FUNDAMENTALISMO Y TRADICIONALISMO
En las primeras rebeliones populares del siglo pasado frente al régimen que nació de la Revolución Francesa (vendeanos en Francia, realistas y carlistas en España) la aclamación más general fue el grito de ¡Viva la Religión! frente al de ¡Viva la Constitución! que solían proferir sus adversarios.
A partir de la lucha de los cristeros en Méjico, y en la de 1936 en España, el grito religioso común fue el de ¡Viva Cristo Rey!
Esta aclamación no significaba sólo el deseo de que Cristo reine en el Cielo y en el corazón de los hombres, sino también y principalmente que reine Dios en la sociedad y el Estado, que el fundamento o punto de referencia último de las leyes sea la religión Católica y sus preceptos, es decir, el Decálogo.
En ese grito estaba implícito algo que la posteridad ha demostrado ampliamente: cuando falta ese fundamento religioso es preciso sustituirlo por la Voluntad General de los hombres, y entonces todo es (o puede ser) legal: el divorcio vincular, la legalización del aborto, de las «parejas de hecho» (amor libre), de la homosexualidad pública, de la eutanasia, y lo que seguirá.
La confesionalidad del Estado —en España, unidad católica— estuvo entre nosotros vigente desde tiempos de Recaredo hasta el Concilio Vaticano II con su declaración de la «libertad religiosa» como derecho de la persona humana.
Esa confesionalidad católica no supuso nunca obligar a nadie a creer (lo que sería físicamente imposible ya que la fe es virtud sobrenatural infusa por la Gracia), ni menos a practicar lo que no se cree, que sería sacrílego. En el ámbito privado (e incluso en ámbitos públicos localizados) siempre ha existido libertad religiosa.
Lo que esa confesionalidad exige es inspiración católica de las leyes, y lo que veda es el culto público y la propaganda libre de otras religiones y sectas.
Frente a la libertad de cultos y la laicidad del Estado en la democracia moderna han sido unánimes todos los pontífices desde Pío IX hasta Pío XII inclusive. Pío IX concretamente proscribe la idea de que la libertad de cultos deba ser proclamada un derecho de cada hombre y garantizada por la laicidad del Estado con estas palabras: «Nos la reprobamos por Nuestra autoridad apostólica, la proscribimos y condenamos, y queremos y mandamos que todos los hijos de la Iglesia la tengan por absolutamente reprobada, proscrita y condenada» (8 de diciembre de 1864).
El Tradicionalismo español propugna esta doctrina constante en la Iglesia de la necesaria fundamentación religiosa de la sociedad y del Estado; por eso sitúa el santo nombre de Dios en el primero de sus lemas. No ignora que la Declaración sobre Libertad Religiosa del Vaticano II no sólo difiere de esa doctrina sino que la contradice, ni que Juan Pablo II ha dicho en Cuba recientemente que «ni el ateísmo ni la religión pueden ser pilares del Estado moderno». Es decir, que, aparentemente al menos, la Iglesia se contradice en asuntos tan básicos como la religiosidad del Estado o el Ecumenismo.
Muchos son, por desgracia, los que extraen la conclusión: «puesto que cambias, yerras»; es decir, que tales contradicciones no son compatibles con la asistencia del Espíritu Santo prometida a la Iglesia. El Tradicionalismo, en cambio, discrepa de una manera «católica»: puesto que el Espíritu Santo no puede fallar, también ahora en los momentos más turbulentos de la Iglesia, la asiste aunque sólo sea preservando su continuidad doctrinal y su inerrancia: haciendo, por ejemplo, que el Concilio se haya declarado a sí mismo meramente «pastoral» y no dogmático ni disciplinario, lo que exime a los fieles de todo asentimiento obligatorio, y habiendo determinado muy precisamente en el anterior Concilio Vaticano I cuándo el Papa habla como Soberano Pontífice y cuándo como doctor particular.
No faltarán quienes tachen a esta reivindicación religiosa pública de «fundamentalismo» con intención de asimilarlo al fundamentalismo islámico. No ven, por enorme que sea, esta diferencia: el Tradicionalismo reivindica como fundamento del Derecho y del Estado a la única religión verdadera que, por serlo, es justa y misericordiosa, al paso que el fundamentalismo islámico propugna como tal basamento una religión falsa y cruel.

