VISITA AL CEMENTERIO CIVIL
No hace mucho tiempo visité el Cementerio Civil de Madrid, inmediato a la sacramental de la Almudena. Me guió, sin duda, la curiosidad, y también un sentimiento indefinible de piedad humana.
Los cementerios civiles de los pueblos pequeños tienen, en España al menos, algo de desgarrador y de anómalo. Consisten, por lo general, en un diminuto cercado que se adosa a la pared del cementerio local. Su interior descubre entre un bosque de maleza, un par de cruces de humanos a quienes las circunstancias de su muerte privaron de ser enterrados en sagrado, y, en algún caso, una placa conmemorativa sin cruz que dedicó a alguien la “Sociedad Liberal” o “El Progreso” allá por mediados del siglo pasado.
Pero la puerta del Cementerio Civil de Madrid deja ver al que pasa un amplio y cuidado recinto, con grandes mausoleos que parecen participar de un tono o ambiente común, unidad ésta que no reconoce, sin embargo, el letrero plural que corona esa puerta: “Enterramientos civiles”.
La tristeza que todo cementerio produce al entrar en él parece confundirse y aliviarse en el creyente con el sentimiento de estar en un lugar santo, donde hemos de descubrirnos como en un templo, no sólo por nostálgico recuerdo de los que se fueron, sino por respeto al carácter sagrado de aquella tierra y de aquellas cenizas.
La ausencia de este segundo sentimiento al penetrar en una necrópolis civil deja al espíritu en la insoportable consideración de la soledad y el frío abandono de esta última morada.
Inmediatos a la puerta de entrada, encontramos los grandes mausoleos que se vislumbran desde el exterior, y que parecen, como una avanzada de aristocracia, querer dar un espíritu e incluso una fe común a todo el recinto. Algo así como los sepulcros canonjiles en los Campos Santos, que imponen a su entrada una profesión y aún una jerarquía religiosas.
A la derecha, el frío e inexpresivo mausoleo de Salmerón, con sus líneas severamente clásicas y sus leves resonancias masónicas en los triángulos altos y agudos de sus frontispicios. Casi a continuación, el panteón de Pi y Margall diciendo eternamente al viento de aquel lugar que “no se habrían perdido nuestras colonias de haberse aceptado sus ideas federalistas”.
Enfrente, el sepulcro de Pablo Iglesias, con flores constantes, tributo anónimo a una innegable ejemplaridad personal. Junto a él, el más impresionante de aquellos mensajes póstumos: el de alguien que quiso perpetuar en el propio sepulcro su quizá no muy segura convicción de que “todo perece con la vida y nada hay más allá de la tumba”. ¿Puede concebirse nada más atormentado y trágico que este postrer designio, en toda su irremediable inanidad? Más allá, un corto número de lápidas funerarias en forma de arco gótico con sólo nombres y fechas, con palmas entrecruzadas. Y como fondo, un bosque innumerable de cruces. Cruces de los pobres suicidas, cruces de pecadores públicos, cruces las más de cristianos no católicos, extranjeros en su casi totalidad.
Quizá ningún sitio como los cementerios para darse cuenta de cómo el Cristianismo es en su realización social, una “comunidad”. Comunión de creencias, comunión de disciplina y de salvación. Y también para entender la contraposición entre la idea de Cristiandad como comunidad de fe y la idea moderna de una Europa religiosamente neutra, como mera coexistencia de individuos y de grupos.
Las doctrinas laicistas primero, y las nacionalistas más tarde, nos han ido desdibujando y haciendo olvidar en nuestras vidas el sentimiento de comunidad cristiana. La República en España intentó consumar también en la muerte el ideal laicista de convivencia meramente nacional o civil, y para ello “secularizó” los cementerios. Esto consistió en poner en sus puertas el letrero “Cementerio Municipal” y sustraerlo de la jurisdicción eclesiástica.
Pero entre nosotros las cosas vuelven a ser y el terreno público volvió a ser camposanto. A la hora de morir los más celosos laicistas o los campeones del nacionalismo a ultranza quieren ser enterrados como lo fueron sus padres. Lo impertinente entonces, respecto al cuerpo, no es ser enterrado entre franceses o entre españoles, sino reposar en sagrado y bajo los brazos de la Cruz. Que la hora de morir es la más seria y se ve revestida de una lucidez especial.

