Especial grabado el 20 y 21 de marzo de 2014
Audios:
Parte 1 Download
Parte 2 Download
LA PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO
La Pasión de Jesucristo en sí misma
1º) Dada la actual economía de la divina gracia, fue necesario que Jesucristo padeciese para la liberación del género humano.
Para entender con qué clase de necesidad fue preciso que Cristo padeciese, hay que tener en cuenta que una cosa puede ser necesaria de varios modos:
1) Con necesidad intrínseca o por su propia naturaleza.
2) Con necesidad extrínseca:
a) Por alguna coacción violenta.
b) Para obtener algún fin:
– Que no se obtendría de otro modo
– Que no se obtendría tan perfectamente.
Enseña Santo Tomás (III, q. 46, a. 1):
Algo se llama necesario de muchas maneras.
Primero, lo que, según su propia naturaleza, no puede comportarse de otro modo.
Y, en este sentido, es evidente que no fue necesario que Cristo padeciese, ni por parte de Dios —que hubiera podido perdonarnos gratuitamente—, ni por parte de Cristo —cuyos actos eran todos de valor infinito—, ni por parte de los hombres.
Segundo, se llama necesario a aquello que lo es por una causa exterior.
La cual, si es una causa eficiente o motriz, crea una necesidad de coacción, por ejemplo la de uno que no puede caminar porque otro le detiene violentamente.
Si esa causa exterior que impone la necesidad es el fin, se dice que algo es necesario por imperativo del fin, cuando, por ejemplo, un fin no puede lograrse de ningún modo, o no puede conseguirse de un modo conveniente, a no ser que se cumpla tal fin.
En consecuencia, no fue necesario que Cristo padeciese con necesidad de coacción, ni por parte de Dios —que decretó libremente que Cristo padeciese—; ni por parte del propio Cristo — que padeció voluntariamente.
Sin embargo, fue necesario por razón del fin —que con ningún otro medio se hubiera obtenido tan perfectamente.
Este puede entenderse de tres maneras.
Primera, por parte de nosotros, que fuimos liberados por su pasión, según el pasaje de Jn 3, 14: Es necesario que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.
Segunda, por parte de Cristo mismo, que por la humillación de la pasión mereció la gloria de la exaltación. Y a esto corresponde lo que se dice en Lc 24, 26: Fue preciso que Cristo padeciese esto y entrase así en su gloria.
Tercera, por parte de Dios, cuya decisión sobre la pasión de Cristo fue profetizada en la Escritura y prefigurada en las observancias del Antiguo Testamento. Y esto es lo que se dice en Lc 22, 22: El Hijo del hombre se va, según está decretado; y en Lc 24, 44-46: Esto es lo que yo os dije estando todavía con vosotros, que era necesario que se cumpliera todo lo que estaba escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí; y que estaba escrito que convenía que Cristo padeciese y resucitase de entre los muertos.
Hay que destacar que, aunque Dios hubiera podido perdonar al hombre sin exigirle ninguna reparación de justicia, sino únicamente el arrepentimiento de su pecado, la pasión de Cristo fue mucho más conveniente a su justicia e incluso a su misericordia.
En efecto, a la objeción que dice: como se lee en Sal 24, 10 todas las sendas del Señor son misericordia y verdad. Pero no parece necesario que padeciese por parte de la misericordia divina, la cual, como reparte gratuitamente sus dones, parece que también perdona gratuitamente las deudas, sin satisfacción. Ni tampoco parece necesario por parte de la justicia divina, conforme a la cual el hombre había merecido la condenación eterna. Luego parece que no fue necesario que Cristo padeciese por la liberación de los hombres, responde Santo Tomás (III, q. 46, a. 1, ad 3):
La liberación del hombre por la pasión de Cristo convino tanto a la misericordia como a la justicia divinas.
A la justicia, porque mediante su pasión Cristo satisfizo por los pecados del género humano, y así fue liberado el hombre por la justicia de Cristo.
A la misericordia, porque, no pudiendo el hombre satisfacer, de suyo, por el pecado de toda la raza humana, Dios le dio a su Hijo como satisfactor, conforme al pasaje de Rom 3, 24-25: Todos han sido justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios ha puesto como instrumento de propiciación por la fe en él.
Y esto fue una obra de misericordia mayor que si hubiese perdonado los pecados sin satisfacción. De donde en Ef 2,4-5 se dice: Dios, que es rico en misericordia, por el excesivo amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos vivificó con Cristo.
2º) Aunque, hablando en absoluto, Dios hubiera podido liberar al hombre de cualquier otro modo, en el plan de la presente economía, fue necesario que lo hiciera mediante la Pasión de Cristo.
Así lo enseña Santo Tomás (III, q, 46, a 2):
Se puede decir que una cosa es posible o imposible de dos modos: uno, llana y absolutamente; otro, hipotéticamente.
Hablando, pues, llanamente y en absoluto, a Dios le fue posible liberar al hombre por un modo distinto del que supone la pasión de Cristo, porque para Dios no hay nada imposible, como se dice en Lc 1, 37.
Pero, planteado el problema en una hipótesis concreta, fue imposible. Porque es imposible que la presciencia de Dios se engañe y que su voluntad o determinación sea anulada.
Supuestas, pues, la presciencia y la preordinación divinas sobre la pasión de Cristo, no era posible a la vez que Cristo no padeciese y que el hombre fuese liberado de otro modo que por medio de su pasión. Y la misma razón vale para todo lo que de antemano es conocido y ordenado por Dios.
Nótese que, si Dios hubiera querido perdonar al hombre por el simple arrepentimiento de su pecado sin exigirle reparación alguna, no hubiera cometido la menor injusticia.
Santo Tomás expone esta doctrina tan importante en respuesta a una objeción (III, q. 46, a. 2, ad 3). La misma dice: la justicia de Dios exigía que el hombre fuese liberado del pecado por la satisfacción de Cristo mediante su pasión. Pero Cristo no puede pasar por encima de su propia justicia; se negaría a sí mismo si negase su justicia, por ser él mismo la justicia. Luego parece no haber sido posible liberar al hombre de otro modo que por la pasión de Cristo.
Respuesta:
También esta justicia depende de la voluntad divina, que exige del género humano la satisfacción por el pecado.
Por lo demás, si hubiera querido liberar al hombre del pecado sin satisfacción, no hubiera procedido en contra de la justicia.
No puede perdonar la culpa o la pena, respetando la justicia, aquel juez que está obligado a castigar la culpa cometida contra otro, sea contra otro hombre, sea contra la comunidad entera o contra un gobernante superior.
Pero Dios no tiene superior alguno, sino que Él mismo es el bien supremo y común de todo el universo.
Y por eso, si perdona un pecado que tiene razón de culpa porque se comete contra Él, a nadie hace injuria, como el hombre que perdona una ofensa contra él sin que medie la satisfacción obra misericordiosamente, y no injustamente.
3º) No hubo otro modo más conveniente de redimir al hombre caído en pecado que por la Pasión de Cristo.
Santo Tomás lo enseña de la siguiente forma (III, q. 46, a. 3):
Un medio es tanto más conveniente para conseguir un fin cuanto más ventajas concurren en él para lograr tal fin.
Ahora bien, en la liberación del hombre por la pasión de Cristo concurren muchas circunstancias que pertenecen a la salvación del hombre, fuera de la liberación del pecado.
Primero, por este medio conoce el hombre lo mucho que Dios le ama, y con esto es invitado a amarle a Él, en lo cual consiste la perfección de la salvación humana. Por lo que dice el Apóstol en Rom 5, 8-9: Dios prueba su amor para con nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
Segundo, porque con esto nos dio ejemplo de obediencia, humildad, constancia, justicia y demás virtudes manifestadas en la pasión, necesarias para la salvación de los hombres. De donde se dice en I Pe 2, 21: Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus pasos.
Tercero, porque Cristo con su pasión no sólo liberó al hombre del pecado, sino que también mereció para él la gracia de la justificación y la gloria de la bienaventuranza.
Cuarto, porque con esto se intimó al hombre una mayor necesidad de conservarse inmune de pecado, según aquellas palabras de I Cor 6, 20: Habéis sido comprados a gran precio, glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.
Quinto, porque esto resulta de mayor dignidad, de modo que, como el hombre fue vencido y engañado por el diablo, así fuese también el hombre el que derrotase al diablo; y así como el hombre mereció la muerte, así el hombre, muriendo, venciese la muerte, como se lee en I Cor 15, 57: Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de Jesucristo.
Y, en consecuencia, fue más conveniente ser liberados por la pasión de Cristo que serlo solamente por la voluntad de Dios.
4º) Fue convenientísimo que Cristo padeciera precisamente muerte de Cruz.
Dice Santo Tomás que por muchos motivos fue convenientísimo que Cristo padeciera muerte de cruz (III, q. 46, a. 4):
Primero, para ejemplo de virtud. Dice a este propósito San Agustín: La Sabiduría de Dios tomó la naturaleza humana para ejemplo de cómo viviríamos rectamente. Y pertenece a la vida recta el no temer lo que no debe ser temido. Pero hay hombres que, si bien no temen la muerte, tienen horror al género de muerte. Por consiguiente, para que ningún género de muerte hubiera de ser temido por el hombre que vive rectamente, hubo de mostrárseles el género de muerte en cruz de aquel hombre, pues nada había entre todos los géneros de muerte más execrable y más temible que aquél.
Segundo, porque este género de muerte era el más conveniente para satisfacer por el pecado del primer hombre, que consistió en tomar la manzana del árbol prohibido, en contra del mandato de Dios. Y por eso fue conveniente que Cristo, a fin de satisfacer por aquel pecado, tolerase ser clavado en un madero, como si restituyese lo que Adán había robado, según aquellas palabras de Sal 68, 5: Pagaba entonces lo que nunca había robado. Por lo cual dice Agustín en un Sermón De Passione: Adán despreció el precepto, tomando del árbol; pero lo que Adán perdió, lo encontró Cristo en la cruz.
Tercero, como dice el Crisóstomo, en un Sermón De Passione, padeció en un alto madero, y no bajo techado, para que hasta la condición del aire fuera purificada. Pero también la tierra experimentaba semejante beneficio al ser purificada por la destilación de la sangre que corría del costado. Y sobre las palabras de Jn 3, 14: Es preciso que el Hijo del hombre sea levantado, comenta: Cuando oigas lo de «ser levantado», entiende la suspensión en alto, a fin de que santificase el aire quien había santificado la tierra caminando por ella.
Cuarto, porque, al morir en la cruz, prepara nuestra subida a los cielos, como dice el Crisóstomo. Y ésta es la razón de que Él mismo diga en Jn 12, 32: Yo, si fuere levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia mí.
Quinto, porque esto corresponde a la salvación universal de todo el mundo. Por lo cual dice Gregorio Nyseno que la figura de la cruz, dividida en cuatro extremidades a partir del punto medio de intersección, significa que el poder y la providencia de aquel que pendió en ella se difundieron por todas partes. Y el Crisóstomo dice también que en la cruz muere con las manos extendidas, a fin de atraer con una mano al pueblo del Antiguo Testamento, y con la otra al que proviene de los gentiles.
Sexto, porque con este género de muerte se indican varias virtudes. Por esto dice Agustín: No en vano eligió tal género de muerte, sino para ser maestro de la anchura, la altitud, la longitud y la profundidad, de las que habla el Apóstol (cf. Ef 3, 18). Pues la anchura se halla en el madero fijado transversalmente en lo alto; esto pertenece a las buenas obras, puesto que allí se extienden las manos. La longitud, en el trozo que es visible desde el travesaño hasta la tierra; allí, en cierto modo, se está en pie, es decir, se persiste y se persevera, lo cual se atribuye a la longanimidad. La altitud se halla en aquella parte del madero que se prolonga desde el travesaño hacia arriba, esto es, hacia la cabeza del crucificado, porque representa bien la suprema expectación de los que esperan. Y, por último, la parte del madero que se oculta al estar clavado, de donde se levanta todo él, significa la profundidad de la gracia gratuita.
Y, como indica el mismo Agustín, el madero en que estaban clavados los miembros del paciente fue también la cátedra del maestro docente.
Séptimo, porque este género de muerte corresponde a muchas figuras. Como dice también Agustín, en un Sermón De Passione, un arca de madera libró al género humano del diluvio de las aguas (cf. Gen 6-8); cuando el pueblo de Dios huyó de Egipto, Moisés dividió el mar con un cayado, derrotó al faraón y rescató al pueblo de Dios (cf. Ex 14, 16-31); el mismo Moisés arrojó un madero al agua amarga y la convirtió en dulce (cf. Ex 15, 25); con el cayado de madera hizo brotar de la roca espiritual agua saludable (cf. Ex 17, 5-6); y, para que Amalec fuera vencido, Moisés se alargó con las manos extendidas frente al cayado (cf. Ex 17, 8-13); y la Ley de Dios, el Testamento, se guarda en un arca de madera (cf. Ex 25, 10); de modo que mediante todas estas figuras se llegue, como por escalones, al madero de la cruz, en el que está nuestra vida y resurrección.
5º) Cristo padeció en la Cruz todo género de sufrimientos humanos.
Santo Tomás hace una impresionante descripción (III, q. 46, a. 5):
Los sufrimientos humanos pueden considerarse de dos modos.
Uno, en cuanto a la especie. Y bajo este aspecto, no fue necesario que Cristo padeciese todos los sufrimientos humanos, porque hay muchas clases de sufrimientos que son contrarios entre sí, por ejemplo la combustión por el fuego y el hundimiento en el agua.
Pero aquí hablamos de los sufrimientos inferidos desde el exterior, porque no fue conveniente que padeciese los sufrimientos que provienen del interior, por ejemplo, las enfermedades corporales.
Pero, en cuanto al género, padeció todos los sufrimientos humanos. Y esto puede considerarse de tres maneras.
Una, por parte de los hombres. Padeció tanto de los gentiles como de los judíos; de los hombres y de las mujeres, como es evidente por las sirvientas que acusan a Pedro. Padeció también de los jefes y de sus ministros, e incluso de la plebe. Padeció también de los familiares y conocidos, como es claro en el caso de Judas, que le traicionó, y en el de Pedro, que le negó.
Otra, por parte de todo aquello en que el hombre puede padecer. Cristo padeció, efectivamente, en sus amigos, que le abandonaron; en la fama, por las blasfemias proferidas contra Él; en el honor y en la gloria, por las burlas y las afrentas que le hicieron; en los bienes, puesto que fue despojado hasta de los vestidos; en el alma, por la tristeza, el tedio y el temor; en el cuerpo, por las heridas y los azotes.
La tercera, por lo que atañe a los miembros del cuerpo. Cristo padeció en la cabeza la corona de punzantes espinas; en las manos y pies, el taladro de los clavos; en la cara, las bofetadas y salivazos; y en todo el cuerpo, los azotes.
Padeció también en todos los sentidos del cuerpo: en el tacto, por haber sido flagelado y atravesado con clavos; en el gusto, porque le dieron a beber hiel y vinagre; en el olfato, porque fue colgado en el patíbulo en un lugar maloliente, llamado lugar de la calavera, a causa de los cadáveres allí existentes; en el oído, al ser herido por las voces de los blasfemos y burlones; en la vista, al ver llorar a su madre y al discípulo amado.
6º) Los dolores de Cristo en su Pasión fueron los mayores que jamás ha sufrido nadie en esta vida.
La misma Sagrada Escritura lo atestigua en aquellas palabras de Jeremías aplicables al futuro Mesías: ¡Oh vosotros los que por aquí pasáis! Considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor (Lamentaciones 1, 12).
Leamos el impresionante razonamiento de Santo Tomás (III, q. 46, a. 6):
Como antes se ha expuesto, al hablar de los defectos que Cristo asumió, cuando padeció se dio en Él el verdadero dolor: lo mismo sensible, causado por algo perjudicial corpóreo, que interior, proveniente de la aprehensión de algo nocivo, y que se llama tristeza. Ambos dolores fueron en Cristo los mayores entre los dolores de la vida presente. Y esto sucedió por cuatro motivos:
Primero, por las propias causas del dolor. Pues la causa del dolor sensible fue la lesión corporal. Esta llegó a la acerbidad, tanto por la universalidad del sufrimiento, de la que ya se ha hablado (a. 5), cuanto por el género del sufrimiento.
Porque la muerte de los crucificados es acerbísima, ya que son clavados en puntos saturados de nervios y sumamente sensibles, esto es, en las manos y en los pies; y el mismo peso de su cuerpo colgado aumenta continuamente el dolor; y junto con esto está la larga duración del dolor, porque no mueren inmediatamente, como sucede con los que son muertos a espada.
Causa del dolor interior fue:
En primer lugar, el cúmulo de todos los pecados del género humano, por los que satisfacía padeciendo; por lo cual se los atribuye a sí mismo, diciendo con Sal 21, 2: Las palabras de mis delitos.
En segundo lugar, de manera especial, la ruina de los judíos y de otros que delinquieron ante su muerte; y principalmente de sus discípulos, que fueron víctimas del escándalo en la pasión de Cristo.
Finalmente, también la pérdida de la vida corporal, que es naturalmente horrible para la naturaleza humana.
Segundo, por la capacidad de la percepción del paciente. Porque Cristo estaba óptimamente complexionado en cuanto al cuerpo, ya que éste fue formado milagrosamente por obra del Espíritu Santo, así como las demás cosas hechas milagrosamente son más perfectas que las otras, como comenta el Crisóstomo a propósito del vino en que Cristo convirtió el agua en las bodas.
Por esto en Él fue exquisito el sentido del tacto, de cuya percepción se sigue el dolor. También su alma, conforme a sus facultades interiores, percibió eficacísimamente todas las causas de tristeza.
Tercero, por la pureza del dolor. Porque en los demás pacientes se mitiga la tristeza interior, e incluso el dolor exterior, con alguna consideración de la mente, en virtud de cierta derivación o redundancia de las fuerzas superiores en las inferiores. Esto no aconteció en la pasión de Cristo, porque permitió a cada una de sus potencias realizar lo que le es propio, como dice el Damasceno.
Cuarto, porque Cristo tomó aquella pasión y aquellos sufrimientos voluntariamente, con el fin de liberar del pecado a los hombres. Y, por ese motivo, asumió tanta cantidad de dolor cuanta fuese proporcionada a la grandeza del fruto que de ahí iba a seguirse.
Por consiguiente, de la consideración de todas estas causas juntas resulta evidente que el dolor de Cristo fue el máximo que se puede padecer en esta vida.
Es muy interesante la respuesta a una dificultad que se plantea y resuelve Santo Tomás.
Dificultad: La pérdida de un bien mayor causa un dolor mayor. Pero el pecador, al pecar, pierde un bien mayor que el que perdió Cristo en la pasión, pues éste perdió únicamente su vida natural, mientras que el pecador pierde la vida sobrenatural del alma, que vale infinitamente más. Además, Cristo perdió la vida sabiendo que iba a resucitar al tercer día; luego parece que padeció menos que los que la pierden para permanecer en la muerte.
Respuesta: Cristo no se dolió solamente de la pérdida de su propia vida corporal, sino también de los pecados de todos los hombres; y este dolor excedió al que experimenta cualquiera de los contritos, porque procedía de mayor conocimiento y caridad —que aumentan el dolor de contrición— y porque se dolió de todos los pecados del mundo. Por eso dice Isaías: «Verdaderamente llevó sobre sí todos nuestros dolores» (Is 53, 4).
Por otra parte, la vida corporal de Cristo fue de tanta dignidad, sobre todo por la divinidad, a la que estaba unida, que de su pérdida por una sola hora había motivo para dolerse más que de la pérdida de la vida de cualquier hombre para siempre. Sin embargo, Cristo expuso su vida, que le era sumamente amada, por el bien de la caridad.
Los dolores de Cristo fueron, por cualquier lado que se los mire, los mayores que jamás ha padecido nadie en esta vida. Con todo, no fueron mayores que los que padecen las almas del Purgatorio y, sobre todo, los condenados del Infierno. Lo dice expresamente Santo Tomás y da la razón de ello:
El dolor del alma separada que padece pertenece al estado de la futura condenación, el cual excede todo el mal de la vida presente, así como la gloria de los santos supera todo el bien de la presente vida. De manera que, cuando decimos que el dolor de Cristo es el más grande, no lo comparamos con el del alma separada.
Este argumento tiene pleno valor con relación a las almas de los condenados del Infierno. Con relación a las almas del Purgatorio hay que decir que sus penas no pertenecen al orden y plano puramente natural, sino al sobrenatural de la gracia y de la gloria, ya que disponen al alma para la visión beatífica, siendo como su condición previa y causando en el alma el grado de purificación indispensable para la misma. No cabe duda, pues, que entre las penas del Purgatorio y las de esta vida tiene que repercutir de alguna manera la distancia infinita que hay entre el orden puramente natural y el orden sobrenatural de la gracia y de la gloria.
7º) Cristo padeció en toda la esencia del alma y en todas sus potencias: directamente en las potencias inferiores, e indirectamente en las superiores.
Santo Tomás explica y aclara esta compleja cuestión (III, q. 46, a. 7):
En el alma cabe distinguir dos cosas: su esencia misma y las potencias o facultades que de ella dimanan.
Las potencias, a su vez, pueden padecer de dos maneras: o por la demasiada intensidad del objeto propio que las afecta (por ejemplo, el exceso de luz molesta a los ojos), o por razón del sujeto en que se fundan, aunque no se trate de su objeto propio (como la vista sufre cuando el ojo es punzado o cuando se le quema, porque padece el sentido del tacto, sobre el que la vista se funda).
Teniendo esto en cuenta, hay que decir que Cristo padeció en toda su alma en cuanto a su esencia, puesto que toda ella estaba en el cuerpo y en cada una de sus partes, y padeciendo el cuerpo y a punto de separarse del alma, toda ella padecía.
En cuanto a las potencias, Cristo padeció directamente en las potencias inferiores, porque, teniendo por objeto las cosas temporales, existía en cada una de ellas algún motivo de dolor, como vimos en las conclusiones anteriores.
Las potencias superiores, sobre todo la razón superior, no podían sufrir por parte de su objeto propio, que es Dios, porque no podía venir por aquí ningún dolor, sino delectación y gozo.
Pero por parte del sujeto en que se fundan, que es la esencia del alma, Cristo padeció también indirectamente en ellas, porque el dolor dicho, afecta a la esencia del alma a través del cuerpo que padece.
8º) El alma de Cristo, durante su misma Pasión, gozó de la visión beatífica sin interrupción alguna.
En los Especiales de mayo del año pasado, ya hemos visto cómo se armoniza la ciencia beatífica de Cristo con su agonía de Getsemaní y sus dolores del Calvario.
Tiene por fundamento la famosa distinción escolástica entre la mente, la razón superior y la razón inferior.
La mente es la parte más espiritual y elevada, que mira exclusivamente a Dios sin contacto alguno con las cosas de la tierra, a la que no llegan nunca las perturbaciones del mundo corporal.
Iluminada por Dios, refleja siempre sus divinos resplandores, lejos de las cosas de la tierra.
Se la conoce también con los nombres de caelum supremum y lumen intelligentiae.
La razón superior saca siempre sus conclusiones de los principios del entendimiento puro, o sea, sin el influjo de las pasiones. Es el llamado cielo medio, y tiende siempre hacia arriba, hacia lo noble y elevado.
La razón inferior, en cambio, pone en contacto el espíritu con las cosas corporales; juzga a través de las experiencias de los sentidos y del influjo pasional; por eso tira hacia abajo, hacia lo útil o deleitable para el sujeto. Es el cielo ínfimo, más cerca muchas veces de la tierra que del cielo.
Según esta explicación, la mente de Jesucristo permaneció siempre envuelta en los resplandores de la visión beatífica, sin cesar un solo instante.
Esto le producía unos deleites inefables, que nada ni nadie podía turbar, ni siquiera las agonías de Getsemaní y del Calvario.
Pero, al mismo tiempo, su razón inferior se sumergió en un abismo de amarguras y dolores, que alcanzaron su más honda expresión en Getsemaní y en el Calvario a la vista del pecado y de la ingratitud monstruosa de los hombres.
La clave para vislumbrar un poco este misterio está, pues, en la distinción que acabamos de establecer en la conclusión anterior a base de la esencia del alma y sus potencias o facultades superiores e inferiores.
Enseña Santo Tomás (III, q. 46, a 8):
Como antes se ha expuesto (a.7), la totalidad del alma puede entenderse sea en cuanto a la esencia, sea en cuanto a todas sus potencias.
Si se entiende conforme a la esencia, gozaba toda el alma, en cuanto es sujeto de la parte superior del alma, a la que pertenece el gozo de la divinidad; de manera que, así como la pasión se atribuye a la parte superior del alma por razón de la esencia, así también, por el contrario, la fruición se atribuye a la esencia por la parte superior del alma.
En cambio, si entendemos la totalidad del alma por razón de todas sus potencias, no gozaba toda el alma, ni directamente, porque la fruición no puede ser acto de cualquier parte del alma; ni por redundancia, porque, mientras Cristo fue viador, no se producía la redundancia de la gloria de la parte superior en la inferior, ni del alma en el cuerpo.
Pero como, por el contrario, tampoco la parte superior del alma era impedida por la inferior respecto de lo que le es propio, se sigue que la parte superior del alma de Cristo seguía gozando cuando éste padecía.
La primera objeción plantea esta dificultad: Es imposible sentir dolor y gozar a la vez, porque el dolor y el gozo son contrarios. Ahora bien, el alma de Cristo entera sufría el dolor al tiempo de la pasión, como antes se ha expuesto (a.7). Por consiguiente, resulta imposible que gozase.
Y Santo Tomás responde:
El gozo de la fruición no es directamente contrario al dolor de la pasión, porque no se refieren a lo mismo.
Y nada impide que dos cosas contrarias, bajo distinta razón, se hallen en el mismo sujeto.
Y, de esta suerte, el gozo de la fruición puede darse en la parte superior del alma como acto propio, y el dolor de la pasión por razón del sujeto.
Pero el dolor de la pasión pertenece a la esencia del alma por parte del cuerpo, del que es forma; mientras que el gozo de la fruición le afecta por parte de la potencia, de la que es sujeto.
9º) Fueron muy oportunas las circunstancias de tiempo, edad, lugar y compañía con que Cristo sufrió su Pasión.
Hay un argumento fundamental que engloba a todos los demás: la Pasión de Cristo estaba sometida a su voluntad, y ésta se regía por la sabiduría divina, «que todo lo dispone convenientemente y con suavidad», como dice el libro de la Sabiduría (Sap 8, 1).
Pero es fácil señalar las conveniencias de cada una de esas circunstancias (III, q. 46, a. 9, 10 y 11):
EL TIEMPO. Cristo padeció muy convenientemente la víspera de la Pascua judía, en la que se inmolaba el Cordero pascual, símbolo del sacrificio redentor del Calvario. San Juan Bautista le había señalado como «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (lo 1, 29), y San Pablo dice que «Cristo es nuestra Pascua, que ha sido inmolada» (I Cor 5, 7).
Comenta Agustín: Cuando hizo tanto cuanto pensó que era necesario, llegó su hora; no la de la necesidad, sino la de la voluntad; no la del condicionamiento, sino la del poder.
LA EDAD. Por tres razones quiso padecer Cristo en la edad juvenil:
a) Para mostrarnos más su amor, pues entregaba la vida por nosotros cuando se hallaba en la flor de su edad.
b) Porque no convenía que en Él apareciese decaimiento alguno de la naturaleza, como tampoco enfermedad alguna.
c) Para que, muriendo y resucitando en la edad juvenil, manifestase en sí mismo la futura condición de los resucitados. Por esto dice el Apóstol: «Hasta que alcancemos todos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo» (Eph 4, 13).
El LUGAR. Fue muy conveniente que padeciese en Jerusalén:
a) Porque allí se habían ofrecido a Dios los sacrificios prefigurativos de la Pasión de Cristo.
b) Porque geográficamente ocupa el centro del mundo [Palestina ocupa, efectivamente, el centro geográfico entre Europa, Asia y África], y la eficacia de la Pasión de Cristo se había de extender a todo él.
c) Por la humildad de Cristo, que quiso nacer en el pequeño pueblo de Belén y padecer oprobios en la gran ciudad de Jerusalén.
d) Porque en ella residían los príncipes del pueblo, que fueron los principales responsables de su pasión y muerte.
ENTRE DOS LADRONES. Estaba profetizado que el Mesías sería en la muerte igualado a los malhechores, a pesar de no haber en él maldad…, y contado entre los pecadores» (Is 53, 9-12).
Según San Crisóstomo, esto lo hicieron los judíos «para hacerle participante de su infamia. Pero no lo consiguieron, pues de los ladrones nadie se acuerda, y la cruz de Cristo en todas partes es honrada. Los reyes deponen su corona para tomar la cruz; en las púrpuras, en las diademas, en las armas, en la mesa sagrada, en toda la tierra, resplandece la cruz».
Según San León, dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda, son crucificados para que en la misma forma del patíbulo se mostrara aquella distinción entre todos los hombres que en el juicio se había de realizar».
Y San Agustín dice: «La misma cruz, si bien se considera, fue el tribunal. Puesto en medio el juez, uno, que creyó, fue absuelto; otro, que insultó, fue condenado. Con esto significaba lo que ha de hacer de los vivos y de los muertos, colocando unos a la derecha y otros a la izquierda».
10º) Cristo, Dios y hombre, padeció la Pasión por razón de su humanidad, no de su divinidad, que es impasible.
Como ya vimos al hablar de la llamada «comunicación de idiomas» o predicabilidad en Cristo, el sujeto de atribución de todos sus actos es la Persona divina del Verbo, única persona que hay en Cristo.
Pero esta única Persona subsiste en dos naturalezas perfectamente distintas e inconfusas entre sí; por eso, algunas de las acciones de Cristo pertenecen a su Persona por razón de la naturaleza divina, y otras por razón de la naturaleza humana.
La Pasión afecta a la Persona de Cristo únicamente por razón de la naturaleza humana, pero no por razón de la naturaleza divina, que es absolutamente impasible.
Y así puede decirse en verdad: «Dios padeció» o «Dios murió», por razón de la naturaleza humana, en la que subsistía el Verbo; pero no puede decirse: «La divinidad padeció» o «La divinidad murió», porque la divinidad es, de suyo, impasible e inmortal.
Leamos a Santo Tomás exponiendo esta doctrina (III, q. 46, a. 12):
La unión de la naturaleza humana con la divina se realizó en la persona, y en la hipóstasis, y en el supuesto, permaneciendo firme, sin embargo, la distinción de naturalezas; lo que quiere decir que es una misma la persona y la hipóstasis de la naturaleza divina y de la humana, pero quedando a salvo la propiedad de una y otra naturaleza.
Y por eso, la pasión ha de atribuirse a la naturaleza divina, no por razón de esta naturaleza, que es impasible, sino por razón de la naturaleza humana.
Por lo cual, en la Epístola Sinodal de Cirilo se dice: Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios padeció en la carne y fue crucificado en la carne, sea anatema.
Por consiguiente, la pasión de Cristo pertenece al supuesto de la naturaleza divina por razón de la naturaleza pasible asumida, no por razón de la naturaleza divina impasible.
+++
Los autores de la Pasión de Cristo
Vamos a examinar ahora las causas eficientes de la Pasión de Cristo, o sea, quiénes fueron los autores de la misma.
Como veremos, fueron cuatro desde distintos puntos de vista: el mismo Cristo, su Padre celestial, los judíos y los gentiles.
1º) Cristo sufrió su Pasión y su muerte porque quiso voluntariamente sufrirlas.
Enseña Santo Tomás (III, q. 47, a. 1):
Un sujeto puede ser causa de algún efecto de dos modos.
Primero, actuando directamente sobre el efecto. Y, en este sentido, los perseguidores de Cristo le mataron, porque le aplicaron la causa suficiente para morir, con intención de matarle, y con el efecto consiguiente, esto es, porque de aquella causa se siguió la muerte.
Segundo, actuando indirectamente, es decir, porque no impide, pudiendo hacerlo, como si dijésemos que uno moja a otro porque no cierra la ventana, a través de la cual entra la lluvia. Y, en este sentido, Cristo fue causa de su pasión y muerte, porque pudo impedirlas.
En primer lugar, conteniendo a sus enemigos, de modo que o no quisiesen o no pudiesen matarle.
En segundo lugar, porque su espíritu tenía poder para conservar la naturaleza de su cuerpo, de suerte que no recibiera ningún daño. Tal poder lo tuvo el alma de Cristo porque estaba unida al Verbo de Dios en unidad de persona, como dice Agustín en IV De Trin.
Por consiguiente, al no rechazar el alma de Cristo ningún daño inferido a su cuerpo, sino queriendo que su naturaleza corporal sucumbiese a tal daño, se dice que entregó su espíritu o que murió voluntariamente.
A propósito de esta conclusión hay que notar lo siguiente, según las respuestas de Santo Tomás a las dificultades planteadas:
1.° Las palabras de Cristo: «Nadie es capaz de arrebatarme mi vida» (lo 10, 18) se entienden «contra mi voluntad». Solamente se «arrebata» aquello que se quita a uno sin que éste pueda impedirlo (ad 1).
2.° Para mostrar que la pasión inferida a Cristo por la violencia de los judíos no era capaz de quitarle la vida, quiso conservar en todo su vigor su naturaleza corporal hasta el último momento. Por eso pronunció su última palabra: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», dando «una gran voz» (Lc 23, 46), que hizo exclamar al centurión romano: «Verdaderamente éste era el Hijo de Dios» (Mc 15, 39).
Y todavía hubo otra cosa admirable en la muerte de Cristo: el haber muerto más rápidamente que solían morir los crucificados, lo que admiró mucho a Pilato (Mc 15, 44). Es porque murió cuando quiso, como dueño y señor de la vida y de la muerte (ad 2).
3.° La muerte de Cristo fue, a la vez, violenta y voluntaria. Violenta, por parte de los judíos que le mataron; voluntaria, por parte de Él, que la aceptó porque quiso (ad 3).
2º) Cristo murió por obediencia al mandato de su Padre celestial.
Ya hemos aludido a esta cuestión, en los Especiales de agosto de 2013, al hablar de la libertad de Jesucristo bajo el mandato del Padre. Aquí vamos a recoger las razones de conveniencia que expone Santo Tomás (III, q. 47, a. 2):
Fue sumamente conveniente que Cristo padeciese por obediencia.
Primero, porque esto convenía a la justificación de los hombres, a fin de que, como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de un hombre muchos sean constituidos justos, como se dice en Rom 5, 19.
Segundo, eso convino a la reconciliación de Dios con los hombres, según el pasaje de Rom 5, 10: Hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; es a saber, en cuanto que la misma muerte de Cristo fue sacrificio gratísimo a Dios, de acuerdo con lo que se lee en Ef 5, 2: Se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor.
Pero la obediencia se antepone a todos los sacrificios, según I Sam 15, 22: Mejor es la obediencia que las víctimas. Y por eso fue conveniente que el sacrificio de la pasión y muerte de Cristo brotase de la obediencia.
Tercero, eso convino a su victoria, mediante la cual triunfó de la muerte y del autor de la muerte. El soldado no puede lograr la victoria si no obedece a su jefe. Y así Cristo hombre alcanzó la victoria porque obedeció a Dios, conforme a las palabras de Prov 21, 28: El hombre obediente cantará victorias.
En cuanto a la manera de compaginar el mandato del Padre con la libertad de Jesucristo, recuérdese el argumento fundamental que expusimos en los Especiales de agosto de 2013: juntamente con el mandato le dio el Padre a Jesucristo la libre voluntad de padecer y morir.
3º) Dios Padre decretó la Pasión de Cristo para salvarnos a nosotros y le entregó de hecho a sus enemigos.
Lo dice expresamente San Pablo en su Epístola a los Romanos: El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas? (Rom 8, 32).
Y así lo enseña Santo Tomás (III, q. 47, a. 3):
Como acabamos de exponer, Cristo padeció voluntariamente por obediencia al Padre.
De donde Dios Padre entregó a Cristo a la pasión de tres modos:
Primero, en cuanto que, por su eterna voluntad, dispuso de antemano la pasión de Cristo para liberación del género humano, conforme a lo que se dice en Is 53, 6: El Señor cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros; y de nuevo (v.10): El Señor quiso quebrantarlo con la flaqueza.
Segundo, en cuanto que le inspiró la voluntad de padecer por nosotros, infundiéndole la caridad. Por lo que, en el mismo lugar, se añade (v.7): Se ofreció porque quiso.
Tercero, no poniéndole a cubierto de la pasión, sino exponiéndole a los perseguidores. Por eso, como se lee en Mt 27, 46, Cristo, colgado de la cruz, decía: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, porque efectivamente lo abandonó en poder de sus perseguidores, como dice Agustín.
Veamos las dificultades y respuestas del Doctor Angélico:
1ª: Parece inicuo y cruel que un inocente sea entregado a la pasión y a la muerte.
Ahora bien, como se dice en Dt 32, 4: Dios es fiel y está exento de toda iniquidad.
Luego no entregó a la pasión y muerte a Cristo, que era inocente.
Respuesta: Es impío y cruel entregar un hombre inocente a la pasión y a la muerte contra su voluntad.
Pero Dios Padre no entregó a Cristo de ese modo, sino inspirándole la voluntad de padecer por nosotros.
En lo cual se manifiesta no sólo la severidad de Dios, que no quiso perdonar el pecado sin castigo, como lo da a conocer el Apóstol cuando dice: No perdonó a su propio Hijo (Rom 8, 32); sino también su bondad, porque, no pudiendo el hombre satisfacer suficientemente mediante cualquier pena que sufriese, le dio uno que satisficiese por él, como lo indicó el Apóstol al decir: Le entregó por todos nosotros (Rom 8, 32). Y en Rom 3, 25 dice: A quien, esto es, Cristo, propuso Dios como sacrificio de propiciación por la fe en su sangre.
2ª: No parece posible que uno sea entregado a la muerte por sí mismo y por otro.
Pero Cristo se entregó a sí mismo por nosotros (cf. Ef 5, 2), según lo enunciado en Is 53, 12: Entregó su vida a la muerte.
Luego no parece que lo entregase Dios Padre.
Respuesta: Cristo, en cuanto Dios, se entregó a sí mismo a la muerte con la misma voluntad y acción con que le entregó el Padre.
Pero, en cuanto hombre, se entregó a sí mismo con la voluntad inspirada por el Padre.
Por lo cual no existe contradicción cuando se dice que el Padre entregó a Cristo y que éste se entregó a sí mismo.
3ª: A Judas se le censura porque entregó a Cristo a los judíos, según aquellas palabras de Jn 6, 71-72: Uno de vosotros es un diablo; lo decía por Judas, que había de entregarle.
Del mismo modo son vituperados los judíos, que lo entregaron a Pilato, como éste mismo dice en Jn 18, 35: Tu nación y tus pontífices te han entregado a mí.
Y Pilato lo entregó para que fuese crucificado, como se lee en Jn 19, 16.
Pero no hay consorcio entre la justicia y la iniquidad, como se dice en II Cor 6, 14.
Luego parece que Cristo no fue entregado por Dios Padre a la pasión.
Respuesta: La bondad o maldad de una acción se enjuicia de diverso modo de acuerdo con las distintas causas de donde procede.
Ahora bien, el Padre entregó a Cristo, y éste se entregó a sí mismo, por amor; y debido a eso son alabados.
En cambio, Judas lo entregó por avaricia; los judíos por envidia; Pilato por temor mundano a perder el favor del César; y por este motivo son vituperados (cf. Mt 26, 14; 27, 15; Jn 19, 12).
4º) Fue muy conveniente que Cristo padeciera de parte de los judíos y de los gentiles.
Lo anunció el mismo Cristo al acercarse con sus discípulos por última vez a Jerusalén: «Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen, pero al tercer día resucitará» (Mt 20, 18-19).
Santo Tomás da la razón de esto (III, q. 47, a. 4):
En la misma forma de la pasión de Cristo estuvo prefigurado su efecto.
La pasión de Cristo ejerció primeramente su efecto salvador en los judíos, muchísimos de los cuales fueron bautizados en la muerte de Cristo, como es notorio por Act 2, 41 y 4, 4.
Pero después, mediante la predicación de los judíos, el efecto de la pasión de Cristo llegó a los gentiles.
Y por tal motivo, fue conveniente que Cristo comenzase a padecer por parte de los judíos, y después, al entregarle los judíos, se concluyese su pasión a manos de los gentiles.
Santo Tomás completa la enseñanza en la respuesta a las dificultades:
1ª: Como los hombres habían de ser liberados del pecado por la pasión de Cristo, parecería conveniente que fuesen muy pocos los que pecasen dándole muerte.
Pero pecaron con su muerte los judíos, en nombre de los cuales se dice en Mt 21, 38: Este es el heredero; venid, matémosle.
Luego parece haber sido conveniente que los gentiles no se enredasen en el pecado de la muerte de Cristo.
Respuesta: Como Cristo, para demostrar la abundancia de su amor, por el que padecía, puesto en la cruz, pidió el perdón para sus perseguidores (cf. Lc 23, 34), a fin de que el fruto de su petición llegase a los judíos y a los gentiles, quiso padecer de unos y de otros.
2ª: La verdad debe corresponder a la figura.
Pero los sacrificios figurativos de la ley antigua no eran ofrecidos por los gentiles, sino por los judíos.
Luego la pasión de Cristo, que fue un verdadero sacrificio, tampoco debió ser realizada por mano de los gentiles.
Respuesta: La pasión de Cristo fue la oblación de un sacrificio en cuanto que Cristo, por propia voluntad, soportó la muerte por amor.
Pero en cuanto padeció por parte de los perseguidores, su pasión no fue un sacrificio, sino un gravísimo pecado.
3ª: Como se dice en Jn 5, 18, los judíos buscaban matar a Cristo, no sólo porque quebrantaba el sábado, sino también porque decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios.
Ahora bien, estas afirmaciones parece que sólo iban contra la ley de los judíos; por lo cual ellos mismos dicen también en Jn 19, 7: Según la ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios.
Luego parece haber sido conveniente que Cristo no padeciese por parte de los gentiles, sino por parte de los judíos; y que mintieron al decir (Jn 18, 31): A nosotros no nos está permitido matar a nadie, porque muchos pecados eran castigados con la muerte según su ley, como es manifiesto por Lev 20.
Respuesta: Como escribe Agustín, cuando los judíos gritaron: A nosotros no nos está permitido matar a nadie, quisieron decir que no les estaba permitido matar a nadie debido a la santidad del día festivo, que ya habían comenzado a celebrar.
O decían esto, como expone el Crisóstomo, porque querían matarle no en cuanto transgresor de la ley, sino en cuanto enemigo público, porque se hacía rey, sobre lo cual no les tocaba a ellos juzgar.
O porque a ellos no les estaba permitido crucificarle, como deseaban, sino apedrearle, como hicieron con Esteban (cf. Act 7, 57).
O, con más exactitud, debe decirse que los romanos, bajo cuyo poder se encontraban, les habían quitado la potestad de aplicar la pena de muerte.
5º) Los que crucificaron a Cristo procedieron con cierta ignorancia; pero no les excusaba de su crimen, por ser una ignorancia culpable.
Que procedieron con cierta ignorancia, lo dice expresamente la Sagrada Escritura en varios lugares:
Si hubieran conocido la sabiduría de Dios, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria (I Cor 2, 8).
Ya sé que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestros príncipes (Act 3, 17).
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).
Sin embargo, esta ignorancia no excusaba a los culpables de su crimen, pues era una ignorancia afectada.
Leamos el razonamiento de Santo Tomás (III, q. 47, a. 5):
Entre los judíos existía el senado y la plebe.
El senado, llamado entre ellos los príncipes, conoció, como se dice en el libro Quaest. Nov. et Vet. Test., lo mismo que lo conocieron los demonios, que Él era el Mesías prometido en la Ley, pues veían en él todas las señales futuras que anunciaron los profetas.
Sin embargo, ignoraban el misterio de su divinidad, y por este motivo dijo el Apóstol: Si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria (I Cor 2, 8).
No obstante, debe tenerse en cuenta que la ignorancia de estos príncipes no les eximía del crimen, porque, en cierto modo, era una ignorancia afectada.
Veían, efectivamente, las señales evidentes de su divinidad; pero, por odio y envidia de Cristo, las tergiversaban, y rehusaban dar fe a sus palabras, con las que declaraba que era el Hijo de Dios.
Por lo cual Él mismo dice de ellos en Jn 15, 22: Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado.
Y, de este modo, puede tomarse como dicho en nombre de ellos lo que se lee en Job 21, 14: Dijeron a Dios: Apártate de nosotros; no nos interesa la ciencia de tus caminos.
La plebe, es decir, las multitudes, que no habían conocido los misterios de la Escritura, no se dieron cuenta plenamente de que Él era el Mesías ni el Hijo de Dios, aunque algunos de ellos creyeron en Él. Pero la multitud no creyó.
Y si alguna vez abrigaron la duda de que fuese el Mesías por la abundancia de los milagros y la eficacia de su doctrina, como consta por Jn 7, 31-41ss, luego, sin embargo, fueron engañados por sus príncipes para que no creyesen que Él era el Hijo de Dios ni el Mesías.
Por lo que también Pedro les dijo: Sé que habéis hecho esto por ignorancia, como también vuestros príncipes (Act 3, 17), es a saber, porque habían sido engañados por éstos.
Las dificultades y sus respuestas proponen citas de las SSEE y de los Santos Padres a favor y en contra de la sentencia. Contienen una riqueza y sabiduría exquisitas:
1ª: En Mt 21, 38 se dice que los labradores, al ver al hijo, se dijeron: Este es el heredero; venid, matémosle.
Por lo que comenta Jerónimo: Con estas palabras demuestra clarísimamente el Señor que los príncipes de los judíos no crucificaron al Hijo de Dios por ignorancia, sino por envidia. Se dieron cuenta de que Él era aquel a quien el Padre dice, por medio del profeta: Pídemelo, y te daré en herencia las naciones (Sal 2, 8).
Luego parece que conocieron que era el Cristo, o el Hijo de Dios.
Respuesta: Las palabras citadas están dichas en nombre de los labradores de la viña, en los que están representados los jefes del pueblo aquel, los cuales conocieron que Él era el heredero, en cuanto que se dieron cuenta de que Él era el Mesías prometido en la ley.
Pero contra esta respuesta parece militar el que las palabras de Sal 2, 8, Pídemelo, y te daré las naciones en heredad tuya, están dirigidas al mismo a quien se dice: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy (Sal 2, 7).
Por consiguiente, si conocieron que Él era aquel a quien se dice: Pídemelo, y te daré las naciones en heredad tuya, se sigue que asimismo se dieron cuenta de que Él era el Hijo de Dios.
También el Crisóstomo, a propósito de ese mismo lugar, dice que conocieron que Él era el Hijo de Dios.
Y asimismo Beda comenta acerca de Lc 23, 34 —Porque no saben lo que hacen—: Es preciso observar que no ruega por aquellos que, habiendo entendido que era el Hijo de Dios, prefirieron crucificarle que confesarle por tal.
Sin embargo, cabe responder a esto que conocieron que Él era el Hijo de Dios, no por naturaleza, sino por la excelencia de un favor singular.
No obstante, podemos decir también que se afirma que conocieron al verdadero Hijo de Dios porque tenían signos evidentes de ello, a los que no quisieron asentir a causa del odio y de la envidia, de modo que reconociesen que Él era el Hijo de Dios.
2ª: En Jn 15, 24 dijo el Señor: Pero ahora han visto (mis obras) y me han odiado a mí y a mi Padre.
Pero lo que se ve es claramente conocido.
Luego los judíos, conociendo a Cristo, le martirizaron movidos por el odio.
Respuesta: Antes de las palabras citadas, se anteponen estas otras: Si no hubiera hecho entre ellos obras que ninguno otro hizo, no tendrían pecado (Jn 15, 24); y luego añade: Pero ahora han visto, y me han odiado a mí y a mi Padre (Jn 15, 24).
Por lo cual se demuestra que, viendo las obras admirables de Cristo, debido a su odio no le reconocieron por el Hijo de Dios.
3ª: En un Sermón del Concilio de Éfeso se dice: Así como el que rasga un rescripto imperial es condenado a muerte, lo mismo que si hiciera pedazos una orden del Emperador, así los judíos, al crucificar a Cristo, a quien habían visto, pagarán las penas como si hubiesen llevado su tenacidad contra el mismo Verbo de Dios.
No hubiera sucedido tal si no hubiesen conocido que Él era el Hijo de Dios, porque les hubiera excusado la ignorancia.
Luego parece que los judíos, al crucificar a Cristo, se dieron cuenta de que era el Hijo de Dios.
Respuesta: La ignorancia afectada no excusa de pecado, sino que más bien parece agravarle, porque demuestra que el hombre es tan vehementemente sensible al pecado que quiere caer en la ignorancia para no evitar el pecado.
Y por esto pecaron los judíos, por ser los que crucificaron no sólo a Cristo hombre, sino a Dios.
6º) El pecado de los que crucificaron a Cristo fue objetivamente el más horrendo que se ha cometido jamás; pero en la masa del pueblo estuvo disminuido por su ignorancia.
Así lo enseña Santo Tomás (III, q. 47, a. 6):
Como se ha expuesto, los príncipes de los judíos conocieron a Cristo; y si existió en ellos alguna ignorancia, fue la ignorancia afectada que no podía excusarles.
Y, por este motivo, su pecado fue gravísimo, lo mismo por el género del pecado que por la malicia de la voluntad.
Las clases inferiores de los judíos pecaron gravísimamente en cuanto al género del pecado; pero su pecado quedaba aminorado por la ignorancia.
Por lo cual, a propósito de Lc 23, 34 —no saben lo que hacen— comenta Beda: Ruega por aquellos que no supieron lo que hicieron, impulsados por el celo de Dios, pero no conforme a la ciencia.
Mucho más excusable fue el pecado de los gentiles por cuyas manos fue crucificado Cristo, porque no tenían la ciencia de la ley.
Las respuestas a dos dificultades cierran el tema:
2ª: el Señor dijo a Pilato (Jn 19, 11): El que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.
Pero Pilato hizo crucificar a Cristo por medio de sus ministros.
Luego parece haber sido mayor el pecado de Judas el traidor que el de quienes crucificaron a Cristo.
Respuesta: Cristo no fue entregado por Judas a Pilato, sino a los príncipes de los sacerdotes, quienes le entregaron a Pilato, según el pasaje de Jn 18, 35: Tu pueblo y tus pontífices te han entregado a mí.
Sin embargo, el pecado de todos éstos fue mayor que el de Pilato, que condenó a muerte a Cristo por temor del César.
Y también que el pecado de los soldados, los cuales crucificaron a Cristo por mandato del gobernador; no por codicia, como Judas, ni por envidia y odio, como los príncipes y sacerdotes.
3ª: Según el Filósofo, nadie, queriendo, padece injusticia, y como él mismo añade, cuando nadie padece injusticia, nadie hace injusticia.
Luego nadie hace injusticia a quien quiere padecerla.
Ahora bien, Cristo padeció voluntariamente, como antes se ha dicho.
Por consiguiente, los que crucificaron a Cristo no cometieron injusticia contra Él.
Y de esta manera, su pecado no fue gravísimo.
Respuesta: Cristo quiso su pasión, como también la quiso Dios; pero no quiso la acción inicua de los judíos.
Y, por este motivo, no quedan excusados de la injusticia los que mataron a Cristo.
Y, sin embargo, el que mata a un hombre comete una injuria no sólo contra el hombre, sino también contra Dios y contra la república; como la comete igualmente el que se suicida.
Por esto David condenó a muerte al que no había temido poner sus manos para matar al ungido del Señor, a pesar de que aquél lo pedía, como se lee en II Sam 1, 6ss.
Del Credo Comentado por Santo Tomás:
Artículo 4: Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado
60.— Sin embargo, no debemos creer que de tal manera haya sufrido Cristo la muerte que muriera la Divinidad, sino que la humana naturaleza fue lo que murió en Él. Pues no murió en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Y esto es patente mediante tres ejemplos.
El primero está en nosotros. En efecto, es claro que al morir el hombre, al separarse el alma del cuerpo, no muere el alma, sino el mismo cuerpo, o sea, la carne.
Así también, en la muerte de Cristo, no muere la Divinidad sino la naturaleza humana.
61.— Pero si los judíos no mataron a la Divinidad, es claro que no pecaron más que si hubiesen matado a cualquier otro hombre.
62.— A esto debemos responder que suponiendo a un rey revestido con determinada vestidura, si alguien se la manchase incurriría en la misma falta que si manchase al propio rey. De la misma manera los judíos: no pudieron matar a Dios, pero al matar la humana naturaleza asumida por Cristo, fueron castigados como si hubiesen matado a la Divinidad misma.
63.— Además, como dijimos arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y el Verbo de Dios encarnado es como el verbo del rey escrito en una carta. Pues bien, si alguien rompiese la carta del rey, se le consideraría igual que si hubiere desgarrado el verbo del rey. Por lo mismo, se considera el pecado de los judíos de igual manera que si hubiesen matado al Verbo de Dios.
+++
La muerte de Jesucristo
Vamos a considerar los principales problemas que plantea el hecho mismo de la muerte de Cristo.
Santo Tomás examina detenidamente los seis siguientes:
1. Si fue conveniente que Cristo muriese.
2. Si por la muerte de Cristo se separó del cuerpo la divinidad.
3. Si se separó la divinidad del alma.
4. Si Cristo fue hombre durante los tres días de su muerte.
5. Si su cuerpo fue numéricamente el mismo vivo y muerto.
6. Si su muerte fue saludable o provechosa para nosotros.
1º) Si fue conveniente que Cristo muriese.
Santo Tomás lo expone de la siguiente manera (III, q. 50, a. 1):
Fue conveniente que Cristo muriese.
Primero, para satisfacer por el género humano, que había sido condenado a muerte a causa del pecado, conforme al pasaje de Gen 2, 17: Cualquier día que comáis de él, ciertamente moriréis.
Y es un modo provechoso de satisfacer por otro el someterse a la pena que ese tal mereció.
Y, por ese motivo, Cristo quiso morir para satisfacer por nosotros con su muerte, según aquellas palabras de I Pe 3, 18: Cristo murió una vez por nuestros pecados.
Segundo, para demostrar la verdad de la naturaleza que había tomado.
Porque, como dice Eusebio, de otro modo, si después de haber vivido con los hombres, hubiera desaparecido súbitamente, rehuyendo la muerte, todos le habrían comparado con un fantasma.
Tercero, para que al morir Él, nos librase del temor de la muerte.
Por eso se dice en Heb 2, 14-15: Participó de la carne y de la sangre para destruir, mediante la muerte, al que tenía el imperio de la muerte, y para librar a aquellos que, por el temor de la muerte, estaban sujetos de por vida a servidumbre.
Cuarto, para que, muriendo corporalmente, a semejanza del pecado, esto es, al castigo por el pecado, nos diese ejemplo de morir espiritualmente al pecado.
Por esto se dice en Rom 6, 10-11: Porque, muriendo, murió una vez al pecado; pero, viviendo, vive para Dios. Así, pues, también vosotros haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios.
Quinto, para que, resucitando de entre los muertos, demostrase el poder con que venció a la muerte, y nos diese a nosotros la esperanza de resucitar de entre los muertos.
Por esto dice el Apóstol en I Cor 15, 12: Si de Cristo se predica que resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de entre vosotros dicen que no habrá resurrección de los muertos?
Hay tres objeciones para ponerlo en duda, pero Santo Tomás las resuelve con facilidad:
1ª: Lo que es primer principio en un género de cosas, no se dispone por lo que le es contrario; el fuego, por ejemplo, que es principio de calor, nunca puede ser frío.
Pero el Hijo de Dios es el principio y la fuente de toda vida, según aquellas palabras de Sal 35, 10: En ti está la fuente de la vida.
Luego parece no haber sido conveniente que Cristo muriese.
Respuesta: Cristo es la fuente de la vida en cuanto Dios, pero no en cuanto hombre. Y murió no en cuanto Dios, sino en cuanto hombre.
De ahí que diga Agustín: Lejos de nosotros pensar que Cristo sufrió la muerte de modo que, siendo Él la vida, haya perdido la vida. De haber sido esto así, se hubiera secado la fuente de la vida. Experimentó, pues, la muerte por participación de la condición humana, que voluntariamente había tomado; pero no perdió el poder de la naturaleza, por el que da vida a todas las cosas.
2ª: El defecto de la muerte es mayor que el de la enfermedad, porque la enfermedad acarrea la muerte.
Ahora bien, no fue conveniente que Cristo padeciese enfermedad alguna, como dice el Crisóstomo.
Luego tampoco fue conveniente que Cristo muriese.
Respuesta: Cristo no padeció la muerte originada por la enfermedad, para no dar la impresión de que moría por necesidad a causa de la flaqueza de la naturaleza.
Pero sufrió la muerte traída desde el exterior, ofreciéndose a ella espontáneamente, para demostrar que su muerte era voluntaria.
3ª: El Señor dice en Jn 10, 10: Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Pero un opuesto no conduce a otro opuesto.
Luego parece que no fue conveniente que Cristo muriese.
Respuesta: Un opuesto, de suyo, no conduce a otro opuesto; pero alguna vez acontece eso accidentalmente, como lo frío, alguna vez, produce accidentalmente calor.
Y de esta manera, Cristo, mediante su muerte, nos condujo a la vida, porque con su muerte destruyó la nuestra, al modo en que quien sufre un castigo por otra persona, le libra de tal castigo.
2º) Si por la muerte de Cristo se separó del cuerpo la divinidad.
Esta cuestión nos ayuda a comprender el verdadero alcance de la unión hipostática de las dos naturalezas (divina y humana) en la Persona única de Cristo.
Sigamos el razonamiento de Santo Tomás (III, q. 50, a. 2):
1º) Lo que pertenece a la naturaleza humana no se predica del Hijo de Dios, si no es por razón de la unión.
Pero del Hijo de Dios se predica lo que conviene al cuerpo de Cristo después de la muerte, como es manifiesto por el Símbolo de la Fe, en el que se dice que el Hijo de Dios fue concebido y nació de la Virgen, que padeció, murió y fue sepultado.
Luego el cuerpo de Cristo no fue separado de la divinidad durante la muerte.
2º) Lo que se concede por gracia de Dios no se quita nunca sin que intervenga la culpa; por esto se dice en Rom 11, 29 que los dones y la vocación de Dios son sin arrepentimiento.
Pero mucho mayor es la gracia de la unión, por la que la divinidad se unió al cuerpo de Cristo en la propia persona, que la gracia de adopción, por la cual son santificados los demás; y es también más permanente por razón de su propia naturaleza, porque esta gracia se ordena a la unión personal, mientras que la gracia de la adopción se ordena a una cierta unión amorosa.
Y, no obstante, sabemos que la gracia de la adopción nunca se pierde sin culpa.
Por consiguiente, al no existir en Cristo pecado de ninguna clase, fue imposible que se deshiciese la unión de la divinidad con el cuerpo.
Y por tanto, así como antes de la muerte el cuerpo de Cristo estuvo unido personal e hipostáticamente al Verbo de Dios, así también permaneció unido después de la muerte, de suerte que no fuese distinta la hipóstasis del Verbo de Dios y la del cuerpo de Cristo después de la muerte, como escribe el Damasceno.
Las dificultades y sus respuestas completan el tema:
1ª: Como se lee en Mt 27, 46, el Señor, colgado en la cruz, exclamó: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?
Exponiéndolo, comenta Ambrosio: El hombre que está a punto de morir clama por la separación de la divinidad. Porque, estando la divinidad exenta de la muerte, ésta no podía producirse allí a no ser que se alejase la vida, pues la divinidad es la vida.
Y así da la impresión de que, en la muerte de Cristo, la divinidad se separó del cuerpo.
Respuesta: Tal abandono no debe relacionarse con la ruptura de la unión personal, sino con el hecho de que el Padre le expuso a la pasión. Por eso, abandonar no significa allí otra cosa que no proteger de los perseguidores.
2ª: Quitado el medio, los extremos quedan separados.
Ahora bien, la divinidad estaba unida al cuerpo mediante el alma, como antes se ha expuesto.
Luego parece que, habiéndose separado el alma del cuerpo en la muerte de Cristo, la divinidad quedó, por consiguiente, separada del cuerpo.
Respuesta: Se afirma que el Verbo de Dios se unió al cuerpo mediante el alma en cuanto que, por medio del alma, aquél pertenece a la naturaleza humana, que el Hijo de Dios intentaba tomar; pero no en el sentido de que el alma sea como el medio que liga los extremos unidos.
El cuerpo recibe del alma el pertenecer a la naturaleza humana, incluso después que el alma se separa de él, es a saber: en cuanto que en el cuerpo muerto persiste, por una disposición divina, cierta ordenación a la resurrección.
Y, por tal motivo, no se suprime la unión de la divinidad con el cuerpo.
3ª: La virtud vivificadora de Dios es mayor que la del alma. Pero el cuerpo no podía morir sin la separación del alma.
Luego da la impresión de que menos podía morir sin la separación de la divinidad.
Respuesta: El alma tiene la virtud de vivificar como principio formal. Y por eso, estando ella presente y unida en cuanto forma, es necesario que el cuerpo esté vivo.
Pero la divinidad no tiene la virtud de vivificar en cuanto principio formal, sino como causa eficiente, porque no puede ser forma del cuerpo.
Y, por tal motivo, no es necesario que, permaneciendo la unión de la divinidad con el cuerpo, éste esté vivo, porque Dios no obra por necesidad, sino por voluntad.
3º) Si por la muerte de Cristo se separó del alma la divinidad.
Por la respuesta anterior, ya conocemos la presente. Santo Tomás lo explica de este modo (III, q. 50, a. 3):
El alma se unió al Verbo de Dios de manera más inmediata y primero que el cuerpo, puesto que el cuerpo se unió al Verbo de Dios mediante el alma.
Por consiguiente, no habiéndose separado el Verbo de Dios del cuerpo en la muerte, mucho menos se separó del alma.
Por lo cual, así como del Hijo de Dios se predica lo que conviene al cuerpo separado del alma, a saber, el ser sepultado, así también se dice de Él, en el Símbolo , que descendió a los infiernos, porque su alma, separada del cuerpo, descendió a los infiernos.
4º) Si Cristo fue hombre durante los tres días de su muerte.
Hay que contestar negativamente.
La razón es porque el hombre resulta de la unión substancial entre el alma y el cuerpo.
Cuando la muerte rompe esta unión, desaparece el hombre.
El alma separada del cuerpo no es el hombre, y, mucho menos aún, el cuerpo separado del alma.
La separación deja intacta la naturaleza del alma —que es forma espiritual, subsistente por sí misma—, pero altera o cambia substancialmente al cuerpo: antes de morir era un cuerpo humano (por su unión con el alma humana, que le comunicaba precisamente el ser humano), pero después de la muerte es un cuerpo informado por una forma cadavérica.
Esto que ocurre en la muerte de cualquier hombre, ocurrió también en la de Cristo, pero con esta diferencia fundamental: que la muerte no destruyó la personalidad de Cristo (que era la del Verbo de Dios, absolutamente indestructible), ni la unión hipostática del cuerpo o del alma con el Verbo divino (que permaneció inalterable), sino únicamente el compuesto humano (el ser hombre) formado por la unión del alma y del cuerpo.
Santo Tomás explica esta doctrina (III, q. 50, a. 4):
Es artículo de fe que Cristo murió verdaderamente.
Por tanto, afirmar algo que destruya la muerte de Cristo, es un error contra la fe.
Por esto se dice en la Epístola Sinodal de Cirilo: Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios padeció en la carne, fue crucificado en la carne y experimentó la muerte en la carne, sea anatema.
Ahora bien, la muerte verdadera del hombre o del animal incluye que, a causa de la muerte, dejen de ser hombre o animal, porque la muerte del hombre o del animal proviene de la separación del alma que completa la noción de animal o de hombre.
Y, por este motivo, decir que Cristo fue hombre durante los tres días de su muerte es falso, sencilla y absolutamente hablando.
Puede decirse, sin embargo, que Cristo, en esos tres días, fue hombre muerto.
5º) Si el cuerpo de Cristo fue numéricamente el mismo, muerto y vivo.
Esta es una delicada cuestión, cuya solución es fundamentalmente filosófica. Santo Tomás la expone de modo claro pero profundo (III, q. 50, a. 5):
La expresión puramente (simpliciter) puede entenderse en dos sentidos:
Uno, de manera que puramente (simpliciter) es lo mismo que absolutamente, como se dice puramente (simpliciter) lo que se dice sin aditamento alguno, como escribe el Filósofo.
Y, de este modo, el cuerpo de Cristo muerto y vivo fue puramente (simpliciter) el mismo numéricamente.
Pues se dice que una cosa es puramente la misma numéricamente porque es la misma por razón del supuesto. Pero el cuerpo de Cristo, vivo y muerto, fue el mismo por razón del supuesto; porque, vivo y muerto, no tuvo otra hipóstasis que la hipóstasis del Verbo de Dios.
Otro, de manera que puramente (simpliciter) resulta lo mismo que del todo o totalmente.
Y, de esta manera, el cuerpo de Cristo muerto y vivo no fue puramente (simpliciter) el mismo numéricamente.
Porque no fue totalmente el mismo, ya que la vida, por ser algo que pertenece a la esencia del cuerpo vivo, es un predicado esencial, no accidental. De donde se sigue que el cuerpo que deja de ser vivo, no continúa siendo totalmente el mismo.
Si se dijese que el cuerpo muerto de Cristo continuaba siendo totalmente el mismo, se seguiría que no había experimentado la corrupción, entendiendo por ésta la corrupción de la muerte. Lo cual es la herejía de los Gayanistas, como dice Isidoro, y como se contiene en los Decretos XXIV, q.3.
Y el Damasceno indica, en el libro III, que la palabra corrupción significa dos cosas: por un lado, separación entre el alma y el cuerpo; por otro, la completa disolución en los elementos. Por consiguiente, llamar incorruptible al cuerpo del Señor, según el primer modo de corrupción, antes de la resurrección, como lo sostuvieron Juliano y Gayano, es impío; porque el cuerpo de Cristo no sería consustancial con nosotros, ni habría muerto de verdad; ni verdaderamente habríamos sido salvados. Según el segundo modo, el cuerpo de Cristo fue incorrupto.
Consideremos las objeciones y su solución:
1ª: Cristo murió verdaderamente, como mueren los demás hombres.
Pero el cuerpo de cualquier otro hombre no es en absoluto numéricamente el mismo, muerto y vivo, porque se distinguen con una esencial diferencia.
Luego tampoco el cuerpo de Cristo es en absoluto numéricamente el mismo, muerto y vivo.
Respuesta: El cuerpo muerto de cualquier otro hombre no continúa unido a una hipóstasis permanente, como acontece con el cuerpo muerto de Cristo.
Y por esto, el cuerpo muerto de cualquier otro hombre no es absolutamente el mismo, sino relativamente; porque es el mismo según la materia, pero no según la forma.
En cambio, el cuerpo de Cristo continúa siendo absolutamente el mismo por la identidad del supuesto.
2ª: Según el Filósofo, las cosas específicamente distintas, lo son también numéricamente.
Ahora bien, el cuerpo de Cristo, vivo y muerto, fue específicamente distinto, porque el ojo o el cuerpo de un muerto no se llaman tales sino equívocamente, como es manifiesto.
Luego el cuerpo de Cristo no fue en absoluto numéricamente el mismo, muerto y vivo.
Respuesta: Una cosa se llama numéricamente la misma por razón del supuesto; y se dice específicamente la misma por razón de la forma; donde quiera que subsista el supuesto en una sola naturaleza, es necesario que, suprimida la unidad específica, quede suprimida también la unidad numérica.
Pero la hipóstasis del Verbo de Dios subsiste en dos naturalezas.
Y, por ese motivo, aunque en los demás el cuerpo no continúe siendo el mismo conforme a la especie de la naturaleza humana, en Cristo, sin embargo, continúa siendo numéricamente el mismo conforme al supuesto del Verbo de Dios.
3. La muerte es una corrupción.
Pero lo que experimenta una corrupción sustancial, después de corrompido, ya no existe, porque la corrupción es el cambio del ser al no ser.
Por consiguiente, el cuerpo de Cristo, una vez que murió, no siguió siendo numéricamente el mismo, por ser la muerte una corrupción sustancial.
Respuesta: La corrupción y la muerte no corresponden a Cristo por razón del supuesto, conforme al cual se considera la unidad numeral; sino que le corresponden por razón de la naturaleza humana, según la cual se encuentra en el cuerpo de Cristo la diferencia entre muerte y vida.
6º) Si la muerte de Cristo fue saludable o provechosa para nosotros.
El sentido de la cuestión es si la muerte misma de Cristo, o sea, el hecho de separarse su alma del cuerpo, fue fructuosa para nosotros.
A esto responde Santo Tomás con una distinción (III, q. 50, a. 6):
Sobre la muerte de Cristo podemos hablar de dos modos:
Uno, en cuanto está en proceso de ejecución (in fieri).
Otro, en cuanto realizada (in facto esse).
Se dice que la muerte está en proceso de ejecución (in fieri) cuando uno se encamina a la muerte por algún sufrimiento natural o violento.
Y, en este sentido, es lo mismo hablar de la muerte de Cristo que hablar de su pasión.
Y así, la muerte de Cristo, considerada de este modo, es causa de nuestra salvación.
Pero la muerte realizada (in facto esse) se entiende en cuanto que ya se ha producido la separación entre el alma y el cuerpo.
Y en este sentido hablamos aquí de la muerte de Cristo.
Y de este modo la muerte de Cristo no puede ser causa de nuestra salvación por vía de mérito, sino sólo por vía de eficiencia, es a saber, en cuanto que por la muerte la divinidad no se separó del cuerpo de Cristo, y por ese motivo cuanto acontece con el cuerpo de Cristo, incluso separada el alma, fue saludable para nosotros por virtud de la divinidad que estaba unida a él.
Pero el efecto de una causa se considera propiamente conforme a la imagen de la causa.
De donde, por ser la muerte una privación de la propia vida, el efecto de la muerte de Cristo se considera en orden a la remoción de aquellas cosas que son contrarias a nuestra salud, y que son la muerte del alma y la muerte del cuerpo.
Y por esto se dice que la muerte de Cristo destruyó en nosotros la muerte del alma, causada por el pecado, según aquellas palabras de Rom 4, 25: Fue entregado, a la muerte se entiende, por nuestros pecados; y la muerte del cuerpo, que consiste en la separación del alma, conforme a aquel pasaje de I Cor 15, 54: La muerte ha sido absorbida por la victoria.
La muerte de Cristo, pues, destruyó nuestra doble muerte: la del alma, al destruir el pecado; y la del cuerpo, al vencerla por la resurrección.
Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró nuestra vida, dice el Prefacio de Pascua.
+++
La sepultura de Cristo
1º) Fue conveniente que Cristo fuese sepultado.
Santo Tomás nos da las razones (III, q. 51, a. 1):
Convino que Cristo fuese sepultado.
Primero, para comprobar la verdad de su muerte, pues uno no es puesto en el sepulcro sino cuando ya consta la verdad de su muerte. Por esto se lee en Mc 15, 44-45 que Pilato, antes de permitir que Cristo fuese sepultado, averiguó, tras diligente investigación, si había muerto.
Segundo, porque, por haber resucitado Cristo del sepulcro, se otorga la esperanza de resucitar, por medio de Él mismo, a los que están en el sepulcro, conforme a aquel pasaje de Jn 5, 25-28: Todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren, vivirán.
Tercero, para ejemplo de los que, por la muerte de Cristo, están espiritualmente muertos al pecado, los cuales, sin duda, quedan sustraídos a la conspiración de los hombres (Sal 30, 21). Por lo cual se dice en Col 3, 3: Estáis muertos, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. De donde también los bautizados, que por la muerte de Cristo mueren al pecado, son como consepultados con Cristo por medio de inmersión, según aquellas palabras de Rom 6 ,4: Hemos sido consepultados con Cristo por el bautismo en la muerte.
Las dificultades planteadas y sus respuestas completan la doctrina:
1ª: Acerca de Cristo se dice en Sal 87, 56: Ha sido hecho como un hombre débil, libre entre los muertos.
Pero los cuerpos de los muertos son encerrados en el sepulcro, lo que parece contrario a la libertad.
Luego no parece haber sido conveniente que el cuerpo de Cristo fuese sepultado.
Respuesta: Cristo, incluso sepultado, manifiesta que fue libre entre los muertos, por cuanto que el encerramiento en el sepulcro no fue capaz de impedir que saliese de él resucitado.
2. Tocante a Cristo nada debió acontecer que no fuese saludable para nosotros.
Pero en nada parece tocar a la salvación de los hombres el que Cristo fuera sepultado.
Luego no convino que Cristo fuese sepultado.
Respuesta: Así como la muerte de Cristo fue causa suficiente de nuestra salvación, así también lo fue su sepultura. Por esto dice Jerónimo: Resucitamos por la sepultura de Cristo. Y sobre las palabras de Is 53, 9: Dará los impíos a causa de su sepultura, comenta la Glosa, esto es, los gentiles, que vivían sin piedad, los dará a Dios Padre, porque los adquirió con su muerte y con su sepultura.
3. Parece inconveniente que Dios, que está por encima de los cielos superiores, sea enterrado en la tierra.
Ahora bien, lo que conviene al cuerpo muerto de Cristo, se atribuye a Dios por razón de la unión.
Luego parece inconveniente que Cristo fuera sepultado.
Respuesta: Como se dice en un sermón del Concilio de Éfeso: Nada de lo que salva a los hombres injuria a Dios, pues le presenta no pasible sino clemente. Y en otro sermón del mismo Concilio se lee: Dios no toma por injuria nada de lo que es ocasión de salvación para los hombres. Y tú no tengas por tan baja la naturaleza de Dios, como si alguna vez pudiera estar sujeta a las injurias.
2º) Fue conveniente el modo con que fue sepultado Cristo.
Esto se pone de manifiesto examinando los principales detalles del entierro y sepultura de Cristo. Así lo enseña Santo Tomás, primero exponiendo su doctrina y luego respondiendo a las objeciones (III, q. 51, a. 2):
Es manifiesto que el modo de la sepultura de Cristo fue el conveniente con relación a tres realidades.
Primero, en cuanto a confirmar la fe en su muerte y resurrección.
Segundo, en cuanto a hacer más estimable la piedad de quienes le dieron sepultura. Por esto dice Agustín, en I De Civ. Dei: Laudablemente se recuerda en el Evangelio a los que, después de tomar su cuerpo de la cruz, se cuidaron de envolverlo y enterrarlo con cuidado y honoríficamente.
Tercero, en cuanto al misterio, por el que son configurados aquellos que son sepultados con Cristo en la muerte (cf. Rom 6, 4).
1ª: Su sepultura debe ser conforme a su muerte. Pero Cristo padeció una muerte vilísima, conforme a aquellas palabras de Sab 2, 20: Condenémosle a muerte vergonzosísima.
Luego parece no haber sido conveniente que se diese a Cristo una sepultura honrosa, por cuanto fue enterrado por los grandes, a saber, José de Arimatea, que era noble consejero, como se dice en Mc 15, 43, y Nicodemo, que era príncipe de los judíos, como se lee en Jn 3, 1.
Respuesta: En la muerte de Cristo se recomienda la paciencia y la constancia del que padeció la muerte; y tanto más cuanto la muerte fue afrentosa.
En cambio, en la sepultura honorífica se considera el poder del que muere, el cual, contra la intención de quienes le mataron, ya muerto, es enterrado honoríficamente; y con eso se prefigura la devoción de los fieles que habían de servir a Cristo muerto.
2ª: En torno a Cristo no debió hacerse nada que fuese un ejemplo de superfluidad.
Pero ejemplo de superfluidad parece haber sido el que, para enterrar a Cristo, viniese Nicodemo trayendo una mezcla de mirra y áloe como de unas cien libras, según se dice en Jn 19, 39; sobre todo, después que una mujer se había anticipado a ungir su cuerpo para la sepultura, como narra Mc 14, 8.
Luego respecto de Cristo no se procedió convenientemente en este asunto.
Respuesta: En la noticia del Evangelista (Jn 19, 40) sobre su sepultura según es costumbre sepultar entre los judíos, como expone Agustín, In loann., nos amonestó que, en los honores de esta clase tributados a los muertos, deben observarse las costumbres de cada nación. Y era costumbre de aquel pueblo enterrar a los muertos con aromas, afín de conservarlos por más tiempo incorruptos.
Por esto, también en III De Doctr. Christ. se dice que en todas las cosas de esta naturaleza, lo culpable no es el uso sino la liviandad de quienes las practican.
Y luego añade: Lo que en otras personas es, ordinariamente, un pecado grave, respecto de una persona divina o profética es signo de algo grande.
Además, la mirra y el áloe, por su amargura, significan la penitencia, mediante la cual uno conserva en sí mismo a Cristo sin la corrupción del pecado. Y el olor de los aromas representa la buena fama.
3ª: No es conveniente que un hecho incluya elementos encontrados.
Ahora bien, la sepultura de Cristo, por un lado, fue sencilla, puesto que se lo envolvió en una sábana limpia, como se dice en Mt 27, 59, y no entre oro, piedras preciosas o sedas, según comenta Jerónimo en ese mismo lugar; y, por otro, llena de ostentación, puesto que lo enterraron con aromas (cf. Jn 19, 40).
Luego parece que la condición de la sepultura de Cristo no fue la conveniente.
Respuesta: La mirra y el áloe se aplicaron al cuerpo de Cristo para que se conservase inmune de la corrupción, cosa que, de algún modo, parecía necesaria.
Con esto se nos ofrecía un ejemplo de que podemos usar lícitamente algunos recursos preciosos, en calidad de medicinas, cuando se presente la necesidad de conservar nuestro cuerpo.
En cambio, la envoltura del cuerpo se ordenaba sólo a un cierto decoro de la honestidad. Y, en esto, debemos contentarnos con cosas sencillas.
Sin embargo, con esto se significaba, como dice Jerónimo, que envuelve a Jesús en una sábana limpia quien lo recibe con alma pura.
Y de aquí, como dice Beda, In Man., proviene la costumbre de la Iglesia de celebrar el sacrificio del Altar, no sobre telas de seda ni sobre paños teñidos, sino sobre lino terreno, a imitación del cuerpo del Señor sepultado en una sábana limpia.
4ª:
Todo cuanto está escrito, y especialmente acerca de Cristo, fue escrito para nuestra enseñanza, como se lee en Rom 15, 4.
Pero en los Evangelios se narran algunas cosas sobre la sepultura que en nada parecen corresponder a nuestra enseñanza; por ejemplo, que fue sepultado en un huerto, en un sepulcro ajeno, nuevo, y excavado en la roca.
Luego el modo de la sepultura de Cristo no fue el conveniente.
Respuesta: Cristo fue sepultado en un huerto para significar que, por su muerte y sepultura, somos librados de la muerte, en que incurrimos por el pecado de Adán, cometido en el huerto del paraíso.
Y por eso, como dice Agustín, el Salvador fue puesto en una sepultura ajena, porque moría en favor de la salud de los otros, y el sepulcro es la morada de la muerte.
Esto permite también reflexionar sobre la magnitud de la pobreza que asumió por nosotros, pues el que durante su vida no tuvo casa, también después de su muerte es depositado en un sepulcro ajeno y, estando desnudo, lo tapa José.
Es colocado en un sepulcro nuevo, como dice Jerónimo, para que, después de la resurrección, quedando los demás cuerpos en el sepulcro, no se supusiese que era otro el que había resucitado.
El sepulcro nuevo puede señalar también el seno virginal de María.
Con esto puede insinuarse asimismo que, por la sepultura de Cristo, destruidas la muerte y la corrupción, todos somos renovados.
Fue enterrado en un sepulcro excavado en la roca, como escribe Jerónimo, no fuera que, en caso de haber sido construido de muchas piedras, se dijese que había sido robado socavando los cimientos.
De donde también la gran piedra que se colocó demuestra que el sepulcro no hubiera podido ser abierto sin la ayuda de muchos. Incluso, si hubiera sido sepultado en la tierra, podrían decir: Removieron la tierra, y lo robaron, como comenta Agustín.
Místicamente se significa con esto, como escribe Hilario, que por la doctrina de los Apóstoles es sepultado Cristo en el pecho de la dureza gentil, escindido por obra de la doctrina; pecho rudo y nuevo, no accesible antes al temor de Dios por ninguna entrada. Y porque nada, fuera de Él, debe entrar en nuestros corazones, se echa a rodar la piedra a la entrada.
Y, como expone Orígenes, no se escribió por casualidad: José envolvió el cuerpo de Cristo en una sábana limpia, y lo puso en un sepulcro nuevo, e hizo rodar una gran piedra, porque todo cuanto se hace en torno al cuerpo de Cristo es limpio, nuevo y magnífico.
3º) El cuerpo de Cristo no sufrió ninguna descomposición en el sepulcro.
Santo Tomás nos da las razones (III, q. 51, a. 3):
No fue conveniente que el cuerpo de Cristo se pudriese o se convirtiese en polvo de cualquier otro modo.
Porque la putrefacción de cualquier cuerpo proviene de la flaqueza de la naturaleza de tal cuerpo, que es incapaz de mantener unido ese cuerpo por más tiempo.
Pero la muerte de Cristo no debió producirse por la flaqueza de su naturaleza, a fin de que nadie creyese que no era voluntaria. Y, por tal motivo, no quiso morir de enfermedad sino por pasión inferida, a la que espontáneamente se ofreció.
Y, por esta causa, para que no se atribuyese su muerte a la flaqueza de la naturaleza, Cristo no quiso que su cuerpo se corrompiese en modo alguno o que se descompusiese de cualquier manera; sino que, con miras a manifestar su poder divino, quiso que su cuerpo se mantuviese incorrupto.
De donde comenta el Crisóstomo que, mientras los demás hombres viven y realizan grandes hazañas, las aplauden; pero cuando ellos mueren, perecen también sus proezas. Pero en Cristo sucede todo lo contrario, pues antes de su crucifixión todo era triste y débil; pero, una vez que fue crucificado, todo se hizo más claro, a fin de que te des cuenta de que el crucificado no era un puro hombre.
Como siempre, las respuestas a las objeciones completan la enseñanza:
1ª: Así como la muerte es pena del pecado del primer hombre, así también lo es la conversión en ceniza, pues al primer hombre, después del pecado, se le dijo: Polvo eres y al polvo volverás, como se escribe en Gen 3, 19.
Pero Cristo sufrió la muerte para librarnos de ella.
Luego también su cuerpo debió convertirse en ceniza, para librarnos de la conversión en ceniza.
Respuesta: Cristo, por no estar sujeto al pecado, tampoco lo estaba a la muerte ni a la conversión en polvo.
No obstante, quiso sufrir voluntariamente la muerte por nuestra salvación, por las razones antes alegadas (q. 50 a. 1).
Si su cuerpo se hubiera corrompido o deshecho, eso cedería más bien en perjuicio de la salvación de los hombres, al pensar que en Él no existía el poder divino.
Por eso se dice sobre su persona en Sal 29, 10: ¿Qué provecho hay en mi sangre, en tanto que yo bajo a la corrupción? Como si dijera: Si mi cuerpo se descompone, se perderá el provecho de la sangre derramada.
2ª: El cuerpo de Cristo fue de la misma naturaleza que el nuestro. Pero nuestro cuerpo, en cuanto muere, comienza a descomponerse, y queda preparado para la putrefacción, porque, exhalado el calor natural, sobreviene un calor extraño, que causa la putrefacción.
Luego da la impresión de que en el cuerpo de Cristo hubiera acontecido lo mismo.
Respuesta: El cuerpo de Cristo, en lo que se refiere a la condición de la naturaleza pasible, era corruptible; pero no lo era en cuanto al mérito de la putrefacción, que es el pecado.
El poder divino preservó el cuerpo de Cristo de la putrefacción, lo mismo que le resucitó de la muerte.
3ª: Cristo quiso ser sepultado para dar a los hombres la esperanza de que también ellos resucitarían de los sepulcros.
Luego también debió sufrir la conversión en ceniza para dar la esperanza de resucitar a los que se habían convertido en ceniza después de la conversión en polvo.
Respuesta: Cristo resucitó del sepulcro por la virtud divina, que no reconoce límites.
Y, por eso, el hecho de haber resucitado del sepulcro fue argumento suficiente de que los hombres habían de resucitar, por el poder divino, no sólo de los sepulcros, sino también de cualquier muerte.
4º) Jesucristo estuvo sepultado un solo día y dos noches.
Consta por el mismo Evangelio que Cristo estuvo sepultado tan sólo unas treinta y seis horas, o sea, desde el atardecer del viernes hasta el amanecer del domingo.
No es obstáculo para esto el que Cristo hubiese anunciado previamente que resucitaría «al tercer día» (Mt 16, 21), porque, según la costumbre judía, se contaba por un día cualquier parte del mismo; y así Cristo estuvo sepultado parte del viernes, todo el sábado y parte del domingo.
De manera bella lo enseña Santo Tomás (III, q. 51, a. 4):
El tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro, representa el efecto de su muerte.
Y se ha dicho antes (q.50 a.6) que por la muerte de Cristo fuimos librados de una doble muerte, a saber, la muerte del alma y la muerte del cuerpo.
Y esto está significado por las dos noches que Cristo permaneció en el sepulcro.
Pero, como su muerte no provino del pecado sino que fue asumida por caridad, no tuvo condición de noche sino de día.
Esta es la razón de que esté significada por el día que Cristo estuvo en el sepulcro.
Y así fue conveniente que Cristo estuviera en el sepulcro un día y dos noches.
Veamos las objeciones y su solución:
1ª: Él mismo dice, en Mt 12, 40: Como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra.
Pero estuvo en el seno de la tierra mientras estuvo en el sepulcro.
Luego no estuvo solamente un día y dos noches.
Respuesta: Como escribe Agustín, algunos, ignorando el modo de hablar de las Escrituras, han querido ver la noche en aquellas tres horas, de sexta a nona, en las que se oscureció el sol; y el día, en las otras tres horas en que volvió a lucir sobre la tierra, es decir, desde nona hasta la puesta del sol. Sigue luego la noche futura del sábado que, contada con su correspondiente día, serán ya dos noches y dos días. Después del sábado, síguese la noche del día primero después del sábado, esto es, del amanecer del domingo, en el que resucitó el Señor. Pero con esta manera de contar no se logra todavía la realidad de tres días y tres noches. Queda, pues, que la encontremos en el modo de hablar usado por las Escrituras, según el cual se toma la parte por el todo, de manera que entendamos una noche y un día por un día natural.
Y así el primer día se cuenta desde el fin del viernes, en que Cristo murió y fue sepultado; el segundo día es un día completo con sus veinticuatro horas; y la noche siguiente forma parte del tercer día.
Pues así como los primeros días, por la futura caída del hombre, se cuentan desde la luz hasta las tinieblas, así también éstos, por causa de la reparación del hombre, se cuentan desde las tinieblas hasta la luz.
2ª: Gregorio, en una Homilía de Pascua, dice que así como Sansón arrancó a media noche las puertas de Gaza, así también Cristo resucitó a media noche, quitando las puertas del infierno.
Pero, una vez que resucitó, no estuvo en el sepulcro.
Luego no permaneció en el sepulcro dos noches completas.
Respuesta: Como escribe Agustín, Cristo resucitó al amanecer, cuando ya hay algo de luz, y, sin embargo, todavía queda algo de la oscuridad de la noche; por lo cual, en Jn 20, 1, se dice, a propósito de las mujeres, que vinieron al sepulcro cuando todavía estaba oscuro.
En razón de estas tinieblas dice Gregorio que Cristo resucitó a media noche; no en la noche dividida en dos partes iguales, sino cuando la noche comienza a declinar.
Aquel amanecer puede calificarse como parte de la noche y como parte del día, por la participación que tiene de una y de otro.
3ª: Por la muerte de Cristo prevaleció la luz sobre las tinieblas.
Pero la noche pertenece a las tinieblas, y el día a la luz.
Luego fue más conveniente que el cuerpo de Cristo permaneciese en el sepulcro dos días y una noche, que no lo contrario.
Respuesta: En la muerte de Cristo tánto prevaleció la luz, representada por un solo día, que disipó las tinieblas de dos noches, es decir, de nuestra doble muerte, como queda expuesto en la solución.
+++
El descenso a los infiernos
El Símbolo de la Fe, después de decirnos que Jesucristo «fue crucificado, muerto y sepultado», añade estas misteriosas palabras: «descendió a los infiernos» (D 7).
El Catecismo Romano o del Concilio de Trento lo expone del siguiente modo:
«Hemos de creer que, muerto Jesucristo, descendió su alma a los infiernos y allí permaneció todo el tiempo que el cuerpo estuvo en el sepulcro.
Con ello afirmamos también que la misma Persona de Cristo estuvo presente a la vez en el infierno y en el sepulcro. Ni debe extrañarse nadie de esta afirmación, pues, como tantas veces hemos repetido, aunque el alma se separó del cuerpo, nunca se separó la divinidad ni del alma ni del cuerpo…
Por la palabra infierno se significa aquí aquella morada donde estaban retenidas las almas de quienes, muertos antes de la venida de Cristo, no habían conseguido aún la bienaventuranza celestial».
En su Comentario al Credo, Santo Tomás enseña:
77.—Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos con el alma.
78.—Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.
La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía. Por ello, después de muertos, todos descendían, aun los santos Padres, antes de la venida de Cristo, a los infiernos. Así es que para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos. De aquí que diga el Salmo 87, 5-6: «Contado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado, libre entre los muertos». Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre.
79.—La segunda fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos. En efecto, Él tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues se es amigo de Cristo en la medida en que se tiene caridad, y en los infiernos había muchos que habían muerto con la caridad y la fe en el que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos bajando hasta donde se hallaban ellos. Eccli 24, 45: «Penetraré a todas las profundidades de la tierra, y visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a cuantos esperan en el Señor».
80.—La tercera razón fue el triunfar perfectamente sobre el diablo. En efecto, se triunfa de manera perfecta sobre otro, cuando no sólo se le vence en el campo de batalla, sino que se le acomete hasta en su propia casa y se le arrebata la sede de su imperio y su casa misma. Pues bien, Cristo había triunfado del diablo, pues en la cruz lo había vencido. Por lo cual dice Juan (12, 31): «Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo (o sea el diablo) será echado fuera». Por lo cual para triunfar perfectamente, quiso arrebatarle la sede de su imperio y encadenarlo en su casa, que es el infierno. Por eso descendió hasta allí, y le arrebató todos sus bienes, y lo encadenó, y le quitó su presa, Col. 2, 15: «Y una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió con gran despliegue, triunfando de ellos públicamente por sí mismo».
Y así como había recibido Cristo el poder y la posesión del cielo y de la tierra, quiso también recibir la posesión de los infiernos, para que así, según el Apóstol a los Filipenses (2, 10): «Al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en los cielos, en la tierra y en los infiernos». Y Marcos 16, 17: «En mi nombre expulsarán a los demonios».
81.—La cuarta y última razón era librar a los santos que estaban en los infiernos. Porque así como Cristo quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos, así también quiso descender a los infiernos para librar a los que allí estaban. Zac 9, 11: «Tú, Señor, por la sangre de tu alianza, soltaste a tus cautivos de la fosa, en la cual no hay agua». Oseas 13, 14: «Oh muerte, yo seré tu muerte; infierno, yo seré tu mordedura».
En efecto, aunque Cristo haya destruido totalmente la muerte, no destruyó del todo los infiernos, sino que los mordió; porque ciertamente no liberó a todos del infierno, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal, e igualmente sin el pecado original, del cual en cuanto a su persona estaban libres por la circuncisión: o antes de la circuncisión, los que eran salvos por la fe de los padres fieles, si no tenían uso de razón; o por los sacrificios, y con la fe en el Cristo que había de venir, si eran adultos; pero que permanecían allí por el pecado original de Adán, del cual no podían librarse, en cuanto a la naturaleza, sino por Cristo. Por lo cual Cristo dejó allí a los que habían descendido con pecado mortal y a los niños incircuncisos. Por lo cual dijo: «Infierno, seré tu mordedura».
Así pues, queda claro que Cristo bajó a los infiernos y por qué razones.
Santo Tomás dedica a este tema una cuestión de su Suma Teológica (la 52), dividida en ocho artículos:
1º ¿Fue conveniente que Cristo bajase a los infiernos?
2º ¿A qué infierno descendió?
3º ¿Estuvo todo Él en el infierno?
4º ¿Se detuvo allí algún tiempo?
5º ¿Libró del infierno a los santos Patriarcas?
6º ¿Libró del infierno a los condenados?
7º ¿Libró del infierno a los niños muertos en pecado original?
8º ¿Libró a los hombres del purgatorio?
Veamos sus argumentos y las respuestas a las objeciones:
1º) Fue conveniente que Cristo descendiera a los infiernos.
Convino que Cristo descendiera a los infiernos.
Primero, porque había venido a llevar nuestra pena, a fin de librarnos de ella, conforme a aquel pasaje de Is 53, 4: Verdaderamente soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores.
Pero por el pecado el hombre no había incurrido sólo en la muerte del cuerpo, sino también en el descenso a los infiernos.
Y, por ese motivo, así como fue conveniente que muriese para librarnos de la muerte, así también lo fue que descendiese a los infiernos para librarnos a nosotros de bajar a ellos.
De donde en Os 13, 14 se dice: ¡Oh muerte!, yo seré tu muerte. ¡Oh infierno!, yo seré una mordedura para ti.
Segundo, porque era conveniente que, vencido el diablo por la pasión, librase a los aprisionados, que estaban detenidos en el infierno, según aquellas palabras de Zac 9, 11: Tú también, por la sangre de tu alianza, compraste a los cautivos del infierno. Y en Col 2, 15 se dice: Y despojando a los principados y a las potestades, los expuso a la infamia.
Tercero, para que, así como manifestó su poder en la tierra viviendo y muriendo, lo manifestase también en el infierno, visitándolo e iluminándolo.
Por esto se dice en el Sal 23, 7-9: Levantad, príncipes, vuestras puertas; esto es, comenta la Glosa: Príncipes del infierno, apartad de vosotros el poder con que hasta ahora manteníais a los hombres en el infierno; y así, al nombre de Jesús se doble toda rodilla, no sólo en los cielos sino también en los infiernos, como se dice en Flp 2, 10.
1ª: Dice Agustín: En ningún pasaje de la Escritura he podido hallar esos llamados infiernos en buen sentido.
Ahora bien, el alma de Cristo no desciende a nada malo, porque tampoco las almas de los justos descienden a mal alguno.
Luego parece que no fue conveniente que Cristo bajase a los infiernos.
Respuesta: La palabra infiernos indica el mal de pena, y no el mal de la culpa.
Por eso convino que Cristo bajase a los infiernos, no como si Él fuese deudor de la pena, sino para librar a los que estaban sujetos a ella.
2ª: Bajar a los infiernos no puede convenirle a Cristo por razón de su naturaleza divina, que es totalmente inmóvil, sino sólo por razón de la naturaleza humana asumida.
Pero lo que Cristo hizo o padeció en la naturaleza asumida se ordena a la salvación de los hombres.
No parece que para ésta haya sido necesario que Cristo bajase a los infiernos, pues por la pasión que sufrió en este mundo nos libró de la culpa y de la pena, como se ha dicho.
Luego no fue conveniente que Cristo bajase a los infiernos.
Respuesta: La pasión de Cristo fue causa universal de la salvación de los hombres, tanto de los vivos como de los muertos. Y la causa universal se aplica a los efectos particulares por algún acto especial.
Por lo cual, así como la virtud de la pasión de Cristo se aplica a los vivos por medio de los sacramentos, que nos configuran con ella, así también fue aplicada a los muertos mediante el descenso de Cristo a los infiernos.
Por tal motivo se dice claramente en Zac 9, 11 que sacó a los cautivos del infierno por la sangre de su alianza, esto es, por la virtud de su pasión.
3ª: Por causa de la muerte, el alma de Cristo se separó de su cuerpo, que fue colocado en el sepulcro, como antes se ha dicho.
Pero no parece que bajase a los infiernos sólo con el alma, porque ésta, al ser incorpórea, da la impresión de que no puede moverse localmente, porque esto es propio de los cuerpos; y el descenso lleva consigo movimiento corporal.
Luego no fue conveniente que Cristo bajase a los infiernos.
Respuesta: El alma de Cristo no descendió a los infiernos con el género de movimiento con que se mueven los cuerpos, sino con la clase de movimiento con que se desplazan los ángeles.
2º) Si atendemos a los efectos que produjo, Cristo bajó a todos los infiernos que se conocen, pero con diferente finalidad a cada uno.
De dos modos se dice que algo está en un lugar.
Uno, por su poder. Y, de esta manera, Cristo bajó a cualquiera de los infiernos; pero no a todos por igual.
Pues, al bajar al infierno de los condenados, su eficacia se tradujo en impugnarles por su incredulidad y por su malicia.
En cambio, a los que estaban encerrados en el purgatorio les dio la esperanza de alcanzar la gloria. Y a los santos Patriarcas, que estaban encerrados en el infierno solamente por el pecado original, les infundió la luz de la gloria.
De otro modo se dice que algo está presente en un lugar, por su esencia. Y de esta manera el alma de Cristo descendió solamente al lugar del infierno en que estaban retenidos los justos, a fin de visitar en su morada, con el alma, a los que interiormente había visitado por la gracia con su divinidad.
Y así, estando en una parte del infierno, de algún modo hizo llegar su efecto a todas las partes del mismo, a la manera en que, habiendo padecido sólo en un lugar de la tierra, libró al mundo entero con su pasión.
1. Por boca de la Sabiduría se dice en Ecli 24, 45: Entraré en todas las partes inferiores de la tierra.
Pero entre las partes inferiores de la tierra se cuenta también el infierno de los condenados, según aquellas palabras del Sal 62, 10: Entrarán en las partes inferiores de la tierra.
Luego Cristo, que es la Sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1, 24), descendió también al infierno de los condenados.
Respuesta: Cristo, que es la Sabiduría de Dios, entró en todas las partes inferiores de la tierra, no localmente, recorriéndolas todas con el alma, sino extendiendo, de alguna manera, a todas el efecto de su poder.
Pero de tal modo que solamente iluminó a los justos, pues el texto continúa: E iluminaré a todos los que esperan en el Señor (Ecli 24, 45).
2. En Act 2, 24 dice Pedro que Dios resucita a Cristo, después de librarle de los dolores del infierno, por cuanto no era posible que fuera retenido por aquél.
Ahora bien, en el infierno de los Patriarcas no existen los dolores, ni tampoco en el infierno de los niños, que no sufren la pena de sentido a causa de un pecado actual, sino sólo la pena de daño por causa del pecado original.
Luego Cristo descendió al infierno de los condenados, o también al purgatorio, donde los hombres sufren la pena de sentido por los pecados actuales.
Respuesta: Hay dos clases de dolor.
Uno, el que proviene del sufrimiento de la pena que los hombres padecen a causa del pecado actual, según aquellas palabras del Sal 17, 6: Me han rodeado los dolores del infierno.
Otro, el que se origina en la dilación de la gloria esperada, según aquellas palabras de Prov 13, 12: La esperanza que se dilata, aflige al alma. Y los santos Patriarcas sufrían este dolor en el infierno. Para darlo a entender, dice Agustín, en un Sermón de Passione, que oraban a Cristo con ruegos lastimeros.
Cristo quitó unos y otros dolores cuando descendió al infierno, aunque de modo diverso.
Quitó los dolores de las penas preservando de ellos, a la manera en que se dice que el médico quita la enfermedad al preservar de la misma por medio de las medicinas.
Y los dolores causados por la dilación de la gloria los hizo desaparecer actualmente, otorgando la gloria.
3. En I Pe 3, 19-20 se dice que Cristo, viniendo en espíritu, predicó a los que estaban encerrados en la prisión, que habían sido incrédulos en algún tiempo; lo cual, como escribe Atanasio, se entiende del descenso de Cristo a los infiernos.
Dice, en efecto, que el cuerpo de Cristo quedó colocado en el sepulcro, cuando Él fue a predicar a los espíritus que estaban encarcelados, como dijo Pedro.
Pero es evidente que los incrédulos estaban en el infierno de los condenados.
Luego Cristo descendió al infierno de los condenados.
Respuesta: Lo que escribe allí Pedro es referido por algunos al descenso de Cristo a los infiernos, comentándolo de este modo: A los que estaban encerrados en la cárcel, esto es, en el infierno, que habían sido incrédulos en otro tiempo, Cristo les predicó, viniendo a ellos en espíritu, es decir, con su alma.
Por esto dice también el Damasceno, que así como evangelizó a los que estaban en la tierra, así también lo hizo con los que estaban en el infierno; pero no para convertir a los incrédulos a la fe, sino para confundir su falta de fe.
Porque tal predicación no puede significar otra cosa que la manifestación de su divinidad, que resplandeció ante los habitantes del infierno por el descenso poderoso de Cristo al mismo.
Sin embargo, lo expone mejor Agustín, refiriendo esas palabras, no a la bajada de Cristo a los infiernos, sino a la operación de su divinidad, ejercida desde el principio del mundo. Para que el sentido sea: A los que estaban encerrados en la cárcel, esto es, a los que viven en cuerpo mortal, que viene a ser una especie de cárcel del alma, viniendo con el espíritu de su divinidad, los predicó, por medio de inspiraciones interiores y mediante amonestaciones exteriores por boca de los justos; quiero decir que predicó a aquellos que en otro tiempo habían sido incrédulos, es a saber, a la predicación de Noé, cuando ponían a prueba la paciencia de Dios, por la que se aplazaba el castigo del diluvio. Por lo que añade: En los días de Noé, cuando se fabricaba el arca.
4. Dice Agustín: Si la Sagrada Escritura hubiera dicho que Cristo fue al seno de Abrahán, sin nombrar el infierno y sus dolores, me maravillo de que alguien se atreviera a asegurar que había bajado a los infiernos. Mas porque testimonios evidentes hacen mención del infierno y de los dolores, no hay motivo alguno para pensar que el Salvador fue allí sino para librarlos de los mismos dolores.
Pero el lugar de los dolores es el infierno de los condenados.
Luego Cristo descendió al infierno de los condenados.
Respuesta: El seno de Abrahán puede entenderse de dos modos. Uno, por razón del descanso que allí existía con relación a la pena sensible. Y, en este aspecto, ni le compete el nombre de infierno, ni existen allí dolores de ninguna clase.
Otro, en lo que atañe a la privación de la gloria que se espera. Y, bajo este ángulo, le compete el concepto de infierno y de dolor.
Y por eso ahora se llama seno de Abrahán al descanso de los bienaventurados; pero no se le llama infierno, ni tampoco se dice ahora que existan dolores en el seno de Abrahán.
5. como dice Agustín, Cristo, al bajar al infierno, absolvió a todos los justos que estaban sujetos por el pecado original.
Pero entre éstos también estaba Job, que dice de sí mismo: Todo lo mío bajará a lo más profundo del infierno.
Luego Cristo bajó también a lo más profundo del infierno.
Respuesta: Como escribe Gregorio a propósito del mismo lugar, llama «infierno profundísimo» a los mismos lugares superiores del infierno. Pues si, cuanto a la altura del cielo, este aire oscuro resulta infierno; referida a la altura de ese mismo aire, la tierra, que está abajo, puede llamarse infierno y profundo. Pero respecto a la altura de la misma tierra, los lugares del infierno que son superiores a las otras cavidades del infierno, se llaman, en este sentido, infierno profundísimo.
3º) En virtud de la unión hipostática, puede decirse que Cristo entero descendió a los infiernos.
Dice Agustín: Todo el Hijo en el Padre, todo en el cielo, todo en la tierra, todo en el seno de la Virgen, todo en la cruz, todo en el infierno, todo en el paraíso, donde introdujo al ladrón.
Como es manifiesto por lo dicho en la Primera Parte (q.31 a.2 ad 4), el género masculino se refiere a la hipóstasis o persona; el género neutro, en cambio, corresponde a la naturaleza.
Pero en la muerte de Cristo, aunque el alma se separó del cuerpo, ni uno ni otra estuvieron separados de la persona del Hijo de Dios, como arriba se ha dicho (q.50 a.2 y a.3).
Y por eso, es preciso decir que, durante los tres días de la muerte de Cristo, todo Él estuvo en el sepulcro, porque toda su persona permaneció allí por medio del cuerpo que le estaba unido; y del mismo modo estuvo todo Él en el infierno, porque allí estuvo toda la persona de Cristo por razón del alma que le estaba unida; también Cristo todo Él estaba en todas partes por razón de su naturaleza divina.
1ª: El cuerpo de Cristo es una parte de Él.
Pero el cuerpo de Cristo no estuvo en el infierno.
Luego Cristo no estuvo todo él en el infierno.
Respuesta: El cuerpo que estaba entonces en el sepulcro, no es parte de la persona increada sino de la naturaleza asumida.
Y, por esta razón, por el hecho de que el cuerpo de Cristo no estuvo en el infierno, no se excluye que Cristo todo Él estuviera; mas con ello se demuestra que no estuvo allí todo lo que pertenece a la naturaleza humana.
2ª: Nada cuyas partes estén recíprocamente separadas puede llamarse todo.
Ahora bien, el cuerpo y el alma, que son partes de la naturaleza humana, estuvieron recíprocamente separadas después de la muerte. Y Cristo descendió a los infiernos estando muerto.
Luego no pudo estar todo Él en el infierno.
Respuesta: La unión entre alma y cuerpo constituye la totalidad de la naturaleza humana, pero no la totalidad de la persona divina.
Y, por ese motivo, disuelta la unión del alma con el cuerpo por causa de la muerte, Cristo permaneció todo Él; pero no permaneció la naturaleza humana en su totalidad.
3ª: Se dice que un todo está en un lugar cuando nada de lo que le pertenece está fuera de tal lugar.
Pero algo que era de Cristo estaba fuera del infierno, puesto que el cuerpo estaba en el sepulcro, y la divinidad en todas partes.
Luego Cristo no estuvo todo Él en el infierno.
Respuesta: La persona de Cristo se halla toda ella en cualquier lugar, pero no totalmente, porque no está circunscrita por ningún lugar.
Pero ni todos los lugares, tomados en conjunto, pueden contener su inmensidad. Antes bien, Él los abarca a todos con su inmensidad.
Y esto se cumple en las cosas que están en un lugar corporal y circunscriptivamente, porque si un todo está en una parte, nada de él queda fuera de la misma.
Pero esto no se cumple en Dios. Por esto dice Agustín: No decimos que Cristo esté todo Él en todas partes en tiempos y en lugares diversos, como si ahora estuviera todo allí, y en otro tiempo estuviera todo en otra parte; sino como estando siempre todo Él en todas partes.
4º) El alma de Cristo permaneció en los infiernos todo el tiempo que permaneció su cuerpo en el sepulcro.
Así como Cristo, para asumir en sí mismo nuestras penas, quiso que su cuerpo fuera puesto en el sepulcro, así también quiso que su alma descendiese al infierno.
Pero su cuerpo permaneció en el sepulcro un día entero y dos noches para que se comprobase la verdad de su muerte.
Por lo que es de creer que también su alma estuviese otro tanto en el infierno, a fin de que salieran a la vez su alma del infierno y su cuerpo del sepulcro.
1. Cristo descendió al infierno para librar a los hombres de él.
Pero esto lo realizó al instante con su propio descenso.
Luego parece que no se detuvo espacio alguno de tiempo en el infierno.
Respuesta: Cristo, al bajar al infierno, libró a los santos que estaban allí, no sacándolos al instante del lugar del infierno, sino iluminándolos con la luz de su gloria en el mismo infierno.
Y, no obstante, fue conveniente que su alma permaneciese en el infierno todo el tiempo que su cuerpo estuviese en el sepulcro.
2. Dice Agustín que sin tardanza alguna, al imperio del Señor y Salvador, se rompieron todos los cerrojos de hierro. De donde, por boca de los ángeles que acompañan a Cristo, se dice: Príncipes, alzad vuestras puertas (Sal 23, 7-9).
Pero Cristo descendió allí para romper los cerrojos del infierno.
Luego Cristo no se detuvo ningún espacio de tiempo en el infierno.
Respuesta: Se llama cerrojos del infierno a los obstáculos que impedían a los santos Padres salir del infierno, por el reato de la culpa del primer Padre. Cristo los quebrantó con el poder de su pasión y muerte, al instante de bajar a los infiernos (cf. Is 45, 2).
Y, sin embargo, quiso permanecer algún tiempo en el infierno por la razón antedicha en la solución.
3. En Lc 23, 43 se narra que Cristo, pendiente de la cruz, dijo al ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso; por lo que resulta evidente que Cristo estuvo en el paraíso el mismo día.
Pero no con el cuerpo, que fue colocado en el sepulcro.
Luego estuvo con el alma, que había descendido al infierno.
Y, de este modo, parece que no se detuvo espacio alguno de tiempo en el infierno.
Respuesta: Esas palabras del Señor deben entenderse, no del paraíso terrenal corpóreo, sino del paraíso espiritual, en el que se dice que viven los que gozan de la vida divina.
Por lo cual, el ladrón descendió localmente con Cristo al infierno, para estar con Él, puesto que le dijo: estarás conmigo en el paraíso; pero, por razón del premio, estuvo en el paraíso porque allí gozaba de la divinidad, como los demás santos.
5º) Jesucristo libró del infierno (Limbo) a los Santos Patriarcas.
Como antes se ha expuesto (a.4 ad 2), Cristo, al bajar a los infiernos, obró por la virtud de su pasión.
Y por la pasión de Cristo fue liberado el género humano no sólo del pecado, sino también del reato de la pena, como arriba se ha dicho (q.49 a.1 y a.3).
Pero los hombres estaban sujetos por el reato de la pena de dos modos:
Uno, por el pecado actual, que cada uno había cometido en su propia persona.
Otro, por el pecado de toda la naturaleza humana, que pasó originalmente del primer Padre a todos, como se dice en Rom 5, 12ss.
Pena de este pecado es la muerte corporal y la exclusión de la vida gloriosa, como es evidente por lo que se dice en Gen 2, 17 y 3, 3.19.23ss: Pues Dios echó al hombre del paraíso después del pecado, a quien, antes del pecado, había amenazado con la muerte si pecaba.
Y por eso, Cristo, bajando a los infiernos, por su pasión libró a los santos de ese reato, por el que estaban excluidos de la vida gloriosa, de modo que no podían ver a Dios por esencia, en lo que consiste la perfecta bienaventuranza del hombre.
Y los santos Padres estaban detenidos en el infierno por cuanto que, a causa del pecado del primer Padre, no les estaba abierta la puerta de la vida gloriosa.
Y así Cristo, descendiendo a los infiernos, libró de los mismos a los santos Padres.
Precisamente esto es lo que se dice en Zac 9, 11: Tú, mediante la sangre de tu alianza, sacaste a los cautivos del lago en que no había agua. Y en Col 2, 15 se escribe que, despojando a los principados y a las potestades, infernales se entiende, llevándose a Isaac y Jacob con los demás justos, los hizo pasar de un lugar a otro, esto es, los condujo desde este reino de las tinieblas al cielo, como dice la Glosa allí mismo.
1ª: Dice Agustín: Todavía no he hallado lo que Cristo haya conferido, bajando a los infiernos, a los justos que estaban en el seno de Abrahán, de los que no veo que se haya apartado nunca según la presencia beatífica de su divinidad.
Pero les hubiera dado mucho en caso de haberlos librado de los infiernos.
Luego no parece que Cristo haya librado del infierno a los santos Padres.
Respuesta: Agustín habla allí contra algunos que estimaban que los antiguos justos, antes de la venida de Cristo, estuvieron sujetos a los dolores de los tormentos en el infierno. Por lo que, un poco antes de las palabras citadas, antepone lo siguiente: Añaden algunos que a los antiguos santos les fue también concedido que, cuando el Señor descendió a los infiernos, quedaron libres de aquellos dolores. Pero el modo de entender cómo Abrahán, en cuyo seno fue recibido también aquel inocente pobre, haya estado envuelto en aquellos dolores, yo ciertamente no lo veo.
Y por eso, cuando luego añade que él todavía no había logrado encontrar qué es lo que la bajada de Cristo a los infiernos trajo a los antiguos justos, debe entenderse respecto a la remisión de los dolores de los tormentos.
Sin embargo, les fue útil en cuanto a la consecución de la gloria; y, por consiguiente, les liberó del dolor que sufrían por la dilación de la gloria.
No obstante, tenían un gran gozo por la esperanza de la gloria, según aquel pasaje de Jn 8, 56: Abrahán, vuestro padre, se regocijó deseando ver mi día. Y por este motivo, añade: De los cuales antiguos justos, no entiendo que se haya separado jamás según la presencia beatífica de su divinidad, es a saber: en cuanto que también antes de la venida de Cristo eran bienaventurados en esperanza, aunque todavía no fuesen perfectamente bienaventurados en realidad.
2ª: En el infierno nadie es retenido a no ser por causa del pecado.
Ahora bien, los santos Padres, mientras vivían, fueron justificados del pecado por la fe en Cristo.
Luego no necesitaban ser liberados del infierno con el descenso de Cristo al mismo.
Respuesta: Los santos Padres, cuando todavía vivían, fueron liberados por la fe en Cristo de todo pecado, tanto original como actual, y del reato de la pena de los pecados actuales; pero no lo fueron del reato de la pena del pecado original, por el que estaban excluidos de la gloria, al no estar pagado todavía el precio de la redención humana.
De este modo también ahora los fieles de Cristo son liberados, por medio del bautismo, del reato de los pecados actuales, y del reato del pecado original en cuanto a la exclusión de la gloria; pero quedan atados todavía por el reato del pecado original en cuanto a la necesidad de morir corporalmente, porque son renovados según el espíritu, pero no todavía según la carne, conforme a aquellas palabras de Rom 8, 10: El cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia.
3ª: Suprimida la causa, se suprime también el efecto. Pero la causa del descenso a los infiernos es el pecado, que fue quitado por la pasión de Cristo.
Luego los santos Padres no fueron sacados de los infiernos por el descenso de Cristo a los mismos.
Respuesta: Al instante de haber padecido Cristo la muerte, su alma descendió al infierno, y manifestó el fruto de su pasión a los santos que allí estaban retenidos, aunque no salieran de tal lugar mientras Cristo moró en los infiernos, porque la misma presencia de Cristo pertenecía al culmen de la gloria.
6º) Con su descenso al Infierno, Cristo no liberó a ninguno de los condenados.
Como arriba queda expuesto, cuando Cristo descendió a los infiernos obró con el poder de su pasión.
Y, por eso, su descenso a los infiernos sólo resultó provechoso para los que estuvieron unidos a la pasión de Cristo por medio de la fe informada por la caridad, que quita los pecados.
Pero los que estaban en el infierno de los condenados, o absolutamente no habían tenido fe en la pasión de Cristo, como los infieles; o si tuvieron fe, no se conformaron en modo alguno con la caridad de Cristo paciente.
Por lo cual tampoco estaban limpios de sus pecados.
Y, por este motivo, el descenso de Cristo a los infiernos no les trajo la liberación del reato de la pena infernal.
1ª: Se dice en Is 24, 22: Serán reunidos con la reunión de un haz en el lago, y serán encerrados en la cárcel, y después de muchos días serán visitados.
Pero allí se habla de los condenados, que habían adorado la milicia de los cielos.
Luego parece que también los condenados fueron visitados cuando Cristo descendió a los infiernos, cosa que da la impresión de pertenecer a su liberación.
Respuesta: Cuando Cristo desciende a los infiernos, fueron visitados de algún modo todos los que estaban en cualquier parte del infierno; pero algunos, para su consuelo y liberación; otros, en cambio, para su represión y confusión, es a saber, los condenados.
Por eso se añade allí mismo (Is 24, 23): Y se sonrojará la luna, y se avergonzará el sol, etc.
También esto puede referirse a la visitación con que serán visitados en el día del juicio, no para ser librados sino para ser confirmados en su condenación, conforme a aquel pasaje de Sof 1, 12: Visitaré a los hombres que se sientan sobre sus heces.
2ª: Sobre las palabras de Zac 9, 11: Tú, mediante la sangre de tu alianza, sacaste a los presos del lago en el que no había agua, comenta la Glosa: Tú libraste a los que estaban detenidos atados en las cárceles, donde ninguna compasión les daba el refrigerio que aquel rico suplicaba.
Pero solamente los condenados están encerrados en las cárceles sin misericordia.
Luego Cristo libró del infierno a algunos de los condenados.
Respuesta: Cuando en la Glosa se comenta: Donde ninguna compasión los refrigeraba, debe entenderse en cuanto al refrigerio de la liberación consumada.
Porque los santos Padres no podían ser librados de las prisiones del infierno antes de la venida de Cristo.
3ª: El poder de Cristo no fue menor en el infierno que en este mundo, porque en una y otra parte obró con el poder de su divinidad.
Pero en este mundo libró a algunos de cualquier estado.
Luego también en el infierno libró a algunos del estado de condenados.
Respuesta: No se debió a impotencia de Cristo el que algunos no fueran librados de cualquier estado de las moradas infernales, como lo fueron de cualquier estado los moradores del mundo, sino que se debió a la distinta condición de unos y otros.
Porque los hombres, mientras viven aquí, pueden convertirse a la fe y a la caridad, ya que en esta vida los hombres no están confirmados en el bien o en el mal, como acontece después de salir de esta vida.
7º) Tampoco liberó a los niños del Limbo.
Como antes se ha expuesto, el descenso de Cristo a los infiernos sólo tuvo efecto en aquellos que, por la fe y la caridad, estaban unidos a la pasión de Cristo, por cuya virtud tenía poder liberador el descenso de Cristo a los infiernos.
Pero los niños que habían muerto con el pecado original, en ningún modo habían contactado con la pasión de Cristo mediante la fe y la caridad, pues ni habían podido tener fe propia, al carecer del uso del libre albedrío, ni habían sido purificados del pecado original mediante la fe de los padres o por medio de algún sacramento de la fe.
Y, por este motivo, el descenso de Cristo a los infiernos no libró de los mismos a estos niños.
Y además, los santos Padres fueron librados del infierno porque fueron admitidos a la gloria de la visión de Dios, a la que nadie puede llegar sino por medio de la gracia, según aquellas palabras de Rom 6, 23: Gracia de Dios es la vida eterna.
Por consiguiente, al no haber tenido la gracia los niños muertos con el pecado original, no fueron librados del infierno.
1ª: No estaban retenidos en el infierno más que por causa del pecado original, lo mismo que acontecía con los santos Padres.
Pero éstos fueron librados por Cristo del infierno, como arriba se ha dicho.
Luego igualmente los niños fueron librados del infierno por Cristo.
Respuesta: Los santos Padres, aunque todavía permanecían ligados por el reato del pecado original en cuanto mira a la naturaleza humana, estaban, no obstante, libres de toda mancha de pecado por medio de la fe en Cristo; y por tanto eran capaces de la liberación que aportó Cristo cuando descendió a los infiernos.
Pero eso no puede decirse de los niños, como consta por lo que acabamos de decir en la solución.
2ª: El Apóstol dice en Rom 5, 15: si por el delito de uno solo murieron muchos, mucho más la gracia y el don de Dios abundarán sobre muchos, por la gracia de un solo hombre, Jesucristo.
Ahora bien, los niños que mueren con sólo el pecado original, son retenidos en el infierno por causa del pecado del primer Padre.
Luego con mayor razón serán librados del infierno por la gracia de Cristo.
Respuesta: Cuando el Apóstol dice: La gracia de Dios abundó sobre muchos, el muchos no debe tomarse comparativamente, como si numéricamente hayan sido más los salvados por la gracia de Cristo que los condenados por el pecado de Adán.
Debe tomarse en sentido absoluto, como si dijera que la gracia de uno solo, Cristo, abundó sobre muchos, así como también el pecado de uno solo, Adán, llegó a muchos.
Pero así como el pecado de Adán solamente llegó a los que descienden carnalmente de él por vía seminal, así también la gracia de Cristo sólo llegó a aquellos que se han convertido en miembros suyos por una regeneración espiritual, lo cual no corresponde a los niños que mueren con el pecado original.
3ª: Así como el bautismo obra en virtud de la pasión de Cristo, así obra también el descenso de Cristo a los infiernos, como es manifiesto por lo dicho.
Luego igualmente fueron librados por el descenso de Cristo a los infiernos.
Respuesta: El bautismo se administra a los hombres en esta vida, en la que el hombre puede cambiarse de la culpa a la gracia.
Pero el descenso de Cristo a los infiernos fue presentado a las almas después de esta vida, cuando no son capaces del cambio antedicho.
Y, por este motivo, los niños son librados del pecado original y del infierno por medio del bautismo, pero no por el descenso de Cristo a los infiernos.
8º) Cristo visitó y consoló a las almas del Purgatorio; pero no las sacó de allí a todas.
Como se ha expuesto muchas veces, el descenso de Cristo a los infiernos tuvo poder de liberar en virtud de su pasión.
Pero su pasión no tuvo una virtud temporal y transitoria sino perpetua, conforme a aquellas palabras de Heb 10, 14: Mediante una sola oblación perfeccionó para siempre a los santificados.
Y, por este motivo, resulta evidente que la pasión de Cristo no tuvo entonces una eficacia mayor que la que tiene ahora.
Y, en consecuencia, los que se encontraron en la condición que tienen ahora los que están retenidos en el purgatorio, no fueron librados del mismo por el descenso de Cristo a los infiernos.
Mas si entonces se encontraban allí en unas condiciones semejantes a las que tienen los que ahora son librados del purgatorio por el poder de la pasión de Cristo, nada impide que los tales fueran librados del purgatorio por el descenso de Cristo a los infiernos.
1ª: Dice Agustín Puesto que testimonios evidentes hacen mención tanto del infierno como de los dolores, no hay motivo alguno para creer que el Salvador fue allí sino para liberarles de esos dolores. Pero si libró de éstos a todos los que encontró, o a algunos que juzgó dignos de ese beneficio, todavía estoy investigándolo. Sin embargo, no dudo de que Cristo fue a los infiernos y otorgó este beneficio a los que estaban inmersos en el dolor.
Pero no concedió el beneficio de la liberación a los condenados, como arriba se ha dicho.
Fuera de éstos no hay nadie que esté sujeto a los dolores del castigo sino los que se hallan en el purgatorio.
Luego Cristo libró a las almas del purgatorio.
Respuesta: Del texto de Agustín no se puede sacar la conclusión de que todos los que estaban en el purgatorio fuesen librados del mismo, sino de que ese beneficio fue concedido a algunos, a saber: a los que ya estaban suficientemente purificados; o también a los que, mientras vivían, merecieron por la fe y el amor, y por la devoción a la muerte de Cristo, que cuando descendió allí, fuesen liberados de la pena temporal del purgatorio.
2ª: La presencia del alma de Cristo no tuvo un efecto menor que sus propios sacramentos.
Pero los sacramentos de Cristo libran a las almas del purgatorio; y especialmente las libra el de la Eucaristía.
Luego con mayor razón fueron libradas las almas del purgatorio por la presencia de Cristo cuando descendió a los infiernos.
Respuesta: La virtud de la pasión de Cristo obra en los sacramentos a manera de cierta curación y expiación.
De donde el sacramento de la Eucaristía libra a los hombres del purgatorio en cuanto que es un sacrificio satisfactorio por el pecado.
Pero el descenso de Cristo a los infiernos no fue satisfactorio.
Obraba, sin embargo, en virtud de su pasión, que fue satisfactoria, como arriba se ha dicho; pero su pasión era satisfactoria en general, de modo que era preciso aplicar su virtud a cada uno mediante algo que fuera de su especial pertenencia.
Y, por consiguiente, no es necesario que por el descenso de Cristo a los infiernos fuesen liberados todos del purgatorio.
3ª: A los que Cristo curó en esta vida, los curó totalmente, como dice Agustín. Y en Jn 7, 23 dice el Señor: Yo he curado del todo a un hombre en sábado.
Ahora bien Cristo a los que estaban en el purgatorio los libró del reato de la pena de daño, que les privaba de la gloria.
Luego también los libró del reato de la pena del purgatorio.
Respuesta: Los defectos de los que Cristo libraba juntamente a los hombres en este mundo, eran personales, pertenecientes en propiedad a cada uno.
Por el contrario, la exclusión de la gloria de Dios era un defecto general que pertenecía a toda la naturaleza humana.
Y, por tal motivo, nada impide que los que estaban en el purgatorio fuesen librados por Cristo de la exclusión de la gloria, pero no del reato de la pena del purgatorio, que atañe a un defecto personal.
Como, al revés, los santos Padres, antes de la venida de Cristo, fueron librados de los defectos propios, pero no del defecto común, como antes se ha dicho.

