PADRE CASTELLANI: PREVISIÓN DE PROFETA

Conservando los restos

Ante el torrente diario de medidas, que van desde la contradicción al absurdo, con el inventado pretexto de la “pandemia”, las personas que las sufren oscilan entre el servilismo y la insubordinación.

Con el fin de proporcionar un poco de luz sobre estas cuestiones, publicaremos una serie de ensayos y artículos del Padre Leonardo Castellani, que ya hace casi ochenta años las vio venir, las sufrió y nos dejó sabios consejos para enfrentarlas.

LA INTELIGENCIA Y EL GOBIERNO

Nueva política, Buenos Aires, N° 14, agosto de 1941

¿Qué cosa le parece a usted peor, un gobernante malvado o un gobernante tonto? Una discusión terrible que tenemos entre amigos hace mucho tiempo. A mí me parece que no hay cosa peor que un gobernante tonto, o sea sin visión más allá de sus narices. Hitler, por ejemplo, es un malvado, a pesar de lo que dice Estudios en su N° 351. Chamberlain y Daladier eran dos tontos. Y ¿a quién le fue peor, a Francia o Alemania? Le ruego, señor director, que me conteste. Suyo, J. Martínez Kennedy Suscriptor de Estudios”.

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La pregunta acerca de las relaciones de Inteligencia, Virtud y Gobierno es muy delicada y no se puede responder útilmente sin hacer una cantidad de distinciones, o sea, sin filosofar.

Tomándola en esa forma simple, que está en una comedia de Tirso de Molina, a saber: “¿Es mejor un rey tonto que un rey malo?”, hay que empezar por preguntarse qué se entiende por tonto, puesto que esta de la tontera es yerba de muchas variedades.

Todos somos tontos en algún grado o minuto, —“cuando nos enamoramos” solía decir mi tío el cura—, de acuerdo con aquella frase de Ortega: “Hombre sensato es el que tiene continua conciencia de estar a punto de hacer una insensatez”.

Si damos a tonto el significado de cortedad de ingenio tout-court, es decir, pocos alcances naturales, mente poco amueblada, de reducido campo lumínico, salen inmediatamente las siguientes notas caracterológicas:

Tonto = ignorante.

Simple = tonto que se sabe tonto.

Necio = tonto que no se sabe tonto.

Fatuo = tonto que no se sabe tonto y encima quiere hacerse el listo.

Insensato = tonto que no se sabe tonto, y quiere gobernar encima —o hacer que gobierna— a otros.

Esta ultima variedad es la tremenda, mientras las dos primeras no son malas, y hasta con ciertas condiciones fueron amadas por Cristo, el cual dijo: “Alábote, Padre del Cielo, que escondiste este saber a los sabios, y lo descubriste a les simplezuelos”.

Ha habido santos simples, como San Simeón el Simple, San Pedro Claver, San Sansón el Loco, el Cura de Ars, San José de Cupertino, y los regocijantes fray Junípero y fray Gil, compañeros de San Francisco, y patrones de todos los giles cristianos del universo.

Un hombre simple o sin letras en un gobierno pequeño y con una gran dosis de virtud y humildad puede hacerlo pasablemente y hasta muy bien, como lo hiciera si lo dejaran —como no lo dejaron— Sancho Panza en la Ínsula Barataria, aunque yo no recuerdo en este punto ningún ejemplo histórico fuera de la novela.

Pero un gobierno gobierno necesita per prius y de entrada la inteligencia, y después la virtud; la virtud mínimum necesaria para que no se corrompa la inteligencia, a la cual formalmente compete el regir, por la razón lisa y llana de que si un vidente que este borracho no es buen piloto, un ciego no es piloto nada.

Intelligentis est ordinare. Esta es doctrina de Santo Tomas, el cual llama enérgicamente a la inversión de este orden “monstruosidad”, lo mismo exactamente que un gran político moderno, el cardenal Richelieu, expresó en el conocido apotegma: “En gobierno, un error muchas veces es peor que un crimen”.

De ese texto de Santo Tomas, que está en la lección XIX del libro De anima, salió probablemente aquella anécdota que ustedes saben, pero voy a contar: había elección de prior, como es uso de los dominicos, y un hermano le preguntó al Angélico quién le parecía mejor para cabeza: fray Salomón, que era muy erudito, fray David, que era muy entendido, o fray Serafín, que era extremadamente santo.

Respondió el Doctor Angélico, y es latín bien digestivo: “Doctus doceat nos; intelligens regat nos. Et sanctus ? Sanctus oret pro nobis” (El docto que nos enseñe, el inteligente que nos gobierne. ¿Y el santo? Que el santo ruegue por nosotros).

La doctrina de Santo Tomas acerca de la inteligencia en la sociedad es la siguiente, brevemente compendiada.

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1.- Pre-excelenda del pensamiento

El fin de la multitud, como el fin del individuo, es el pensamiento.

Esto es verdad aun en esta vida, en la medida de lo posible, “secundum quod contingit multitudini contemplationi vacare” (“en el grado que a la multitud compete vacar a la contemplación).

Como en el individuo la inteligencia es “la porción más preciosa(“quod est potissimun in homine”) así en la humanidad los doctos y los pensadores están en primera fila.

El escándalo de Sur, pues, al ver que Hitler desplaza y destierra a Einstein y a Zweig es hasta un punto justificado…; sería justificado si Einstein y Zweig —quiero decir el llamado “intelectual” moderno no hubiese empezado por traicionar él mismo su gran misión y pecar contra la luz volviéndose un “especialista”, cuando no un logrero y un diletante.

Hitler es un azote providencial… Pero esto no lo dice Santo Tomás.

Los más nobles contemplativos son los doctores, es decir, los iluminadores, los que alumbrados ellos mismos son capaces de alumbrar a los otros del rebalse de su contemplación, “ex superabundantia contemplationis”, tales los obispos, los teólogos, los profesores, los predicadores. Santo Tomas busca los nombres más excelsos para realzar la dignidad del sabio que ensena en nombre de Dios, como es el obispo —cuando el obispo es un sabio, como solían ser en su tiempo—; o, cuando menos, sabe servirse de los sabios.

“Respectu Dei sunt homines —dice— respectu hominum sunt dii” (Respecto de Dios son hombres, para los hombres son dioses).

Henchido de admiración por esta vida iluminadora, de que el episcopado le ofrecía el tipo ideal y San Agustín el más flagrante ejemplo concreto, pero que él hallaba también en otra forma en su propia familia religiosa, los dominicos, Santo Tomas no es tan movido por la modesta dedicación del humilde enjambre de los párrocos, a los cuales compara a los albañiles con respecto al arquitecto… In aedificio autem spirituali sunt quasi manuales operarii, qui particulariter insistunt curae animarum, puta sacramenta ministrando, vel aliquod ejusmodi particulariter agendo” (En el edificar espiritual son como albañiles, aquellos que se dedican más bien a la cura de las almas, como administrando los sacramentos, y agenciando de este modo así en lo particular).

El obispo y el doctor en teología, cuyo influjo agarra lo universa, tiene la acción arquitectónica. Su deber es cuidar de los fines y de los principios, su vista debe ser capaz de abarcar las grandes líneas y las cosas hacederas antes de que estén hechas.

No es buen obispo aquel que es un “primer párroco”, un párroco grande, un párroco con mayor parroquia. Su trabajo es de esencia distinta, como la del arquitecto respecto al oficial frentista.

El poder político es naturalmente menos levantado que la autoridad religiosa, como el fin terrestre del Estado es inferior al fin terreno-divino de la Iglesia.

Así pues, aunque el Estado sea “la cosa más grande que puede construir la razón práctica”, sin embargo, el alma humana sobrepasa al Estado. “El alma no está ordenada a la sociedad civil según su totalidad de ser y de poder”.

Y puesto que el fin donde el Gobernante Civil (el Príncipe) lleva a sus súbditos es la “vida social según la virtud”, y esta vida social tiene, a su vez, por fin la asecución intelectiva sobrenatural de Dios, resulta que todo el moverse de la vida política está sometido en su conjunto al poder espiritual “sicut spheram spherae”, por más que tenga al mismo tiempo juego libre y autonomía dentro de su propia esfera.

Santo Tomás proclama en consecuencia, aun en el dominio temporal, un “gobierno de las luces” —que no es por cierto lo que llamó míster Roosevelt, un “trust de cerebros”—, idea que se ha parangonado a la doctrina de Platón acerca del “reino de la idea en el cuerpo político por medio del régimen de los Sapientes”, pero que Santo Tomás urge con energía sorprendente, calificando de “monstruosidad”, de “desorden”, de “aberración”, que se dé el caso —helas, tan frecuente— de uno que preside, no por ”preeminencia intelectual”, sino por brío de voluntad, dinero, violencia, color de falsa piedad, artimañas, vivezas o fraude.

“Illi homines qui excellunt in virtute operativa oportet quod dirigantur ab illis qui in virtute intellectiva excellunt … Sicut autem, in operibus unius hominis ex hoc inordinatio provenit quod intellectus sensualem virtutem sequitur …, ita et in regimine humano inordinatio provenit ex eo quod non propter intellectus praeeminentiam aliquis praeest” (Aquellos hombres que descuellan en actividad operativa es preciso sean dirigidos por los que en actividad intelectiva descuellan … Porque así como en las obras de un individuo el desorden surge cuando la actividad sensual dirige a la intelectual …, así en el régimen colectivo el desorden se origina de que alguno está mandando no por preeminencia intelectual…).

Aun los hombres “prácticos”, los hombres de acción y los duces o conductores —dejando muy lejos los practicones y los “briosos sin luces”, que decía el Padre Mariana— deben estar bajo el régimen, control o influjo de los hombres de gran poder intelectivo.

Santo Tomás usa una forma exactísima y precautísima, “qui in virtute intellectiva excellunt”, donde designa con precisión, no una cualquiera inteligencia, o erudición, o ciencia, o intelectualidad —piénsese en Azaña el literato, en Gamelin el soñador—, sino un intelecto poderoso y equilibrado; y no de cualquier manera sino con visible eminencia.

De la falta de este orden racional y natural —ontológico en el fondo—, según Santo Tomás, se ven en todas las congregaciones faltas tan notables.

Esta doctrina que el santo doctor apuntala con la autoridad de Aristóteles y de “Salomón” parecería inconciliable con el noto tradicionalismo político del Angélico, el cual predica por otra parte la monarquía, y la monarquía hereditaria de su tiempo, con la posibilidad ende de un rey corto, tonto y hasta idiota.

Pero la dificultad es levantada inmediatamente por las reflexiones que siguen.

En el caso de un rey no genial, la inteligencia gobierna lo mismo por medio de los sabios consejeros, a los cuales el rey naturalmente se remite, como lo hace todo simple que no sea insensato: “servus sapiens dominabitur filiis stultis”, como dice la Escritura (El siervo sabio dominará a los hijos insensatos de su señor, Proverbios XVII, 2. El peón sagaz dominará al señorito tonto, más o menos).

Es evidente que esto presupone una monarquía no absolutista, sino asistida por Consejos Reales, que tengan autoridad efectiva, por una aristocracia en suma, como lo eran las medievales.

En caso contrario, el único remedio al rey corto es el privado o valido, que —piénsese en el conde duque de Olivares y en el monje Rasputín— puede ser un expediente soportable, y puede ser peor que la enfermedad.

La monarquía carolingia en tiempo de los “mayordomos” y el actual régimen de Italia, son casos de régimen de validos: monarquía omnipotente, un valido todopoderoso, un rey representativo. La monarquía inglesa es el mismo caso, pero con varios validos en vez de uno.

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2.- El pensamiento y la acción

Si cortáramos aquí, la doctrina del Aquinense quedaría peligrosamente dimediada, y podría sugerir un resbaloso racionalismo político, afín al de Voltaire, Condorcet y Augusto Comte.

Hay que marcar ahora los fueros de la voluntad y el campo del “hombre practico”, o sea del ejecutor.

Brevemente.

La idea que debe regir la sociedad no es la idea técnica o sistemática o —peor aún— la idea despegada de lo real; lo que llama Bergson “mentes conceptuales”; sino la idea vitalizada, la idea profunda, la idea inmanente enraizada al querer, que será tanto más rica y real cuanto más imperio alcance sobre todo lo que en el hombre no es espíritu.

En suma, el intelecto que debe regir la sociedad no es el intelecto de los actuales “intelectuales”, sino el Saber, la Sapiencia, la Sabiduría que abarca desde el humilde sentido común —abajo—, pasando por la cordura —al medio— hasta la visión o intuición creadora.

En esta distinción se funda el conocido axioma jurídico y político de que la costumbre, que en las disciplinas especulativas no tiene valor alguno, es un factor capital en el gobierno de las cosas humanas, que no son forma pura, sino forma y materia, motor y maquina: hay que ser innovador en ciencia y tradicionalista en política.

Apenas se vea una forma mejor se debe cambiar en lo especulativo, no así en lo práctico: por donde se concluye que en el famoso pleito romano de Galileo Galilei tenía razón Galileo y también la Inquisición Romana, cada uno la mitad, como dijo el brasilero: y ninguno de los dos sabía este axioma de Santo Tomas: “Ea quae sunt artis habent efficaciam ex sola ratione; et ideo ubicumque melioratio occurrit, est mutandum quod prius tenebatur. Sed leges habent maximam virtutem ex consuetudine, ut Philosophus dixit in II Polit, et ideo non sunt de facili mutandae (Las cosas que son de artesanía, tienen su eficacia de la sola razón; y por eso dondequiera ocurra uno mejora, hay que mudar lo que había primero. Pero las leyes tienen su fuerza primordial de las costumbres, como dijo el Filósofo en II Política, y por eso no deben cambiarse fácilmente).

He aquí frenado cuerdamente el prurito revisionista de todos los utopistas; y no frenado por un conservadorismo estólido que rehúsa cambiar lo antiguo por ser más antiguo, sino por la profunda distinción anotada arriba entre las ideas íntimas, fondales y vitales y los fáciles armazones conceptuales que forman, por decirlo así, como la superficie verbal del espíritu, y que Santo Tomas compara con los fluyentes razonamientos de los borrachos, y de los hombres del vulgo y de los niños —y también de los pueblos demagogiados, como los porteños de hoy—, los cuales no representan realmente el sentir verdadero del ser humano que los profiere: “etsi ore proferant quod hoc est faciendum, tamen interius sentunt quod hoc non est faciendum (Aunque digan que esto hay que hacerlo, interiormente como que sienten que eso no se debe hacer).

No hay que cambiar a la ligera.

Esto no excluye el progreso. Pero el progreso en las leyes se ha de efectuar, según Santo Tomas, no por manipuleos de códigos hechos de plantas que se implantan o cambian de la noche a la mañana —como nuestra Santa Constitución yankoide— sino más bien por los profundos y paulatinos desplaces que los hechos históricos producen en nuestras maneras de ver y de sentir la realidad social.

De ahí viene que la costumbre, segunda naturaleza, prevalga sobre la ley muchas veces, como está en el derecho romano, porque la costumbre representa a veces la ley aceptada y establecida frente a la ley improvisada y vacua, que está en el papel y en el capricho de un hombre y nada más.

De ahí también que toda ley escrita cese donde se opone la naturaleza o el mandato divino.

Santo Tomas precisa incisivamente estas fronteras de la ley cuando habla de la obediencia religiosa, la más rigurosa que existe. Es cierto que el religioso debe acatar el mandato jerárquico a ciegas, “perinde ac cadaver”, como dicen que dijo Loyola; pero ningún hombre esta dispensado de guiar su vida con sus propias luces, ni puede obrar jamás si su intelecto no le pinta su acción en línea con la razón.

Ningún voto del mundo puede dispensar a un hombre de tener conciencia propia, porque en eso justamente consiste ser hombre.

A propósito de esto recuerdo una frase medio bruta de mi tío en un sermón, que fue muy criticado, pero la frase encierra una verdad: “Como Jesucristo mismo lo dijo en una parábola, Dios no bajó a la tierra para hacer capones. Si para hacer eunucos Dios bajara a la tierra, mejor se podía haber quedado donde estaba”, dijo el bárbaro de mi tío en Catamarca.

“Subditus non habet iudicare de praecepto praelati, sed de impletione praecepti utique quia ad ipsum spectat. Unusquisque enim tenetur actus suas examinare ad scientiam quam a Deo habet, sive sit naturalis, sive adquisita, sive infusa: omnis enim homo debet secundum rationem agere” (El súbdito no tiene por qué discurrir acerca del precepto del prelado, pero acerca del cumplimiento del precepto, eso sí, porque le concierne. Es que cada cual está obligado a examinar sus actos propios a la luz de la ciencia que Dios le dio, sea natural, sea adquirida, sea infusa. Porque todo hombre está obligado a obrar según razón).

En el mismo artículo en que se encuentra este axioma, Santo Tomas explica que, si un pecado grave o leve aparece claramente en un mandato del superior, obedecer es pecado: “conscientia enim ligabit; praecepto praelati in contrarium existente” (La conciencia lo obliga [antes], si contra ella existe precepto de prelado).

El “a ciegas” de San Ignacio se refiere más bien a esa superficial y mudable razón cotidiana y conceptual que arriba juntamos, no a la iluminada intuición del alma obediente, enderezada a Dios como un reflector en la noche, y viendo con la luz de la fe mucho más allá de lo temporal y lo rutinario.

El “perinde ac cadaver” es una metáfora mística, que parece inventada aposta para hacer bolacear a los métomentodo.

La verdadera obediencia no puede dispensar jamás de tener conciencia.

Hay casos en que el súbdito tiene el deber de decir al superior: “Aquí estamos los dos haciendo barro”, y decírselo con la energía con que San Pablo se lo dijo a San Pedro, “in faciem ei restiti” como dice el impetuoso tarsense.

El gran místico jesuita y director de almas P. Lallement, que estudian los jesuitas en su 3ª probación, dice en su Vie spirituelle concordantemente: “Dos maneras hay de obediencia, una que simplemente asume la voluntad del prelado, y ésta es de todos, otra que se une al superior inmediato y por el mismo acto se une al superior medio, y por él al superior sumo, y por él a Dios, conformándose no sólo con la acción sino con el último fin de la acción y con la perfección y excelencia divina de ella; y esta obediencia es propia de perfectos”. Es decir, cuando el hombre, al insertarse voluntariamente en el orden particular —que puede en algún caso per accidens ser desorden—, se inserta conscientemente en el orden universal de los fines.

En su notable encuesta sobre el caos contemporáneo llamada El fin y los medios, el racionalista inglés Aldo Huxley examina, con un conato de imparcialidad y con gran talento, pero con penuria de información y de luz metafísica, el problema filosófico de las formas de gobierno a la luz de las constituciones de dos órdenes religiosas, la benedictina y la jesuita, donde pueden verse, en forma más límpida, las dos soluciones válidas extremas del dualismo libertad-autoridad.

Huxley resuelve volcándose con desmesura del lado de la “libertad” o “democracia” benedictina, hasta negar validez a la otra forma —para nosotros lícita—; en lo cual contradice flagrantemente a la misma historia y a los obvios hechos, pues no hubiera podido subsistir como ha subsistido la Compañía de Jesús cuatro siglos fecundos a ser verdad lo que él dice del “alférez mayor” San Ignacio, a saber: “Estaba sin duda equivocado al adoptar el más elevado militarismo. El «desprendimiento» carece de valor cuando no se trata de un ser responsable. Un cadáver no tiene malicia ni es ambicioso ni lascivo; pero no por ello está dotado de «desprendimiento». A un novicio jesuita se le invita de muchas maneras a amoldar su conducta a la conducta de un cadáver [?]. Tiene que consentir que su superior lo mueva como si fuese un cadáver [¡pesadito de mover, por Cristo!]. Tanta obediencia pasiva es incompatible con el verdadero desprendimiento. Si creemos en el valor del «desprendimiento», debernos evitar el más rígido militarismo e imaginar algún sistema de organización que resalte, además de eficaz, educativo en alto sentido. La monarquía constitucional del benedictino es de carácter más educativo que el totalitarismo de Loyola. Cuando los miembros de las comunidades alcancen cierto grado de responsablez la democracia pura de los cuáqueros probablemente resultará todavía más perfecta que el «benedictismo»”.

“Desprendimiento” llama Huxley a lo que llamamos nosotros perfección cristiana, o sea el supremo ideal moral del hombre, la santidad; abandonando por ende el pensamiento cristiano del cual es parásito o al menos talófito, al confundir el fin (unión con Dios) con el medio (abnegación) a pesar del titulo de su libro, y descendiendo así de la ética cristiana a la ética estoica.

El retrato que así hace Huxley de la obediencia jesuítica (pasividad total abdicadora de la personalidad), aunque es falso, no es absurdo o ficticio. Él representa la corrupción de la virtud de obediencia, corrupción que no es imposible.

La tentación de abdicar de la conciencia moral y volverse un autómata sin miedo y sin riesgos y una planta con patas, por inhumana que parezca, es un hecho. ¿Acaso el llamado por los médicos síndrome adiposo-genital no representa esa misma tentación en el orden biológico?

La conciencia es una carga, al fin y al cabo, de acuerdo con aquello —exagerado— de Campoamor:

“Del infierno en lo profundo

no vi más atroz sentencia

que la de andar por el mundo

cargado de una conciencia“.

Cosa exagerada en tiempo de Campoamor, sin duda; pero que se está volviendo real con estos gobiernos democráticos de coima y fraude, donde tener uno conciencia se convierte cada vez mes en un verdadero martirio.

Esta tentación de obediencia muerta o inerte es más rara que su contraria y lleva en el seno su sanción; por eso los ascetas antiguos no insisten acerca de ella y ponen toda la fuerza en combatir la inobediencia; lo cual da pie a Huxley para calumniar al catolicismo de que no haya ensenado —como el budismo, dice— que la inteligencia es un deber y la estupidez puede ser un pecado (la ignorancia culpable de tos teólogos).

Pero toda virtud, ya lo enseñó Aristóteles, anda siempre en medio de dos vicios, que representan su exceso y su defecto.

Así la crítica terrible que hace Huxley a los que se creen santos porque usan fines buenos (?) para un fin último que no alcanzan a ver si es malo o bueno —critica aplicada en el caso por Huxley al imperio británico y su colonización— es absolutamente certera y su doctrina es pura y simplemente tomista.

En cuanto al reproche al catolicismo, Huxley olvida que allí al lado mismo tiene al pueblo francés, católico, que le responde con su vulgar proverbio: “La bêtise c’est un péché”. Eso el paisano francés no lo necesito aprender de Buda.

Nunca me olvidare a propósito de todo esto —y creo que no hará daño hoy hacerlo público— lo que me dijo mi tío el cura a su vuelta de Europa, el cual había recorrido Europa, y comparado entre sí nada menos que once provincias de los jesuitas, a propósito del terrible ataque llevado por Unamuno durante toda su vida contra los jesuitas españoles: “Lo que falla o puede fallar actualmente a alguna provincia de los jesuitas, en todo caso —me dijo el canónigo—, es que los superiores se han vuelto «propietarios» [del mando, de las posiciones, de los instrumentos de trabajo, etc.], es decir, se han apropiado en cierto modo la disposición de los bienes «comunes», incitando con su ejemplo a los súbditos a «independizarse económicamente», por así decirlo. Entonces la obediencia-virtud se vuelve difícil y crecen los dos extremos de la obediencia-vicio, o sea la insubordinación y el servilismo, con lo cual se anemia todo… Pero esto es defecto de personas y no del instituto”, concluía el viejo, que en el fondo no quería mal a los jesuitas.

Así me decía mi tío. Yo no lo entiendo del todo, por lo cual desde entonces no hago más que estudiar Santo Tomas a toda furia.