MONSEÑOR STRAUBINGER CALUMNIADO

Teníamos la ESPERANZA… etc., etc.
(V)
Continúo con el análisis del párrafo de la nota de Monseñor Straubinger al versículo 6 del capítulo XX del Apocalipsis —según la edición del Año del Señor 1946 de la Biblia platense— correspondiente con el que analicé al final de la entrega anterior. Repito nuevamente el cuadro comparativo de ambos pasajes, para que se tenga presente al leer esta parte:
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NOTA 1946 2) Y reinarán con Él mil años: una respuesta dada en la «Revista Bíblica» dice a este respecto que las voces milenio y milenario se prestan a confusiones. Muchos aún creen que se aplican a los que esperaban el fin del mundo para el año mil, o sus proximidades, como el célebre Apringio de Beja en su Comentario al Apocalipsis (531-548), que decía fundarse en las 70 semanas de Daniel, iniciadas antes de Cristo, o como San Beato Liébana «que presagió que el mundo se acabaría en el año 800» (Vega). Todos los exégetas modernos están de acuerdo en que el periodo del encierro de Satanás no puede tomarse en sentido absoluto, porque al final es nuevamente soltado el diablo por un tiempo (versículos 3 y 7: cfr. 22, 5). También coinciden todos en que ese encierro de Satanás se producirá algún día. Donde las opiniones divergen, es en cuanto a sostener si ese reinado establecido por Cristo se manifestará entre su segunda venida y el juicio, o tan sólo después en el reino de la gloria, y si tal vez la Iglesia ha de identificarse con ese tiempo de paz imperturbable en que el diablo «no anda más engañando a las gentes» (v. 3). Muchos Padres antiguos, entre ellos Papías, San Justino, Tertuliano, San Hipólito, Lactancio, San Victorino, San Teófilo, etc., siguen la primera opinión, y San Ireneo, el cual invocaba a los «presbíteros» discípulos de San Juan, la defendía como una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne» (Dom Leclerq: Dict. de Arch. et Lit.). Posteriormente varían los criterios, y San Agustín declaró que la abandonaba a causa del abuso que de ella hacían los milenaristas carnales. San Jerónimo escribe, con respecto a esas opiniones, que «aunque no las sigamos no podemos, sin embargo, condenarlas, porque muchos varones eclesiásticos y mártires así lo dijeron. Cada uno abunde, pues, en su sentido y resérvese todo para el juicio del Señor». |
NOTA 1948 b) Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en Paris bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje: «La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final. El autor de la Epístola de Bernabé (15, 4-9) es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesiaca: 6.000 + 1.000 años. S. Papías es un milenarista ingenuo. S. Justino, más avisado empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia (Diálogo con Trifón 80-81). S. Ireneo lo mismo (Contra las herejías V, 28 3), al cual sigue Tertuliano (Contra Marción III, 24). En Roma, S. Hipólito se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joánea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo». Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría «forzó al jefe de la secta a confesarse vencido», y sigue: «Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio. Por su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18). S. Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclercq)». Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio, y continúa: «Algunos críticos católicos contemporáneos, por ejemplo Calmes, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio sería inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exégesis —sigue diciendo Pirot— comúnmente admitida por los autores católicos, es la que S. Agustín ha dado ampliamente. Agustín hace comenzar este periodo en la Encarnación porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustín, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. III, 1-2; Fil. III, 20; cf. Juan V, 25); los tronos del v. 4 son los de la jerarquía católica y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados —concluye Pirot— de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano: se sienta porque reina (Mat. XIX. 28; Luc. XXII, 30; I Cor. VI, 3; Ef. I, 20; II, 6; Apoc. I, 6; V, 9).» |
Seguimos con el siguiente comentario de Pirot:
«S. Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá.»
Veamos cómo sostenía San Agustín esa opinión; sobre esto, y otras cuestiones a desarrollar luego, he hallado en Internet un artículo muy interesante (http://www.la-parusia-viene.com.ar/pdfs/El%20Milenarismo.pdf), no tanto por el documento en sí (en el cual se encuentran algunas suposiciones y conclusiones que no comparto, así como algunas traducciones menos exactas), sino por traer pasajes importantes de escritos redactados por personajes que intervinieron de un modo u otro en el tema del milenarismo, en los primeros siglos de la Iglesia.
Su autor, Juan Franco Benedetto, subtitula el artículo: «Una visión necesaria para eliminar de la doctrina católica el temor a la posible existencia del Reino de Dios en la tierra«, y transcribe dichos de San Agustín sobre el particular:
«En el caso de San Agustín, resulta claro que su concepción primera fue totalmente milenarista, como lo explica en «La ciudad de Dios»:
Libro 20, Capítulo 7: «De estas dos resurrecciones habla de tal manera en el libro de su Apocalipsis el evangelista San Juan, que la primera de ellas algunos de nuestros escritores no sólo no la han entendido, sino que la han convertido en fábulas ridículas. Los que por las palabras de este libro sospecharon que la primera resurrección ha de ser corporal, se han movido a pensar así entre varias causas, particularmente por el número de los mil años, como si debiera haber en los santos como un sabatismo y descanso de tanto tiempo, es a saber, una vacación santa después de haber pasado los trabajos y calamidades de seis mil años desde que fue criado el hombre, desterrado de la feliz posesión del Paraíso y echado por el mérito de aquella enorme culpa en las miserias y penalidades de esta mortalidad. De forma que porque dice la Escritura ‘que un día para con el Señor es como mil años, y mil años como un día’, habiéndose cumplido seis mil años como seis días, se hubiera de seguir el séptimo día como de sábado y descanso en los mil años últimos, es a saber, resucitando los santos a celebrar y disfrutar de este sábado.
Esta opinión fuera tolerable si entendieran que en aquel sábado habían de tener algunos regalos y deleites espirituales con la presencia del Señor, porque hubo tiempo en que también yo fui de esta opinión.»
En sus obras hasta el año 396 Agustín sigue la tradición occidental favorable al milenarismo, en cuanto a su concepción de un período escatológico intermedio, aunque depurado por completo de los aspectos carnales y materiales. Veamos un Sermón del Santo:
Sermo 259, 2: «Este día octavo representa la vida nueva en el fin del mundo; el séptimo, representa el futuro reposo de los santos en esta tierra (Apoc. 20, 4). Efectivamente, reinará el Señor en la tierra con sus santos, como dicen las Escrituras, y tendrá aquí una Iglesia a la que ningún inicuo entrará, separada y purificada de todo contagio de iniquidad (Apoc. 21, 27)».
En otro Sermón, también sobre la octava de Pascua, explica:
Sermo 260 C, 3-5: «Con el número ocho se significan las cosas que pertenecen al siglo futuro, donde todo persevera unido en una inmutable beatitud, y habrá perpetuamente una quietud vigilante y una acción infatigablemente ociosa.
En el séptimo día, si bien incluido en el giro de los días del tiempo presente, también habrá descanso: es el descanso prometido a los santos también sobre esta tierra y consiste en la exención de toda tempestad mundana que los moleste, hasta que, después de sus obras buenas, descansen en su Dios.»
Resulta muy claro que San Agustín distingue aquí en la historia de la humanidad el esquema de siete edades de la creación, con el séptimo día de descanso, que es el reposo de los santos resucitados en la tierra, antes del día octavo, que es la vida nueva y eterna después del fin del mundo.
Es la interpretación literal del pasaje del Apocalipsis 20, 1-6, con el Reino de Dios en la tierra como dicen las Escrituras. Pero antes del 400 Agustín dará un giro total en su opinión exegética (ver más detalles en el Artículo «La Venida Intermedia de Jesús»): la interpretación que distinguía con tanta claridad el significado del séptimo día respecto al octavo, comienza a cambiar, por una interpretación que, o identifica el día sábado con el reposo definitivo, sin lugar a un tiempo intermedio, y deja de lado la imagen del día octavo, o, de mencionar ese día octavo, su significado se superpone, identificándose confusamente con el día séptimo.
Se cree definitoria en este cambio doctrinal la influencia de Orígenes y de su discípulo Dionisio de Alejandría, que llevan a que Agustín formule la doctrina que los mil años del Apocalipsis en que reinan los justos significan todo el tiempo de la Iglesia, desde la primera venida de Jesucristo hasta la segunda y definitiva.
También se manifiesta la intención del santo Doctor de rebatir los argumentos del milenarismo craso o carnal, tal como lo manifiesta en «La Ciudad de Dios», Libro 20 capítulo 7, a continuación del pasaje que vimos antes:
«Pero como dicen que los que entonces resucitaren han de entretenerse en excesivos banquetes carnales en que habrá tanta abundancia de manjares y bebidas que no sólo no guardan moderación alguna, sino que exceden los límites de la misma incredulidad, por ningún motivo pueden creer esto sino los carnales.
Los que son espirituales, a los que dan crédito a tales ficciones, los llaman en griego quiliastas, que interpretado a la letra significa Milenarios. Y porque sería asunto difuso y prolijo detenernos en refutarles, tomando cada cosa de por sí, será más conducente que declaremos ya cómo debe entenderse este pasaje de la Escritura.»
La interpretación no literal sino alegórica que hace Agustín del pasaje de Apocalipsis 20, 1-6 prevalecerá prácticamente hasta nuestros días en la Iglesia católica, con pocas excepciones en su historia, de aquellos que se aventuraron a ser tildados con el infamante mote de «milenaristas».»
El destacado en el segundo sermón de San Agustín es mío; los restantes, son de la pluma del autor; el artículo «La Venida Intermedia de Jesús«, que Benedetto augura, aún no ha sido publicado en su sitio.
San Agustín nació en el Año del Señor 354; fue seguidor del maniqueísmo hasta 383, en que abandonó esa doctrina, llegando en esa época maniquea de su vida a contender en justas oratorianas con el mismo San Ambrosio; y de tal nivel era su ingenio y su labia, que «… como dize Ambrosio Coroliano, mandó el Bienaventurado San Ambrosio, teniendo tanta sutileza de ingenio, que en la Letanía se cantase: De la Lógica de Agustino, líbranos, Señor.» («Flos sanctorum: vida y hechos de Jesu-Christo, Dios y Señor Nuestro, y de todos los santos de que reza la Iglesia Catholica«, del Maestro Alonso de Villegas, Capellán de la Capilla Mozárabe de la Santa Iglesia de Toledo, Barcelona, Imprenta de Juan Sellent, 1788, página 595).
Luego de su conversión en 385, fue bautizado el 24 de Abril de 387. Ordenado sacerdote en 391, fue elevado al orden episcopal en 395, asumiendo la sucesión de San Valerio, obispo de Hipona. Intervino en el III concilio regional de esta ciudad en 393, y presidió los concilios regionales III y IV de Cartago (397 y 419, respectivamente), en los cuales se sancionó definitivamente el Canon bíblico elaborado por el papa San Dámaso I en Roma, en el Sínodo de 382. Falleció en la ciudad donde desempeñaba su jurisdicción episcopal, el 28 de agosto del Año del Señor 430.
Una historia de vida esplendorosa para el que quiera abundar en ella, digna de tan gran santo. Este Padre y Doctor de la Iglesia, como transcribe Benedetto, abjuró del milenarismo, según los dos pasajes mencionados de su libro «La Ciudad de Dios»; pero este autor, al transcribir el primer fragmento de esta obra, omite, entre las locuciones «… fábulas ridículas.» y «Los que por las palabras… «, la transcripción que hace San Agustín de Apocalipsis XX, 1-6, aunque luego menciona este pasaje en su texto propio.
La buena voluntad de Benedetto, que doy por cierta, no le permite ver que quitando esa transcripción bíblica, pierde vigor su defensa del milenarismo, y se desdibuja la posición que había sostenido San Agustín, puesto que todo lo que desarrolla en este Libro 20 el tagasteño, entre los capítulos VII y XV, es precisamente la rectificación de su opinión antigua, y la falta de integridad en la transcripción afecta el análisis.
Sigamos un poco más adelante y veamos cómo se unen tres párrafos expuestos separadamente por Benedetto, que en la obra de San Agustín conforman uno solo. Proporciono otra versión:
«Esta opinión fuera tolerable, si entendieran que en aquel sábado habían de tener algunos regalos y deleites espirituales con la presencia del Señor. Porque incluso hubo tiempo en que también fuimos de esta opinión. Pero como dicen que los que entonces resucitaren han de entretenerse en excesivos banquetes carnales en que habrá tanta abundancia de manjares y bebidas que no sólo no guardan moderación alguna, sino que exceden los límites de la misma incredulidad, por ningún motivo pueden creer esto sino los carnales. Los que son espirituales, a los que dan crédito a tales ficciones, los llaman en griego quiliastas, que interpretado a la letra significa Milenarios. Y porque sería asunto difuso y prolijo detenernos en refutarles, tomando cada cosa de por sí, será más conducente que declaremos ya cómo debe entenderse este pasaje de la Escritura.»
Así, queda totalmente esclarecida la posición nueva de San Agustín y los motivos por los que modificó su opinión anterior, coincidente con la de los Padres Apostólicos.
Es oportuno hacerse algunas preguntas sobre este pasaje de San Agustín:
¿Por qué el Santo Doctor dice (o dijo anteriormente, cuando sostenía esa posición) que en el Reino Milenario los humanos tendrían «…algunos regalos y deleites espirituales con la presencia del Señor,… «, como si no hubiera, por lo menos, algún bienestar de orden físico?
Aventuro ya una primera aproximación: En el primero de los sermones transcriptos por Benedetto, San Agustín expresa que el Apocalipsis augura «… el futuro reposo de los santos en esta tierra (Apoc. 20, 4)… «, dando precisión y una ajustada glosa al versículo 4º, el cual desarrolla en el otro sermón:
«En el séptimo día, si bien incluido en el giro de los días del tiempo presente, también habrá descanso: es el descanso prometido a los santos también sobre esta tierra y consiste en la exención de toda tempestad mundana que los moleste, hasta que, después de sus obras buenas, descansen en su Dios.»
Por lo tanto, si al Apocalipsis promete un Reino Milenario terreno, la vida de los hombres en ese período se conducirá como terrena, sin descartar las perfecciones que a ellos les traerá ese período donde reinarán (exentos de toda tempestad humana que los moleste) y tendrán a Nuestro Señor Jesucristo presente; en esta hipótesis netamente bíblica, sin que lleguen a ser sensaciones idénticas a las de la Gloria, podrán ver de Cristo su Figura Humana como tal, oirán las palabras divinas de su propia Boca, y podrán sentir en sus manos la tersura y delicadeza de las Manos del Señor; estas perspectivas, por supuesto, ya permiten avizorar qué tipo de delicias se regalarán a los sentidos de los hombres en el Reino Milenario.
Pero es evidente que hace falta desarrollar un poco más esto. Los elegidos que ya gozan de la visión beatífica (exceptuando a la Santísima Virgen María y a otros santos que puedan encontrarse en condición semejante) cuentan sólo con su alma, y esperan con ansia la resurrección de los cuerpos, para encontrarse así en la Gloria con toda su humanidad íntegra y —valga la redundancia— glorificada.
Sabemos que en esta vida terrenal el alma se encuentra prisionera del cuerpo, atada indefectiblemente a las pasiones carnales, y sometida, junto con la materia propia de cada hombre, a su condición de naturaleza caída.
Recíprocamente, cuando los cuerpos resucitados se unan a las almas de todos los que alcancen la Gloria, la beatitud del alma de los elegidos redundará en esos cuerpos; que se espiritualizarán, sí, pero sin dejar de ser cuerpos materiales aunque con las características conocidas: Impasibilidad, que supone la inmortalidad (Apocalipsis XXI, 4), sutilidad o penetrabilidad (Juan XX, 19-26), agilidad (Lucas XXIV, 31) y claridad (Mateo XIII, 43; Hechos IX, 3-6).
De esto se sigue que el gozo del alma al contemplar a Dios, causará deleites también en el cuerpo, por redundancia; además de que los santos disfrutarán de una «Tierra nueva», en la cual, desde luego, podrán conducirse al modo de su humanidad glorificada en cuerpo y alma, en un planeta también glorificado. Por eso Nuestro Señor prometió la bienaventuranza de Mateo V, 5: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra«.
Los mansos, entonces, son los que heredarán la Tierra; obviamente la Nueva Tierra de que habla San Juan en el Apocalipsis, porque este planeta en que vivimos, en el estado en que se encuentra actualmente —según lo manifiesta San Pablo en Romanos VIII, 19-22— por la caída de nuestros Primeros Padres, luego del Juicio Final habrá pasado y el mar no existirá más (Apocalipsis XXI, 1).
También tenemos una profecía semejante en el pasaje de Génesis XXVII, 26-28: «26Después le dijo Isaac, su padre: 27«Acércate y bésame, hijo mío.» Se acercó, pues, y lo besó; y cuando (Isaac) sintió la fragancia de sus vestidos, le bendijo, diciendo: 28«Mira, el olor de mi hijo, es como el olor de un campo bendecido por Yahvé. ¡Te dé Dios del rocío del cielo, y de la grosura de la tierra, y abundancia de trigo y de vino!».»
Monseñor Straubinger anota así el versículo 28:
«La bendición que Isaac imparte a su hijo Jacob, se refiere primero a los bienes terrestres, mas en su segunda parte contiene una promesa mesiánica, pues por el Redentor es por quien son benditos todos los patriarcas, y por quien se postrarán los otros pueblos ante su hijo. «Jacob, recibiendo la bendición de Isaac, representa también a los escogidos, considerados en Cristo, que es su cabeza, el modelo de su predestinación, el principio de su santidad, y el autor de su glorificación. Jesucristo se presentó a su Padre en traje y figura de pecador, como Jacob en el de Esaú… Y por esto mereció la bendición de su padre; y descendió a la tierra sobre los escogidos el rocío de santidad, la lluvia de los dones y gracias del Espíritu Santo y el pan y el vino de las dulzuras, suavidades y consuelos celestiales» (Felipe Scío de San Miguel). San Ireneo refiere esta bendición al Reino que ha de venir, diciendo: «Si alguno no entiende estas palabras como predicción del Reino, caerá en gran contradicción, a la manera de los judíos, que se ven envueltos en confusión, pues no se cumplieron materialmente en Jacob» («Adversus Haereses» V, 33).»
Scío de San Miguel pasa por alto «la grosura de la tierra», pero San Ireneo y Monseñor Straubinger refieren este pasaje al Renio que ha de venir; es el Reino Milenario, tal como delata la mención del cumplimiento material efectuada por San Ireneo, y como él mismo lo desarrolla desde el parágrafo previo al que contiene el pasaje de la cita que hace nuestro insigne traductor, del Libro «Adversus Haereses»:
«Por eso el Señor decía: «Cuando hagas una comida o una cena, no invites a los ricos, vecinos y parientes, para que no te vayan a invitar a su vez, y así te den tu recompensa. Invita más bien a los cojos y mendigos, y serás dichoso, porque ellos no te lo pueden pagar, sino que recibirás tu paga en la resurrección de los justos» (Lucas XIV, 12-13). Y decía también: «Quienquiera dejare campos o casa o parientes o hermanos o hijos por mí, recibirá cien veces más en este mundo, y en el futuro heredará la vida eterna» (Mateo XIX, 29; Lucas XVIII, 29-30). ¿Qué significa cien veces más en este mundo, las comidas ofrecidas a los pobres y las cenas que tendrán una recompensa? Son aquellas que tendrán lugar al llegar el Reino, o sea en el séptimo día que fue santificado porque el Señor descansó de todas sus obras (Génesis II, 2-3), es decir, el verdadero sábado de los justos en el cual ya no llevarán a cabo las obras de la tierra, sino que hallarán preparada la mesa del Señor, que los alimentará con toda suerte de manjares.»
Las citas de los Evangelios de San Lucas y de San Mateo no tienen su paralelo en el de San Juan, con lo que parece que surge una dificultad en cuanto a que San Ireneo, discípulo por interpósita persona del Apóstol Amado, podría no haber recibido esta enseñanza de él por San Policarpo. Pero creo que hay un pasaje de San Juan (V, 28-29) —sobre el cual San Ireneo puede haber sido enseñado por el otro esmírneo, en «estricta inmediatez» con San Juan, como dije en la entrega anterior— que refleja lo mismo en propias palabras de Nuestro Señor Jesucristo:
«No os asombre esto, porque vendrá el tiempo en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz [la del propio Jesucristo, que se menciona aquí a Sí mismo en tercera persona: «el Hijo de Dios»]; y saldrán los que hayan hecho el bien, para resurrección de vida; y los que hayan hecho el mal, para resurrección de juicio.»
Esto es asombrosamente paralelo con Apocalipsis XX, 6 — XX, 12-14. Sin menoscabo del Juicio Universal para todos los seres humanos, y de que todos van a volver a la vida, unos para la Gloria y otros para la condenación eterna, este pasaje se puede aplicar, en cuanto a la resurrección de vida, al Reino Milenario, y en cuanto a la resurrección de juicio, a la segunda muerte.
En fin, vemos así que en muchos pasajes escriturísticos se apoya y refuerza la doctrina del Reino Milenario bíblico, y que la más grande dificultad con que nos podemos encontrar al estudiar y meditar esta doctrina, es lo referido a los deleites corporales de esa era.
La torpeza de la vida presente y nuestra naturaleza caída, nos pueden hacer tropezar cuando empeñamos nuestro pensamiento en esto, lo que seguramente le ocurrió a Cerinto y a otros milenaristas heréticos; tal vez también haya inquietado bastante a San Agustín, por recordarle su vida libertina anterior. Para precaverse de esto, es necesario profundizar en las características de los cuerpos resucitados, y prevenirse con la delicadeza, exquisitez y excelsitud que han de adquirir esos deleites, ya vencida la turbación propia de nuestra naturaleza caída.
También ayuda el reflexionar que, si esto ha de ocurrir en la Gloria, se puede entender que haya una etapa intermedia que sería el Reino Milenario, tal como San Agustín predicaba en el segundo párrafo del Sermo 260, y preconiza San Ireneo al mencionar «…el verdadero sábado de los justos… «. En ese sábado milenario van a existir goces también intermedios, puesto que el mundo y la carne se atemperarán como tentaciones del hombre, y Satanás estará encarcelado y no andará más «engañando a las gentes«.
El mundo y la carne son realidades impersonales, y por eso en el Reino Milenario quedarán como sometidas a los santos y bajo el dominio absoluto de Nuestro Señor presente entre los hombres; en cambio el Demonio tiene otro poder seductor mucho mayor por su inteligencia de especie angélica, y por su voluntad terrible y eternamente aferrada a la máxima perversión; por eso, cuando sea soltado al cabo de los mil años, «… se irá a seducir a los pueblos que están en los cuatro ángulos de la Tierra, a Gog y Magog a fin de juntarlos para la guerra,… «.
¿Significará esto que la sensibilidad humana se entorpecerá nuevamente? No lo sabemos de seguro, pero dejemos eso para cuando analicemos ese versículo. Por ahora, sigamos con las preguntas a San Agustín:
¿Por qué dice el Santo Doctor «…Los que son espirituales, a los que dan crédito a tales ficciones, los llaman en griego quiliastas, que interpretado a la letra significa Milenarios.»?
Intento también una respuesta: Con toda evidencia, San Agustín llama «espirituales» a los que como él elevaban el alma para contemplar estas revelaciones, al contrario de los quiliastas que rebajaban el cuerpo leyendo estos pasajes. No creo haber sido atrevido al suponer que San Agustín podía inquietarse, por el peso de sus debilidades anteriores, al contender con los Cerintianos en torno a los deleites físicos del Reino Milenario, que en el pensamiento del egipcio-judío se transformaban en ficciones, en fábulas ridículas, como dice el tagasteño.
Lógicamente, San Agustín no admite que del capítulo XX del Apocalipsis se saquen fantasías o mitos, y esto implica necesariamente que él no consideraba ficciones o fábulas sus quince versículos. Consecuentemente, y como surge de la propia historia, San Agustín no descartó por ficticias o fabulosas las profecías de este capítulo, sino por los excesos aberrantes con que otros los interpretaban; no se debió su abandono a la misma letra del Libro ni a su propio sentir, sino que fue una reacción, desmedida tal vez, contra quienes tergiversaban el claro sentido literal de toda esta parte del Apocalipsis.
De ahí muy probablemente se origine que, en oposición a los «espirituales», intercale el obispo de Hipona, entre los vocablos «quiliastas» y «milenaristas», la locución «… interpretado a la letra… «, imputando sesgadamente, a los seguidores de Cerinto, justamente la mala interpretación de las letras.
Otra pregunta para el Doctor de la Gracia:
¿Por qué termina diciendo el Santo Obispo «Y porque sería asunto difuso y prolijo detenernos en refutarles, tomando cada cosa de por sí, será más conducente que declaremos ya cómo debe entenderse este pasaje de la Escritura»?
¡Caramba! Lo difuso y prolijo que se necesita para detenerse en refutarles, ¡San Agustín lo hizo inmediatamente antes, en tan sólo quince palabras, sin necesidad de tomar cada cosa de por sí!: «…no sólo no guardan moderación alguna, sino que exceden los límites de la misma incredulidad,… «. O sea, ya no son incrédulos que pueden seducir a los creyentes, sino que exceden sus propios límites cayendo en lo que quizás podríamos llamar la «hiperincredulidad», saliéndose de órbita, terminándoseles la cancha, quemándoseles el asado, perforando la lógica, etcétera, etcétera.
Por eso cierra brillantemente la frase San Agustín: «…por ningún motivo pueden creer esto sino los carnales.» Está todo dicho señores, la interpretación carnal se cae por sí sola, y si ésta era la «doctrina» que pretendía vulnerar a la interpretación literal, es suficiente oponerle la letra del Apocalipsis para que los carnales bailen a su música… si es que quieren entrar en ese baile.
Aquí la última pregunta para el hijo de Santa Mónica:
¿Por qué San Agustín abandonó este combate, teniendo el notabilísimo genio que atemorizaba al mismo San Ambrosio?
No tengo contestación para este interrogante, ni creo que lleguemos a conocerla nunca, salvo en la Gloria si es que llegamos, o en el Reino Milenario si no se demora mucho más en iniciarse. Por ahora, sólo Dios Nuestro Señor y el propio San Agustín tienen la respuesta.
De todos modos, queda en claro que el giro asumido por el tagasteño no tiene nada que ver con una posición realista ante el Apocalipsis analizado literalmente, habiéndose refugiado —a causa de los intérpretes extraviados— en una exégesis alegórica que choca frontalmente con sus propias afirmaciones primitivas, y no se sostiene frente a éstas.
Me he extendido un poco en este fragmento de la nota de Monseñor Straubinger del Año del Señor 1948, porque el tema, por arduo y delicado, así lo ameritaba. Espero avanzar un poco más velozmente en adelante.
Hasta la próxima entrega.
Luis Ricardo Manzano
Director Ejecutivo
Radio Cristiandad
