LUIS MANZANO: MONSEÑOR STRAUBINGER CALUMNIADO – 4ª PARTE

MONSEÑOR STRAUBINGER CALUMNIADO

Johann_Straubinger

Teníamos la ESPERANZA… etc., etc.

 

(IV)

Es menester, en este tramo, considerar el párrafo de la nota de Monseñor Straubinger al versículo 6 del capítulo XX del Apocalipsis —según la edición del Año del Señor 1946 de la Biblia platense— correspondiente con el que analicé al final de la entrega anterior. Para ello, repito el cuadro comparativo de ambos pasajes:

NOTA 1946

2) Y reinarán con Él mil años: una respuesta dada en la «Revista Bíblica» dice a este respecto que las voces milenio y milenario se prestan a confusiones. Muchos aún creen que se aplican a los que esperaban el fin del mundo para el año mil, o sus proximidades, como el célebre Apringio de Beja en su Comentario al Apocalipsis (531-548), que decía fundarse en las 70 semanas de Daniel, iniciadas antes de Cristo, o como San Beato Liébana «que presagió que el mundo se acabaría en el año 800» (Vega). Todos los exégetas modernos están de acuerdo en que el periodo del encierro de Satanás no puede tomarse en sentido absoluto, porque al final es nuevamente soltado el diablo por un tiempo (versículos 3 y 7: cfr. 22, 5). También coinciden todos en que ese encierro de Satanás se producirá algún día. Donde las opiniones divergen, es en cuanto a sostener si ese reinado establecido por Cristo se manifestará entre su segunda venida y el juicio, o tan sólo después en el reino de la gloria, y si tal vez la Iglesia ha de identificarse con ese tiempo de paz imperturbable en que el diablo «no anda más engañando a las gentes» (v. 3). Muchos Padres antiguos, entre ellos Papías, San Justino, Tertuliano, San Hipólito, Lactancio, San Victorino, San Teófilo, etc., siguen la primera opinión, y San Ireneo, el cual invocaba a los «presbíteros» discípulos de San Juan, la defendía como una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne» (Dom Leclerq: Dict. de Arch. et Lit.). Posteriormente varían los criterios, y San Agustín declaró que la abandonaba a causa del abuso que de ella hacían los milenaristas carnales. San Jerónimo escribe, con respecto a esas opiniones, que «aunque no las sigamos no podemos, sin embargo, condenarlas, porque muchos varones eclesiásticos y mártires así lo dijeron. Cada uno abunde, pues, en su sentido y resérvese todo para el juicio del Señor».

NOTA 1948

b) Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en Paris bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje: «La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final. El autor de la Epístola de Bernabé (15, 4-9) es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesiaca: 6.000 + 1.000 años. S. Papías es un milenarista ingenuo. S. Justino, más avisado empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia (Diálogo con Trifón 80-81). S. Ireneo lo mismo (Contra las herejías V, 28 3), al cual sigue Tertuliano (Contra Marción III, 24). En Roma, S. Hipólito se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joánea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo». Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría «forzó al jefe de la secta a confesarse vencido», y sigue: «Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio. Por su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18). S. Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclercq)». Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio, y continúa: «Algunos críticos católicos contemporáneos, por ejemplo Calmes, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio sería inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exégesis —sigue diciendo Pirot— comúnmente admitida por los autores católicos, es la que S. Agustín ha dado ampliamente. Agustín hace comenzar este periodo en la Encarnación porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustín, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. III, 1-2; Fil. III, 20; cf. Juan V, 25); los tronos del v. 4 son los de la jerarquía católica y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados —concluye Pirot— de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano: se sienta porque reina (Mat. XIX. 28; Luc. XXII, 30; I Cor. VI, 3; Ef. I, 20; II, 6; Apoc. I, 6; V, 9).»

La primera observación obligada, al contemplar ambos textos, es que el segundo no es de Monseñor Straubinger, ni él dice que lo hace suyo.

Veo con interés que comienza explicando lo que va a transcribir:

«Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en Paris bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje:«.

Más adelante toma la palabra de nuevo Monseñor Straubinger y añade:

«Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría «forzó al jefe de la secta a confesarse vencido», y sigue:«.

En su siguiente intervención expresa el exégeta alemán:

«Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio, y continúa:«.

Finalmente, hay dos breves frases de Monseñor Straubinger entre guiones: «—sigue diciendo Pirot—»  y  «—concluye Pirot—».

Todas estas locuciones —únicas empleadas en este tramo de la nota por el insigne traductor y comentador— refuerzan la idea de que lo que transcribe es lo que dice exclusivamente Pirot; Monseñor Straubinger lo expone «Para información del lector,… » y sus intervenciones en el texto únicamente sirven como nexo entre los fragmentos de Pirot y para recordar de vez en cuando que es este último el que habla.

Nunca dice Monseñor Straubinger que comparte lo expuesto por Loius Pirot; ni siquiera lo comenta, sino que, por el contrario, por el modo de referirse a lo que transcribe, y el hecho de hacerlo textualmente, con las comillas correspondientes (¿comprende cómo debe hacerse, Profesor Carlos Nougué?), indica sin dudas que quiere decir algo así como: «Lo dice él; yo no fui «.

Al que se supone el otro autor (traductor) de la Biblia parisina, Albert Clamer, sólo lo menciona de pasada en la introducción, y esto porque Pirot trabajó bajo la dirección de Clamer, pero éste no es estrictamente el traductor de ese ejemplar de la Biblia.

***

Veamos, pues, lo que dice Pirot:

«La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final

Como ha quedado dicho, esos «varios autores cristianos de los primeros siglos» (Pirot) son en realidad «Muchos Padres antiguos» (Straubinger); vemos cómo según la calificación que le atribuye cada traductor a quienes sostuvieron la interpretación literal del capítulo XX, correctamente se los expone (Straubinger) o sibilinamente se los denigra (Pirot, el Padre J. Sily, el Profesor Carlos Nougué).

Esto marca una directriz que ya expresé en el episodio anterior.

Como es imposible negar la abrumadora posición patrística antigua en favor de una lectura directa, literal del milenarismo bíblico, hay que acudir a otras argucias para combatirlo: denigrar a los venerables sustentadores de tal posición, forzar la interpretación de algunos santos cuando se apartaron de ella (San Agustín, San Jerónimo), adulterar textos —como también demostré en la oportunidad inmediata anterior— y otras artimañas que aparecerán a lo largo de este análisis.

Pirot no duda en maltratar a los primeros Padres en cuanto milenaristas, llamándolos «fervientes«, con una especie de ironía, como hace con el autor de la Epístola de Bernabé, por basarse éste en la semana Genesíaca para inferir que luego de los primeros seis milenios, vendría el «milenio sabático», por así hablar; es decir, el Reino Milenario. Sigue Pirot con el apelativo de «ingenuo«, como denomina a San Papías; «más avisados, empero«, como califica a San Justino, San Ireneo y Tertuliano; como si el ser más avispados no hubiera impedido a estos Padres de la Iglesia caer en el «error» del milenarismo. Linda forma de tratar a los Padres apostólicos… claro; es porque hay que combatir todo milenarismo (aun el genuino) a como dé lugar.

Obsérvese que Pirot omite, en la referencia a San Ireneo, lo que comenta Monseñor Straubinger en la nota de 1946, diciendo que el esmírneo, «… el cual invocaba a los «presbíteros» discípulos de San Juan, la defendía como una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne». (Dom Leclerq: Dict. de Arch. et Lit.).»

No se pueden ignorar dos atributos notables de San Ireneo:

a) Era discípulo de San Policarpo, a su vez discípulo de San Juan Evangelista; uno de los «presbíteros», de entre estos seguidores del Discípulo Amado. Dice San Ireneo, en su carta a Florino, hereje que también había frecuentado a San Policarpo:

«Esto no era lo que enseñaban los obispos, nuestros predecesores. Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiese oído tus errores, se habría tapado las orejas y habría exclamado, según su costumbre: ¡Dios mío!, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas? Y al punto habría huido del sitio en que se predicaba tal doctrina.»

¡De cuántos estudiosos modernos se podría decir lo que jura San Ireneo (según exclamaba San Policarpo, su precursor), contra los errores! ¿No es cierto, Profesor Carlos Nougué?

Este es un testimonio irrefutable de que San Ireneo conoció, con estricta inmediatez, las doctrinas de San Juan, incluyendo el criterio sobre el Reino Milenario.

b) Como San Policarpo, San Ireneo era nativo de Esmirna… la segunda de las siete Iglesias del Apocalipsis; a esta Iglesia se dirige San Juan, como anticipando el martirio de sus obispos sucesores:

«No temas lo que vas a padecer. He aquí que el diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel; es para que seáis probados; y tendréis una tribulación de diez días. Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida. Quien tiene oído escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias: El vencedor no será alcanzado por la segunda muerte.«. (Apocalipsis II, 10-11).

«… la segunda muerte.» Retengo este concepto para verlo más adelante.

***

Regresando a los dichos de Pirot, menciona luego el traductor a San Hipólito, quien en Roma:

«… se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joánea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo.»

Tampoco aquí Pirot se detiene en la importancia de la actitud de San Hipólito: Si Caius (Cayo) «… negaba la autenticidad del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo.», es obvio que San Hipólito sostuvo la autenticidad del Apocalipsis para impedir que fuera fácilmente abatido el milenarismo. Es decir, el Padre de la Iglesia no defendió el milenarismo bíblico para sostener el Apocalipsis, sino a la inversa, lo que indica claramente que el Apocalipsis defendido contiene y sustenta el milenarismo bíblico. Vale agregar que San Hipólito basó sus argumentos en la explicación alegórica de los seis días de la creación como seis mil años (la semana Genesíaca), como se había enseñado tradicionalmente.

Es de destacarse también que de lo relatado se concluye indudablemente que Cayo tenía tan pocos argumentos para atacar el milenarismo, que hizo lo mismo que Lutero —para defender su herejía de la salvación por la fe, sin obras— con la Carta del Apóstol Santiago: Cayo necesitó negar que el Apocalipsis fuera auténtico, porque de su autenticidad se deriva la certeza del milenarismo bíblico, como dije.

Me parece que en ese estilo de conducta de desenvuelven los sitios que han compartido el artículo del Profesor Carlos Nougué.

***

Monseñor Straubinger a continuación hace una síntesis de un pasaje del traductor de la Biblia parisina:

«Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría «forzó al jefe de la secta a confesarse vencido», y sigue:»

El Padre de la Iglesia mencionado aquí por Pirot, combatió a ciertos milenaristas (bien llamados cismáticos), que defendían el que se conoce como «milenarismo judaizante», puesto que sostenían que en el Reino Milenario se volvería a la ley mosaica y a la circuncisión, y que se ofrecerían sacrificios en Jerusalén (centro del Reino Milenario), en un nuevo Templo.

Según relata otro Padre de la Iglesia, San Eusebio de Cesarea (Historia Eclesiástica, VII, 24 – 25), San Dionisio se dirigió a la ciudad egipcia de Arsinoe, donde disputó durante tres días —frente a una asamblea mayormente integrada por sacerdotes y monjes— con Corakion (discípulo del milenarista Nepos (o Nepote), protagonista del llamado «cisma» y obispo de esa ciudad), a quien, como dijo Pirot, «forzó» a confesarse vencido.

Veamos cómo relata Don Félix Amat de Palou y Font, Arzobispo de Palmira, ese acontecimiento —basándose en la Historia Eclesiástica de San Eusebio de Cesarea— en su obra «Tratado de la Iglesia de Jesucristo» (segunda edición, Madrid, Imprenta de Don Benito García y Compañía, 1806, tomo 4º, páginas 30-31). Respeto la ortografía decimonónica, como escribió Don Félix Amat; dice el libro:

«Á mediados del siglo tercero Nepos obispo de Egipto salió en defensa de los milenarios con un libro intitulado: Impugnación de los alegoristas. Y el crédito, que lograba este libro, movió á San Dionisio Alexandrino á impugnarle con otros dos, y á tener en Arsinoe una conferencia, que puede servir de exemplo á las que se tengan sobre disputas entre cristianos. El error de los milenarios había llegado en la prefectura de Arsinoe á causar cismas de iglesias enteras. San Dionisio fué allá: convocó los presbíteros y maestros de varios lugares; y en presencia de los que gustaron de asistir, los movió á exâminar en público esta qüestion. Ellos se abroquelaban con el libro de Nepos, como con un escudo impenetrable. Por lo que tres días seguidos mañana y tarde en largas sesiones se exâminó por menor quanto el libro decía. Admiró el Santo la constancia de aquellos fieles, su amor á la verdad, su docilidad y penetración. Las preguntas y reparos se proponían por ambas partes con el mayor orden y buen modo. Se iba conviniendo en algunos puntos, no se hacía empeño en sostener lo que una vez se había dicho, ni se eludían las objeciones. Defendía con esfuerzo cada uno su sentencia; pero la mudaba con gusto, si las razones del otro le convencían, y sobre todo ingenua y abiertamente se recibía todo lo que constaba en las santas escrituras. Las resultas fueron que Coracion, cabeza y maestro de los milenarios, en presencia de todo el concurso prometió que nunca mas defendería ni enseñaría aquella opinión, pues quedaba del todo convencido de que era falsa; y de esta manera con gran satisfacción de todos aquellos fieles se restableció la unión y paz en aquel país.»

Distingamos en este caso que Nepos, Corakion y sus seguidores, atacaban a quienes interpretaban el Apocalipsis alegóricamente (de allí el título del libro del obispo egipcio), pero a su vez distorsionaban el sentido literal del capítulo XX, pues de ningún modo surge de éste algo que pudiera entenderse, aun forzando los términos, como un resurgimiento de la época mosaica.

Como veremos, aunque este milenarismo judaizante quedó en el olvido, no se trata del que es combatido hoy en día.

***

Sigue Pirot:

«Se cuenta [n] también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio.»

Veamos qué significa ese «… más o menos netos… «; acudo a un autor que, precisamente, nombra a todos estos escritores y santos, en el mismo orden en que los enumera Pirot, pero con algún despliegue adicional sobre el milenarismo de cada uno de ellos.

Johann Peter Kirsch (3 de Noviembre de 1861 – 4 de Febrero de 1941) fue historiador de la Iglesia y arqueólogo bíblico. De 1888 a 1890, Kirsch fue Director del Instituto Histórico de la Sociedad Görres, en Roma. De 1890 a 1932 fue profesor de patrística y arqueología bíblica en la Universidad de Friburgo. A partir de 1925, fue también jefe del Instituto Pontificio de Arqueología Cristiana en Roma. (Tomado de http://en.wikipedia.org/wiki/Johann_Peter_Kirsch).

Como la Sociedad Görres no es una institución comúnmente conocida, extendámonos un poco más para aclarar: Esta institución se estableció en Roma en 1876, en honor de Johann Joseph von Görres (25 de Enero de 1776 – 29 de Enero de 1848), escritor romántico alemán que fue una de las principales figuras del periodismo político católico romano. Görres simpatizaba con los ideales de la Revolución Francesa y publicó un diario republicano, «La Página Roja», en 1799. Después de una visita infructuosa a París en ese mismo año como un negociador político para las provincias del Rin, se desilusionó y se retiró de la política activa. En 1808 regresó a Coblenza, su ciudad natal, donde vivió tranquilamente hasta que la lucha nacional contra Napoleón lo llevó a fundar el periódico «La Gaceta de Mercurio» (1814). Considerada como la revista más influyente de la época, se alzó en principio contra Napoleón y, después de su caída, contra la política reaccionaria de los estados alemanes, que dieron lugar a su clausura en 1816. Con la publicación de su folleto «Alemania y la Revolución» (1819), se vio obligado a huir a Estrasburgo y Suiza, donde vivió en la pobreza durante varios años. En 1824 regresó oficialmente a la Iglesia Católica, y en 1827 se convirtió en profesor de historia en la Universidad de Munich, donde formó un círculo de eruditos liberales católicos. Portavoz católico vigoroso en varias controversias, escribió la monumental obra «Misticismo Cristiano», en 4 volúmenes entre 1836 y 1842 (Tomado de http://www.britannica.com/EBchecked/topic/239398/Joseph-von-Gorres).

Volviendo a Johann Peter Kirsch, este autor escribió en 1911, para la Enciclopedia Católica, el siguiente artículo: http://bibliaytradicion.wordpress.com/2013/09/30/milenio-y-milenarismo/, que fuera publicado en inglés por el sitio New Advent, donde puede consultarse el texto original: http://www.newadvent.org/cathen/10307a.htm, titulado «Millennium and Millenarianism» (Milenio y Milenarismo). Dice Kirsch, acerca del milenarismo:

«En la segunda mitad del siglo cuarto estas doctrinas encontraron su último defensor en Apolinar, obispo de Laodicea y fundador del apolinarismo. Sus escritos sobre el tema se han perdido, pero San Basilio de Cesárea (Epist. CCLXIII, 4), Epifanio (Haeres. LXX, 36) y Jerónimo (en Isaías XVIII) ofrecieron testimonio de que él fue quiliasta. Jerónimo agrega también que muchos cristianos compartían estas creencias, pero después de esto, el milenarismo ya no encontraría campeones ni propagadores entre los teólogos de la Iglesia griega.

En Occidente, las expectativas milenaristas de un reino glorioso (terrenal) de Jesucristo y Sus justos, encontró adherentes durante mucho tiempo. El poeta Comodiano (Instructiones, 41, 42, 44) así como también Lactancio (Institutiones, VII) proclamaron el reino milenario y describen su esplendor, retratándolo parcialmente sobre las teorías de los primeros quiliastas y sobre las profecías sibilinas (escritos paganos), y en otras partes lo describen tomando prestadas las ideas de los poetas paganos de la «era dorada»; pero la idea de los seis mil años de duración del mundo siempre es sobresaliente. Victorino de Petau también fue milenarista, aunque en la copia existente de sus comentarios al Apocalipsis no se encuentra ningún rastro de esto. San Jerónimo mismo, decidido oponente a las ideas milenarias, consideró a Sulpicio Severo como un adherente a éstas, pero en los escritos de este autor, en su forma presente, no se encuentra ninguna prueba de esto. Por supuesto, San Ambrosio enseña una doble resurrección, pero no se le identifican claras ideas milenarias.»

O sea que, ampliando un poco más sobre la posición milenarista de los personajes mencionados por Pirot, y mejor por Kirsch, tenemos:

– Apolinario de Laodicea: Heresiarca, creador del apolinarismo, doctrina parecida al monofisismo, en cuanto éste negaba la naturaleza humana en Cristo, en tanto que Apolinario admitía la existencia de un cuerpo humano en Nuestro Señor, pero no un alma, que habría sido sustituida por el Verbo. No se conservan escritos de él sobre esta materia, pero testifican su milenarismo San Basilio de Cesarea, San Epifanio y San Jerónimo; este último habla de Apolinario en el libro 18 de Isaías, que Pirot menciona más adelante; cuando llegue a ese punto, precisaré algo más.

Conclusión: Según los santos que hablaron de él, Apolinario fue milenarista carnal (quiliasta).

– Lactancio: Proclamó el reino milenario y describió su esplendor, retratándolo parcialmente sobre las teorías de los primeros quiliastas y sobre las profecías sibilinas (escritos paganos), y en otras partes lo describe tomando prestadas las ideas de los poetas paganos de la «era dorada»; pero la idea de los seis mil años de duración del mundo siempre es sobresaliente.

                                   Conclusión: Lactancio fue también milenarista carnal.

– San Victorino de Pettau: Pareciera que también fue milenarista, aunque en la copia existente de sus comentarios al Apocalipsis no se encuentra ningún rastro de esto.

Conclusión: No hay constancias que permitan considerar a San Victorino como milenarista.

– Sulpicio Severo (escritor de Aquitania de los siglos IV – V; no se lo debe confundir con San Sulpicio, llamado «Severo», obispo de Bourges —también en Aquitania, Francia— del siglo VI): Considerado por San Jerónimo como un adherente al milenarismo, pero sin prueba alguna de esto en los escritos de este autor, en su forma presente. Tengamos en cuenta que San Jerónimo no lo califica decididamente como milenarista, sino que lo considera como tal; una opinión, más que un juicio.

Conclusión: Tampoco hay constancias precisas que permitan considerar a Sulpicio Severo como milenarista.

– San Ambrosio: Enseña una doble resurrección, pero no se le identifican claras ideas milenarias.

Conclusión: Con casi absoluta seguridad, San Ambrosio no fue milenarista.

Conclusión final sobre los partidarios «más o menos netos» del milenarismo, según Pirot: Sólo dos son «netamente» milenaristas carnales, y no «más o menos»; los otros tres no pueden ser considerados milenaristas, ni siquiera «más o menos».

Tengo una sospecha con respecto a Pirot: El artículo de Kirsch fue escrito cuarenta años antes que la edición de la Biblia parisina, y —como dije antes— los personajes tildados de milenaristas son enumerados por Pirot en el mismo orden que lo hizo Kirsch; sólo deja fuera (Pirot) a un poeta (Comodiano), es decir, un personaje que no es escritor cristiano ni santo, por lo que no tiene relación directa con el aspecto teológico de la cuestión. La sospecha consiste en suponer que Pirot procedió «más o menos» como el Profesor Nougué, al utilizar fuentes sin mencionarlas ni siquiera por aproximación.

Si Pirot se basó en Kirsch —cosa que más que sospechosa parece muy probable— es evidente que no menciona la fuente porque en ésta se advierte claramente que sólo dos de los cinco nombrados fueron «milenaristas», aunque no «más o menos netos», sino íntegramente (Apolinario y Lactancio); a los otros tres no se les puede atribuir con certeza haber sido milenaristas, ni por aproximación (el «masomenismo» de Pirot).

***

Aquí conviene hacer un excurso con respecto a lo que dije varias veces acerca del tipo de milenarismo profesado por algunos personajes. A mi entender, existen cinco especies de milenarismo:

I) El milenarismo bíblico, tal como lo trae literalmente el capítulo XX del Apocalipsis, que profetiza el Reino Milenario con Cristo presente visiblemente a los hombres. Este es el milenarismo mal llamado «mitigado».

II) El milenarismo carnal o craso —el bíblico exacerbado— que sostiene que el Reino Milenario será una época de placeres sensuales torpemente retratados. Se puede relacionar este con el anterior, no sólo por la exacerbación de lo bíblico que lo caracteriza, sino además porque en el desarrollo del milenarismo de Cerinto se originó el cambio de posición de San Agustín, y la progresiva oposición que fue atacando al milenarismo bíblico en general desde entonces.

III) El milenarismo judaizante, sostenido por Nepos y sus seguidores, que preveían un regreso a las prácticas y ritos mosaicos en el Reino Milenario.

IV) El milenarismo espiritual o alegórico, que entiende que los mil años son la época de la Iglesia, sostenido por San Agustín.

V) Cierto milenarismo simplista, que sostiene el Reino Milenario como lo precisa el capítulo XX del Apocalipsis, pero sin la presencia visible de Nuestro Señor Jesucristo presidiéndolo.

Otras especies de milenarismo pueden reducirse a estas cinco, que contienen la totalidad de las diferencias profundas entre todos los milenaristas, diferencias que, por supuesto, provienen de interpretaciones erróneas del texto bíblico que sostiene el primero de los milenarismos mencionados. Esto conviene retenerlo porque será ampliado cuando veamos el tema de los documentos eclesiásticos sobre el milenarismo.

***

Volvemos a Pirot:

«Por su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18)

Se equivoca Pirot, de nuevo. La «indulgencia» que muestra San Jerónimo en Sobre Isaías, 18, no es tal, sino una verdadera diatriba contra los seguidores de Apolinario, entre los católicos. El pasaje respectivo ya fue publicado por este blog el 23 de Agosto del Año del Señor 2011:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/08/23/restablecer-la-verdad/

Dice así, con los insertos aclaratorios de aquel artículo:

«No ignoro cuánta es entre humanos la diversidad de sentencias. No digo ya acerca del misterio de la Trinidad, cuya recta confesión significa desconcertar la ciencia, sino de otros dogmas de la Iglesia: el de la Resurrección, del futuro estado de las almas y la carne humana, de las promesas de lo porvenir, cómo deban entenderse, y cómo debe interpretarse el Apokalipsis de Juan, el cual si lo entendemos literalmente, no queda más sino judaizar; mas si lo entendemos espiritualmente, como se debe, entonces nos hallamos en contradicción con muchos Antiguos, Tertuliano, Victorino y Lactancio, de los Latinos; y de los Griegos, omitiendo el resto, mentaré solamente al Obispo de Lion, Ireneo; contra el cual el elocuentísimo Dionisio, Pontífice de la Iglesia Alejandrina escribió un elegante libro…  —(error de Jerónimo; el libro no es contra Ireneo sino contra Nepote; y por lo demás, ninguno de los dos responde en su milenismo a la descripción que se sigue)—  riéndose de la fábula de los mil años, de la Jerusalén de oro y gemas en la tierra, de la restauración del Templo, la sangre de los sacrificios, el descanso sabático, la injuria de la circuncisión, las nupcias, los partos, las crianzas de hijos, delicias de convites y tiranía sobre todos los gentiles; y encima guerras, ejércitos, triunfos, matanzas de los derrotados y la muerte del pecador de mil años

A cuyos dos volúmenes contestó Apolinar (milenista craso) al cual no solamente los secuaces de su secta han seguido, sino también de los nuestros «ingente multitud» (plurima multitudo) de modo que ya voy viendo venir con ojos présagos la tempestad de rabia contra mí de muchos. A los cuales no envidio si aman tanto la tierra que desean lo terreno hasta en el Reino de Cristo; y después de la carga de comida y el relleno de la gula y el vientre, se ponen a buscar lo del bajo vientre (M. L. XXIV, 627).»

Aquí está el testimonio de San Jerónimo sobre Apolinario, mencionado en el artículo de Kirsch transcripto más arriba. Como se ve, no hay tolerancia sino un ataque franco y frontal contra los apolinaristas.

Donde sí se ve la posición de San Jerónimo que Pirot llama «indulgente», es, como también salió en el artículo de este blog antes referenciado:

«En el Comentario a Jeremías (XIX, 10) explicando aquellas palabras: «Y quebrarás la vasija… Así quebraré este pueblo y esta ciudad, como se quiebra un vaso de cerámica, que no se puede remendar», dice el Santo:

«Patentemente no habla de la cautividad babilónica sino de la romana: ya que después de la babilónica se reconstruyó la ciudad, volvió el pueblo a Judea y las prístinas abundancias se renovaron. Pero después de la cautividad que le sobrevino bajo Vespasiano y Tito, y más tarde bajo Adriano, las ruinas de Jerusalén permanecerán hasta el fin del mundo; aunque es verdad que los Judíos creen en la restitución de una Jerusalén de oro y gemas, y de nuevo víctimas y holocaustos, y casamientos de los Santos y el Reino terreno de Cristo Salvador: cosas que, aunque no sigamos, no podemos empero condenar, porque muchos de los varones eclesiásticos y de los mártires las dijeron. Y así, cada cual abunde en su sentido, y a Dios se reserve la resolución.» (M. L. XXIV, 801).«

Este es el texto de San Jerónimo al que refiere literalmente en parte Monseñor Straubinger en la nota del Año del Señor 1946, y que Pirot confunde, puesto que aquí se reiteran algunas características mencionadas en el otro pasaje:

Sobre Isaías:

«… la Jerusalén de oro y gemas en la tierra, de la restauración del Templo, la sangre de los sacrificios, el descanso sabático, la injuria de la circuncisión, las nupcias, los partos, las crianzas de hijos, delicias de convites… »

Sobre Jeremías:

«… una Jerusalén de oro y gemas, y de nuevo víctimas y holocaustos, y casamientos de los Santos… «.

Agrega San Jerónimo, en este último comentario, el Reino terreno de Cristo Salvador —en el cual, como es evidente, no creen los judíos— y de inmediato muestra el reconocimiento hacia los Padres antiguos. Este testimonio de San Jerónimo («… muchos de los varones eclesiásticos y de los mártires las dijeron.»), es una ratificación del pensamiento de los varones de la Iglesia inmediatamente discípulos de los apóstoles, y que compartieron sus años de vida en la Tierra luego de la Ascensión. Se trata, entonces, de una reverencia a los milenaristas apostólicos, y no de una posición de «indulgencia». San Jerónimo dice que no puede condenar al milenarismo, no lo hace, y exhorta coherentemente a seguir estudiando el tema.

El hecho de que también se atenúe la posición de San Jerónimo con respecto a sus predecesores, llamándola «indulgente», es otra muestra de cómo se amañan testimonios importantes para sostener la aversión hacia el milenarismo.

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Para no hacer muy largo este artículo, continuaré más adelante con el análisis de esta nota.

Hasta la próxima entrega.

Luis Ricardo Manzano

Director Ejecutivo

Radio Cristiandad