ANDRÉS CARBALLO: SÓLO CINCO PREGUNTAS… AL P. ALTAMIRA

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Existen ocasiones en la vida de toda persona, en que hay que hacer profundas introspecciones  sobre las actitudes que se toman, actitudes éstas que pueden ser más que determinantes y que podrían resultar funestas, no sólo desde el punto de vista individual, sino de lo que es aun peor: desde un punto de vista dañino para la colectividad. Creo que es condición indispensable que el Rvdo. P. Altamira haga ese acto de reflexión, y conste que le escribo con todo el cariño y el máximo respeto para su persona, pero también, cómo no, con la obligación en conciencia de poner el dedo en la llaga, ya que señaladas veces el árbol no deja observar con la suficiente claridad la inmensidad del bosque.

De todos es sabido que el valiente sacerdote ha decidido abandonar la Fraternidad, cosa que no se puede poner en cuestión. Pero al mismo tiempo es conveniente, cuando se decide un acto de tal envergadura, es preciso preguntarse: «de donde se sale y para donde se va». Pues no es la primera vez ni sería la última, en que se hace bueno el dicho: «Saliste de Guatemala y recalaste en Guatepeor». *

La acción por la acción, decía José Antonio, es pura barbarie. Pero la acción, cuando está dirigida a una gran empresa y movida por un alto ideal, con fundamento, ¡Ah! entonces está justificada y más que justificada.

Es por ello que quiero atreverme a formular unas determinadas cuestiones, basándome en actitudes de M. Williamson, que deduzco que con ellas no coincide ni de lejos el P. Altamira.

1.- M. Williamson aceptó el Motu Proprio Summorum Pontificum. Lo cual no es otra cosa que un desprecio supino a la univocidad de la única Misa de siempre, canonizada por S. Pío V a perpetuidad. Yendo por tanto contra el primer principio de la lógica: El Principio de Identidad. ¿Acepta usted, P. Altamira, el no por tópico y manido desdichado Motu Proprio?

2.- M. Williamson ha aceptado, con Te Deum incluido, el vergonzante y repugnante levantamiento de las «excomuniones». ¿Acepta usted, P. Altamira, dicho acto deleznable?

3.- M. Williamson, antimilenarista y antiapocalítico, cual telepredicador evangélico nos tiene hasta «el gorro», con sus circenses juegos de prestidigitador, haciendo juegos malabares con unos irrisorios «mensajes marianos» de paupérrima reputación (véanse los tristes y reiterados episodios de Akita y el ridículo que hizo con lo de María Baltorta), al mismo tiempo que hace oído sordos a la más importante de las Profecías: El Apocalipsis de S. Juan. ¿Está usted de acuerdo, P. Altamira, con los demenciales, patéticos y heréticos argumentos akitianos o las majaderías psicopáticas baltortianas?

4.- M. Williamson considera que el cerebro de Ratzinger (Modernista) le ha jugado una mala pasada al corazón (tradicionalista) del mismo Ratzinger. Con lo cual existiría una lucha interna entre el querer y el pensar de Ratzinger. Es decir: según M. Williamson, Ratzinger piensa mal pero quiere bien, lo que es lo mismo que decir que actúa según piensa y no piensa como debería de actuar. ¿Le ocurrirá lo mismo a M. Williamson? Pues su forma de actuar no está nada lejos de las maneras en que ha querido ponderar de Ratzinger. ¿Coincide usted, P. Altamira, con estas chocheces (por ser benevolente) de M. Williamson.

5.- Y por último, P. Altamira, ¿Cree sinceramente que M. Williamson está llevando a cabo una resistencia de verdad, la resistencia de la inhóspita trinchera, o es la resistencia a la resistencia lo que se hace notar en sus pobres, ridículos y desdichados «eleison»?

Sin ningún ánimo disgregador, espero de usted P. Altamira, se plantee estas cinco reflexiones que he seleccionado de las decenas de ellas que podría plantearle. Seguro de sus bendiciones le saluda en Cristo Rey, Andrés Carballo.

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*(N de RC: Véase la editorial de Radio Cristiandad del 8 de enero 2014)