye, no le deje difundir sus escritos; al escritor que tiene la palabra de la salud, le haga el vacío delante y entorno. Ese pueblo se vuelve voluntariamente ciego. Y entonces se hace guiar por otros ciegos, pues: no puede ver que son ciegos. Y se precipita al abismo.

6.- La libertad

Por cuarta o quinta vez en su corta historia, la Argentina ha conquistado la “Libertad” definitiva. No le ha costado mucha sangre; y no ha sido la sangre de los culpados sino la de los inocentes, de acuerdo a los misericordiosos designios de Dios: los muchachitos cordobeses.

De modo que ahora tenemos libertad para hacer lo que queramos: para callar la verdad o propalar la mentira los diarios grandes, siempre que sea mentira conveniente al Gobierno y a la caja; para fundirse los diarios chicos; para dedicarnos con fervor a la politiquería, siempre que sea dentro de un partido aprobado; para divertirse el que pueda divertirse; para quemar basuras si el municipio no las quema; para trabajar el que tenga trabajo; para comer el que tenga qué; y para votar —¡oh, para votar!— si nos dejan votar, aunque sea para colaborar patrióticamente en un posible “Gran Fraude Patriótico”.

De Mahieu sabe muy bien lo que es “Libertad’’; y repite la palabra de Hegel: “No puedo entender lo que significa «libertad», si libertad no significa «poder»”. Efectivamente, el único que tiene libertad de hacer una cosa es el que puede hacerla.

De donde se sigue directamente que, en el Estado Moderno, que es “totalitario” de más en más —llámese Unión de Repúblicas Soviéticas, nacionalsocialismo, fascismo, democracia—, la libertad del individuo disminuye paralelamente a la absorción del poder por parte del Estado.

Al Estado Moderno no le cuesta nada proclamar a bombo y platillos que otorga al pueblo la “Libertad” —y lo hace tanto más cuanto menos existe de hecho—; pero, libertad real no habrá si disminuye o es aniquilado el poder de las fuerzas cuyo haz constituye la sociedad (familias, gremios, empresas, instituciones naturales) y de las cuales el Estado legítimo no debería ser sino la estructuración política; tanto más perfecto cuanto más insumido y corporizado en ellas.

La antigua monarquía francesa estaba sustentada por las cuatro columnas de Iglesia, Universidad, Nobleza y Gremios —incluso aquí los Parlamentos— que tenían su vida propia y a las cuales no era cómodo ofender; de manera que Luis IX por ejemplo, teóricamente “rey absoluto”, podía hacer muchísimo menos cosas —y prepotencias— que un presidente democrático-liberal de la República Argentina, sobre todo si es “Provisional”. De modo que había mucha más libertad real en el pueblo, s’il vous plait, bajo esos déspotas ensangrentados, que Víctor Hugo elocuentemente cubre de maldiciones y de ludibrio, que en nuestros libertarios tiempos… s’il vous plait.

Nosotros te queremos, oh pueblo, enormemente

Y porque te queremos te damos libertad

De hacer todo lo mato que puedas cautamente

Y de saberlo todo, todo, hasta la verdad

Cuando ella no va en contra de nuestra autoridad.

En todas las “luchas por la Libertad”, la libertad resulta disminuida, aunque venza, ¡qué será si pierde! Cuando la libertad crece es cuando no se “lucha por la Libertad”’, y aun no se acuerdan de ella; cuando se lucha “por los augurios y el matrimonio sacro”, como los Plebeyos contra los Patricios en la República Romana; o por el Santo Sepulcro, como en el Medioevo; o contra los moros, como en España. Es un hecho. No decimos esto para que los cristianos argentinos dejen de luchar por “la libertad de enseñanza”; eso no es luchar por la libertad, sino simplemente por la educación, contra la idiotez.

Para mejor, al lado del poder totalitario del Estado democrático moderno —o detrás de él, mejor dicho— existe el poder totalitario del dinero, que es el que gobierna en realidad de verdad en las naciones sedicentes democráticas. De modo que entre estos dos poderes (el poder político débil e hipócrita, que da libertad al pueblo para votar y para corromperse, y el poder inflexible del capitalismo, que le da libertad para lo mismo y morirse de hambre encima), la libertad del pueblo está como un bife entre dos planchas.

De Mahieu, y cualquiera que lo lea, y cualquiera que no sepa leer y conserve por ende el sentido común, sabe perfectamente que hoy día se ha creado un ídolo con la palabra Libertad —así con mayúscula—, que es propuesto a la adoración de las masas; primera vez en la historia ¡adorar un flatus vocis!, un soplido.

En su ensayo El Anticristo, en el año 1846, John Henry Newman, un cardenal que sabía teología, notó que unos 50 años antes se había intentado fundar el culto religioso a un dios nuevo, “enteramente desconocido de nuestros padres” (Daniel, XI, 38) en la figura de la Libertad y la Igualdad, representadas por una prostituta con el nombre de la “diosa Razón”.

Newman ve en eso la solución de una contradictoria que hay en las antiguas profecías, a saber: que el Anticristo, por un lado, será ateo y suprimirá a todos los dioses; y, por otro, adorará y hará adorar “a un dios violento; que va a rendir culto con oro, plata, gemas y diademas a un dios nuevo, que sus Padres no conocieron. Así hará él en todas las fortalezas [o puestos militares] con un dios singular, que él habrá elegido, y al cual rendirá gran honor” (Daniel, XI, 38).

HOMILÍA DEL CARDENAL NEWMAN: EL MUNDO INVISIBLE

No dice Newman que Robespierre sea el Anticristo, ni que esa “diosa” será el Dios de la Era Atómica; nota simplemente que el fenómeno levanta la contradicción entre ser ateo y a la vez adorar un ídolo. El Anticristo adorará y hará adorar a sí mismo; no de cualquier modo, sino con “oro, plata, gemas, y riquezas”. El capitalismo no le va a estorbar mucho al Gran Perverso.

¡Adoremos la Libertad! Adoremos la libertad de los hijos de Dios, la cual se basa en el amor a la Verdad, que no puede existir sin la práctica de la virtud.

La libertad de todos —y sobre todo del débil— se basa en la vigencia de un orden moral. Virtud es poder. Sin la vigencia del orden moral, un pueblo entra, como pueblo, en la decadencia.

Y nunca perece peor la libertad que cuando se halla en palabras y ficciones, y no en realidades.

7.- Ambigüedad de la “decadencia”

De Mahieu aplica las palabras decadencia y prosperidad en el sentido político estrictamente, conforme a su muy consciente presupuesto metódico; y así sus análisis son exactos, aunque limitados.

Es evidente que cuando una nación desaparece o es avasallada o devorada, políticamente está en decadencia —el último grado de ella—; y que cuando está tan fuerte que puede hacer de su voluntad ley para las otras, está próspera políticamente. El proceso entre esos dos extremos es el estudiado por De Mahieu.

Pero, por ejemplo, Irlanda, oprimida por Inglaterra, o Polonia, dividida entre sus tres vecinos, ¿eran naciones menos felices que sus opresoras? Ya no es tan fácil de determinar. Si feliz significa noble, por ejemplo, no eran menos felices, sino más.

La palabra feliz tiene tres sentidos, según se pronuncie en el plano sentimental, en el plano ético o en el plano religioso.

Allá por 1951, cuando Eva Duarte estaba a punto de ser nombrada vicepresidente, no había mujer vulgar en la Argentina que no la tuviese por feliz, y aun por la más dichosa del universo; y lo era efectivamente, en el plano estético. Paz en su tumba.

Lo mismo se aplica a las naciones. Nada impide que una nación oprimida económicamente o políticamente tenga una verdadera grandeza moral o religiosa: el pueblo de Israel en gran parte de su historia es un ejemplo de esta última grandeza.

Hay dos clases de pobreza, dice Montesquieu: una la de los pueblos que, por sonsos, son despojados de sus riquezas naturales —el cual sería el caso de la Argentina, nación “pobre” actualmente, como lo experimento yo, y como lo afirman todos los “prébiches”—; otra, ‘‘cuando una nación desprecia el dinero porque tiene sus mientes puestas en empresas más grandes”.

En suma, existe la pobreza del vicioso y del haragán, la cual es miseria; y la pobreza del asceta, la cual es riqueza espiritual: la pobreza de Castilla.

El caso tan discutido de Inglaterra —discutido por los ingleses, ante todo— es el ejemplo típico. Inglaterra despojó a los monasterios, hizo un cisma y decidió por ese hecho la disgregación de la Cristiandad; e inmediatamente subió a un alto grado de poderío económico y político, indudable. Beneficio del principio sociológico positivista que dice: “cuando una nueva manera de vida aparece en el mundo, la nación que primero lo descubre y adopta, se levanta”. En este caso, el capitalismo. Pero se levanta, ¿en qué sentido? Solamente en el sentido de esa nueva manera de vida. Y así hay una fuerte escuela de pensadores ingleses que sostiene el cisma inglés y la revolución que lo siguió, representó la muerte de la “Merry England”, la decadencia de lo noble y, por ende, de la alegría moral, paralelamente a la opulencia material. Cobbett y Dickens serían los dos implacables y humorosos testigos de esa otra decadencia, paralela y subordinada.

Oigamos a Montesquieu, tan ingenioso y vivaracho como corto de vista: “Enrique VIII, queriendo reformar la Iglesia de Inglaterra, destruyó los monjes, nación perezosa ella misma y que fomentaba la pereza en otros, porque, «practicando la hospitalidad», una infinidad de gentes ociosas, gentilhombres y burgueses, pasaban la vida en correr de convento en convento [?]. Él quitó también los «hospitales», donde el pueblo bajo encontraba subsistencia, como los gentilhombres la suya en los monasterios [?]. Después de estos cambios, el espíritu de “comercio” y de industria se establece en Inglaterra”. (L’Esprit des lois; Parte IV; Capítulo XXIX, al fin; las comillas francesas fueron puestas por mí).

La desenfrenada admiración de Montesquieu y de Voltaire por el progreso material visible de Inglaterra los lleva hasta transformar la hospitalidad y los hospitales en malas obras y calamidades públicas; y a atribuir la causa de esa prosperidad —que es más compleja, y una de cuyas raíces fue viciosa, y, por ende, causa de ruina venidera— exclusivamente al traspaso de los bienes de los monasterios, que eran hospitalarios, a manos de los Céciles, Crómwelles y Marlboroughes, que no lo eran.

Me hacen acordar a un miserable plomífero argentino —o español; o mejor dicho, ni argentino ni español— que, llevado del odio político —o del odio tout court—, se arregla para transformar en una “mala acción” el hecho de que Juan March haya regalado en Barcelona 1.200.000 dólares para fomentar las artes y las ciencias, y realizar asistencia social. Ojalá que hubiese una de estas “malas acciones” entre los ricos de la Argentina, sea que la haga para “salvar su alma” —como reprocha el mísero periodista a March—, sea simplemente para salvar el resto de sus riquezas (confrontar La Razón, Buenos Aires, 3 de marzo de 1956, pág. 4).

Decimos pues que la palabra prosperidad o felicidad aplicada a una nación es análoga; y aun a veces equívoca. La felicidad para una nación ignorante o viciosa puede presentarse en forma de grandes calamidades colectivas, conforme a la ley formulada por Vico; como encontramos ejemplos en la Escritura, donde los profetas predican desastres políticos nacionales con la cláusula esperanzal de que “el residuo será salvo”: el residuo, es decir, la minoría sobreviviente vuelta pía, sobria y veraz por el sufrimiento, que representa la verdadera alma de Israel.

Todo el punto está en si dentro de esa nación hay alma todavía; porque la lucha, aun la más cruel de las luchas civiles, es superior a la paz en el desorden, la cual es mera podredumbre, y tanto más peligrosa cuanto podredumbre lenta.

La instancia moral es más alta que la instancia sentimental y a fortiori que la instancia logrera y usurera, la cual ni siquiera tenían en cuenta los antiguos filósofos políticos; y se ha hecho la única instancia en nuestra época. La instancia moral es más alta, y sus leyes son naturales e ineludibles.

Nación viciosa = nación que se acarrea la ruina. Y en lo más alto de la estructura de los vicios colectivos está el error, la necedad. Y el error más grave es el que se comete en materia religiosa. No se puede salir de ahí.

montesquiu

Montesquieu, con el cual me he entretenido estos días, emprende en su larga obra —que no carece de aciertos parciales y una moderación y buen sentido francés sumamente apreciables— la creación de república basada sobre la virtud; y al mismo tiempo la destrucción de la religión, tal como existía entre los franceses. El propósito es contradictorio; y el resultado del “acerado panfleto contra el cristianismo” —como lo califica, después de Faguet, Gonzague Truc— lo mostró de sobra.

Ya se lo dijo en su tiempo el bueno de Marivaux, con gran discreción… Marivaudage significa hoy día en francés algo que es esencialmente casquivano (frivole), aunque gracioso y fino; y sin embargo el bueno de Marivaux era mucho menos casquivano que el solemne barón de la Brède y presidente del Parlamento de Burdeos. Marivaux era un casquivano casto; y el presidente del Parlamento era un solemne libertino, como nuestro prócer don Bartolomé Mitre.

El libro L’esprit des lois, que les recomiendo, se parece a las óperas de Von Weber (Abú Hasán); el cual aprendió la delicada broderie de la ópera italiana, pero no tiene la fuerte sustancia musical de la escuela alemana: Beethoven. Montesquieu es más fino que Vico, pero no es Vico.

8.- La moral

No queríamos hablar de la moral; pero De Mahieu habla. De Mahieu enumera como causas eficientes de la decadencia los vicios colectivos, y nombra algunos de los más “eficientes” en ese sentido, como los vicios carnales, el alcoholismo, el robo y la mentira.

Sentiríamos mucho que este acápite —que será breve— suscitase un plus de “comisiones investigadoras”. Una monja vieja y muy sensata nos decía días pasados: “Pero este general Aramburu, ¿es un general o es el Juicio Final?”. Quería decir —si no nos engañamos— que es dignísimo de un gobernante querer moralizar a su país; pero que se equivoca si cree que su deber profesional es hacer una nación químicamente pura, poniendo a un lado todos los elegidos y al otro todos los réprobos; sobre todo si entre éstos hay muchos compañeros suyos que han hecho exactamente lo mismo que él.

La relación de la moral con los medios políticos es un filosofema delicado, que no tocaremos aquí porque De Mahieu no lo toca; y somos prologuistas, no “apendicistas”. Baste decir que con medios políticos se puede fomentar indudablemente la moral externa, que podríamos llamar la decencia pública; y eso sí es incurrencia directa del gobernante; pero no se puede crear “moral” tout court, porque ésa se crea solamente por medios morales. Ningún gobernante puede suprimir con medios políticos la prostitución, por ejemplo; por lo cual el mismo purísimo Santo Tomas de Aquino concluyó que el Príncipe debe “tolerar” —no fomentar ni explotar— la prostitución, cuando de su prohibición legal surgieran daños mayores. Tolerar no es aprobar, sino que es no poder otra cosa. Un Príncipe que quisiera suprimir todos los males existentes, crearía males mayores enseña el santo; y el sentido común; y la experiencia.

Lo que concierne directamente al Príncipe son los pecados contra la patria, que los romanos llamaban perduellium, y tenían por los más graves de todos, después del sacrilegio. La doctrina liberal tuvo como consecuencia suprimir de los códigos y aun de la conciencia pública el pecado de perduelio; pero díganme: si es punible que yo dañe a mi prójimo, ¿cómo no ha de serlo, y más, que yo dañe a toda la comunidad?

El bendito librito de Rousseau suprimió por ejemplo el crimen de sedición; que según Santo Tomas es “pecado grave”. Ahora, gracias a Rousseau, no se puede distinguir más entre el pecado de sedición y el levantamiento legítimo de una comunidad contra un tirano: se ha hecho la noche, en la cual todos los gatos son pardos; porque según el Contrato Social no puede haber nunca sedición, o toda sedición es buena. Y así de otros perduelios.

Los editores que por ganar dinero difunden literatura malsana o idiota —que es la más malsana de todas— y aun trancan la salida o venta de impresos excelentes por motivos ideológicos, venganzas, rencores o banderías, esos cometen delito de perduelio. ¿Por qué no han de ser castigados? Al contrario, lamen a los gobiernos pidiendo subsidios, premios y facilidades como “benefactores del comercio y la industria”. Eso es un contradión… Y así de muchas otras cosas.

En los actuales acontecimientos, por ejemplo —y en esto no hago más que repetir lo que oigo— el pueblo discurre así:

“Los militares y marinos sabían que el gobierno depuesto robaba; y robaba en grande. Para deponer a un gobierno tiránico expusieren sus vidas, y la vida de mucha gente que no tenía nada que ver, y que la perdió inocentemente. Entonces, ¿por qué no fusilaron sobre el tambor después de vencer a tres o cuatro de los principales perduelis, en vez de dejarlos huir? Eso hubiese entonado rápida y eficazmente la moral pública, pues efectivamente el robar los dineros públicos es perduelio y la moral cristiana dice que hay en eso tres pecados mortales, cosa que nunca predican, sin embargo, nuestros grandes predicadores. En vez de eso, y haciendo concebir dudas acerca de su propio sentido ético, hicieron una gran redada de ladrones menores mezclados con inocentes, y los obligan ahora a probar que la fortuna que tienen es suya, dando vuelta del revés el principio jurídico de que melior est conditio possidentis, eliminando así 25 siglos de civilización jurídica, y exponiéndonos a un enredo interminable que al final se disipe en humor y cháchara, sin que quede castigado al final nadie fuera de nosotros, el pueblo, que es el que siempre las paga todas; porque en esa redada marinera se han enredado ellos mismos en procesos fumosos e interminables, en los cuales al final —ya lo verá usted si vive— se les van a escapar todos los culpables y van a quedar castigados los inocentes…”

Hasta aquí el público.

No se ha sabido aquí por desgracia —o se ha olvidado— el gran principio político formulado así por el agudo creador de la “ciencia política”: “El príncipe nuevo que debe castigar, hará bien en dar un golpe muy duro al principio, a las cabezas, y después mostrar benignidad; porque lo amargo se ha de poner al principio y lo dulce al final. Si, al contrario, empieza con blanduras y después quiere apretar, se hará singularmente odioso; porque su nueva rigidez será interpretada como crueldad, y su antigua dulzura como debilidad (Il Principe, capítulo IV).

Esto lo sabe incluso uno que ha gobernado una clase de muchachos de liceo.

Para terminar con este tema, diremos que un grado preeminente de decadencia reina en una nación cuando los gobernantes son inmorales, y se llenan la boca con palabrería moral y exigencias de moral… para los demás. Esta situación la anatematizo Cristo cuando dijo: “Los potentes de este mundo ahora explotan y oprimen al pueblo, y se hacen llamar «Irreprochables», «Incorruptibles» o «Benefactores». Eso está encerrado en el acerado versículo “Benefici vocantur...” (Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores) Pilatos se lavó las manos en público; y consta por varios indicios históricos que era muy sucio adentro.

En esos casos de gran decadencia no queda más remedio que la acción moral; la acción política no basta, estando ella misma inmoralizada.

inmorales

Inmorales… Son todos los que están; pero no están todos los que son…

La acción moral es hoy día en la Argentina la cosa más necesaria y peligrosa que existe.

Estos casos de descuajeringamiento hereditario piden acción moral heroica, en algún gradito al menos. Pero no hay heroísmo moral ni cívico ahora: los argentinos actuales somos flojos; o como dijo la chola boliviana, “las mujeres somos frígiles”. Al revés, parecería que ahora las mujeres en Agathaura son más enérgicas que los varones.

9.- Ejemplos

El ejemplo clásico de decadencia nacional con sus naturales consecuencias es el Imperio Romano en tiempo de San Agustín. No es necesario repasar los monumentales estudios de Mommsen y Guglielmo Ferrero, bastan las obras del Obispo de Hipona en África.

Las continuas sublevaciones de generales, que ponían y deponían emperadores, habían concluido por avezar a la usurpación del poder y convertir por ende en título de legitimidad gubernativa el mero hecho de tener armas. De donde siguió una cadena de períodos de anarquía, cortada por periodos de las dos cosas juntas.

En el tiempo de la vida del santo —desde mediados del siglo IV a comienzos del V (354-430)— hubo en Roma nada menos que tres generales usurpadores, a saber: Máximo III, que duró 3 años; Juan I, dos años, y después asesinado por supuesto; y el peor de todos, Attalus I, que duró más de 10 años. Y durante cuyo mando, se produjo el tercer ataque y saqueo de la Urbe, cabeza del mundo civilizado.

En el tiempo de la vida de un hombre, el Imperio se dividió y se reunió tres veces; en tanto los reyezuelos barbaros luchaban entre si —en nombre del Emperador— y se quedaban con pedazos tan grandes del como toda España (godos y vándalos) y Francia Sur (francos), hasta que al fin el Imperio se pierde en Occidente y queda reducido a su mitad oriental, Constantinopolis.

San Agustín abandonó los temas políticos —después de declarar altivamente que “los pueblos corrompidos sólo pueden ser gobernados por tiranos” — y se dedicó al tema religioso, en lo cual lo voy a imitar tandem aliquando. Estaba él en el Concilio de Cartago contra los donatistas y pelagianos el año 410, cuando le llegó la noticia de la destrucción de Roma por Alarico, que muchos cristianos tomaban como señal del fin del mundo inminente; y otra vez quiso hacerse el duro y proclamó que “no tenía por hombres a los que se asombraran de que se caían las casas y morían los mortales…” Mas cuando los vándalos cruzaron el Estrecho y sitiaron Hipona, dejando tras sí un reguero de ruinas, aflojó el santo y se murió de pena; “pidió a Dios se lo llevara”, dicen los devotos. En el fondo era buen patriota, aunque parecía un perfecto nazi: era en realidad un patricio.

La razón de que se oscilara tan fácil de tiranía a anarquía es que en el fondo dellas hay algo común, que es el desgobierno; el Tirano, aunque al parecer gobierna demasiado, en realidad no gobierna, porque no ordena (orden), mas solamente manda y atropella.

Pero la gente en general deste país no sabe a punto fijo lo que es tiranía, ni lo que es anarquía: las conocemos solamente por sus efectos; es decir, cuando es demasiado tarde.

Educados por José Mármol y José Ingenieros, creemos que tiranía es a manera de un despatarro de mazorqueros, fusilamientos o degollinas, cintas punzó, insultos inmundos y salvajes al adversario… y la pobrecita Amalia que cae acribillada a tiros en los brazos de su amante Torcuato —o como se llame— en medio de las carcajadas mefistofélicas de Cuitiño.

Y en cuanto a la anarquía, se nos hace que es una especie de caos, despelote y entrevero general. Pero en rigor lingüista, tirano no significa duro, ni déspota, ni cruel anoser en los dramas de Lope; Luis XI de Francia fue todo eso y no fue un tirano, lo mismo que Solano López del Paraguay. Ni tampoco anarquía significa una merienda de negros. Hay anarquías de frac y corbata blanca.

Técnicamente anarquía significa falta de vigencia de la Ley; y tiranía significa falta de vigencia de la Ley.

Ley significa un algo que esté por encima de la voluntad y aun de la cabeza de los hombres, en el sentido que diremos ahora.

En los dos extremos de la corrupción política predomina sobre la Ley la voluntad de los hombres: en la tiranía, la de uno; y en la anarquía, la de muchos.

Cuando dije Ley no quise decir lo que llaman ley Grotius, Karl Schmidt, Kant o Hegel; un instrumento de la voluntad del político; sino lo que llamaban ley —positiva o natural— los antiguos: ordenación de la Ley Natural… o “las leyes naturales son las mismas inclinaciones de las cosas a sus fines propios”, y Ley Natural no es otra cosa al cabo sino “la luz del intelecto infundida en nosotros por los cielos, con la cual conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar”, dice Tomas de Aquino.

stomas

Hoy día la han apodado feamente imperativo categórico. Atrás, pedante.

Esta diferencia entre el concepto de Ley de la tradición y la nueva ley rusoica de la Revolución deberá ser objeto de otro capítulo —si Dios no lo remedia— pues ella es capital: no es indiferente, antes es diversísimo, que la ley descienda del intelecto, como quería la filosofía antigua, o de la voluntad, como quieren las modernas filosofías, voluntaristas; o por mejor decir, la sofística contemporánea.

“Decir que de la Voluntad de Dios [Occam, Descartes] depende la ley moral —dijo Santo Tomas— es blasfemia “.

Baste decir ahora que cuando nuestros abuelos el siglo pasado hablaban de restaurar las leyes y exornaban con el título de Restaurador de las Leyes al que no nombrare —para no convertirme ipso facto en “nazi”—, querían decir volver a las leyes de antes, a las de siempre, a las eternas… a la idea antigua de Ley.

No pretendían muchas leyes ni leyes nuevas: que, si a eso vamos, don Bernardino González Rivadavia era machazo en eso: promulgó lo menos cinco veces más que el Otro —por eso ahora andamos las rioplatenses por la ley 20.000 y pico—. Lo que querían era que la Ley se mirase de otra manera; querían en suma que fuese necesaria y obedecida, y eso por parte de todos, empezando por el mismo Mandatario, convertido así en promulgador y vocero de la Razón y puesto por debajo della, para lo cual era necesario que la Ley fuera justa, pareja y prudente; o sea, de acuerdo a las costumbres y “derivada de la razón en orden al bien común”, derivada de la Deidad en definitiva, “fuente de toda razón y justicia”; “de los cielos”, como dice el de Aquino.

Mas para que la ley salga realmente Ley —lo cual no es soplar y hacer botellas—, ley propia pareja y prudente, comúnmente se requiere no salga del mate de uno solo, sino que se junten varios mates buenos… y si fuere posible, todos.

Y esto es democracia, según el muy nazi de Santo Tomás, que era hijo de una condesa alemana.

No “democracia cristiana”, porque en aquellos tiempos atrasadazos no se habían misturado todavía política y religión, sino democracia a secas o república, porque “el gobierno es más suave y más feliz cuando todos tienen en él alguna parte en la medida de su capacidad…

Ojo con esta “en la medida”; ese inciso es capital para distinguir la vera democracia de las falsas, que hoy día viborean y campan.

La masa no tiene medida alguna de capacidad para el gobierno: no es nunca amasadora, aunque puede ser amansadora.

A mí, en la clase de historia, me ensenaron que en este feliz país donde nací por casualidad porque estaba aquí mi señor papá, claro está con mi mama, hubo una andanada de períodos de tiranía y de anarquía, cortados por relámpagos de paz; a saber:

— 1.- Tiranía bajo los reyes de España, atestiguada por el mismísimo Himno Nacional.

— 2.– La “Libertad” que, como un rayo del cielo —y de Mariano Moreno—, rompió con ruido todas las cadenas el 25 de Mayo, día del trueno y el rayo, último del despotismo y… primero de lo mismo.

— 3.- La “Anarquía”.

— 4.- La “Tiranía” de nuevo —el que te dije—.

— 5.- La Libertad de nuevo, con la ayuda de los brasileros y la constitución de 1853; esta vez libertad definitiva y eterna…

Pero resulta que el 90 hubo aquí una revolución muy seria, después de varios conatos, contra la “tiranía” o la “oligarquía”; y en 1912, cuando salí de la escuela, se impuso el Sufragio Universal Libre y Obligatorio, y se recobró la “Libertad” definitiva; pero en 1930, el Ejército Argentino, mandado por Uriburu, hizo otra revolución contra otra tiranía; y luego, en 1943, otra revolución contra la Oligarquía, mandada por diversos generales.

Entonces se me confundió toda la historia, perdí mi latín y ya no comprendía nada, cuando estaba estudiando en París.

Recuerdo en 1932, los diarios franceses de provincía describían el “proceso” argentino más o menos así: “Et alors, le général Ouribourú sortit son révolver et chassa le général Irigoyen; mais alors, quoi, un autre général, Agustin Justo, sortit son révolver et chassa le général Ouribourú, lequel, étant un grand ami de la France, vint à Pariset y mourut..

Recuerdo me daba una vergüenza imponente leer eso; hasta que un día me consolé diciendo, con el autor del Ente Dilucidado: “Los monstruos, ¿lo somos nosotros o lo son ellos?”.

Pero se me confundió grande toda la historia argentina, y recién ahora, a los 60 años, se me comienza a ordenar de nuevo.

Días pasados encontré un muchachito de 15 años leyendo precozmente la Vida de Rosas de don Carlos Ibarguren, el cual me dijo: “Tío, el fruto desta lectura es bastante triste; porque resulta que en la escuela me han engañado”.

A lo cual respondí: “Dale gracias a Dios que te enteras a los 15 años; yo no me entere hasta los 35”.

Pero desto que diré ahora, recién me entere a los 60; a saber: el eje permanente de la historia argentina es la pugna entre la tradición hispánica, ya no muy pura, y el liberalismo foráneo, bajo cuyo signo nacimos a la “vida libre”; y esa pugna continuará hasta el año 2.000, por lo menos, como está narrado en mi libro Su Majestad Dulcinea, de inminente reedición… (Inminente no significa próximo, como creen los loquitores, sino amenazante).

El pueblo argentino jamás asimiló el liberalismo inglés o francés o norteamericano: no se sabe por qué. Los liberales lo han tenido aquí todo para hacérselo asimilar: el progreso, la moda y la mentira, prensa grande, libros, universidades… y hasta sacerdotes, curas y obispos liberales o liberaloides; y el pueblo argentino no lo asimiló; mala suerte.

Cada vez que el pueblo elegía libremente su caudillo —el primer derecho del pueblo, decía Estanislao López— eligió un caudillo antiliberal. Ninguno dellos les salió muy santo y uno dellos les salió al final con una locura, más el pueblo, “les petites gens” que dice el francés, permaneció tozudamente en su actitud antiliberal.

El Partido Radical, cuando comenzó a “liberalizarse” empezó a decaer, es un hecho: algo aflojó en su espinazo.

Esto es para mí una especie de prodigio. Será por inteligente o por tozudo, por falta de religión o por sobra, por falta de cultura o por sobra; pero el hecho esta allí, macizo como una roca: el pueblo no quiere a los liberales.

En este momento histórico, eso se comprende un poco: no hay liberales de gran talento aquí y ahora.

Miren, los que hoy escriben o hablan bien, con autoridad, eficazmente, no son liberales: liberales de gran calibre, un Sarmiento, un Mitre —o digamos incluso un Lisandro de la Torre—, no hay. Mas el pueblo (la masa) erre que erre, en cuanto le dan cancha libre va y enalza un caudillo no liberal hasta las nubes. Para mí que la culpa la tienen los médicos, los curas… o la “Acción Católica”.

De modo que al pueblo argentino (la masa) le pasa un poco lo que le pasó a Julio Camba. Cuando el gran humorista español escribió el mejor de sus libros, Haciendo de República, sus amigotes de la peña, la redacción o el café exclamaron: “¡El gordo se ha convertido al catolicismo!”, el gordo replico: “No. Lo que pasa es que me di cuenta de que soy católico”. Así la masa argentina —que definir el liberalismo no sabía— se da cuenta sin cesar que es antiliberal… Y no se puede decir que la culpa la tienen los “nazis’’, pues en tiempo de Irigoyen no había “nazis”.

De modo y manera que, si la historia tiene leyes fijas —lo cual no es seguro—, se podría predecir esto: ahora han copado la “Revolución” los militares, vendrá otra revolución y pondrá en el inestable y codiciado trono a un antiliberal. En menos de 10 años.

¿Por qué 10 años? Porque los plazos de las revoluciones argentinas se van acortando sensiblemente. Hablo de las revoluciones totales, que cambian la “ins-ti-tu-cio-na-li-za-ci-ón”, haciendo oscilar el péndulo de un extremo al otro. No hablo del golpe de San Martín en 1812 o las “revoluciones” radicales de 1893 o 1905, que fueron meros colazos del 90. Y bien:

— De la Revolución de Mayo a Caseros, 43 años

— De Caseros a Alem-Irigoyen, 42 años

— De la del 90 a Uriburu, 40 años

— De Uriburu a Farrell, 13 años

— De Farrell a Lonardi, 12 años

¿A qué se deben estos ciclos? Se deben a que los militares jóvenes deben imbuirse de la ideología correspondiente para hacer la correspondiente “revolución” (es decir, tienen que ir juntando rabia) penetrándose de la ideología de Rousseau o de Echeverría, si gobierna un caudillo absoluto; y de las ideas absolutistas, si gobiernan caudillos liberales —por fraude—… Así durante la “década infame” los oficiales jóvenes absorben las ideas del Pampero y se convencen de que el país “anda mal”; y durante la década siguiente, se dan cuenta por sí mismos —y por los panfletos— de que la libertad es también necesaria y que otra vez el país “anda mal”; y entonces ¡pumba!… “Le général X sortit son révolver et chassa le général Z”; y así sucesivamente.

Hay que tomarlo un poco en broma; al fin la vida es corta; y el que se hace mala sangre se la acorta más todavía.

Pero lo que queremos decir es que hay que salir de una vez del movimiento pendular, si se puede.

Y que no se puede salir, si no se consolida la Ley … o se “restauran” las leyes, como quieran.

Y la Ley no se puede restaurar, si no es sobre la base de una restauración moral.

¿Y como se hace esa restauración?

Mucho preguntas, Sancho. Ese es el tema de otro prologo.

Pero, por de pronto, moralízate tú, el que estas leyendo, como yo, el que estoy escribiendo, antes de querer moralizar a otros a la fuerza.

Tú, aunque seas “Comisario Investigador” uriburiano y sobrino del mismísimo Mahatma Gandhi… “Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère”.

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10.- Conclusión

Después de haber leído quizás todo este “filosofema” —o galimatías si usted quiere— el lector en ayunas me dice:

—Vamos a ver, en resumidas cuentas, lo que interesa es no más esto: la Republica de Buenos Aires, ¿es o no una nación en decadencia?

—Si señor. Es una nación en decadencia.

—¿Y por qué?

—Porque es una no-nación que decae.

—Pruébelo. Usted nos confunde con el Uruguay…

—No sé si uste es capaz de la prueba. Pero pondré tres ejemplos o síntomas:

a.- El caos político

— Las predicciones de Charles Maurras se han cumplido cruelmente en nosotros, más que en Francia. Estamos en plena politiquería, o sea democacaracia.

Le diré simplemente esto: estamos en incurable inestabilidad política, porque hace más de 100 años todos los gobiernos son ilegítimos; es decir, fraudulentos y usurpadores.

— Eso es demasiado decir. Desde Sáenz Peña hijo, ellos han sido elegidos por sufragio universal. Perón, por ejemplo…

— Perón obtuvo la mayoría de un sufragio “universal”, porque primero se demostró a la masa como un caudillo; por eso lo votaron, si no todos, muchos. De modo que no es el sufragio quien le dio el poder, sino su poder personal quien arrambló el sufragio. Le diré que eso es malo, pero es mejor que lo otro.

Irigoyen lo mismo: primero de ganar la primera elección limpia después de Sáenz Peña, se había mostrado caudillo popular, había hecho revoluciones y revelaciones.

De donde se sigue que no es la mayoría la que unge, sino que confirma a los ya ungidos: o bien es formada por fraude sutil si se quiere. Hacer optar a la gente entre dos “candidatos”, uno vencido de antemano previstamente, es fraude.

La mayoría nunca se equivoca, dijo Rusó. La mayoría se equivoca siempre, dijo Ibsen. Mentira los dos. Ni se equivoca ni nada, pues hace lo que la hacen hacer. El que se equivoca es el que se fía del politiquero, que es el que mangonea las mayorías.

El “sufragio universal” es una farsa porque desde su comienzo alimentó en su seno un sofisma: la “soberanía del pueblo”, que es hoy el gobierno de los marrulleros y los charlatanes.

O sea, la soberanía del Anonimato, la Irresponsabilidad, las Elecciones, el Dinero y… el Extranjero. Vean la muy voceada “Libertad de Prensa”; en ella se ha concretado la “Libertad de Expresión”, una de las “Libertades de Perdición”, que dijo Pio IX: cuanto más hablan della, menos existe. Sera tonto por demás un presidentito destos para dejar que un cagatinta anónimo le discuta o condene una medida suya; allá va el secuestro de una edición, o la suspensión del diario o simplemente la supresión. Por tanto, se guardan muy bien de ofender al tiranuelo de turno. Tienen libertad para hablar contra Dios, pero no para pintar bigotes de foca a un Testa Hinchada No Coronada. En ningún momento del mundo ha habido menos libertad que ahora; y eso que la mayoría de los Estados de hoy han nacido a los gritos de “Libertad, Libertad. Libertad”; y lo siguen cantando.

Esto ha sido demostrado tantas veces y por hombres tan autorizados, que me excuso de repetirlo.

Pueden leer el Prefacio de Mis ideas políticas, o esa meditación breve e incisiva Abstracción revolucionaria, ambos de Charles Maurras, sin ir a Taine, De Bonald o Bourget, ni tragarse la enorme Encuesta sobre la monarquía —también de Maurras—, Donoso Cortés o Menéndez Pelayo.

El resultado deste gran desorden del “sufragio universal” es toda clase de males políticos, de los cuales el mayor es la “centralización”.

b.- La centralización

Centralización significa la absorción por el Estado de toda la actividad de los cuerpos intermedios e incluso de los individuos. Esta absorción ha ido creciendo desde la famosa francesada de 1789 hasta hoy, de modo que puede decirse que hoy todos los Estados son tiranías. El mayor ladrón de cualquier Estado actual es el Gobierno.

El publicista Bertrand de Jouvenel, en su macizo tratado El Poder, contiende que esa absorción es inevitable en el Estado, que es esencial al Estado el crecer. Debería haber añadido la condicional a menos que otro no lo impida. En efecto, la función natural de los poderes parciales y relativos (Familia, Municipio, Gremios, Dinero, Universidad, Ejército) es limitar el poder, de suyo devorante, del Poder Central.

Hoy día el Estado hace de todo, menos a veces lo que debería hacer. Desde zapatero hasta constructor de casas, el Estado se mete en todo; también en las empresas particulares, de las cuales se entromete socio. Uste no puede ni publicar un libro sin tener encima al Fisco. El Fisco sangra a toda actividad productiva y él monopoliza la mayor parte de las actividades productivas.

Pero donde más celoso y dañoso se muestra es en el Monopolio de la Enseñanza. El Estado es el maestro de part Dieu; ¿qué digo? es el Maestro de los Maestros, el Maestrísimo. Directa o indirectamente es el que imparte la —llamémosla— Educación, directamente en las escuelas “públicas”, indirecta en las escuelas mal llamadas “privadas”.

Esta aberración de que el “Político” se meta a regir o a hacer lo que no le toca y a lo que no es apto, la copiamos nosotros de la Tercera República francesa y ella la copio de Juliano el Apóstata, con el fin de perseguir la Religión. Napoleón también lo puso, pero con otro fin diverso.

Es el dogma más acariciado del futuro Estado socialista y es el credo del Anticristo.

Los padres tienen el deber y el derecho de educar sus hijos, la Iglesia tiene la misión de ensenar la religión.

El Estado es político y no educador, anoser para, subyugar la educación a la política; y, en este caso, a la infidelidad.

“Huelga de los trabajadores de la Educación”. Este enunciado grotesco es la criada respondona que le salió a la leyenda del Estado Enseñante.

Está pasando aquí lo que paso en Francia, a saber: el Estado Anticlerical fundó la Escuela Normal Superior, que debía dar todos los maestros superiores, y se reservó la potestad de habilitar los maestros comunes. Quería hacer de los enseñantes los “genízaros de la Republica”, como se expresó Jules Ferry; o sea los que imbuyeran a los indefensos niños el laicismo y el anticlericalismo.

Pero surgió como resultado lógico que los maestros se hicieron comunistas, y comenzaron a dar dolores de cabeza a la “República laica, una e indivisible”, con huelga tras huelga, comenzando por pedir “aumentos de salario”; o sea porque el Gobierno no les paga bastante o no les paga a su gusto, se la hacen pagar a los niños, sin hacer mella ninguna con eso en los magnates de la “Republica” y aprovechadores de la “Educación”.

Cuando el daño o el escándalo se hace intolerable, el Gobierno cede y aumenta los salarios y los trabajadores de la Educación se reintegran al trabajo de educar, después de haber dado el mal ejemplo de deseducar. “¡Los genízaros de la Republica!”.

Aquí, en este país, el monopolio de la educación es responsable de la decadencia de la educación; y la decadencia de la educación es responsable en gran parte de la decadencia de la República. Poco ve el que no distinga el vínculo diamantino que existe entre la democacaracia y la centralización o “estatismo”.

Los de la Acción Francesa estimaban que la “centralización” en Francia no podía ser vencida sino por la Monarquía.

Valdría decir que en la Argentina es invencible.

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c.- La indisciplina de las costumbres

Esta expresión, atenuada y exacta, de André Benoist es lo que llamamos brutamente la corrupción o la podredumbre. En lo moral, en lo intelectual, en lo físico mismo, la indisciplina reina por todo.

Por ejemplo, no se puede mirar los avisos de cine de La Nación sin un movimiento de asco; pero, si se entra a lo “avisado”, vemos que los “filmes”, con pocas excepciones, están adornados o penetrados de erotismo, cuando no de pornografía.

Mas grave que la lujuria, grande arruinadora de naciones, es quizá la cretinidad de las masas. A ella contribuye todo, desde la educación intelectual nula hasta los llamados “medios de comunicación” de los cuales hemos mencionado uno. Otro de los más potentes es la “prensa grande”. El diario que nombré es el púlpito de la memez al mismo tiempo que “la Tribuna de Doctrina”. Es un púlpito de memez muy disimulado.

Pongamos un ejemplo cualquiera: tengo delante una “nota” de Jorge Luis Borges sobre Lugones, del Suplemento Literario dominical del 23 junio de 74 en que el máximo literato se arregla para denigrar a nuestro máximo poeta, poniéndolo por debajo de Sarmiento (?) ¡y de Almafuerte!, para terminar con un aparente elogio de algunas “líneas inagotables” de Lugones que no son sino un elogio de sí mismo. Esta es una lección de memez.

Basta mencionar estas dos cosas, la lujuria y la memez, que son muy emparentadas, para comprender “la indisciplina de las costumbres” signo fatal de decadencia. Entre otras muchas otras cosas, innumerables, cuya noticia nos trae muy templada la “prensa” cada día. Y no hablamos de la prensa amarilla sino de la “blanca”.

En fin, nuestro grande y hermoso país está en decadencia política, educacional y moral en forma que no vemos el remedio.

Es un proceso que viene de muy atrás; y seguirá adelante, si Dios no lo remedia; pues solo Él puede remediarlo, quién sabe cómo.