P. CERIANI: SERMÓN DEL DECIMOTERCER DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DECIMOTERCER DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo, yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, diez hombres leprosos vinieron a su encuentro, los cuales se detuvieron a la distancia, y, levantando la voz, clamaron: “Maestro Jesús, ten misericordia de nosotros.” Viéndolos, les dijo: “Id, mostraos a los sacerdotes.” Y mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, al ver que había sido sanado, se volvió glorificando a Dios en alta voz, y cayó sobre su rostro a los pies de Jesús dándole gracias, y éste era samaritano. Entonces Jesús dijo: “¿No fueron limpiados los diez? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese a dar gloria a Dios sino este extranjero?” Y le dijo: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado.”

Nos encontramos en el Decimotercer Domingo de Pentecostés. Después de un intervalo debido a la Fiesta de San Joaquín, retomo el tema de la Liturgia.

Desde el primer miércoles de junio estamos publicando una serie de artículos de la doctora Carol Byrne sobre la participación activa de los fieles en la Santa Misa.

A lo largo de la historia de la Iglesia la «actividad» nunca había sido una característica definitoria de la participación de los laicos en la Misa. Desde el Concilio, la «participación activa» cobró vida propia y continuó reforzándose con un fervor sólo superado por la hostilidad de los reformadores hacia la Misa tradicional en latín.

Sabemos, gracias a uno de los obispos progresistas del Concilio Vaticano II —el cardenal Godfried Danneels de Bélgica, quien participó en la redacción de la Constitución sobre la Liturgia— que el objetivo de la «participación activa» era democratizar la liturgia difuminando la distinción entre los roles sacerdotal y laical.

Danneels dijo: Desde sus inicios, el objetivo del movimiento litúrgico, originado en Bélgica en 1909, fue cerrar la brecha entre la liturgia oficial del sacerdote y la del pueblo. El término “participación activa” nació de este movimiento y desde entonces se ha incorporado a nuestro uso común.

El resultado del nuevo énfasis en la «participación activa» fue que los fieles, que generalmente habían participado en las ceremonias del rito romano en silencio, se transformaron en rivales en una guerra litúrgica con el clero por el derecho a oficiar en la oración pública de la Iglesia.

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¿Qué debemos o qué podemos hacer al presente? ¿Cómo debemos asistir a la Santa Misa?

Destaquemos ante todo las ideas dogmáticas fundamentales relativas al Santo Sacrificio de nuestros altares:

La Santa Misa es el Sacrificio en el cual se ofrece y se inmola incruentamente Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, bajo las especies del pan y del vino, por ministerio del Sacerdote celebrante para reconocer el supremo dominio de Dios y aplicarnos a nosotros las satisfacciones y méritos de su Pasión y Muerte.

El Sacrificio de la Misa, el de la Última Cena, y el de la Cruz son, en cuanto a la sustancia, un solo y mismo sacrificio. La diferencia entre los tres proviene del modo diferente con que cada uno de ellos se ofreció o se ofrece.

Cuando se asiste a la Santa Misa se debe tener en cuenta los cuatro grandes fines o intenciones generales, a los cuales cada uno puede añadir otros particulares.

Por eso la Santa Misa llena todas las necesidades y satisface todas las aspiraciones del alma y resume en sí toda la esencia de la Religión.

Si la meditación mantiene en nosotros vivas y luminosas estas verdades reveladas, entonces, asistiendo al Sacrificio de la Misa, nos sentiremos unidos a Cristo, Víctima y Sacerdote, y a todos aquéllos que viven en y de la Iglesia.

No hay que oponer la liturgia a la meditación, el elemento social al elemento individual, la oración de la Iglesia a la actividad de cada uno.

La verdadera piedad resuelve la aparente antítesis abstracta y la supera en lo concreto, es decir: no hay posibilidad de asistir bien a la Santa Misa según el espíritu de la liturgia, si no se medita y no se lleva la contribución de la participación personal.

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Tengamos en cuenta que, cuando el Sacerdote ofrece en el altar, lo hace en nombre de Cristo, Sacerdote principal, que ofrece en nombre de todos los miembros de su Cuerpo Místico. De manera que, en cierto sentido, el Sacrificio es ofrecido en nombre del pueblo; el cual, por tanto, debe participar del Sacrificio.

¿De qué manera participa?

Dice la Encíclica Mediator Dei, del Papa Pío XII: En cuanto une sus votos de alabanza, de impetración, de expiación y de acción de gracias con los votos e intención del Sacerdote, y también del Sumo Sacerdote, para que, en la misma oblación de la víctima, que se ofrece en el rito externo del Sacerdote, dichos votos sean presentados al Eterno Padre.

La participación de los fieles en el Santo Sacrificio de la Misa consiste, pues, en la unión con las intenciones del Sumo Sacerdote, Jesucristo, y del Sacerdote celebrante.

Por lo tanto, hay un sentido real para la expresión «participar», que se podrá usar siempre que se tenga el cuidado de excluir cualquier sentido menos exacto.

Se ha inculcado la idea de que los fieles que siguen la Misa con el Misal participan de Ella; mientras que los fieles que la siguen de otro modo, apenas si asisten.

Esta idea renueva el espíritu jansenista contenido en esta proposición de Quesnell condenada por Clemente XI en la Bula Unigenitus, del 8 de septiembre de 1713: «Quitar al pueblo fiel este consuelo de unir su voz a la voz de toda la Iglesia, es costumbre contraria a la práctica apostólica y a la intención divina» (D. 1.436).

En sí misma, esta proposición es una consecuencia de la doctrina errónea de que el fiel concelebra con el Sacerdote la Santa Misa, debiendo pronunciar con él las palabras litúrgicas; de modo que quien no pronunciase esas palabras no participaría de la Misa, asistiría apenas a ella, en actitud meramente pasiva.

Como hemos dicho, la Encíclica Mediator Dei, insiste sobre la unión con las intenciones de Jesucristo y del celebrante, dando plena libertad a los fieles respecto al método a emplear para conseguir esa finalidad.

Cualquier método —Misal, Rosario, meditación— será perfecto si fuere eficaz para producir esta unión.

Estamos lejos de desaconsejar el interés por todo cuanto se enseña respecto a la Misa, y, por tanto, también por el conocimiento del Misal, de las Oraciones y Ceremonias del Santo Sacrificio, etc. Pero debe evitarse la confusión propia de los reformadores protestantes.

Además, es necesario respetar la libertad del Espíritu Santo, que orienta a los fieles con sus gracias según su inefable beneplácito. En la Mediator Dei encontramos esta preciosa advertencia: “No pocos fieles cristianos son incapaces de usar el Misal Romano, aunque esté traducido en lengua vulgar; y no todos están capacitados para entender correctamente los ritos y las fórmulas litúrgicas. El talento, la índole y el espíritu de los hombres son tan diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos pueden sentirse igualmente impresionados con las oraciones, los cánticos y los ritos comunitarios. Además, las necesidades de las almas y sus preferencias no son iguales en todos, ni siempre perduran idénticas en una misma persona”.

Por ejemplo, no se le puede exigir a una madre que asista de la misma manera a la Misa de Esponsales de su hija que a la Misa Exequial por el alma de su esposo.

Entonces, es un error sostener que sólo se debe asistir a la Santa Misa siguiendo las palabras del Misal; y que, por lo tanto, durante el Santo Sacrificio se deben excluir las oraciones privadas, como el Rosario, la Meditación, etc.; llegando al extremo de afirmar que sólo la Misa dialogada es adecuada a la actitud del cristiano en el Santo Sacrificio.

El uso del Misal, la recitación del Rosario, la Meditación y otras oraciones apropiadas, son todos excelentes métodos de asistir al Santo Sacrificio de la Misa. El cristiano, pues, tiene libertad para escoger el que mejor contribuya a unirle con las intenciones de Jesucristo y del Sacerdote que celebra.

Todos los métodos de asistencia a la Misa, aprobados por la Santa Iglesia, son buenos para asistir al Santo Sacrificio. Cualquier exclusivismo en este punto es reprobable.

Por lo tanto, todo cuanto lleve a los fieles al conocimiento y al amor de la Sagrada Liturgia, merece aplausos. El mal empieza cuando, a veces, falsas proposiciones teológicas vician el espíritu con que se propaga la piedad litúrgica.

En este campo se han levantado extravagancias que deben ser censuradas y condenadas, como lo hace la Encíclica Mediator Dei. En separata publicamos los principales extractos de dicho Documento sobre este tema.

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Dije más arriba y repito: la verdadera piedad resuelve la aparente antítesis abstracta y la supera en lo concreto, es decir: no hay posibilidad de asistir bien a la Santa Misa según el espíritu de la liturgia, si no se medita y no se lleva la participación personal.

¿En qué consiste la piedad litúrgica; más concretamente, la piedad de y en la Misa?

Ante todo, mucho facilita la asistencia recogida y piadosa al Santo Sacrificio la noción exacta de las partes de que consta.

El fiel que sabe distinguir la Introducción de la Misa, la Misa de los Catecúmenos y la Misa de los Fieles, y sabe que esta última se divide en Ofertorio, Consagración y Comunión, está por lo mismo preparado para recibir los frutos del Santo Sacrificio.

Dicho fiel, meditará las oraciones que el sacerdote reza al pie del altar y se aproximará espiritualmente al altar de Dios, que es la alegría de la perenne juventud de las almas.

Rezará el Confíteor detestando sus pecados, recordando que para asistir al Sacrificio en que Jesús, la Inocencia misma, se inmola, es necesario golpearse el pecho, implorar la misericordia de Dios y orar para que el Señor perdone todas nuestras culpas y nos permita entrar con el alma pura en el Santo de los Santos.

Entonces, juntamente con el sacerdote, elevará el gemido del Kyrie Eleison, implorando misericordia.

Con el corazón alegre, en el Gloria in excelsis, alabará al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos.

Escuchará atentamente las palabras de los antiguos Profetas y de los Apóstoles; de pie, con la más profunda veneración, escuchará la voz de Cristo en el trozo evangélico y dirá al Señor: ¡Gloria a Ti, Señor! Gloria tibi, Domine!… ¡Alabanzas a Ti, Cristo Jesús! Laus Tibi, Christe!

Entusiasmado en y por su Fe, recitará el Credo, adorando la Santísima Trinidad, confesando la Iglesia una, santa, católica y apostólica, en la que está el Bautismo, preparándonos para la resurrección final y para la vida perenne de la inmortalidad.

El Ofertorio le dirá al fiel: Toma tu corazón, tus súplicas, a ti mismo; ponlo sobre la patena y ofrécelo, junto con la Hostia Inmaculada al Padre: Suscipe Sancte Pater… Vierte en el Cáliz las gotas de agua de tu vida y las lágrimas de tus dolores, para que, así como ese pan y ese vino se transubstanciarán en Cristo, así tú también te transformes en Él y vivas en Él, con Él y por Él.

El Lavabo de las manos le susurrará: lava tu conciencia, con el sacerdote y abre tu alma al agradecimiento y a la adoración…

—¡Arriba los corazones! Sursum corda!

—Agradezcamos a Dios Nuestro Señor.

—Es cosa digna y justa.

—Verdaderamente es cosa digna y justa, equitativa y saludable, que siempre y en todo lugar te demos gracias, oh Señor Santo, Padre omnipotente, Dios eterno y que cantemos el himno de tu gloria diciendo sin fin: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los Ejércitos.

¡Qué hermoso es! ¡Qué bello! No hay separación entre la tierra y el cielo; no hay división entre la Iglesia que triunfa y la Iglesia que sufre, combate y ora. Los Ángeles cantan con nosotros. Únicamente no se conmueve el distraído, de rostro atolondrado y atontado, al cual el tintineo de la campanilla sólo dice: estamos en la mitad de la Misa.

La liturgia del Canon detalla luego el ofrecimiento al Padre del Santo Sacrificio, por medio de su Hijo Jesucristo, presentado por la Santa Iglesia. Se imploran las bendiciones de Dios en comunión con la Virgen Santísima, con los Apóstoles y con los Santos…

Llega la Consagración. La Divina Víctima se inmola mística y sacramentalmente. Esto es mi Cuerpo… Este es el Cáliz de mi Sangre…

Entonces ya podemos ofrecer a la excelsa majestad del Señor la Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada, el Pan Santo de la vida eterna y el Cáliz de la perpetua salvación.

Abel, Abraham, Melquisedec se adelantan desde las tinieblas del pasado con sus dones, pero estos son nada en comparación con el Sacrificio de Cristo y sólo en unión con Él adquieren un gran valor.

Entonces ya ricos y fuertes, podemos contemplar con alegría y entusiasmo al Padre; podemos invocarlo, para que lleve a los vivos toda gracia y bendición celestial y conceda a aquéllos que descansan en Cristo y nos han precedido con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz, el lugar de refrigerio y de luz.

Ningún pedido es audaz, porque tenemos con nosotros a Aquél que todo lo santifica, vivifica y bendice. Por Él, con Él, y en Él, se rinde al Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y gloria.

Comienza la preparación para la Comunión. Se reza el Pater Noster. Invocamos la piedad del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; le rogamos por su Iglesia y por nosotros, para que nunca permita que nos separemos de su amor; nos golpeamos el pecho, diciéndole tres veces con el Centurión: Domine, non sum dignus… Y Jesús desciende al corazón del sacerdote y quiere descender también al corazón de los asistentes, para custodiar su alma hasta la vida eterna.

La acción de gracias por la recepción del Santísimo sacramento y las oraciones finales cierran el gran acto del Sacrificio. Ite Missa est. Idos, la Misa ha terminado. Idos con la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Finalmente, el arrobado evangelista de Patmos susurra las primeras palabras de su Evangelio, como para recomendarnos no olvidar nunca al Verbo que, siendo Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros, para hacernos hijos de Dios, regenerados por Dios.

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Para que también nosotros podamos santificar junto con Jesús, que se ofrece al Padre con todo lo que somos nosotros mismos, con todas nuestras alegrías y nuestros dolores, conviene tomar el Misal y reflexionar un poco.

Dos son los caminos que se pueden seguir para que tal reflexión por medio de la oración litúrgica se transforme para nosotros en una sentida y ardiente elevación a Dios.

1°) De las joyas de la liturgia, se puede elegir del Ordinario una u otra fórmula y contemplar, reflexionar, gustar, admirar.

El Introibo ad altare Dei, que suscita gozo pensando qué gracia grande es la de acercarse al altar del Sacrificio.

Miles y miles de sacerdotes pronunciaron, a través de los siglos cristianos, estas palabras hermosas como un suave anuncio.

Las recitó San Andrés Avelino, quien, después de haber dicho su Introibo, herido por la apoplejía caía muerto y penetraba al altar eterno.

El Beato Noel Pinot las rezó heroicamente cuando, en la furia de la Revolución Francesa, sorprendido por los guardias mientras iba a iniciar la Misa revestido de los ornamentos sagrados, fue condenado a morir en la guillotina, y subió al patíbulo —convertido en altar de sacrificio y de gloria— repitiendo como últimas palabras: Introito ad altare Dei…

El Padre Francisco Vera era un anciano sacerdote que ejercía su ministerio en la clandestinidad durante la Guerra Cristera en México. Al ser capturado por las fuerzas federales y llevado ante el pelotón de fusilamiento, asumió el momento de su ejecución, no como un final, sino como el inicio de su última Misa. Frente a las armas que le apuntaban, se persignó y exclamó con firmeza las palabras con las que comienza el Santo Sacrificio: Introibo ad altare Dei…, convirtiéndose simultáneamente en el oferente y en la víctima de su propio sacrificio, de su última Misa…

Luego el Dominus vobiscum: ¡El Señor sea con vosotros! Con mucha frecuencia usaban los hebreos tan gentil y piadosa fórmula de saludo. En el Antiguo Testamento se encuentra el mismo saludo en diversas formas: «Que vuestro Señor Dios sea con vosotros; que el Dios de Jacob sea con vosotros; el Señor de los ejércitos sea con vosotros», etc. En el Nuevo Testamento, San Gabriel dirige a la Virgen la conocida expresión: El Señor es contigo; y San Pablo continúa diciendo: Que la gracia del Señor sea con vosotros; el Dios de la paz y del amor estará con vosotros…

El uso litúrgico del Dominus vobiscum con su respuesta es muy frecuente en todas las ceremonias. Nada más expresivo ni más solemne… En la oración litúrgica el sacerdote debe orar en nombre de todos los fieles y compendiar sus ruegos. Así, pues, antes de transformarse en sus intérpretes, se vuelve hacia ellos y les dice: Dominus vobiscum; y los fieles responden: Et cum spiritu tuo; mientras tú formulas nuestra oración.

El Aleluya es una palabra hebrea que puede traducirse alabanza a Dios o alabad al Señor, y para los judíos era un grito y un canto de triunfo. Lo encontramos en numerosos Salmos. Vino el Cristianismo, y resonó en todas las partes el Aleluya. Su historia es un poema. San Juan en el Apocalipsis lo oye cantar con voz atronadora: He oído como la voz de una trompeta y como la voz de grandes truenos, que decían aleluya, porque Nuestro Señor Dios omnipotente ha reinado.

Finalmente, el Amén. Es otra expresión hebrea, antiquísima y muy querida a los hebreos, y que, como se sabe, puede significar una afirmación (así es), o un augurio, un deseo (así sea). Cuando los levitas maldecían al idólatra, al ladrón o al adúltero, el pueblo respondía: ¡Amén! «¡Así sea!» Y Jesús gustaba decir: Amen, amen dico vobis; «así es, así es, en verdad os digo». En la oración litúrgica el sacerdote reza en nombre de Cristo y de la Iglesia: y el pueblo cristiano responde al unísono: Amen: ¡así sea!

¿Qué importa si no comprende el latín? Y aun el que lo entiende, ¿agota acaso el significado de aquellas oraciones? ¿Acaso sabe él cuál es la suplicante invocación de Cristo? En aquel momento la Iglesia es quien ora; es Cristo con su Cuerpo Místico que implora; y nosotros respondemos a una: «¡Amén! ¡Así sea, oh Señor! Concédenos todo lo que Jesús y su Iglesia te imploran. ¡Amén! ¡Así sea, así sea!»

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2°) Otro método para una óptima preparación lo constituye la lectura de los textos de la Misa del día, con el objeto de entender el pensamiento principal que unifica todas sus oraciones.

¿De qué manera se expresa la liturgia en la Misa?

El Introito, la Colecta, la Epístola, el Gradual, el Aleluya, el Evangelio, el Ofertorio, la Secreta, el Prefacio si es propio, la Comunión, la Postcomunión.

Nótese bien que la Liturgia no se entretiene con ideas abstractas, monótonas y siempre las mismas. La Iglesia ofrece en la Misa de cada Domingo o Santo un concepto particular brotado de su corazón con vida siempre renovada, y que es la llave de todas las oraciones del Misal de aquel día.

Podemos usar, pues, el Misal como libro de meditación. Y que cada uno aproveche de la asistencia diaria o dominical a la Santa Misa según le inspire el Espíritu Santo en cada ocasión, porque, como enseña Pío XII, es necesario respetar la libertad del Espíritu Santo, que orienta a los fieles con sus gracias según su inefable beneplácito.