Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis. (Mateo 7:15-20)
Es notable la sencillez que Nuestro Señor Jesucristo emplea en el sermón de la montaña para enseñarnos a distinguir entre aquellos que debemos aceptar como genuinos profetas y aquellos que debemos rechazar como impostores. No nos pide que estudiemos volúmenes para darnos cuenta de ello. No tenemos que ser eruditos para percibir cuándo nos dan pan y cuándo escorpiones. Jesús hablaba para la gente sencilla y, precisamente, los que más chocaron con él fueron aquellos que, creyéndolo saber todo, se negaron a aceptarlo como el mesías prometido. Jesús simplemente nos pide que observemos el resultado de las acciones. Toda acción produce un fruto y es ese fruto el que debemos discernir si es bueno y digerible o malo y perjudicial.
Muchos fieles a la actual secta conciliar, atribuyen los frutos podridos del Concilio Vaticano II a una evolución orgánica de la Iglesia católica, olvidando la enseñanza de Jesús. Sus excusas y debates intentan justificar lo injustificable. Tratan de despojar al Mesías de su túnica para vestirlo con ropa actual. Ignoran la distinción que Nuestro Señor hace entre buenos y malos frutos y los juzgan procedentes del mismo árbol, como si una fuente pudiera, simultáneamente, dar agua amarga y dulce, o como si la luz y las tinieblas pudieran darse la mano en el campo espiritual.
El cataclismo religioso que hoy borbotea bajo la cúpula de San Pedro tuvo su origen el 25 de enero de 1959, cuando el antipapa Juan XXIII (hoy santo de la secta novusórdica) anunció su intención de convocar un nuevo concilio buscando el aggiornamento de la Iglesia, es decir “la puesta al día”, o “la actualización”, de la Iglesia católica. Con esta visión secular, abrió las ventanas de la Iglesia para que entrara aire fresco: promovió el diálogo con el mundo contemporáneo, la participación de los laicos, la renovación litúrgica y el espíritu ecuménico. Y es por esas ventanas que los enemigos de la Iglesia penetraron a sus anchas. Y fue tan destructiva la intrusión que hasta el propio antipapa Montini llegó a admitir: “El humo de Satanás se ha introducido por alguna grieta en el templo de Dios”. Dicho antipapa fue el que declarara en el discurso de clausura del deplorable concilio: “La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios”. Así iniciaba la revolución conciliar el culto al hombre y el proceso de desacralización y democratización de la iglesia que hoy la arrastra a la apostasía. Pero la revuelta que hacía su entrada triunfal en el concilio, había sido prenunciada por S.S. Pio IX en 1849 con la ominosa advertencia: «La Revolución está inspirada por el mismo Satán. Su objetivo es destruir por completo el edificio del cristianismo y reconstruir sobre sus ruinas el orden social pagano”. Fuimos advertidos desde mucho tiempo atrás.
Por esas mismísimas ventanas que Juan XXIII dejó abiertas, se infiltró el insidioso y elusivo mal que tantas veces fue condenado por varios Papas que, preclaramente, habían dado su voz de alarma: el modernismo teológico, la suma de todas las herejías. El lagar donde las uvas buenas se mezclan con las malas para hacer fermentar el mosto de la herejía. Lo que vino después, fue la toma de los predios católicos por una entidad infernal oculta tras una máscara de catolicismo. Es así como la abominación desoladora fue sembrada donde menos se debiera y como la gran ramera se arrojó a los brazos de todas las religiones y sectas del mundo prostituyéndose con todas ellas, llamándole a eso “ecumenismo religioso”. Precisamente contra este gravísimo error de la tan cacareada unión interreligiosa, S.S. Pio XI nos había puesto en guardia en su encíclica Mortalium Animos, publicada el 6 de enero de 1928.
Pero las pruebas de la corrupción en la iglesia conciliar –sus malos frutos– están ante nosotros, y sin perdernos en honduras teológicas, podemos claramente verlos, al modo en que Jesús nos enseñó. Están ahí, expuestos para todos. Citemos pues, algunos de ellos y, si somos honestos con nosotros mismos, no nos quedará más remedio que aceptarlos como hechos irrefutables:
-Cuando el sacerdote le dio la espalda a la presencia real de Cristo en el sagrario para interactuar con el hombre, no vimos los frutos malos.
-Cuando los sagrarios dejaron de ser el centro de atención y veneración retirándose a conspicuos rincones del templo, no vimos los frutos malos.
-Cuando se derribaron miles de altares consagrados, sustituyéndolos por mesas para minimizar el concepto de sacrificio y hacer énfasis en el de cena, no vimos los frutos malos.
-Cuando la universalidad del culto se vio rota por el abandono del latín y la imposición de la lengua vernácula, no vimos los frutos malos.
-Cuando la sagrada forma pasó de la lengua a la mano, no vimos los frutos malos.
-Cuando el indiferentismo religioso fue proclamado como un bien ecuménico y puso a Cristo a la altura de cultos primitivos, no vimos los frutos malos.
-Cuando los sacramentos y el catecismo se alteraron, no vimos los frutos malos.
-Cuando en los templos se permitió dar rienda suelta a la imaginación de los “pastores” y se introdujeron misas con payasos, con magos, con bailarines, con muñecones, con actos circenses, con celebrantes jocosos y disfrazados, con bendiciones dadas con pistolas y cubos de agua, con sacerdotes afines al orgullo LGTBQ, y un sinnúmero de atrocidades no sancionadas por las altas jerarquías conciliares, no vimos los frutos malos.
-Cuando los supuestos vicarios de Cristo en la tierra se dejaron ungir por sacerdotisas y chamanes haciéndose partícipes de sus cultos satánicos, no vimos los frutos malos. Y tampoco los vimos cuando algunos de ellos abogaron por el establecimiento del nuevo orden mundial como única solución de paz para el mundo mientras continuaban, hipócritamente, rezando en público: “Venga a nosotros Tu reino”.
-Cuando la liturgia y el magisterio comenzaron a corromperse haciéndose en ellos patentes la profanidad, la apostasía, el sacrilegio, la blasfemia y la herejía, no vimos los frutos malos.
-Cuando se llevó a cabo la veneración y adoración de cultos paganos en predios católicos, como la Pachamama, no vimos los frutos malos.
-Cuando durante un evento interreligioso en Asís se colocó una imagen de Buda sobre un altar católico y se retiraron cruces de las paredes para no ofender a los invitados al aquelarre, no vimos los frutos malos.
-Cuando el arte y la arquitectura comenzaron a exhibir simbología esotérica y ocultista, no vimos los frutos malos. (p. ej., el gran auditorio de la Sala Nervi, también llamada Aula de Pablo VI, que enfrenta a los concurrentes con un gigantesco rostro de víbora) o el templo de San Giovanni Rotondo dedicado al Padre Pio, exultante de simbología masónica. No olvidemos los Cristos disociados de la cruz que parecen querer escapar de ella, los sagrarios que semejan portales a inframundos y tantas otras aberraciones que hoy se tienen por arte sacro y que parecen rescatadas del basurero del infierno.
-Cuando se nos hizo creer que mal y bien eran conceptos que confraternizaban; que un sacrilegio era igual a un acto de adoración, que una parodia del sacrificio del calvario era simplemente otra modo de darle gloria a Dios, no vimos los frutos malos.
-Cuando se nos instó a erradicar el proselitismo y sustituirlo por el diálogo ecuménico, contradiciendo el propio mandato de Cristo (Mateo 28:19), no vimos los frutos malos.
-Cuando vimos a las mujeres participar activamente en los ritos de la Iglesia, no vimos los frutos malos.
Nótese que antes del advenimiento del infausto concilio, no había divisiones en la Iglesia. Actualmente, la lucha de los hijos de la revolución contra los custodios de la tradición es encarnizada, como puede verificarse tanto en los hechos como en los medios sociales. Esto ha dado como resultante dos cuerpos místicos antagónicos: el de Cristo, custodio de la tradición, y el del Anticristo, afecto a la revolución. Este es el resultado del satánico pentecostés conciliar que, al abrir las ventanas al mundo, introdujo un espíritu oscuro generador de discordia y apostasía, hoy manifiesto ante nuestros propios ojos. Mas cuando fieles, preclaros y valientes religiosos nos advirtieron de esta revolución que atentaba contra nuestra fe, fueron simplemente causa de escarnio y de repudio (para mayor gloria de ellos).
Hoy día, el espectro de una iglesia sinodal y humanista – nunca antes vista–, ha sustituido el culto de latría por el diálogo interreligioso y marcha camino a un sincretismo globalista. Aquel culto al hombre que Pablo VI proclamara ha alcanzado su clímax en la llamada iglesia sinodal, una democracia religiosa que ha minimizado a Cristo para darle rienda suelta a la prepotencia humana, tentada por aquel milenario eco que aún seduce multitudes: “Seréis como dioses”.
Los frutos del Concilio ecuménico Vaticano II son los producidos por un árbol cuyas raíces beben de pozos infernales y cuyas ramas son las oscuras sociedades secretas que han logrado apoderarse de los predios católicos. Lo que han producido estas ramas es la contra-iglesia católica que hoy, asentada en Roma, continúa regodeándose cada vez más con el mundo, con los ideales masónicos y con los planes de las élites globalistas. La que sigue encandilando a quienes todavía la consideran legítima. Y lo es: legítimamente diabólica.
Si aún no hemos visto los malos frutos, hemos sido seducidos por el mal. Los justificamos por equívoca obediencia, por respetos humanos, por cobardía, por falta de carácter, o por temor a enfrentar las hordas que tenemos delante y que debemos combatir y denunciar a voz en cuello para no hacer del sacramento de nuestra confirmación un escarnio. La sangre de nuestros mártires –derramada por negarse a ser ecuménicos– clama venganza al cielo por tanta falsedad y apostasía. En esta guerra no hay tonos grises. Aquí hay blanco y negro. Aquí hay Cristo o Lucifer. Vida o muerte. Porque la tibieza acabará siendo vomitada por Dios.
Bendito sea el remanente que rechaza a esta banda de impostores, a este hato de ladinos pastores y de sepulcros blanqueados, a este ejército de sombras que hoy campea a sus anchas bajo la mancillada cúpula de San Pedro. Ellos no representan la cruz. Ellos son el árbol maldito que ha producido toneladas de frutos podridos, de discordia y corrupción y, al galope en negros corceles, se alejan cada día más de aquella Iglesia que Cristo nos dejó como gloriosa y salvífica herencia. Ellos son el cisma. Ellos son anticristos. Ellos son anatema.
¡Viva Cristo Rey!
(A continuación, se incluyen 4 “collages” de los frutos producidos por la secta conciliar y cerramos con la digna imagen de una Misa tridentina. Nótese la absoluta incompatibilidad y distancia entre ambos cultos).






