UNA IGLESIA EXANGÜE
El grado de desarme moral que se ha impuesto al catolicismo español y el abismo de abyección a que han llegado los portavoces más destacados de la Iglesia en España son hoy ya tan profundos que no resulta posible silenciarlo sin caer en una complicidad por omisión.
Ocasión para esta triste evidencia ha sido la campaña desatada en el mes pasado por el gobierno socialista contra la Iglesia Católica y, de modo general contra la religión. Ha sido como «un pulso» que el socialismo ha echado a sus únicos posibles adversarios para saber si la religiosidad católica existe todavía en España o si puede ya prescindirse de ella.
El mes de mayo —el mes de la Virgen— ha sido el tiempo elegido para esta prueba de fuego perfectamente programada.
Primero fue la representación por los grupos escénicos catalanes Els Joglars y Els Comediants de varios espectáculos sacrílegos y blasfematorios en diversas ciudades de Andalucía, la tierra de María Santísima. Particularmente «El triunfo del Infierno», protagonizado por demonios, que terminó en Sevilla con una manifestación blasfema que proclamaba la inexistencia de Dios y profería obscenidades contra la Iglesia y las cosas sagradas.
Espectáculos, no sólo tolerados, sino patrocinados y subvencionados por las autoridades socialistas, estatales y municipales.
Después fueron los episodios de la Televisión oficial, en la serie «España, historia inmediata», particularmente el titulado «Una Iglesia arraigada», en el que se desacredita por activa y por pasiva a la Iglesia y se justifican las expoliaciones a la misma durante la República e incluso los incendios de templos y matanzas de clero y de fieles en la zona roja.
Al obrar así, los marxistas están en su papel, y a nadie pueden sorprender. Quien conozca su doctrina y haya vivido la furia sacrílega de la época en que mandaron en solitario no puede sino verlo lógico. Lo verdaderamente extraordinario es la reacción (o más bien la anti-reacción), de los portavoces con mayor audiencia de la Iglesia oficial. Tengo ante mí los comentarios que a tales hechos dedican los dos diarios madrileños más calificados como católicos y conservadores, el pasado 22 de mayo.
Uno de ellos —oficialmente «católico»— se lamenta en su editorial de estas agresiones a la Iglesia y señala cómo en el referido programa televisivo se reconocía sólo un error en la política de la II Re- pública: su ataque frontal contra la Iglesia. Y se pregunta con asombroso asombro «¿no se está cayendo, en buena parte, en el mismo error? ¿Es que sigue siendo la Iglesia, a pesar de su claro afán por el alejamiento del poder político y del humilde reconocimiento de sus errores históricos, el gran enemigo de fondo a batir por la ideología en el poder? ¿Resulta la Iglesia para los hombres en el poder un escollo tan peligroso como el propio terrorismo? La sospecha —concluye—, con ser tan grave, no deja de aflorar».
Diríase que la aspiración del editorialista se cifraría en que el socialismo en el poder no incurriese en el error de atacar frontalmente a la Iglesia y se atuviese a la táctica mucho más inteligente y eficaz, de atacarla lateralmente, infiltradamente; es decir, como sus más inteligentes y acerados enemigos desearían que se la atacase. Diríase también que el comentarista ignora que ETA y el partido en el poder comparten la ideología marxista-leninista, y que su actual (presunto) enfrentamiento es sólo circunstancial o táctico, al paso que su común hostilidad a la fe católica y a la verdadera Iglesia es visceral, de raíz. Diríase, en fin, que él se cree revestido de la pureza de los cielos para dictaminar sobre los errores pretéritos de la Iglesia y su humillación por los mismos, siendo así que sólo ellos —su mentalidad progresista— son el auténtico error y el cáncer en el seno de la Iglesia.
Por supuesto, su condena de aquellos hechos injuriosos y sacrílegos no es nunca en nombre del honor de Dios, sino en nombre de la democracia, su verdadero dios. Se trata únicamente de que “ofenden el sentimiento religioso de la mayoría de nuestra sociedad».
Tal es, asimismo, la única protesta que han elevado nuestros actuales prelados (los que han protestado), que no ven en ello más que una ofensa a la mayoría, a la democracia y al Hombre moderno. Se trata, al parecer, de pequeños abusos que entorpecen el desarrollo de la democracia, bien último y supremo.
En el otro diario conservador y supuestamente católico, firma la protesta por esos hechos un clérigo-periodista. Para él no se trata siquiera de unos fallos accidentales de la democracia que gozamos, sino de un último ramalazo de la guerra civil española. El —declara— «lleva cincuenta años tratando de entender por qué los españoles hicimos aquella guerra, la más grande de las vergüenzas nacionales de nuestra historia». Al parecer, a un clérigo (presuntamente) católico, no le dice nada la lucha de un pueblo (el suyo), en defensa de su propia fe frente a los ejércitos de la impiedad y del ateísmo. Ni los trece obispos y casi siete mil sacerdotes como él asesinados simplemente por serlo. Él —si por un imposible histórico se hubiera encontrado en aquella coyuntura— habría abierto su templo a los profanadores y se habría empleado en buscar un «diálogo» entre asesinos y víctimas, en lograr una «fórmula de consenso» entre quienes saquearon las iglesias de media España y quienes marchaban rezando a combatir por su fe. Por supuesto, no se priva de lanzar su piedra contra la Iglesia de entonces, que para él no fue íntegramente inocente de aquella guerra. En fin —concluye— hechos como esos «sólo pueden ser calificados como un apéndice bárbaro de una guerra sangrienta».
(Ya lo saben ustedes: Els Joglars y Els Comediants, al igual que la TV de Calviño, son sufragados por el catolicismo preconciliar. Dictamen de los nuevos curas.).
Si así hablan los maestros de la grey, ¿qué pensarán —o en qué inopia vivirán— los discípulos?

