¡Y VIVA LA DEMOCRACIA CONCILIAR!
El Señor García Gasco hizo sus primeras declaraciones ante Radio Nacional después de haber sido nombrado Secretario de la Conferencia Episcopal.
Ello le ha dado, como a todos nuestros obispos, ocasión de aparecer en las ondas y en los papeles.
El tema central de esas declaraciones parecía sugestivo: «En España, quien no se declare increyente o no practicante no tiene un puesto en nuestra sociedad.” ¡Vaya, hombre!
Diríase que reconocemos los frutos de esta democracia laica, a cuyo advenimiento y consolidación tanto contribuyeron los Tarancón, Díaz Merchán y demás jerarquías de la Conferencia Episcopal…
La declaración es de bulto: afirmar que de un Estado confesionalmente católico, que reconstruyó las iglesias y conventos de media España, hemos pasado a otro persecutorio, que el mismo Señor García Gasco compara con el de Cuba…
Pero no es así. Esa afirmación es sólo el reclamo, la frase llamativa, para que se lean las «declaraciones”.
Si se sigue su lectura, se las ve enseguida encarrilarse por las vías pactadas por los sanedrines reinantes. A continuación viene la reglamentaria pedrada al «anterior régimen»: «es como antes dice, que el que no era camisa vieja o camisa azul no podía acceder a puestos relevantes» (Lo que en esto haya de verdad, se lo callaron muy cuidadosamente los obispos de aquel tiempo, que fue largo).
Y concluyen con el no menos reglamentario golpe de incienso a la democracia pluralista y laica que disfrutamos. «Tal vez sea -dice- nuestra falta de rodaje de lo que debe ser la auténtica democracia”. El mal no está en la democracia atea, que es perfecta, sino en errores circunstanciales de quienes la aplican, por lo demás muy humanos y disculpables: «Son defectos -concluye- de un proceso que hemos iniciado y es normal que se den. Cuando se está aprendiendo siempre se cometen errores».
¡Adelante, pues, con los faroles, que en la Iglesia de España queda ya poco por destruir!
Cuando nada quede, nuestros obispos se reciclarán de jefes del comisariado político, y estaremos en la democracia perfecta.
Ya no existirán «poderes fácticos»; ni Iglesia, ni familia, ni Ejército…

