La Fiesta del Arcángel San Miguel, que se celebra el 29 de septiembre, tiene su origen en la aparición de San Miguel en el monte Gargano (en Italia) el 8 de mayo de 492.
Se construyó una iglesia en honor de San Miguel en el lugar de su aparición, y treinta años más tarde, con la solemne consagración de esta iglesia, un 29 de septiembre, la Iglesia Católica estableció oficialmente esta fecha como la Fiesta del Arcángel.
La festividad de la Dedicación de San Miguel Arcángel (celebrada tradicionalmente el 29 de septiembre) no sólo conmemora la consagración de la antigua basílica, sino que constituye un sublime recordatorio del triunfo de la gracia divina sobre la soberbia angélica y del papel insustituible del Príncipe de la Milicia Celestial como protector supremo de la Iglesia Militante.
La Iglesia considera a San Miguel, que se interpone, entre la humanidad y la Divinidad, como mediador de su oración litúrgica. Dios, que creó las jerarquías visibles e invisibles con un orden admirable, utiliza el ministerio de los espíritus celestiales para su gloria. Los coros angelicales, que contemplan incesantemente el rostro del Padre, saben, mejor que los hombres, cómo adorar y contemplar la belleza de Sus infinitas perfecciones.
La Iglesia en la tierra también invita a los espíritus celestiales a alabar y glorificar al Señor sin cesar. Esta misión contemplativa de los Ángeles es un modelo para nosotros, como nos recuerda San León en el hermoso prefacio de su Sacramental:
«Nos corresponde rendir gracias a Ti, que nos enseñas a través de tu Apóstol que nuestra vida está dirigida hacia el Cielo; que deseas benevolentemente que nuestros espíritus sean transportados a la región celestial, hogar de quienes veneramos, y que especialmente en este día, la fiesta de San Miguel Arcángel, ascendamos a estas alturas.»
Esta fiesta resalta dos grandes verdades dogmáticas y ascéticas: el celo por la honra de Dios y la continua batalla espiritual contra las fuerzas del infierno.
La doctrina de los Padres y Doctores de la Iglesia
San Agustín: El combate espiritual y la lección de humillación
En las enseñanzas patrísticas expresadas en obras como La Ciudad de Dios, San Agustín contempla a San Miguel como el modelo de la criatura fiel, que reconoce su condición de siervo ante la majestad increada. El propio nombre de Miguel (¿Quién como Dios?) es un grito de guerra litúrgico contra la soberbia de Lucifer, quien pretendió usurpar el lugar del Altísimo.
«Los Ángeles buenos no quieren que los adoremos a ellos, sino al Dios único; San Miguel no busca su propia gloria, sino la gloria del Creador. Al vencer al dragón, nos enseña que el orgullo derriba de los cielos, mientras que la humildad somete aun a las potestades más altas ante el trono divino.»
San Ambrosio: El custodio del culto sagrado y auxilio en la muerte
San Ambrosio, al referirse a las jerarquías angélicas y al servicio divino, destaca a San Miguel como el liturgo celestial por excelencia, aquél que ofrece las oraciones de los fieles como incienso ante el altísimo altar de Dios (cf. Apocalipsis 8, 3-4) y quien custodia a las almas en el trance crucial del paso a la eternidad.
«Grande es la dignidad del Arcángel Miguel, a quien el Señor ha constituido sobre todos los espíritus bienaventurados. Él es el encargado de presentar las oraciones de los santos y de defender al pueblo de Dios en las horas de angustia, conduciendo las almas piadosas al tribunal de la divina misericordia.»
La predicación de los Santos Predicadores y Místicos
San Juan María Vianney (El Santo Cura de Ars): San Miguel como escudo contra las tentaciones
En las homilías del Santo Cura de Ars, la figura de San Miguel surge con fuerza en la predicación de la lucha contra el demonio. San Juan María Vianney, quien padeció ataques constantes del enemigo de las almas, predicaba con vehemencia sobre la necesidad de acudir a la protección angélica:
«Mis hermanos, cuando sintáis que la tentación os oprime, cuando el enemigo de vuestra salvación quiera haceros caer en el pecado, invocad inmediatamente a San Miguel. Él es el terror de los demonios. Dios le ha dado el poder de encadenar la soberbia del infierno. Un alma protegida por el Arcángel Miguel jamás será desamparada en la hora del peligro.»
San Alfonso María de Ligorio: San Miguel, abogado de los moribundos
En sus escritos morales y meditaciones sobre la muerte y la salvación eterna, el Santo Doctor Redentorista pondera la intercesión de San Miguel de manera especial para el momento del juicio particular:
«San Miguel no solo es el victorioso combatiente del infierno, sino el protector más piadoso de las almas al final de la vida. Cuando el demonio redobla sus esfuerzos para desesperar al moribundo, San Miguel acude con la espada de la cruz para ahuyentar a las potestades infernales y presentar el alma purificada al supremo Juez.»
Santa Teresita del Niño Jesús: Devoción angélica y celo por las almas
Desde su juventud, Santa Teresita guardó una profunda devoción a San Miguel y a la Santa Cruz. En sus poesías y recreaciones piadosas, la Santa de Lisieux invocaba al Arcángel como el defensor del Honor Divino y el celoso custodio de la Iglesia, destacando que el amor y el celo de San Miguel por Dios debían inspirar la entrega total del alma:
«¡Oh Glorioso Arcángel!, vos que ardéis en el fuego del amor divino y no toleráis la injuria hecha al Rey de Reyes, alcanzadme la gracia de combatir por la gloria de Dios con vuestra misma fidelidad, prefiriendo morir antes que ofender la infinita Majestad.»
Reflexión tradicional sobre la fiesta
En la antigua liturgia romana, la fiesta de la Dedicación de San Miguel no es meramente el recuerdo de una edificación de piedra, sino la afirmación del orden celestial y la protección divina sobre la Santa Iglesia Católica. Frente a las asechanzas del mundo, la carne y el demonio, la conmemoración de esta solemnidad invita a los fieles a unirse al clamor victorioso del Arcángel: «Quis ut Deus?», recordando que la victoria final pertenece siempre a Dios y a quienes le permanecen fieles.

